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miércoles, mayo 18, 2011

ES MI MUNDO "Ni lo uno ni la otra"...

Por Paula Jiménez / Fuente: Página/12 (Tomado de CD)
Lesbiana, feminista, chicana, mestiza, Gloria Anzaldúa nació en la frontera entre Estados Unidos y México y vivió y construyó su obra en la frontera de todas las categorías posibles, tanto que resulta incómodo usar un género para describir a este espíritu queer que escribió hamacándose, en los mismos textos, entre el inglés y el castellano, entre la poesía y el ensayo.

Al nacer, su madre temió encontrar entre las nalgas de su hija Gloria el lunar indígena que la iría a avergonzar. Como todos los chicanos, ella quería borrar aquella herencia y experimentar el orgullo de algo que no era: blanca y anglo, estadounidense pura. Una estadounidense normal. Pero las primeras experiencias de su hija, la situaron en un lugar más allá de esa “normalidad” que tanto anhelaba. Cuando el bebé cumplió los siete meses la madre encontró manchas de sangre en el pañal y esas manchas empezaron a aparecer cada 24 días: ciclos menstruales eran, acompañados de altísimas fiebres. Cuando su hija cumplió siete años la fajó para que no se le notaran los senos. Su hija era rara, desobediente, indominable. Y su cuerpo no era igual a los otros: había cruzado la frontera.


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Había una muchacha en su pueblo a la que se la identificaba como a la rara, “la otra”, “the Other”. De ella se comentaba que seis meses al año tenía vagina y un pene los otros seis y que en esos meses orinaba de pie. Se horrorizaban sus vecinos, contó Anzaldúa, porque siempre da horror la diferencia, porque espanta lo que no se puede controlar. Pero en esa diferencia existe un aspecto mágico, dijo. Y los antiguos pueblos decían que esa “anormalidad” es el precio que ciertos seres deben pagar por su extraordinario don innato.
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“Piensa en mí como Shiva, con un cuerpo de muchos brazos y piernas con un pie en la tierra color café, otro en lo blanco, otro en la sociedad heterosexual, otro en el mundo gay, otro en el mundo de los hombres, de las mujeres, un brazo en la clase obrera, los mundos socialistas y ocultos”, escribió la feminista lesbiana, teórica y poeta, Gloria Anzaldúa, en La prieta. Tanto en este ensayo como en toda su obra, Anzaldúa dotó de nuevas significaciones su identidad chicana y trascendió los límites de lo que le había sido impuesto: ser lo uno o lo otro, México o Texas, hombre o mujer. Porque Gloria Anzaldúa eligió el todo a las partes, la integridad a la desintegración.
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Nació en 1942 en una zona fronteriza, Jesús María del Valle, Texas, dentro de una sociedad y una cultura chicana que –obligada a identificarse con los EE.UU. para no ser segregada por los otros ciudadanos de ese país– intenta desentenderse de sus raíces mexicanas e indígenas. Pero Anzaldúa, en cambio, se consideró mestiza: la que experimentó ese cruce como algo gozoso, la que transitó de un lado al otro sus posibilidades de identidad. En un poema dirá: “Para sobrevivir en la frontera/ debes vivir sin fronteras/ ser un cruce de caminos”. Ni mexicana ni norteamericana: chicana. Y ni hombre ni mujer: mitad y mitad. “Hay algo irresistible en ser hombre y mujer a la vez, en el tener acceso a ambos mundos. En contra de algunos dogmas psiquiátricos, los mitad y mitad no sufrimos una confusión de identidad sexual o una confusión de género. Lo que sufrimos es por culpa de una absoluta dualidad despótica que dice que sólo somos capaces de ser uno u otro. Se afirma que la naturaleza humana es limitada y que no puede evolucionar hacia algo mejor. Pero yo, como otras personas queer, soy dos en un único cuerpo, tanto hombre como mujer. Soy la encarnación de los hieros gamos: la unión de contrarios en un mismo ser”, dijo en su texto Movimientos de rebeldía y las culturas que traicionan.
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Desde que era muy chiquita, decía Gloria, ella sabía muy bien lo que quería. Que su determinación era grande, pero que aun así no sabía de dónde sacó esa fuerza para alejarse de su madre. “Tuve que abandonar el hogar para poder encontrarme a mí misma –escribió Gloria–, encontrar mi propia naturaleza intrínseca, enterrada bajo la personalidad que me había sido impuesta (...) En los ojos mi madre y en los ojos de los demás me vi reflejada como algo “raro”, “anormal”, “curiosa”. No vi otra reflexión sobre mí. Incapaz de cambiar esa imagen, me retiré a los libros y la soledad y me alejé de la gente”, dijo Gloria Anzaldúa, a quien el acto de leer, a sus siete u ocho años, la cambió para siempre. Lo primero que tuvo en sus manos fue una novelita que le acercó su padre en la que los americanos aparecían como los vaqueros y los mexicanos y los indios como bichos. Pero ella sabía que la historia no era así. Que en algún momento los mexicanos habían sido más que los anglos en Texas. Y dijo que el racismo, que tiempo después reconoció en sus maestros en la escuela, lo había encontrado antes, en esa novelita.
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Cuando a la joven Gloria le preguntaban las gentes de su pueblo cuándo se iría a casar, no sea cosa que se le fuera a pasar la hora, ella decía que no sabía, pero que si un día se casaba, de seguro, no sería con un hombre.

“En lugar de planchar las camisas de mis hermanos pequeños o de limpiar los armarios, pasaba largas horas estudiando, leyendo, pintando, escribiendo. Cada pedacito de confianza en mí misma que laboriosamente lograba reunir, recibía una paliza diaria. No había nada de mí que mi cultura aprobara. Había agarrado malos pasos. Something was ‘wrong’ with me. Estaba más allá de la tradición”, contó Gloria.
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Gloria Anzaldúa descendía de inmigrantes mexicanos y en su juventud fue maestra de los niños migrantes en su pueblo. Después fue a Austin para obtener su maestría y completar sus estudios de doctorado en literatura comparativa en la Universidad de Texas. En 1977 se mudó a California para trabajar en diferentes universidades donde continuó con su tarea docente. Pero quizá las enseñanzas de Anzaldúa hayan abrevado más de lo vivencial que de lo teórico, más de lo espiritual que de lo académico y más de su sensibilidad que de sus conocimientos. Si un aporte ha hecho al feminismo es el invaluable concepto de “mestizaje”: ese más allá de las categorizaciones tradicionales que hacen de todas las mujeres, hasta de las más variadas, una sola. En cambio, la “nueva mestiza”, de la que Anzaldúa nos habla, describe a un sujeto con planteos de identidad no identificado con los estrechos límites de una cultura binaria. Anzaldúa recordaba el malestar que le producía que ciertas feministas trataran de imponerle un sentir y un pensar propio de las mujeres blancas. Cuando ella no era blanca, ni lo quería ser. “Vivir en la frontera –escribió– significa que tú/ no eres hispana india negra española/ ni gabacha, eres mestiza/sorprendida en el fuego cruzado entre bandos/ mientras llevas cinco razas sobre la espalda/ sin saber a qué lado recurrir o de cuál escapar.”
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Su espíritu queer se trasladó intacto a todas partes. Y a la literatura también. Desde el comienzo, su escritura tomó diversos y múltiples caminos, sin quedar prisionera de vacuas diferencias formales que dejaran a la teoría de un lado y a la lírica del otro; diferencias que separaran su poesía de su prosa como si fueran incompatibles. Su obra teórica más conocida es Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987), que es una mezcla de inglés y español, de poesía, testimonios y análisis históricos. A “Borderlans” pertenece el maravilloso poema ‘No basta’, que dice: “No basta con / decidir abrirte./ Debes hundirte los dedos/ en el ombligo, con las dos manos/ agrietarte,/ derramar los lagartos y los sapos/ las orquídeas y los girasoles/ virar al revés del laberinto/ (...)/ No hay nadie que/ te alimente el anhelo/ Acéptalo. Tendrás que/ hacerlo, hacerlo tú misma./ Y a tu alrededor un vasto terreno./ Sola. Con la noche./ Tendrás que hacerte amiga de lo oscuro/ si quieres dormir por las noches”.
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Gloria Anzaldúa sentía bronca ante las cosas impuestas, rabia cada vez que alguien ponía en su boca palabras que no eran suyas porque le presuponían el límite de una identidad, de un modo de ser o de pensar. Furia le daba cada vez que su madre o la escuela o la iglesia le decían lo que tenía que hacer o lo que no podía. Después de haber vivido 62 años desafiando esas órdenes, 62 años de rebelde chicana, de queer, de lesbiana, de feminista, de poeta, de teórica, de mexicana y norteamericana, de mitad y mitad, de marimacha, como a ella misma le gustaba llamarse, Gloria Anzaldúa murió en el año 2004, en primavera.

Al día siguiente, un pequeño grupo de amigxs se reunió en Oakland para construir un altar en honor de su “querida hermana, maestro, sisterwriter”

miércoles, febrero 09, 2011

Visibilización o barbarie...

Por Flor Monfort / Página 12
Cecilia Lagunas es historiadora y docente de la Universidad de Luján. Gracias a un esfuerzo conjunto con la Universidad de Granada, el intercambio de profesionales y de conocimientos entre ambas instituciones es constante, lo que supone también un ida y vuelta a la hora de evaluar el lugar de las mujeres en cada uno de los países, las políticas implementadas y los resultados prácticos. Con un pie en la academia y otro en la praxis educativa, Lagunas compiló Los estudios de las mujeres de España y Argentina. Propuestas para el debate (Prometeo) donde investigadoras de allí y de acá analizan distintos tópicos de género.

Primero fue la visibilización. En los ’50 y ’60, la conciencia de género estaba presente en el aire y la sensación de desigualdad se podía tocar con las manos en los ámbitos universitarios. Mucho antes hubo mujeres que se agruparon, resistieron y lograron cambios concretos, pero no dejaron de ser aisladas sus iniciativas y en muchos casos, silenciadas. Es a mitad del siglo XX que el feminismo arma su herradura y le pone nombre a una necesidad latente de equidad. Allí empezó a formarse Cecilia Lagunas y los cambios, si bien admite que han sido lentos, posicionan a las mujeres de hoy, las que investigan y piensan el quehacer de otras mujeres, en un lugar de igualdad heredado por aquellas primeras experiencias. “Yo estoy formada en la UBA de la década del ’60 y en el Instituto de Historia Social. En mi caso, como otras mujeres de mi edad, es decir que pasamos los 60 años, venimos de ese boom que fue la universidad de los años ’60. Ingresamos jóvenes a un ambiente donde las mujeres empezaban a ocupar cargos de poder político y donde otras descollaban académicamente, o sea que se había abierto una compuerta de la ola feminista para el ingreso y la participación activa de las mujeres. Recibí mucha formación, probablemente estamos hablando de una elite, entiendo que es así, pero con la dictadura luego y con la vida, esta formación quedó adentro y fue muy importante para pensar a posteriori.”



¿Cómo fue ese primer trabajo de visibilizar la problemática de las mujeres?

–Yo empecé a trabajar muy joven con Reina Pastor, ella fue mi maestra. Percibíamos que había una desigualdad muy grande, que esto era injusto, que debíamos cambiarlo, que podíamos, pero carecíamos de herramientas categoriales, entonces fue construir desde ahí, desde esa falencia. También había una serie de mandatos ocultos e inconscientes que ahora están más a la vista o más cuestionados. De manera que había una tierra preparada para que esto creciera.
¿Cómo fue su militancia durante la dictadura? Porque tengo entendido que ejerció un papel activo en la restitución de miles de docentes en los años finales del proceso. ¿Cómo influyó esa participación en su interés por el género?

–Tuve una militancia gremial durante la dictadura, donde trabajamos para frenar el desalojo de profesoras del Conet, donde ellos ponían cuadros políticos. Nos resistimos a esto, formamos una comisión de docentes interinos y logramos la restitución de 60 mil docentes. Fue una pelea muy fuerte por un lugar de trabajo y una pelea que nos enseñó mucho, nos sacó de eje de alguna manera. La militancia probablemente resignificó los lugares de la mujer, los hijos, las parejas. Somos la generación que se dice “partida”: tenemos matrimonios rotos pero padres que no se han separado y creo, por un estudio que se ha hecho ahora en la Universidad de Luján, que nos costó mucho priorizar una carrera hasta convertirnos en profesionales, pasar ese famoso techo de cristal. Y lo hicimos con un gran costo, ya que en ese momento no acompañaban los varones como tenían que hacerlo, o como lo hacen ahora, estaban atados a modelos muy tradicionales.
¿Por qué decidió compilar estos trabajos que reúnen problemáticas disímiles y de contextos sociales tan diferentes?

–Este libro es el producto de largos años de trabajo y de relaciones productivas y académicas entre el Instituto de la Mujer de la Universidad de Granada, Luján y Comahue. Son centros de estudios de mujeres que nacen casi en forma simultánea, con las diferencias obvias de desarrollo de cada uno: el de Granada está en el primer mundo y los nuestros están en un área emergente. El contacto fue a través de Reina Pastor, ella es la gran mediadora. Tener esta mano fue tener la mitad del ingreso en España, la otra mitad la tuve que hacer a pulmón. Es más, las primeras jornadas de historia de las mujeres (que acabamos de hacer la conmemoración de las 20), nacen al impulso de esta mujer, de Haydée Gorostegui también, que reabren Luján después que la cierra la dictadura. El contacto con Granada empezó en los ’90, y yo fui una operadora en el sentido de que venía con formación para interpretar y desarrollar por mis propios medios. Este es un background muy fuerte que posibilita el encuentro con profesionales de allá y que se resume en este libro. En esta trayectoria, se crea además en Luján junto con Comahue, la carrera de Estudios de las Mujeres, que es la única categorizada como maestría. Entonces, las investigadoras europeas se dan cuenta de que pueden intercambiar profesoras de allá por profesoras nuestras, tenemos tesis que se codirigen. El libro corona este intercambio y parte de las investigaciones de las profesoras y toca temas que nos interesan a ambas.
¿Por ejemplo?

–El trabajo de María Eugenia Fernández Fraile sobre sexismo lingüístico es muy interesante. Habla del término “género”, que las inglesas acuñan y todas absorbimos. Es común su empleo, pero la dificultad para nosotras es que no es una palabra de uso habitual en nuestra lengua, por eso es que se desliza tan fácilmente género a mujer, y esto no es así. Lo que hace María Eugenia con este trabajo es mostrar que el término “género” existe pero aplicado gramaticalmente, cuando tenemos que empezar a pensar en un género social. Y en realidad no es que las lenguas sean sexistas sino sus convenciones. Se trata de una problemática que nos toca a todos quienes queremos pensar en un mundo más equitativo.
También hay un texto de Laura Méndez sobre la mujer indígena. Tal vez de todo el colectivo, la mujer más corrida del centro de los estudios.

–Sí, es un estudio sobre el funcionamiento de las mujeres cacicas en el interior de las comunidades indígenas y el rol que ellas cumplen en la manutención y en la tarea doméstica. Algunas llegaron, al morir el padre y acumular herencia, a manejar bienes y ganado y una de ellas, según el artículo de Laura, tuvo honra fúnebre bastante importante. Entonces es interesante ver que allí también ha habido una evolución, pero fijate que los indígenas son tan ajenas a ellos como a nosotros, no están integrados en nuestra cultura. Hay estudios previos, por supuesto, de las mujeres que estaban en los fortines, de las mujeres virreinas y sus funciones informales pero necesarias para consolidar el poder del virrey, o en el caso de las nobles, las mujeres patriotas, las tertulias. En éste y otros trabajos, hay una visibilización de su sociabilidad que a mi modo de ver marca un gran cambio con lo que se venía observando: primero, el grueso y después se va hilando fino. Son procesos lentos, porque no es visibilidad y ya, es visibilizar las complejidades.
¿Cuál es la relación entre el feminismo académico y la intervención directa en la vida de las mujeres?

–Estas autoras hacen estudios de las mujeres pero a la vez están insertas, por ejemplo, en las municipalidades, o trabajan de asesoras, o son psicólogas. Son personas que se acercan a estos estudios desde una sensibilidad, una percepción de que acá hay un orden de mujeres y varones que hay que rever y transformar en relaciones de igualdad. Pero de igualdad no en la palabra, sino en las prácticas de la vida hogareña, que son las más difíciles para las mujeres. Entonces son académicas que están en el mundo, vienen trabajando en una línea y perfeccionan sus enfoques y sus conocimientos.
¿Cómo es la carrera?

–La carrera da origen a la maestría. La base son cinco seminarios que tienen que ver con teoría y metodología, qué pasa con el género en la educación, en las políticas públicas, en la problemática mundial y en el discurso cultural. Hay pequeños seminarios que complementan parte de estos problemas con especialidades. Y en la maestría se agregan nueve seminarios. Yo doy teoría y metodología en los estudios de las mujeres, la preocupación por la categoría género.
La creación de esta carrera sin duda es muy positiva y por ende sus resultados y el hecho de que exista la posibilidad de formarse y especializarse en estudios de género, pero la violencia machista sube sus índices cada año. ¿Cómo interpreta la academia este fenómeno?

–Es un tema. Tenemos el trabajo de Liliana Gastrón, donde ella muestra los valores de violencia. Creo que las crisis económicas influyen, porque si dejamos sola a la categoría género actuando entre mujeres y varones se convierte en una situación que redimensiona toda la realidad y la realidad es más compleja que esta categoría, que está por debajo de las relaciones entre varones y mujeres en contextos sociales. Hay que ver otras categorías que analizan estos contextos: clase, política, economía, contexto social... Entonces, con respecto a la violencia, pienso que para que los jóvenes puedan estabilizar estas relaciones necesitarían contextos económicos más favorables. En España, la época de estabilidad permitió tener campañas de género, hablarse del machismo. Es cierto que profundamente no se cambian muchas cosas, pero se dicen desde el poder.
¿Visibilizar la violencia puede operar sobre las próximas generaciones?

–Sí, totalmente. Hoy estamos mejor que hace 50 años, lo que no quiere decir que estemos bien, pero sí que en 50 años estaremos mejor. Porque hay muchas formas de violencia, no solamente contra las mujeres. Sin embargo tengo la sensación de que hay mayor conciencia de la importancia de tener relaciones igualitarias de la que tenía mi generación, conceptualizando esa igualdad. Nosotros teníamos conciencia de que así no lo queríamos pero no podíamos conceptualizarlo.
La mujer como sujeto de estudio empieza en la academia argentina en los ‘70. ¿Cuáles fueron las primeras conclusiones de esos estudios?

–En los ’70 se la separa como objeto de estudio, y así lo concibe todo el colectivo feminista. Así como en los ’60 aparece el campesino como entidad, en los ’70 aparece la mujer. Lo primero fue echar luz ahí y generar una experiencia de mujeres. Estoy convencida de que las historiadoras fuimos las últimas en Argentina en arribar a estos estudios, porque la historia es la ciencia más tradicional, conserva el recuerdo, las instituciones, lo consolidado, los pasos nuevos son lentísimos. Hoy en Luján hay subsidios, tesis, etcétera para estudios de las mujeres, pero se ha tardado 30 años.
¿Qué temas les interesan a las jóvenes historiadoras que siguen la especialización en estudios de la mujer?

–Hay mucha producción. Las nuevas generaciones miran los movimientos agrarios, las cuentacuentos, la cultura de las mujeres, la gente de La Pampa ha hecho una revisión de las políticas de salud del peronismo, la gestión de los museos. Un niño cuando va a un museo no ve a la mujer o la ve fragmentada. Rever qué es patrimonio cultural es un trabajo reciente. La ley dice que es patrimonio cultural todo aquello que afecta al uso de los bienes públicos, y eso lo ha movido el varón, entonces el museo nos tiene en pedazos, atrás al fondo. Hicimos un trabajo en el Museo Udaondo, analizamos las salas y vimos que estamos al final. Entonces cuando un niño va a ese museo con la escuela, su conformación para pensar valores es en ausencia de la mujer. O sea que cambios para hacer hay muchos. Y a raíz de esto ha habido cambios concretos, según dijo Araceli Bellota cuando vino a nuestras jornadas. Pensar que muchos museos los cuidamos mujeres pero no somos protagonistas.
Ahí es donde surge la pregunta sobre si lo académico trasciende y llega a la calle...

–Sí, cuando hacemos jornadas de patrimonio cultural con las escuelas, por ejemplo. Trasciende porque tenemos delegadas que trabajan en los municipios, por ejemplo el de Ituzaingó, que viven haciendo talleres y reciben información teorica, porque la teoría te permite mejorar tu práctica. Si no tu práctica queda parada. Claro, el mundo que nos rodea tiene otros valores, modelos, eso es lo que domina todavía, entonces estar en este lado es difícil porque no tiene uno de dónde asirse, pero bueno, pienso que hay que encontrar esa fortaleza de que lo que una ha hecho es lo correcto.
En la relación bilateral, ¿cómo estamos respecto de España?

–Tienen mucha violencia, hay mucha dureza en los sectores populares. Lo que tienen es un Estado de derecho más consolidado, a veces cuando miro la arquitectura del lugar, es una arquitectura consolidada, y eso habla de su cultura. Ellos tienen aprobada antes que nosotros la ley de matrimonio igualitario, yo tengo una hija casada en España gracias a esa ley. Y cuando desde el Estado se aprueba hacia abajo, se habla de un tema y se instala, ayuda. Acá se va a terminar instalando el tema de la violencia. Algunos dicen que no, pero yo creo que sí.
Y si la historia es tan lenta como dice, ¿cuánto tardaremos en reducir la desigualdad, la violencia, en lograr la legalización del aborto...

–La teoría feminista está enunciada en el siglo XIX. Yo creo que cuando algo se devela, sigue. No sé cuánto tardará. En los ’60 se decía que la historia del campesino no tenía futuro y fue mentira. Quizá se agoten problemáticas en algún momento y las nuevas generaciones pongan su mirada en otros temas, pero esto no se frena. Yo veo a mis alumnos tomar textos que para nosotros eran sagrados de una manera irreverente, y eso hace crecer. Lo que todavía no se han logrado son políticas de igualdad, para eso falta mucho. La ley de cupos no existe en la universidad. Falta mucho, repito, pero no hay que bajar los brazos. Y este libro nos muestra que el camino es visibilizar.

viernes, octubre 01, 2010

¿Mejor la mujer?

Por Ernesto Montero Acuña (Prensa Latina)*
De la división sexual a una nueva relación social, es la perspectiva que se vislumbra para la mujer latinoamericana, insuficientemente beneficiada por los cambios en el mundo.

Aún es la más desempleada o se la somete a los peores y a veces más denigrantes trabajos, a la mayor explotación y a salarios inferiores a los masculinos, ya de por sí muy deprimidos, cuando la desocupación ronda el 10 por ciento en el mundo desarrollado y el ocho en América Latina y el Caribe.

Antonio Prado, secretario ejecutivo adjunto de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), afirmó el 9 de febrero pasado en Lima que mientras más bajo sea el nivel educativo de los jóvenes, menor será su acceso a empleos de calidad y de alta productividad, particularmente en el caso de las mujeres.

En el II Foro América Latina y el Caribe-Unión Europea aseguró que en esta región, mientras sólo el 32,4 por ciento de las mujeres jóvenes con hasta tres años de escolaridad cuenta con empleo, la proporción aumenta al 53 cuando la escolarización es completa de primaria y secundaria.

Sus posibilidades de superación, sin embargo, se encuentran limitadas debido a que un quintil del 25 por ciento de los jóvenes más pobres, sobre todo del género femenino, no son económicamente activos ni estudian, una proporción que sólo es del siete por ciento entre igual dimensión de los más ricos.


La débil inserción laboral de las jóvenes provoca múltiples consecuencias, entre las cuales se encuentran los bajos ingresos que perpetúan la inequidad, la transmisión intergeneracional de la pobreza, el mal uso de los recursos invertidos en la educación y la desintegración social.

Además de la precariedad y la discriminación de género, la mujer sufre las consecuencias peculiares de cada país, frecuentemente lacerantes en Latinoamérica y el Caribe.

En junio pasado, la tasa de desempleo femenino era del 24,2 por ciento en Colombia, en tanto que la de los hombres se mantenía en el 17,1 y la de los adultos mayores de 25 años alcanzaba el 15,6 por ciento, muy inferiores ambas a la de las mujeres.

Mas, no se trata de una proporción exclusiva de este país, sino de un estado bastante extendido en la región y en muchas otras del mundo, donde la mujer es sometida a condiciones precarias de existencia.

Se reproduce así la doble discriminación social y de género en quien es fuente de la vida humana y en sus descendientes. Un estudio de la CEPAL y del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia arrojaba, también en junio pasado, que casi el 63 por ciento de los niños, niñas y adolescentes latinoamericanos y caribeños sufre algún tipo de pobreza.

Tal circunstancia es muy condicionante al Sur del Río Bravo, donde las carencias se relacionan directamente con la falta de ingresos para adquirir bienes y servicios que satisfagan las necesidades básicas, a diferencia de Europa, donde se mide correlacionada con la participación en la vida social.

Sin embargo, las protestas cubrieron a casi toda la Unión Europea el miércoles 30 de septiembre, debido a que el desempleo se expande, cual enfermedad crónica, en el mundo desarrollado.

En los 33 países más ricos, miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, se elevó al 18,7 por ciento entre el 2007 y el 2009, y en Estados Unidos al 9,6, una cifra que se avizora creciente.

El incremento en América Latina y el Caribe fue del 7,0 al 8,2 por ciento entre 2008 y 2009, un aumento equivalente a cuatro millones de desocupados más.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), durante el mismo período la pobreza extrema aumentó en 3,3 puntos.

Su estudio al respecto concluye que, en el mundo, 45 millones de mujeres y hombres jóvenes ingresan anualmente a un mercado de trabajo en el cual la cifra de empleos vulnerables supera los mil 500 millones, el 50,6 por ciento de toda la fuerza laboral.

Calcula que las personas con empleos de esta última condición aumentaron en más de 110 millones en el 2009 y que 215 millones más engrosaron los 633 millones de trabajadores y sus familias con menos de 1,25 dólares en el 2008.

Aunque las mujeres en América Latina son más vulnerables al desempleo y a la discriminación salarial, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Luis Alberto Moreno, reconoció el 20 de marzo pasado que cuando tienen trabajo generan un efecto multiplicador en la economía mucho mayor que los hombres y reducen la pobreza general.

Un estudio revela que el ingreso salarial femenino es tan determinante que, si las mujeres no ganaran nada, la pobreza en la región sería del 40 por ciento en lugar del 26 estimado por el Banco en hogares con ambos padres.

En un seminario paralelo a la reunión anual del BID en Cancún, México, Moreno aseguró que la rápida incorporación femenina al mercado laboral representa una de las transformaciones sociales más trascendentes en las sociedades de esta región.

Sin embargo, a pesar de que aportan más con sus ingresos a la educación y nutrición de sus hijos, lo que redunda en mayor bienestar social, sufren una desventaja salarial del 17 al 25 por ciento en comparación con los hombres por el mismo tipo de trabajo.

La investigación refleja que los empleos para las mujeres son mayoritarios en la economía informal y en sectores de baja productividad, causa y efecto de que menos del tres por ciento de ellas sean líderes en las 100 empresas mayores.

Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, reclamó en aquel evento mejores políticas públicas, de modo que el Estado cree guarderías, centros para el adulto mayor y otras facilidades que garanticen una institucionalidad de apoyo a las mujeres.

Por su parte, la representante del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer en América Latina y el Caribe, Gladys Acosta, critica la llamada división sexual del trabajo, en la cual los hombres se ocupan de lo público y las mujeres de lo privado.

De este modo, "ellos son proveedores y ellas cuidadoras", dijo.

En entrevista con IPS aseguró que persiste la noción de que las mujeres deben encargarse de lo conectado con la reproducción humana y de la esfera del cuidado (de niños, enfermos y ancianos), lo que recae en ellas como trabajo no remunerado.

"La sociedad se beneficia de una altísima proporción del trabajo no remunerado que ejercen las mujeres por ser mujeres", aseguró.

Su criterio es que ambos géneros enfrentan ya el aporte de ingresos, porque "vivimos una transición civilizatoria donde ellos compartirán mucho más las tareas domésticas y ellas estarán mucho más presentes en la política y la economía".

Así, considera que por tal razón "estamos en una transición de un modelo basado en una inflexible división sexual del trabajo a un nuevo pacto social, con roles más igualitarios para hombres y mujeres".

Un estudio de la CEPAL refleja que en Venezuela, durante el gobierno del presidente Hugo Chávez, la pobreza ha caído del 43,8 al 27,6 por ciento, sólo entre 1999 y el 2008.

Como resultado, el desempleo disminuyó del 14,9 al 7,8 por ciento, la esperanza de vida aumentó hasta 74,3 años (dos más que antes) y la alfabetización alcanza al 97 por ciento, según el organismo regional.

Los avances de este país y de otros en América Latina y el Caribe se fundamentan en los cambios políticos con base social, en los cuales la mujer participa con el protagonismo que le corresponde.

Mas, contra su condición de gestora de la vida humana, se la mantiene en nivel de inferioridad en la mayor parte del mundo, cuando debiera ser a la inversa.

* Redacción de Temas Globales.

martes, julio 13, 2010

Parteras colombianas reclaman reconocimiento legal

Por Helda Martínez (IPS) -
La comadrona, una mujer que ayuda a sus iguales a parir, existe en muchas culturas ancestrales. La medicina occidental colombiana casi la borra del mapa, pero un grupo de tenaces cultoras promueven una ley para formalizar a la partera como agente de salud.

"Entre 2009 y lo corrido de 2010, no ha muerto ninguna mujer atendida por una integrante de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico", asegura a IPS Liceth Quiñones, de 22 años, quien ejerce el oficio en Buenaventura, principal puerto marítimo colombiano sobre ese océano.

Hija de la hoy sexagenaria matrona Rosmilda Quiñones, Liceth tenía tres años en 1991, cuando la madre fundó la asociación que aún dirige, de acrónimo Asoparupa, y que cuenta con 250 integrantes de los occidentales departamentos de Chocó, Valle, Cauca y Nariño.

A los seis años Liceth ya la asistía. "La partería se aprende con oralidad y práctica", explica. A los 13 reconoció que una placenta salía incompleta y supo que era necesario ir de urgencia al hospital.

"Hoy no atendemos a nadie sin control médico previo. Y tenemos claro que cualquier complicación debe ser atendida por el especialista", enfatiza.

Las 1.500 parteras de Colombia, según un censo de 2008 realizado por la Superintendencia de Salud del Valle, no están certificadas ni autorizadas para asistir nacimientos en hospitales.

La capacitación se limita a talleres de primeros auxilios u otros ofrecidos por la Cruz Roja y el Servicio Nacional de Aprendizaje.

Ellas superan las lejanías selváticas del Valle y del Chocó, donde el transporte es casi siempre fluvial y abundan problemas como crecidas de ríos y culebras, "trasladándonos a horas insólitas, con todo el compromiso y la certeza de que nadie subsiste económicamente con este trabajo", asegura Quiñones.

Ella se gana la vida con un centro de medicina alternativa que acoge a profesionales en bioenergética y otras técnicas, y donde pone en práctica lo aprendido en enfermería profesional, carrera que no concluyó por falta de recursos, cambiándola después por la de auxiliar de enfermería.

Quiñones también suma conocimientos que adquirió en México, y con parteras de Brasil, además de contactos y aprendizajes con matronas de otros rincones del mundo.

Estas mujeres están convencidas de la efectividad de los partos naturales, pero no rechazan la medicina oficial. Los médicos "no nos aceptan en sus hospitales, pero nosotras los acogemos a ellos", asegura.

Un camino para formalizar la partería en la atención obstétrica es una ley de parteras que regule el ejercicio profesional. El proyecto fue aprobado por el Senado en 2009, y debería ingresar en la agenda de la nueva legislatura que se instalará el 20 de julio.

La propuesta fue presentada por la médica vallecaucana Dilian Francisca Toro, senadora por el derechista y gobernante Partido Social de Unidad Nacional.

"El trabajo real, el de base (por esa ley), corresponde a doña Rosmilda, a Liceth, al mío y al de muchas mujeres", dijo a IPS la partera bogotana Alejandra Montes, graduada en derecho y ciencias políticas y en filosofía, y estudiante de auxiliar de enfermería.

Montes fundó en 2008 la no gubernamental Artemisa - Asociación de Parteras Urbanas, tras permanecer siete años en distintas regiones colombianas con población negra e indígena.

"Compartí con ellas lo que a su vez aprendieron de las migrantes europeas, porque nuestras nativas parían solas, con la única ayuda de sus compañeros", según Montes.

Pero el oficio de comadrona existe en varias culturas indígenas latinoamericanas, así como en las africanas y europeas.

Según el Ministerio de la Protección Social, la mortalidad materna colombiana se ubica en 75 muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos. En Estados Unidos esa tasa es de 13,3 por cada 100.000, según cifras de 2006, pero viene decayendo del 6,6 registrado en 1987. Aunque el retroceso se vincula a la crisis del sistema de salud de ese país, las parteras también están allí marginadas de la atención obstétrica institucional.

"En Francia, Inglaterra, Alemania, Canadá… se permite y se necesita de las parteras en los nacimientos bajo óptimas condiciones", enfatiza Montes.

En Argentina y Uruguay, es una profesional universitaria integrada al equipo obstétrico de cualquier hospital.

Buscando develar las razones de la partería, Montes se fue a vivir varios meses en Buenaventura para "observarlas y aprender" como docente e investigadora universitaria.

Ella señala que "70 por ciento de los nacimientos con partera son totalmente sanos".

Mientras, "el 30 por ciento restante presenta dificultades connaturales al parto mismo" que, detectadas a tiempo, se derivan al especialista médico correspondiente. "Cada vez logramos mayor control", afirma Quiñones.

Se trata de un proceso integral que debe iniciarse el primer mes de embarazo y prolongarse después del nacimiento.

Pero en las ciudades, la partería se ve como algo "peligroso, sucio", se alimenta el prejuicio de que "es brujería, o de que solo sirve en ausencia de médicos", agrega Quiñones.

Sin embargo, si la ley se aprueba, las empresas que gestionan los servicios médicos facultadas por el Estado, aprovecharán la partería porque "tienen la infraestructura montada y representará ingresos", opina.

Un camino intermedio entre las parteras tradicionales y la atención hospitalaria es explorado en Bogotá por la privada Fundación Procrear, del médico Mauricio Espinosa.

Allí se ofrecen partos en el agua, con apoyo de una partera y bajo la atenta y respetuosa mirada de Espinosa.

"Es cómodo, tibio, con una inmensa sensación de libertad", dice Carolina Zuluaga, recordando el nacimiento de su hijo Federico, dos años y medio atrás.

"Juan, mi esposo, me ayudó a pujar, cortó el cordón umbilical, y guardamos la placenta ocho meses para luego devolvérsela al universo en agradecimiento por nuestro niño", relata Zuluaga.

miércoles, mayo 26, 2010

La voz de las mujeres en el Otro Bicentenario...

Mujeres de distintas organizaciones sociales, feministas e indigenistas participaron de una charla-debate sobre género, en el marco del "Bicentenario de los pueblos". "Seguimos de pie luchando por nuestros derechos y en contra de la opresión", señaló una de las participantes.
Por ANRed - Sur
En el marco del "El otro Bicentenario, el de lo pueblos", mujeres integrantes de distintas organizaciones sociales, feministas e indigenistas participaron esta tarde de una charla abierta sobre "200 años de lucha y resistencia de las mujeres en America Latina" en la que reflexionaron a cerca del rol que cumplieron las trabajadoras a lo largo de la historia y el lugar secundario al que fueron relegadas. La propuesta fue recuperar la memoria de las mujeres y de una historia que está callada, oculta.

La charla que comenzó a las 15.30 en la carpa azul, donde se llamaron adelante otros encuentros sobre distintas problemáticas sociales, a lo largo de toda la jornada tuvo como eje principal hacer una reflexión sobre la violencia, la opresión y el maltrato ejercido hacia ese grupo social y las luchas que ellas protagonizaron a lo largo de más de 200 años. Para esto, fueron convocadas mujeres de distintas comunidades quienes contaron sus propias experiencias.

"Sigue habiendo saqueo, violencia y represión hacia nosotras", remarcó María Paula García, una de las integrantes de la agrupación Socialismo Libertario, frente a una multitud que la escuchaba atentamente. "Todavía seguimos de pie y luchamos por nuestra propia recuperación y en defensa de nuestros derechos. No queremos que nos hagan un monumento. No pedimos 'flores ni bombones', queremos que nos reconozcan como trabajadoras y luchadoras", agregó la joven.

Luego, tomó el micrófono la representante de la comunidad de pueblos originarios Charrúa, de Paraguay quien explicó cuál es la concepción indigenista a cerca del papel de la mujer. Desde la comunidad originaria "no separamos al hombre de la mujer. Creemos en la dualidad en la que mujeres y hombres nos complementamos. Ninguno es mejor que el otro, sino que nosotras somos tan importantes como ellos. Pero apoyamos los reclamos de las compañeras feministas que luchan en contra de la violencia hacia la mujer", expresó la mujer. "

Hoy en día, "estamos recuperando nuestra identidad. Nuestra verdadera historia, la historia que no se cuenta", reconoció la mujer originaria del Paraguay.

Luego, llegó el turno de una de las representantes de la comunidad mapuche, Moira Millán, quien expresó que "en las comunidades también hay maltrato y opresión hacia las mujeres". Pero también aseguró que a pesar de esa realidad, están de pie y "levantamos las banderas del derecho de las mujeres, del derecho al aborto legal y a la plenitud de la maternidad", finalizó.

Foto: ANRed

martes, junio 09, 2009

República Dominicana: ser mujer y sobrevivir en un empleo

Fuente: Cimac Noticias
Las dominicanas trabajan tanto como sus compatriotas varones, pero reciben menos salario, están más desempleadas y sufren segregación laboral, según un estudio difundido por la Secretaría de la Mujer de ese país.

La participación femenina en el mundo laboral quisqueyano (dominicano) --señala Moisés Saab en el Especial de Prensa Latina Mujeres del Tercer Milenio-- creció en las últimas décadas, aunque ese empuje ha sido insuficiente para derribar algunas barreras como la segregación laboral, señaló Sonia Díaz, subsecretaria de Estado de la Mujer en un reciente encuentro sobre el tema.

En términos de dinero, las diferencias se expresan en el hecho de que los hombres reciben, como promedio, 54.50 pesos (alrededor de 1.51 dólar) por hora de trabajo y las mujeres 3.20 menos.

Otro de los obstáculos para la inserción en la vida productiva es la
demanda de algunos empleadores de que las mujeres se hagan pruebas de embarazo antes de aceptarlas en un puesto de trabajo, una ilegalidad que viola el código laboral vigente.

El incremento de la presencia femenina en el universo laboral sigue restringida en gran medida al sector informal de las microempresas de subsistencia, cuyo impacto social es mínimo.

La principal razón de este índice subyace en la necesidad de mantener a la familia por el abandono de los padres.

En términos de desempleo, el número mayor es de mujeres, 22.8 por ciento, en comparación con el 8.5 de los hombres, quienes además ocupan labores que por su rigor no pueden ser confiadas a mujeres, lo cual eleva aún más esa diferencia en la práctica cotidiana.

Como patronos o asociados, las mujeres asimismo están en desventaja pues sólo el 23 por ciento de los registrados en esa categoría son hijas de Eva, en comparación con el 77 por ciento que ocupan los varones, según datos de la Secretaría de Estado de Trabajo.

Otra característica negativa es que el impacto económico de la labor femenina resulta mínimo debido a que están en su mayoría restringidas a labores de servicio o de mano de obra no calificada.

A ese rosario de desgracias es preciso sumar quejas recurrentes sobre el acoso sexual y laboral a que son sometidas las mujeres por parte de superiores administrativos y sus propios compañeros.

En un reciente panel sobre Crisis Económica y Empleo de la Mujer, se evidenciaron criterios disparatados según los cuales una empleada puede perder su puesto si rechaza insinuaciones o propuestas sexuales de sus superiores.

En lenguaje llano, ese criterio implica la vigencia del derecho de pernada ejercido por los señores feudales del medioevo con sus siervos de la gleba un milenio atrás, cuando aún se creía que el mundo era plano y el sol giraba en torno a la Tierra.

Lo peor de esta situación es que para el 44.1 por ciento de las mujeres participantes en una encuesta del proyecto Cumple y Gana, auspiciado por la Secretaría de Trabajo, el acoso sexual no está prohibido, cuando en rigor está sancionado en el Código Laboral vigente.

Entre los sectores donde más patente son las dificultades para las mujeres es el textil, mayoritario en las zonas francas y uno de los principales de la economía dominicana.

Entre ese proceloso mar de presiones, agresiones embozadas y
discriminaciones transcurre la vida de las dominicanas, relegadas por su sexo a una supeditación que impide su desarrollo aunque sea la protagonista de las canciones de amor y de altisonantes manifestaciones cada día de las madres, finaliza el Especial Mujeres del Tercer Milenio, de Prensa Latina.

lunes, octubre 13, 2008

Entrevista a Alan Touraine: “Las mujeres son los nuevos actores sociales”



Kaos en la Red
El influyente sociólogo francés Alain Touraine habló, sobre todo, de mujeres : en la actualidad, en y después del ‘68, y en el futuro. Considera que los próximos 500 años serán de ellas.

Alain Touraine es uno de los más influyentes sociólogos y pensadores actuales. A sus 82 años, este filósofo francés y director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París sigue investigando, trabajando incansablemente y reflexionando sobre la sociedad en la que vivimos. En su último libro El mundo de las mujeres considera que hemos entrado en una sociedad de mujeres para los próximos 500 años y que los hombres siguen el camino con dificultad.

Siempre optimista, anuncia que van a pasar cosas “increíbles, impensables” en los próximos años.

DIAGONAL : ¿Cuáles son las características de la sociedad actual ?

ALAIN TOURAINE : Pienso que hemos pasado de una sociedad determinada por términos políticos y luego económicos, a una sociedad definida por términos culturales. Teniendo en cuenta este cambio, me percaté de que las mujeres durante mil años no habían tenido derecho a una subjetividad, a pesar de los papeles fundamentales que desempeñaban. A veces eran reinas o putas de lujo, pero ninguna de ellas tenía subjetividad, no eran un sujeto. Una mujer no tenía el derecho de decir “yo”, decía “ellos”, “nosotros”.

D. : ¿Esta subjetividad puede ser una herencia de mayo del ‘68 ?

A.T. : No lo creo, ya que mayo del ‘68 no representa un punto muy importante dentro de la historia de las mujeres. Se habló más de homosexualidad que de mujeres, se habló más de minorías étnicas o regionales. Lo que decían las mujeres en aquella época era “los hombres hablan y nosotras lo pasamos a máquina”.

En 1967 en Francia, se legaliza el derecho a la contracepción y en 1975, con la ley defendida por Simone Veil, se autoriza el aborto. Son fechas mucho más importantes. No se puede negar que influyó mayo del ‘68, pero no fue un momento clave.

Con esta transformación de la sociedad y la declaración de este nuevo feminismo o, mejor dicho, movimiento femenino, las mujeres son los nuevos actores, es decir, son ellas las que introducen ideas nuevas en la sociedad. Con la toma de conciencia de su subjetividad, las mujeres ven un mundo organizado alrededor de la creación del ‘yo mujer’. Es mi opinión, y creo que el resultado esencial de mi investigación es que las mujeres piensan que lo fundamental para ellas es construirse como mujeres.

D. : ¿En qué lugar quedan los hombres en sus relaciones ?

A.T. : Puede ser un proceso esencial, pero la meta no es enamorarse o tener una relación de fusión con otra persona. No, se trata de crear una nueva relación consigo misma. No significa tratar a los hombres como instrumentos, pero estas mujeres se niegan a considerarse como parte de la pareja. La mujer es primero una mujer.

D. : ¿En qué momento cree que se encuentra Europa ?

A.T : Los europeos están en peligro de extinción, son incapaces de apasionarse con nada. Ahora estamos en una época en la cual los europeos y las europeas se aburren, y ¡las mujeres europeas se aburren aún más ! El periodo anterior de lucha se ha terminado, excepto quizás para el grupo más intelectual de un movimiento que es norteamericano y que piensa que hay que destruir no sólo el género, las construcciones de dominio del masculino sobre el femenino, sino también los sexos : el movimiento queer. Tienen ideas interesantes : no hay hombres, no hay mujeres, son conceptos construidos más que elementos biológicos.

En Francia por ejemplo, la imagen que prevalece es que las mujeres son víctimas : están mal pagadas, sufren violaciones, hay casos de incestos… Se trata de una visión totalmente negativa, pero en gran parte real. Descubrimos que el nivel de violencia es mucho más alto de lo que se pensaba. Una de cada cinco mujeres en Francia ha sufrido actos de violencia fuerte. Se inventó, por ejemplo, un concepto que no conocía que es el de la ‘violación conyugal’, es decir, la mujer violada por su propio marido. Pasa lo mismo con el incesto, que está mucho más difundido de lo que se creía.

D. : Usted vivió el mayo del ‘68 como profesor en la Universidad de Nanterre y defendió a Daniel Cohn- Bendit ante el comité disciplinario. Muchos aspectos libertarios de entonces, al ser absorbidos por los medios de comunicación, han desaparecido totalmente, ¿no es así ?

A.T : Cada 15 días hay una exposición de las serigrafías, recordamos “Il est interdit d’interdir” (Está prohibido prohibir), “Sous les pavés, la plage” (Debajo de los adoquines, la playa). Fundamentalmente, la imagen que se mantiene es la de la libertad sexual, aunque no fue tan grande en mi opinión. Las numerosas referencias a los homosexuales, la separación entre gays y lesbianas ocurrió más tarde, y otras cosas más, algunas infantiles desde mi punto de vista. Hubo un exceso de palabras porque la ideología oficial se entendía a través de los siguientes términos : anticapitalista, clase obrera, sindicalismo. La gente inventó un falso lenguaje que desapareció, pero los temas culturales, los que estaban vinculados con el cuerpo, el sexo, la lucha en contra de la manipulación del cuerpo de la mujer por servicios económicos, todo eso estuvo permanentemente presente.

D. : ¿Qué nos queda del ‘68, aparte de las serigrafías, de los lemas ?

J.L.B. : Creo que la relación de la mujer con su cuerpo, su sexo, con los hombres, ha cambiado profundamente. Para mí, la mujer ha puesto el centro de su existencia, de su identidad, de sus problemas, en ella misma. Me acuerdo de una mujer musulmana que me contó su historia, que me decía que el problema de la virginidad era insoportable, que su padre siempre la vigilaba. Era musulmana pero no aceptaba la sharia. Acabó llorando, y todo el grupo de estudio de mujeres lloró con ella. Todas habían vivido situaciones similares. Después de un momento, la chica levanta la cabeza y dice : “me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que he dicho yo”. Eso es el ‘68.

lunes, octubre 06, 2008

Patriarcado y militarización



Por: Idania Trujillo / Kaos en la Red

Entender el patriarcado como sistema de dominación que perpetúa y refuerza el control sobre la vida de las mujeres y, en especial, sobre su cuerpo y su identidad fue uno de los temas discutidos en el día de ayer en una de las mesas de trabajo del II Encuentro Hemisférico frente a la Militarización que tiene lugar enLa Esperanza, Intibucá, Honduras y que reúne a unos 700 participantes de diversas organizaciones, redes y campañas continentales.


Integrantes de diferentes movimientos de mujeres, feministas, liderezas de organizaciones y comunicadoras intercambiaron acerca de la necesidad de socializar y profundizar críticamente sobre este concepto, sus referentes históricos y el modo en que influye en la vida, el trabajo y las relaciones individuales y sociales, las subjetividades y la cultura que refuerza un patrón marcadamente discriminatorio y excluyente, montado en la lógica del poder heterosexual, blanco y masculino.

Y como para no confundir el cebo con la manteca, se analizó desde las múltiples voces de las mujeres de nuestro continente, las difíciles y duras condiciones en que viven millones de mujeres negras, indígenas, pobres desplazadas, violentadas, asesinadas, invisibilizadas y excluidas.

Sus historias no aparecen en los grandes medios de comunicación ni tampoco son tenidas en cuenta, como debería ocurrir, en las políticas sociales, de salud, educación y cultura y en las leyes de muchos gobiernos. Ellas, junto a los niños y las niñas y las ancianas y los ancianos constituyen la parte más vulnerable de la sociedad.

Ellas son las que resisten las guerras, los conflictos étnicos, y llevan sobre sus cuerpos las marcas de la violencia que genera la militarización, una estrategia imperialista que no se agota en la implantación de planes guerreristas, bases militares sino en proyectos que buscan apropiarse de las culturas y los recursos naturales como el agua, la tierra, las semillas y los conocimientos ancestrales de nuestros pueblos.

Por increíble que parezca todavía funcionan y se reproducen en nuestras sociedades prácticas violatorias de los derechos las mujeres que surgieron en los inicios de la sociedad esclavista donde ellas podían ser fácilmente maltratadas y atropelladas, cambiadas o regaladas, compradas y vendidas, no solo para el matrimonio sino traficadas para la prostitución.

El tema parece haberse detenido en el tiempo, pues hasta en las llamadas sociedades instruidas o avanzadas, a la cultura de los hombres le resulta difícil distinguir entre violación y sexo consensual, porque en el patriarcado las preferencias del hombre tienen mucho peso y las de la mujer son casi nulas.

La militarización de nuestras naciones las afecta de modo directo y concreto en su cotidiano de vida pues reproduce y multiplica la dominación patriarcal y ahonda las diferencias entre los privilegios otorgados históricamente al varón mediante las convenciones sociales, las prácticas religiosas, jurídicas y las organizaciones políticas.

La mexicana Martha Figueroa se refirió a cómo el patriarcado tiene que ver con el control del cuerpo de las mujeres. En cualquier conflicto, y hay ejemplos de ello en todo el continente, dijo, nuestro cuerpo se vuelve un campo de batalla donde se ejercen las más crueles violaciones.

Por otra parte, expresó, “hay que entender que la izquierda o movimiento social que no vaya con el derecho de las mujeres, que no acompañe y visibilice su lucha, no puede llamarse revolucionario”

Otra compañera de El Salvador se preguntó “a dónde dirigimos nuestros esfuerzos como mujeres, cómo nos unimos y logramos que respeten nuestros derechos si sólo nos

toman en cuenta, en el mejor de los casos, cuando más les conviene, en el momento de las elecciones y luego nos voltean la cara”.

Por su parte, una compañera nicaragüense explicó cómo “las mujeres no estamos en los espacios políticos aunque somos las que salimos a luchar. No estamos siendo parte de esas decisiones. Somos nosotras mismas las que nos organizamos y planificamos acciones conjuntas para defender la vida.

“Y qué pasó cuando terminó la guerra.? Nos excluyeron y cerraron nuestro espacio. Entonces no hubo otra que regresar a la casa. Tomamos la agenda social como parte de nuestra agenda pero cuando necesitamos que ellos participen en nuestra agenda es imposible, en especial, en el tema de las violaciones y los derechos sexuales y reproductivos.”

La firma de un pacto político a propuesta de las mujeres fue otro de los ejemplos expuestos por una compañera de Chiapas, México. Ella explicó que “este pacto permite trabajar en la prevención de la violencia contra las mujeres y comprende mecanismos que sirvan para actuar en consecuencia cuando haya agresiones contra las mujeres. Afortunadamente varias asociaciones femeninas y mixtas ya lo han firmado”.

¿Qué hacer entonces frente a estas realidades? ¿Qué nuevas estrategias y articulaciones pueden construirse para hacer visible la lucha contra ese modelo excluyente, injusto, desigual y violento que genera el sistema capitalista? ¿Cómo se organiza, moviliza y trasciende toda la experiencia acumulada de las mujeres latinoamericanas en las luchas sociales del continente?

Entre las propuestas hechas por la mesa de trabajo “Patriarcado y militarización” se expusieron las siguientes:

Luchar por la paz, en contra de la guerra y por un mundo sin armas.

El derecho al trabajo y al empleo digno, revalorizando la economía del cuidado como la lógica deseable para las economías nacionales así como para el conjunto de la economía mundial.


Denunciar por todas las vías y medios posibles las discriminaciones y múltiples dominaciones a la que están sometidas las mujeres en esta parte del continente, en especial, el patriarcado, el capitalismo, las guerras, la militarización, la emigración, la trata de mujeres, la violencia social y doméstica, el control de los derechos a decidir sobre sus cuerpos.


Rechazar los proyectos de los agronegocios, biocombustibles y el monocultivo.


Luchar por la defensa de la tierra, el agua, las semillas y los conocimientos ancestrales de los pueblos.

Proyectar propuestas y agendas desde el movimiento de mujeres sobre sus luchas para que sean tenidas en cuenta en las agendas de los movimientos sociales y populares del continente.

Lograr un pronunciamiento sobre el tema de patriarcado y los impactos de la militarización en la vida de las mujeres en el Foro Social Américas, de Guatemala.

Proponer un debate y pronunciamiento público sobre el fundamentalismo religioso y los derechos de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos


jueves, octubre 02, 2008

ONU oculta datos de violencia sexual de Cascos Azules


Estitxu Martínez de Guevara -CEPRID
Fuente: Rebelión

Desde que en 1996 un elaborado estudio conocido como Informe Machel —por ser la mozambiqueña Graça Machel quien lo dirigió— pusiera al descubierto parte de los innumerables casos de abuso y explotación sexual cometidos por las fuerzas de paz de la ONU (que incluyen violaciones y todo tipo de torturas sexuales a niñas y mujeres de todas las edades, esclavismo sexual, participación en redes de trata de niñas y mujeres para prostitución, constitución y gestión de prostíbulos, transmisión masiva del SIDA y otras enfermedades venéreas por negarse a tomar medidas profilácticas, elaboración y distribución de material pornográfico con menores y mujeres de las zonas, grabaciones de violaciones de niñas menores de 12 años…) asistimos a un interminable goteo de noticias sobre nuevas tropelías, habitualmente seguido de las consabidas declaraciones de indignación de la ONU, su reiteración en la política de Tolerancia Cero y su determinación para acabar con esta horripilante lacra.


Sin embargo, podemos afirmar que la realidad es muy otra: la violencia sexual cometida por los Cascos Azules sigue presente en todas y cada una de las misiones de Naciones Unidas y es protagonizada por miembros de los ejércitos humanitarios de todas las nacionalidades, quienes siguen disfrutando de la connivencia y complicidad de sus mandos y representantes, así como de la impunidad que les ofrece la inmunidad de la que gozan.

Aunque no es éste el sitio para profundizar en la verdadera dimensión del asunto —las causas que lo originan, las consecuencias sobre las víctimas o las posibles soluciones (lo que hemos abordado en el libro Los ejércitos humanitarios y la violencia sexista militar, ed. Zapateneo, 2008)—, sí creemos pertinente examinar una cuestión: la de los datos que al respecto ofrece NN.UU. que están sirviendo para encubrir la realidad —de forma especial tras el nombramiento del nuevo Secretario General Ban Ki-moon— al aplicar a las cifras numerosos filtros, cuatro de los cuales vamos a mostrar.

Maquillando las cifras

El primero —y más grave— consiste en no presentar las cifras sobre los casos habidos o conocidos por la Organización, sino sobre las denuncias que a ella le han presentado. El matiz es muy importante porque ¿cuántas víctimas de violación de un Casco Azul se plantean presentar denuncias a la organización a la que pertenece su agresor? Pocas, sin duda. A ello añadámosle que la población agredida está compuesta por niñas o mujeres jóvenes de poblaciones empobrecidas y afectadas por las guerras, en gran parte analfabetas, con traumas sicológicos como consecuencia de la agresión, atemorizadas y avergonzadas, amenazadas por sus agresores y sabedoras de que en la inmensa mayoría de casos la denuncia no va a servir sino para que sus familias y comunidades las estigmaticen cuando se conozcan los hechos —debido a las costumbres y convenciones religiosas y culturales en vigor—. En estas condiciones, ¿cuántos casos se transformarán en denuncias presentadas a la ONU? Con seguridad, la mínima parte.

El segundo gran filtro se produce al contabilizar las denuncias, pues no tiene en cuenta las rechazadas por pruebas insuficientes. Esto sería lógico si no fuera porque, como reconoce la propia Oficina de Servicios de Supervisión Interna de la ONU —OSSI—, muchas de las investigaciones se tienen que abandonar porque el Casco Azul en cuestión ya no estaba en la zona; porque no se habían hallado testigos; porque no se contaba con medios suficientes para la investigación…, o porque los propios mandos y compañeros de los acusados se dedicaban a poner zancadillas internas a la investigación.

El resultado es que, en 2006, un 70% de las denuncias presentadas contra soldados humanitarios fueron rechazadas por pruebas insuficientes. Del 17 de enero al 13 de febrero de 2006, los investigadores de la OSSI en Bunia recibieron 217 denuncias de casos en que integrantes del personal de mantenimiento de la paz habían tenido relaciones sexuales con muchachas de 18 años y más jóvenes a cambio de dinero, alimentos o prendas de vestir. Las conclusiones de la OSSI fueron tajantes: «aunque las denuncias recibidas por la Oficina indicaban que los contactos sexuales entre muchachas de la localidad e integrantes de las fuerzas de mantenimiento de la paz eran frecuentes y seguían existiendo, sólo hubo pruebas suficientes para fundamentar plenamente una de las denuncias». Finalmente sólo se contabilizó un caso de las 217 denuncias.

Con Ban Ki-moon la ONU se lava las manos

La puesta en práctica de los siguientes filtros corresponden al mandato del actual Secretario General, Ban Ki-moon, quien de esta manera ha conseguido que las cifras de denuncias —no de casos— de 2007 sean, por primera vez, inferiores a las del año anterior. Para ello —y este es el tercer filtro— ha restringido aún más el criterio: los datos se limitan a las denuncias cuya investigación ha finalizado de entre las denuncias presentadas. Y la diferencia es notable. Así, cuando en enero de 2007 se publican las primeras cifras del mandato de Ban Ki-moon, correspondientes al periodo entre enero de 2004 y diciembre de 2006, la Subsecretaria de la ONU para Operaciones de Paz, Jane Holl Lute, dice que se han «investigado denuncias que afectan a 319 participantes en misiones de paz». Lo que no hizo público Holl Lute es que en ese periodo se habían presentado 802 denuncias, de las cuales ni un 40% habían sido investigadas totalmente. Visto lo cual es comprensible que a NN.UU. no le interese demasiado poner los medios necesarios para que las investigaciones se lleven a cabo con prontitud, porque ello supondría el aumento de sus cifras.

El último filtro hasta ahora utilizado por Ban Ki-moon tiene que ver con la nueva política que la ONU ha adoptado ante el grave daño que sus ejércitos humanitarios procuran a la imagen y reputación de la Organización.

Tras más de 4 años de intentar practicar una política de Tolerancia Cero —cuyo fracaso ha sido estrepitoso— la ONU parece quere lavarse las manos y ha decidido que los actos delictivos de los Cascos Azules competan a los gobiernos de origen de éstos y a sus mandos: los mismos que silencian y encubren los delitos cometidos para mantener impoluta la imagen de sus países —entre otras razones—.

A partir de esa decisión, como ha señalado el portavoz de NN.UU. Nick Birnback: «La Organización dependerá de los esfuerzos de los países que aportan tropas y policías para investigar y disciplinar a sus nacionales cuando se pruebe que hayan cometido abusos mientras servían en operaciones bajo la bandera de la ONU». Y ello, evidentemente, ha comenzado a reflejarse en las cifras de la ONU.

Para 2007 la Organización ha dado una cifra de 129 denuncias, lo que significaría una reducción de casi el 64% con respecto a los datos de 2006, aunque observando algunos datos aparecidos en los medios durante 2007, podemos darnos cuenta de la veracidad de esta cifra. En julio de 2007 se publicaba que 734 Cascos Azules marroquíes habían sido retirados de la misión en Costa de Marfil acusados de explotación sexual de niñas menores. En noviembre del mismo año 108 pacificadores ceilandeses de la misión de la ONU en Haití fueron repatriados acusados del mismo delito. En ambos casos —hubo más durante 2007— NN.UU., ante las numerosas evidencias, tomó la decisión de la repatriación, lo que de acuerdo con la nueva política, dejaba en manos de sus respetivos gobiernos las labores de investigación.

En el caso de los 734 Cascos Azules marroquíes, las investigaciones de su gobierno —auxiliado por NN.UU.— tuvieron que abandonarse sin conclusiones porque las víctimas «aparentemente se negaron a colaborar con la investigación». Y claro, como son investigaciones no concluidas, estos casos no engrosan las cifras de la ONU. De las investigaciones del gobierno de Sri Lanka no se tienen noticias hasta el momento y, en cualquier caso, ya no incrementarán el dato hecho público por la ONU para 2007. Eso sí, el representante ceilandés declaraba en la Cuarta Comisión de Naciones Unidas de diciembre de 2007 que «(…) debe respetarse el principio de que una persona es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad, y debe ponerse freno a los medios de comunicación sensacionalista interesados en tales denuncias hasta que los hechos hayan quedado debidamente demostrados».

Acabar con los ejércitos humanitarios

Concluimos un análisis que podría tener más ingredientes. Con lo visto hasta aquí pretendemos dejar en evidencia que las cifras de la ONU sobre los casos de abuso y explotación sexual de los Cascos Azules ocultan deliberadamente la dimensión del terrible problema y no reflejan, quizá, ni un 10% de la realidad. Ante ello, y ante los evidentes intentos de alejar la cuestión de las agendas mediáticas, creemos que es imprescindible poner en marcha una campaña pública de denuncia centrada en esta abominable cara oculta de los ejércitos humanitarios, hasta conseguir su desaparición. Ojalá la publicación de Los ejércitos humanitarios y la violencia sexista militar sirva de herramienta en esa tarea.

Estitxu Martínez de Guevara, en nombre del Colectivo Gasteizkoak

martes, septiembre 23, 2008

VIH/sida: Mujeres, un tema todavía pendiente



Por: Sara Más

Aun cuando variadas experiencias por todo el mundo dan cuenta de acciones y resultados favorables en la prevención, atención y liderazgo de las mujeres frente al Virus de Inmunodeficiencia Humana (causante del sida), el estigma, la violencia y la discriminación las mantienen bajo alto riesgo y en situación vulnerable.


"La oportunidad para las mujeres, en la toma de decisiones, es todavía limitada", reconoció Kristen Schoultz, directora de la Coalición Mundial para las Mujeres y el Sida de ONUSIDA, durante un intercambio con la prensa acreditada a la XVII Conferencia Mundial de VIH/sida, que tiene lugar en esta capital, del 3 al 8 de agosto.

Aunque hay subregistros en los datos, se calcula que, en el mundo, existen 40 millones de personas seropositivas al VIH y cerca de la mitad son mujeres.

Las más altas tasas de infección se registran en países donde la epidemia se ha generalizado y la transmisión ocurre primordialmente a través de relaciones sexuales, frecuentemente dentro del matrimonio, señalan los estudios.

Sin embargo, ellas suelen estar fuera del diálogo sobre sus derechos y apenas se les toma en cuenta en los programas nacionales de acción y prevención, señalaron en la Conferencia Mundial varias representantes de la YWCA Mundial y la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con VIH/sida (ICW).

Tanto la YWCA Mundial, que agrupa a más de 25 millones de mujeres y niñas en 125 países, como la ICW, única red internacional integrada y dirigida por mujeres VIH positivas, tuvieron a su cargo la organización del Foro de Mujeres Positivas, celebrado en julio del pasado año en Nairobi, Kenia, como parte de la Cumbre Mundial de Mujeres sobre VIH y sida.

Un estudio realizado en 179 países comprobó que en sólo 10 por ciento hubo participación femenina en los planes nacionales contra el sida, señaló Schoultz.

"Si queremos avanzar en la lucha contra el sida, todos los programas tienen que tener en cuenta los derechos sexuales y reproductivos de todas las personas y los de las mujeres positivas también", enfatizó.

De los cerca de 15 millones de mujeres con VIH que se estima hay en el mundo, sólo 10 por ciento sabe su condición, según datos manejados en la conferencia de prensa, en la cual fue presentado el informe "Nada sobre nosotras, sin nosotras", del Foro Social de Mujeres Positivas. "El estigma impide que muchas se hagan la pruebas y reciban tratamientos", acotó Schoultz.

En el documento, el foro llama a desarrollar el liderazgo femenino, a promover la igualdad de género y los derechos humanos de las mujeres y las niñas, a garantizar su seguridad física, sexual y psicológica; su educación y seguridad económica y expandir el acceso a los servicios, entre otras acciones críticas para el cambio.

"Las mujeres con VIH no siempre se involucran, y su participación es necesaria para que realmente los programas las beneficien", dijo la doctora Alice Welbourn, ex presidenta de la Comunidad Internacional de Mujeres viviendo con VIH y sida.

El Foro de Mujeres Positivas, la reunión más grande de este tipo que logró reunir a casi 300 personas, identificó al estigma, la discriminación, el irrespeto a los derechos humanos, la falta de acceso a tratamiento, a cuidado y soporte, como sus grandes desafíos.

El glosario de pesares que deben padecer las mujeres positivas es incalculable. El informe da cuenta de situaciones que van desde casos de algunas que han sido apedreadas a muerte debido al VIH, hasta otras obligadas a abortar o a someterse a una esterilización bajo la amenaza de negarles el acceso a los servicios.

Por otro lado, millones carecen de acceso a los métodos de prevención que ellas pudieran controlar, como el condón femenino y los microbicidas, cuando ha quedado claro que la abstención, la fidelidad y los preservativos masculinos no les funcionan.

A juicio de Musimbi Kanyoro, ex Secretaria General de la YWCA Mundial y actual Directora del Programa de Población de la Fundación David y Lucille Packard, todavía falta mucho para incorporar a las mujeres en la dimensión que ellas necesitan. "Para reducir la retórica y convertirla en actos, hay que respaldar esta estrategia con acciones y recursos", manifestó.

¿Qué es la trata de personas?



Organización Internacional sobre las Migraciones / LUCHA CONTRA LA TRATA DE PERSONAS

La trata de personas es una forma de esclavitud (sexual o laboral) que involucra el secuestro, el engaño o la violencia.


Las víctimas de trata suelen ser reclutadas mediante engaños (tales como falsas ofertas de trabajo u ofertas engañosas que no aclaran las condiciones en las que se va a realizar el trabajo ofrecido) y trasladadas hasta el lugar donde serán explotadas.

En los lugares de explotación, las víctimas son retenidas por sus captores mediante amenazas, deudas, mentiras, coacción, violencia, etcétera, y obligadas a prostituirse o trabajar en condiciones infrahumanas.

El Protocolo de las Naciones Unidas para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños es el instrumento que contiene la definición de trata de personas acordada internacionalmente.

Los elementos principales de la definición son los siguientes:

- la captación (mediante secuestro o engaño);

- el traslado (al interior de un mismo país, o entre países);

- la finalidad de explotación –principalmente sexual o laboral- mediante amenazas, violencia, coacción, etcétera.

Es decir que la trata de personas es un proceso que incluye diversas acciones: el reclutamiento o secuestro, el traslado (ya sea dentro de un mismo país, o entre diferentes países), la recepción y alojamiento de la víctima en el lugar de destino, y su explotación en un contexto de amenazas, engaño, coacción y violencia.

Esta secuencia de acciones es llevada a cabo por redes o asociaciones criminales (redes de tratantes) cuyos diferentes miembros identifican y reclutan a las futuras víctimas; organizan, gestionan y financian su traslado; son dueños, administradores o regentes de los lugares donde las explotan, o alquilan las víctimas a terceros a cambio de una renta. Los tratantes se aseguran mediante amenazas, engaños, deudas y violencia que las víctimas no puedan -o crean que no pueden- salir de su situación de esclavitud.

En general, los tratantes retienen los documentos de las víctimas como una forma más de coacción. En el caso de extranjeros y extranjeras, les amenazan con la deportación o la cárcel.

A nivel mundial, se estima que más del 90% de las víctimas de trata son mujeres, niñas y adolescentes explotadas sexualmente. Respecto a la trata para explotación laboral, las víctimas –varones y mujeres por igual– se ven forzadas a trabajar en condiciones inhumanas en talleres textiles clandestinos, agricultura, pesqueras, ladrilleras, servicio doméstico, etc. Otras finalidades de explotación son los matrimonios serviles, la mendicidad y la extracción de órganos.

La trata de personas es un delito cometido por redes que reclutan, secuestran, trasladan, alojan y explotan las víctimas.

La persona que, mediante engaños, amenazas o violencia es obligada a hacer cosas contra su voluntad es víctima de un delito.


DENUNCIA LA TRATA Y TRÁFICO DE PERSONAS!

Feminismo Marxista



Por: Carlos X. Blanco

Apuntes de feminismo revolucionario

En la era de los medios masivos, y de la “sociedad de la imagen”, es cuando el cuerpo humano, y sobre todo el de la mujer, sufre un proceso de colonización y apropiación por parte de la burguesía consumista.


El capitalismo no es sino una de las últimas formas de explotación y dominación de los cuerpos. Esta explotación y dominación se remonta muy atrás en el tiempo. Abarca toda la historia de lo que, de manera muy pomposa, damos en llamar “civilización”. No hay constancia de que en las sociedades prehistóricas y pre-urbanas se diera la explotación y la dominación de los cuerpos. A lo sumo, las sociedades aldeanas practicaron hasta bien entrado el neolítico una primitiva división del trabajo en función del sexo, pero de ella no parece que se pueda deducir una dominación y explotación de los cuerpos etiquetados o marcados en función del sexo.

El inicio de la “civilización”, como ya indica el término, “cives” (como polis, ciudad y estado) es el inicio de una verdadera jerarquía social de dominación entre los seres humanos. El control de las entidades políticas a cargo de una elite aristocrática, guerrera, sacerdotal, o bien por una mezcla o simbiosis de ambas castas, es un control que incluye el etiquetado o el marcaje en función del sexo. De la mera diversidad de los cuerpos, que no atiende únicamente a la anatomía reproductora y sexual, sino también a las diferencias de edad, de raza, de capacidad guerrera, intelectual o laboral, se pasa a una rígida jerarquización en función del sexo ya “marcado” en términos de Poder.

El marcaje se hace de forma transversal, es decir, que la dicotomía socialmente creada de macho-hembra alcanza a todas las clases o castas sociales, si bien se modula según la clase o casta de la que se trata. Por ejemplo, en ciertas sociedades la mujer, aun habiendo resultado subordinada en función de un marcaje “civilizado” sufre una situación menos oprimida si ésta nace en una clase alta. En otras sociedades ocurrirá justamente lo contrario, y una mujer nacida con un estatus elevado sufre una mayor presión de marcaje precisamente por ello, en comparación con las féminas de las clases bajas. Se puede estudiar esta diferente modulación del marcaje sexual, observando la gran desenvoltura de que gozaba la hembra romana de la clase superior, en comparación con la mujer del populacho, por un lado, y el estricto código puritano y opresivo de la fémina de la época victoriana de la alta burguesía europea occidental frente a la mayor desenvoltura e independencia (relativas) de la obrera decimonónica.

El “rearme moral” que la burguesía occidental impulsó a lo largo del siglo XIX, y cuyas consecuencias llegan hasta hoy, se puede interpretar como una intensa campaña de colonización que las clases pudientes ejercieron sobre el proletariado con el fin de sujetar y controlar sus cuerpos y sus actividades corporales, no ya solo en el ámbito sexual y sus aledaños (matrimonio monogámico, crianza de niños, tamaño de los hogares...) sino en otros planos de la “vida civilizada” con el fin de que la obrera fuera un calco casi perfecto de la burguesa en el plano de la “moral”. De hecho, esta idea de la “moral” tal y como los burgueses la difundieron empleándola como consigna de colonización de cuerpos y hábitos de lxs proletarixs, no fue otra cosa que el enmascaramiento de unas relaciones asimétricas que el régimen de producción capitalista imponía.

Que la burguesía dominara al proletariado en el ámbito de la Producción, implicaba necesariamente una subsiguiente dominación de sus cuerpos y hábitos mucho más allá de la mera explotación laboral. Un régimen de producción, como demostró Marx, acaba siendo un régimen de jerarquización social, donde los dominantes se imponen sobre los dominados y cortan todos los vínculos que antaño permitían a éstos escaparse de la “trampa social” que era y es el capitalismo. Un régimen de producción dominante siempre consiste en un sistema que llega a imposibilitar la autosuficiencia de los dominados. Esto fue lo que ocurrió con el proceso de acumulación primitiva y la expulsión de los campesinos de sus granjas, tierras de autoabastecimiento, bienes comunales, redes de solidaridad tradicional, etc.

Ese campesinado expulsado a la periferia de la urbe y dirigido hacia la fábrica es el proletariado atrapado en un sistema productivo “sin escapatoria”, en el que no hay más remedio que producir para otro bajo los resortes, condiciones y medios que proporciona el otro. Pues bien, una vez logrado eso, es decir, una vez creado el proletariado por medio de todo un sistema de poder y violencia (leyes de cierres de terrenos, leyes de pobres, leyes de persecución de “vagabundos y vagos”, orfanatos, asilos, etc.), el paso siguiente fue el de colonizar los hábitos “libertinos” de lxs proletarixs. En realidad, a comienzos de la Revolución Industrial, Europa Occidental se encontró con dos culturas divergentes.

La cultura burguesa y la cultura proletaria. La cultura de lxs proletarixs es muy desconocida históricamente, por aquello de que la Historia siempre la escriben los vencedores. Pero en todo caso sabemos que la burguesía reaccionó violentamente contra la proliferación de la subcultura “libertina” proletaria, pastoreando al proletariado según unas estrategias de control, dominación y sometimiento que arrancan ya de finales de la edad media. Fue así como la alianza entre la clerigalla y el capital emergente “inventó” una serie de instituciones como el matrimonio monogámico, el prostíbulo, etc. Instituciones que existían desde los albores mismos de la vida civilizada, pero que la nueva burguesía moduló para asegurar así un control total de cuerpos y de hábitos sobre el cual consolidar su dominación y sometimiento.

De una situación disociada, en la que la burguesía dominaba al proletariado que se estaba creando (y ello únicamente por medio de la explotación laboral) hubo de pasarse rápidamente a una colonización cultural: la parte burguesa de la sociedad exigía de la proletaria una emulación creciente ante el “escándalo moral” que significan los usos y costumbres espontáneas del proletariado.

El proletariado se colonizó de diversas maneras. Se dieron extensas campañas anti-alcohólicas, proyectos de re-evangelización, como los que luego formaron parte de Acción Católica y diversos sindicatos y asociaciones obreras de tipo cristiano. Se exigió el matrimonio heterosexual monogámico entre la clase obrera, persiguiendo cualquier otro tipo de uniones entre las personas (habituales desde la edad media) llegando incluso a su criminalización. Por lo demás, se extirpó cualquier forma de conducta espontánea de los obreros, tachándose de criminal, viciosa y pecaminosa.

En el origen de esta persecución de la diversidad encontramos todo un sinfín de instituciones (incluyendo las ciencias humanas) modernas, tales como el asilo, el presidio, el prostíbulo, la escuela reglada, el cuartel, el manicomio, etc. , así como una serie de “para-ciencias” que ya no pueden tildarse de humanidades, ni tampoco ser consideradas como ciencias en el sentido estricto, sino más bien como un corpus de técnicas de dominación, sometimiento o, al menos, control, que la sociedad burguesa va incorporando con el fin de lograr una colonización o domesticación del creciente contingente del proletariado.

Los espléndidos análisis de Michel Foucault, acerca de estas cuestiones, a mi juicio, hubieran ganado infinitamente si se les hubiera incorporado siempre una perspectiva de clase (es decir, marxista). Foucault subrayó que tales nuevas ciencias y técnicas de control, dominación y sometimiento no pueden ser meras superestructuras ni “instituciones”, y fue esta una consideración en la que el filósofo francés anduvo plenamente acertado. No son superestructuras sino estrategias, técnicas y procedimientos del propio capital y de sus mismos agentes en orden a consolidar su hegemonía sobre la clase obrera, así como formas aún más perfeccionadas que las tradicionales en orden a obtener plusvalía, con vistas a añadir y a potenciar a las técnicas tradicionales de la explotación de la fuerza de trabajo por cauces puramente económicos y mecánicos.

En efecto, la fuerza de trabajo puede ser crecientemente explotada por medio de una mayor inversión del capitalista en maquinaria, en tecnología que aumente la producción, que mejore el rendimiento. También puede hacerse, sin renunciar a lo primero, a través de una prolongación de la jornada laboral, etc. Pero la sociedad burguesa estaba (y está) absolutamente interesada en contar, además, con una dominación “moral” sobre la fuerza de trabajo a la que explota y a la que le chupa la sangre. La burguesía es, tendencialmente, fascista y esclavista y solo la resistencia de los oprimidos es capaz de romper o, al menos, obstaculizar sus intentos omnímodos de dominación no ya solo en el terreno económico sino también en el cultural y en el “moral”.

Es ahí donde cobra toda su importancia la historia de la explotación de los cuerpos, y su verdadera colonización a cargo de la sociedad burguesa ya en los siglos XX y XXI. Es en esta era de los medios de comunicación de masa, y de la “sociedad de la imagen” en la que el cuerpo humano, y de manera especialmente significativa, el cuerpo de la mujer, sufre un proceso de colonización y apropiación por parte de la burguesía consumista. Esta clase, esencialmente vampírica, se define por la posesión del capital y por ende, controladora de los medios de producción. Pero a su vez es la clase consumista por antonomasia.

A partir del marxismo más clásico, puede señalarse a esta clase como la responsable del desmesurado consumo de recursos energéticos para la producción, el despilfarro energético por su modo de vida, etc., pero normalmente no se ha puesto el acento, de manera suficiente, en la explotación y despilfarro de otros “bienes” que han entrado en un proceso de valorización. Y es que en esto, el capitalismo se muestra voraz, insaciable. Lo que antes parecía un recurso natural, e infinito, por tanto un don (“gratuito”) pasa a convertirse en valor de cambio, y en mercancía consumible. Y, claro, el grado y extensión en que se podrá consumir dicha mercancía estará en función no ya de restricciones morales (pues el capitalismo como tal es siempre muy cínico, no posee nunca moral y por ello se apoya en éticas prestadas, la cristiana, p. ejemplo), sino en función de restricciones del presupuesto del consumidor.

En este orden de cosas, se puede decir que hemos pasado de

(1) una moral puritana (victoriana) a la vieja usanza, basada en la marginalidad de la industria del sexo, con una dicotomía rígida entre matrimonio monógamo con corsé, por un lado, y el prostíbulo, o establecimiento empresarial dedicado a la explotación de cuerpos de mujeres a

(2) una mayor diversidad e intensidad de la industria del sexo, en la que últimamente se van incorporando los cuerpos de varones y niñxs, pero en la que sigue siendo la mujer y la niña la clase de víctima mayoritaria, a través de una serie de “salidas” que, lejos de poder tildarse como salidas laborales, son “salidas” encaminadas directamente a la conversión de la sustancia humana en “cosa” o “mercancía”.

El sistema capitalista ha optado, en el último medio siglo especialmente, por planificar una ampliación del consumo, dejando a un lado las salidas restrictivas propias de la era del matrimonio-burdel, y bajo la fachada de una mayor permisividad, lo que ha potenciado de manera inusitada es la conversión de los cuerpos, y especialmente de los cuerpos de mujer, en un territorio a colonizar y valorizar, en un objeto consumible de mil maneras, no ya solo a través de una fornicación mercantilizada, sino también a través de todas las técnicas de voyeurismo y juegos de dramaturgia sexual que, junto al anonimato del consumidor, se pueden lograr por medio las tecnologías de la imagen, el mercado editorial y de la imagen internet, etc.

Esta explosión de la “libido” que caracteriza el capitalismo senil de nuestros tiempos, en vez de constituir un paso hacia la liberación de las personas, representa más bien una profundización de la colonización sobre los cuerpos. Cabe preguntarse, como hizo Foucault, no ya por qué hay “represión sexual”, sino al contrario, a quién le interesa este caudal de estímulos de la libido y una estimulación mercantilizada tal y como ahora se hace.

Las imágenes poseen sobre la psique del consumidor un poder real, efectivo. La teatralización de posturas humillantes, sadomasoquistas, violentas, etc. , que hoy transmite al público el inmenso negocio de la pornografía y de la prostitución en el sentido amplio (de la cual la pornografía no es sino un apartado), supone para la mujer –principalmente- un efectivo sometimiento, una verdadera dominación. Ésta dominación sobre las mujeres, esta imaginería de cuerpos sometidos, vejados, constreñidos, etc., se traslada a las relaciones humanas efectivas.

Se podría simplificar la cuestión diciendo que cuanto más se escenifique teatralmente -por medio de la pornografía o de la prostitución- una violación, ésta acabará por hacerse más “real” y más frecuente, superponiéndose a las relaciones sexuales igualitarias, y desplazando finalmente a éstas. La sociedad burguesa consigue siempre la meta de exigir al público un pago por lo que, en un mundo tradicional, era “natural” y a la mano. La “perversión” de toda la naturaleza (el agua, el aire, la tierra) que se ha operado dentro del capitalismo tenía que llegar, por fuerza, a la perversión del cuerpo humano, a la conversión de la mujer en esclava y en mercancía, y ello de una forma transversal y genérica.

Es una tendencia ésta que, si una revolución comunista no lo remedia, resulta imparable. El feminismo de verdad es el feminismo marxista y siempre es revolucionario. Este movimiento debería constituir el brazo derecho de todo movimiento comunista empeñado de veras en socavar las actuales relaciones de producción, que también son relaciones de dominación. En este brazo de lucha, las mujeres y los hombres deben trabajar juntos para sustituir el régimen de producción vigente (que propende como ya he escrito cien veces, al fascismo y al esclavismo) por un régimen comunista en el que se acabe definitivamente el proceso de conversión de los seres humanos en cosa.

Del estado insufrible de la mujer en su actual “marcaje” que la sociedad hace de ella, ninguna ventaja puede obtener el varón, pues el supuesto “macho dominante” se aliena en el momento mismo de canalizar sus relaciones con las personas alienadas del sexo opuesto. Los estereotipos del “cuerpo femenino dominado y colonizado” que tanta libido parecen movilizar en la actual sociedad de consumo global, son más que estereotipos, son tendencias finalistas reales, que el capitalismo y la burguesía dominante están insertando en nuestro subconsciente, como parte de su proyecto global de hacernos a todos y a todas esclavxs, cosas.

Guerra al Capital.