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sábado, agosto 13, 2016

miércoles, mayo 21, 2014

Marcela Lagarde: “El feminismo no es una fe; ha de ser creado, aprendido y aplicado a la vida propia”

Enric Llopis

Rebelión El pensamiento feminista evoluciona y se adapta a los tiempos. En la actualidad, por ejemplo, plantea un análisis complejo y de carácter científico sobre la violencia de género. Es uno de los grandes y recientes aportes. “En países como México, es tal la violencia contra mujeres y niñas, crímenes terribles, que llevan a la proliferación de reflexiones amparadas en la tradición feminista”, sostiene la antropóloga, investigadora, activista y teórica del feminismo mexicana, Marcela Lagarde. Su definición de “feminicidio” no coincide con la del diccionario de la Real Academia Española. Lo caracteriza Lagarde como “un homicidio político de género, y contribuyen a él las comunidades e instituciones que no hacen lo necesario para construir una cultura de igualdad, por reformar la educación y por respetar las leyes nuevas de igualdad”.

No se trata únicamente del crimen en sí o de la relación que pueda trabarse entre víctima y victimario. Debe ponerse el foco, asimismo, en las sociedades y los estratos sociales donde se fomenta la violencia contra mujeres y niñas. Según Marcela Lagarde, existe una amplia tolerancia social y por parte de los estados hacia la violencia de género. Y ello conduce a la impunidad. En el caso del feminicidio (los ejemplos de violencia más extrema), se trata no sólo de una palabra, sino más bien de una “categoría”. “Es muy importante acuñarla, nombrarla y explicarla; cuando señalamos las causas del fenómeno, iniciamos el proceso para enfrentarlo”.

Precisamente Lagarde, que ha impartido una conferencia en la Universitat de València, acuñó el término “feminicidio” con el fin de caracterizar la realidad en Ciudad Juárez. Con mucho esfuerzo, logró que una Comisión del Congreso mexicano investigara estos crímenes. Consiguió, con la lucha también de otras mujeres, que el delito de feminicidio se incluyera en el Código Penal Federal o la aprobación de una Ley General mexicana de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. En el ámbito académico, ha destacado con trabajos como “Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas”; “Para mis socias de la vida. Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres, los liderazgos entrañables y las negociaciones en el amor”; “Insurrección zapatista e identidad genérica: una visión feminista” o “El feminismo en mi vida. Hitos, claves y topías”, entre otros.

En cuanto a la violencia patriarcal, “es muy importante nombrar esas experiencias, llevarlas a la legislación y convertirlas en delitos específicos”. La investigadora ha realizado estudios comparados de la ley española, guatemalteca y mexicana en la materia. La española contiene aspectos positivos: “gracias a ella, por las medidas cautelares de protección, miles de mujeres han salvado la vida”. La violencia de género comienza, avanza, se hace progresiva y crónica, y finalmente se convierte en mortal. En Guatemala hay mujeres que, con gran valentía, han testimoniado contra el exdictador Ríos Montt por el genocidio. Después de una primera fase de denuncias, impulsaron organizaciones de supervivientes (para no quedarse en la condición de víctimas). “Pero más que sobrevivientes habría que buscar nombres que convoquen, por ejemplo, colectivos por el derecho a la vida de las mujeres”. La ley mexicana se denomina, en positivo, de acceso a una vida libre de violencia, no “contra la violencia” (lo que implicaría exclusivamente denuncia).

¿Qué es el feminismo? Después de muchos años de militancia, resume la teórica y activista mexicana: “No es una religión, ni una fe; el feminismo ha de ser creado, aprendido, leído y mirado en el cine o la televisión; una cultura ilustrada para que la gente pueda decidir si es feminista o no”. A las últimas generaciones, en las escuelas no se les enseñan cuestiones relacionadas con el feminismo, “y eso dificulta que lo comprendan”. Pero el feminismo resulta decisivo para preservar la riqueza acumulada en la sociedad, por ejemplo, en México, donde se está produciendo un voraz proceso privatizador de lo público. Además, en los últimos 40 años las feministas “hemos construido los Derechos Humanos de las mujeres, y no podemos dejar que se pierda este capital político tan importante para la vida de las mujeres (y de los hombres)”.

En la Cumbre de Viena (1993), Naciones Unidas reconoció los Derechos Humanos de las mujeres y, más aún, señaló que sin estos no puede afirmarse que existan Derechos Humanos. Por último, el feminismo no es, en absoluto, “un pensamiento único; ha de admitir la diversidad, la duda y las agendas nuevas, aunque también asumir el legado que vaya quedando del pasado”.

Además, “el feminismo hay que aplicarlo a la vida propia; porque a veces, las activistas dedicamos poco tiempo a la reflexión sobre lo que nos pasa y a nuestras experiencias concretas”. Por ejemplo, Marcela Lagarde ha participado en talleres de madres e hijas, “para comprender mejor esta relación tan compleja y cargada de implicaciones patriarcales”. O talleres de mujeres y padres, o sobre la sexualidad de las mujeres. Es decir, dar el salto de la agenda política a la experiencia individual. “Es algo que aprendí de las experiencias de educación popular, tan importantes en América Latina; de la pedagogía de Freire y los grupos de autoconciencia de mujeres en los años 60 y 70 en Estados Unidos y Francia”. En el mayo del 68 se decía que lo personal es político. Para que efectivamente lo sea, “he de revisar quién soy, dónde estoy, cómo actúo…”.

“Las mujeres necesitamos grupos pequeños feministas, de intimidad; que no sean necesariamente los grupos tradicionales que se organizan para ir a las manifestaciones; ni los grupos de amigas, que a veces son demasiados condescendientes”, afirma Marcela Lagarde. Pone el ejemplo de las “comadres asturianas”, o las “tres Marías” portuguesas que se enfrentaron a la dictadura. “En el siglo XX se masculinizó como nunca la condición humana, los nombres y los oficios; pero nosotras hemos dado empuje a la “a”, aunque si somos nosotras y nosotros también está muy bien”.

Preguntada por la participación de las mujeres en la política y en los círculos de poder, la antropóloga no vacila: “Se trata de hacer una política redistributiva desde el punto de vista de género; debemos hacer, para ello, un esfuerzo por acercar la política a las personas, aunque ésta se halle muy desprestigiada debido, entre otras cosas, a la corrupción”. “Hace falta una política diferente, más mujeres y más feministas que participen en política”. En América Latina muchas mujeres participan en los partidos y en las campañas electorales, pero están “cuidando” de una política “que se hace para otros”. Paso a paso, conquista a conquista, “las instituciones para atender a las mujeres víctimas de la violencia de género las hemos creado nosotras, con las uñas, frente a todos los que nos decían: eso no es importante”. Y frente al supremacismo de los hombres.

Es una tarea muy ardua: “buscamos la igualdad, pero también acabar con la supremacía económica, política y cultural de los hombres como género”. Las leyes han contribuido a cambiar algo las conductas, por ejemplo, al penalizar la violencia masculina o, mediante legislaciones en materia de igualdad, promover algún avance en las empresas y sus consejos. “Todo ello para ir modificando poco a poco el supremacismo de género”. Otro vector de la lucha, según Marcela Lagarde, es la construcción del “empoderamiento” de las mujeres (hace 25 años me decían que ésta era una palabra horrible, procedente del inglés, e incluso vinculada a la expansión imperialista). Con el tiempo, la palabra “empoderamiento” se propulsó y cobró vigor en la calle. Después llegó a las instituciones.

Empoderarse, en sentido político, implica adquirir una conciencia feminista de género (sobre el yo y sobre el mundo); la independencia de las mujeres; la transformación de las relaciones de género, entre mujeres y hombres, pero también entre éstas y las instituciones. Ello tiene que ver además con la “resistencia” (frente a las normas patriarcales, los matrimonios obligatorios o la exclusión de la educación) y con la “rebeldía” civil y democrática. “Hemos de estar en la subversión (en la calle, como hacen las Femen), pero también en la universidad y las instituciones presentando mociones contra el patriarcado”.

Marcela Lagarde pone mucho énfasis en “los conflictos entre nosotras”. Se dan muchas desigualdades entre mujeres, y relaciones de competencia muy fuertes entre ellas, inducidas por las estructuras patriarcales (“apenas hemos logrado abrir alguna grieta en el supremacismo masculino”). Así, “nos vemos como si no tuviéramos que ver las unas con las otras, y muchas veces desplegamos una cultura misógina entre nosotras, que tendríamos que desmontar”. Porque “la misoginia agranda el conflicto, nos lleva a funcionar con prejuicios y a distanciarnos de las otras mujeres”. De ese modo, se termina acatando la norma patriarcal del aislamiento. No es fácil romper con el bucle: “podemos agruparnos para defender el medio ambiente, pero no para enfrentarnos a unos afectos libres de misoginia”.

La académica y activista defiende la idea de “sororidad” (de “sor”, hermana; habitualmente se utiliza “fraternidad”, término que abarca a mujeres y hombres). La “sororidad” implica la no jerarquía y la igualdad entre mujeres, pero también nuevos afectos entre ellas, “escuchar con tolerancia”. En el fondo, se trata de “cambios culturales y personales, basados en alianzas entre mujeres (con pactos y sin jerarquías), y sin un pensamiento único”. Construir una nueva relación intergenérica, una nueva ética, nuevos comportamientos… “A veces también hay que desmontar las miradas, leernos y ser capaces de reconocer y poner en valor lo que hacemos, cambiar el lenguaje” (expresiones como “la tipa esa”) y crear confianza (como defienden las feministas de la diferencia). Además, la clave no está en “cómo nos queremos, sino en que nos respetemos”.

Mucha daño ha hecho el mito del amor romántico, que la autora mexicana investigó durante muchos años hasta comprobar que constituía uno de los “cautiverios” de la mujer. Inventó la categoría de “madresposa”, que no existe de modo ajeno al amor romántico, el de la madre, amante, vecina cariñosa...Y donde amor maternal y conyugal confluyen. Muchas de estas cosas las aprendió de su maestra de la vida, Franca Basaglia. “Afirmaba que la mujer en el mundo occidental (incluida América Latina, donde se habla una lengua occidental y rigen estados a la manera occidental) se configuraba como ser-para-otro, lo que se fundamentaba en ser cuerpos-para-otros”. Es decir, un cuerpo para la maternidad, rechoncho, abombado y presto para la crianza; pero también un cuerpo erótico –con dietas, tallas y cirugía plástica- para el placer de otros. Franca Basaglia lo resumía en cuerpos “cosificados”, bien para la maternidad, bien para el eros.

El amor romántico se corresponde con un determinado tipo de mujer. Genera una gran dependencia porque está basado en la fusión de las mujeres a los hombres y, en consecuencia, la pérdida de autonomía. Al final, se produce una simbiosis o dependencia vital. Es ésta la esencia del amor romántico, el mito de la media naranja. Simone de Beauvoir afirmaba que en “El segundo sexo” que las mujeres son construidas como seres para el hombre, pero Franca Basaglia agrega que también para los hijos, abuelos, personas dependientes, etcétera.

“Se les reduce a cuidadoras perpetuas, como si esto fuera en el ADN”. “Si esto fuera así, lucharíamos en un laboratorio de genética –ironiza Lagarde-, pero es cuestión de cultura; se trata de cambiar las pautas de conducta, los afectos y todo lo demás”. Asimismo, el amor romántico es funcional al ordenamiento actual del mundo. “Pero esto se empezó a tronchar cuando las mujeres comenzaron a participar en lo público y discutir con los hombres”. A principios del siglo XX, muchas feministas, a las que se llamaba “radicales”, hablaban de “amor libre”, “una utopía feminista que se ha llamado de diferentes maneras según la época”. “Mucho después se habló del libre amor entre mujeres, frente a la heterosexualidad patriarcal, añade Lagarde. Historiadoras estadounidenses constataron el dolor y el malestar que se generaba en las “mujeres modernas”, pero con una vida al servicio de familia, marido e hijos. En definitiva, “los mitos se han renovado para que las mujeres sigamos cayendo como moscas y no podamos hacer otras cosas; el hogar dulce hogar, el nido de amor…”. Decía Simone de Beauvoir que las mujeres no debían ir por la felicidad (que no era una construcción propia), sino por las libertades.

miércoles, agosto 07, 2013

Después del feminismo. Mujeres en los márgenes

Beatriz Preciado

Insurrectas y Punto En los últimos años han surgido una serie de autoras que sostienen que el objetivo del nuevo feminismo debe ir más allá de conseguir la igualdad legal de la mujer blanca, occidental, heterosexual y de clase media. Para ellas, se trata de atender a mujeres tradicionalmente dejadas al margen y de combatir las causas que producen las diferencias de clase, raza y género. Mientras la retórica de la violencia de género infiltra los medios de comunicación invitándonos a seguir imaginando el feminismo como un discurso político articulado en torno a la oposición dialéctica entre los hombres (del lado de la dominación) y las mujeres (del lado de las víctimas), el feminismo contemporáneo, sin duda uno de los dominios teóricos y prácticos sometidos a mayor transformación y crítica reflexiva desde los años setenta, no deja de inventar imaginarios políticos y de crear estrategias de acción que ponen en cuestión aquello que parece más obvio: que el sujeto político del feminismo sean las mujeres. Es decir, las mujeres entendidas como una realidad biológica predefinida, pero, sobre todo, las mujeres como deben ser, blancas, heterosexuales, sumisas y de clase media.

Emergen de este cuestionamiento nuevos feminismos de multitudes, feminismos para los monstruos, proyectos de transformación colectiva para el siglo XXI.

Estos feminismos disidentes se hacen visibles a partir de los años ochenta cuando, en sucesivas oleadas críticas, los sujetos excluidos por el feminismo biempensante comienzan a criticar los procesos de purificación y la represión de sus proyectos revolucionarios que han conducido hasta un feminismo gris, normativo y puritano que ve en las diferencias culturales, sexuales o políticas amenazas a su ideal heterosexual y eurocéntrico de mujer. Se trata de lo que podríamos llamar con la lúcida expresión de Virginie Despentes el despertar crítico del “proletariado del feminismo”, cuyos malos sujetos son las putas, las lesbianas, las violadas, las marimachos, los y las transexuales, las mujeres que no son blancas, las musulmanas... en definitiva, casi todos nosotros.

Esta transformación del feminismo se llevará a cabo a través de sucesivos descentramientos del sujeto mujer que de manera transversal y simultánea cuestionarán el carácter natural y universal de la condición femenina. El primero de estos desplazamientos vendrá de la mano de teóricos gays y teóricas lesbianas como Michel Foucault, Monique Wittig, Michael Warner o Adrienne Rich que definirán la heterosexualidad como un régimen político y un dispositivo de control que produce la diferencia entre los hombres y las mujeres, y transforma la resistencia a la normalización en patología. Judith Butler y Judith Halberstam insistirán en los procesos de significación cultural y de estilización del cuerpo a través de los que se normalizan las diferencias entre los géneros, mientras que Donna Haraway y Anne Fausto-Sterling pondrán en cuestión la existencia de dos sexos como realidades biológicas independientemente de los procesos científico-técnicos de construcción de la representación. Por otra parte, junto con los procesos de emancipación de los negros en Estados Unidos y de descolonización del llamado Tercer Mundo, se alzarán las voces de crítica de los presupuestos racistas del feminismo blanco y colonial. De la mano de Angela Davis, bell hooks, Gloria Anzaldua o Gayatri Spivak se harán visibles los proyectos del feminismo negro, poscolonial, musulmán o de la diáspora que obligará a pensar el género en su relación constitutiva con las diferencias geopolíticas de raza, de clase, de migración y de tráfico humano.

Uno de los desplazamientos más productivos surgirá precisamente de aquellos ámbitos que se habían pensado hasta ahora como bajos fondos de la victimización femenina y de los que el feminismo no esperaba o no quería esperar un discurso crítico. Se trata de las trabajadoras sexuales, las actrices porno y los insumisos sexuales. Buena parte de este movimiento se estructura discursiva y políticamente en torno a los debates del feminismo contra la pornografía que comienza en Estados Unidos en los años ochenta y que se conoce con el nombre de “guerras feministas del sexo”. Catharine Mackinnon y Andrea Dworkin, portavoces de un feminismo antisexo, van a utilizar la pornografía como modelo para explicar la opresión política y sexual de las mujeres. Bajo el eslogan de Robin Morgan “la pornografía es la teoría, la violación la práctica”, condenan la representación de la sexualidad femenina llevada a cabo por los medios de comunicación como una forma de promoción de la violencia de género, de la sumisión sexual y política de las mujeres y abogan por la abolición total de la pornografía y la prostitución. En 1981, Ellen Willis, una de las pioneras de la crítica feminista de rock en Estados Unidos, será la primera en intervenir en este debate para criticar la complicidad de este feminismo abolicionista con las estructuras patriarcales que reprimen y controlan el cuerpo de las mujeres en la sociedad heterosexual. Para Willis, las feministas abolicionistas devuelven al Estado el poder de regular la representación de la sexualidad, concediendo doble poder a una institución ancestral de origen patriarcal. Los resultados perversos del movimiento antipornografía se pusieron de manifiesto en Canadá, donde al aplicarse medidas de control de la representación de la sexualidad siguiendo criterios feministas, las primeras películas y publicaciones censuradas fueron las procedentes de sexualidades minoritarias, especialmente las representaciones lesbianas (por la presencia de dildos) y las lesbianas sadomasoquistas (que la comisión estatal consideraba vejatorias para las mujeres), mientras que las representaciones estereotipadas de la mujer en el porno heterosexual no resultaron censuradas.

Frente a este feminismo estatal, el movimiento posporno afirma que el Estado no puede protegernos de la pornografía, ante todo porque la descodificación de la representación es siempre un trabajo semiótico abierto del que no hay que prevenirse sino al que hay que atacarse con reflexión, discurso crítico y acción política. Willis será la primera en denominar feminismo “prosexo” a este movimiento sexopolítico que hace del cuerpo y el placer de las mujeres plataformas políticas de resistencia al control y la normalización de la sexualidad. Paralelamente, la prostituta californiana Scarlot Harlot utilizará por primera vez la expresión “trabajo sexual” para entender la prostitución, reivindicando la profesionalización y la igualdad de derechos de las putas en el mercado de trabajo. Pronto, a Willis y Harlot se unirán las prostitturas de San Francisco (reunidas en el movimiento COYOTE, creado por la prostituta Margo Saint James), de Nueva York (PONY, Prostitutas de Nueva York, en el que trabaja Annie Sprinkle), así como del grupo activista de lucha contra el sida ACT UP, pero también las activistas radicales lesbianas y practicantes de sadomasoquismo (Lesbian Avangers, SAMOIS...). En España y Francia, a partir de los noventa, los movimientos de trabajadoras sexuales Hetaria (Madrid), Cabiria (Lyon) y LICIT (Barcelona), de la mano de las activistas de fondo como Cristina Garaizabal, Empar Pineda, Dolores Juliano o Raquel Osborne formarán un bloque europeo por la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales. En términos de disidencia sexual, nuestro equivalente local, efímero pero contundente, fueron las lesbianas del movimiento LSD con base en Madrid, que publican durante los noventa una revista del mismo nombre en la que aparecen, por primera vez, representaciones de porno lesbiano (no de dos heterosexuales que sacan la lengua para excitar a los machitos, sino de auténticos bollos del barrio de Lavapiés). Entre los continuadores de este movimiento en España estarían grupos artísticos y políticos como Las Orgia (Valencia) o Corpus Deleicti (Barcelona), así como los grupos transexuales y transgénero de Andalucía, Madrid o Cataluña.

Estamos aquí frente a un feminismo lúdico y reflexivo que escapa del ámbito universitario para encontrar en la producción audiovisual, literaria o performativa sus espacios de acción. A través de las películas de porno feminista kitsch de Annie Sprinkle, de las docuficciones de Monika Treut, de la literatura de Virginie Despentes o Dorothy Allison, de los comics lésbicos de Alison Bechdel, de las fotografías de Del LaGrace Volcano o de Kael TBlock, de los conciertos salvajes del grupo de punk lesbiano de Tribe8, de las predicaciones neogóticas de Lydia Lunch, o de los pornos transgénero de ciencia-ficción de Shue-Lea Cheang se crea una estética feminista posporno hecha de un tráfico de signos y artefactos culturales y de la resignificación crítica de códigos normativos que el feminismo tradicional consideraba como impropios de la feminidad. Algunas de las referencias de este discurso estético y político son las películas de terror, la literatura gótica, los dildos, los vampiros y los monstruos, las películas porno, los manga, las diosas paganas, los ciborgs, la música punk, la performance en espacio público como útil de intervención política, el sexo con las máquinas, iconos anarco-femeninos como las Riot Girl o la cantante Peaches, parodias lesbianas ultrasexo de la masculinidad como las versiones drag king de Scarface o ídolos transexuales como Brandon Teena o Hans Scheirl, el sexo crudo y el género cocido.

Este nuevo feminismo posporno, punk y transcultural nos enseña que la mejor protección contra la violencia de género no es la prohibición de la prostitución sino la toma del poder económico y político de las mujeres y de las minorías migrantes. Del mismo modo, el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de representaciones alternativas de la sexualidad, hechas desde miradas divergentes de la mirada normativa. Así, el objetivo de estos proyectos feministas no sería tanto liberar a las mujeres o conseguir su igualdad legal como desmantelar los dispositivos políticos que producen las diferencias de clase, de raza, de género y de sexualidad haciendo así del feminismo una plataforma artística y política de invención de un futuro común.

* Beatriz Preciado es investigadora en la Universidad de Princeton y profesora de Teoría del Género e Historia Política del Cuerpo en la Universidad París 8. Su libro Manifiesto contra-sexual (Ópera Prima, 2002) se ha traducido a varios idiomas y es referencia del movimiento queer.

viernes, enero 18, 2013

Realidades y resistencias de las mujeres en el mundo


Ane Garay y Ainara Arrieta

Revista Pueblos Diversas, indignadas, rebeldes, luchadoras incansables, las mujeres son sujetos estratégicos en la transformación política y social. Desde distintos espacios organizativos construyen para la sociedad en su conjunto alternativas viables y necesarias al actual modelo de desarrollo, en el que la lógica de mercado se impone sobre los derechos de las personas y los pueblos. Hoy, las luchas y reivindicaciones de los feminismos son más pertinentes y estratégicas si cabe. Nos brindan una mirada plural e integral, nos permiten tomar conciencia crítica de la desigualdad y ofrecen propuestas concretas a los retos que impone esta crisis de civilización.

A través del relato diverso de las luchas de las mujeres en el mundo que recoge este número especial de Pueblos, retomamos la necesidad de colocar la acción política en el centro del activismo feminista; siendo que en el actual contexto de Crisis (con mayúscula) urge construir colectivamente modelos alternativos de desarrollo basados en una nueva ética colectiva que confronte la desigualdad entre mujeres y hombres.

No son pocos los desafíos que enfrenta la incidencia feminista en la construcción de las agendas internacionales de desarrollo. A pesar de los logros alcanzados, principalmente en el ámbito del reconocimiento normativo, la materialización de los acuerdos y compromisos en defensa de los derechos de las mujeres ha sido desigual y limitada.

En la actual situación de reducción de financiamiento para políticas sociales, los retrocesos en materia de igualdad resultan a todas luces desproporcionados. En este sentido, el peligro de la instrumentalización de la lucha por los derechos de las mujeres, el despojo de contenidos y la despolitización de conceptos fundamentales como el “género” ha sido ampliamente señalado por numerosas activistas, que advierten de las dificultades para incidir sobre estructuras desiguales e injustas.

La reivindicación por los derechos sexuales y reproductivos continúa hoy siendo una demanda articuladora de las luchas de las mujeres en el mundo. Las feministas indígenas comunitarias han redimensionado su comprensión, planteando la relación intrínseca entre el cuerpo, el territorio y la autonomía de las mujeres. A pesar de que los Estados están obligados a garantizar, entre otros, el acceso al aborto legal y seguro, a una educación sexual integral y a una atención sanitaria sin discriminación, el control sobre los cuerpos de las mujeres por parte de los poderes (Iglesia, mercados, gobiernos, etc.) continúa acrecentándose y limitando los derechos sexuales, la autonomía y la salud reproductiva de las mujeres.

No olvidamos que la violencia sexual contra las mujeres es utilizada como estrategia para aniquilarlas como sujetos políticos y destruir a las comunidades. Combatir todas las violencias machistas y quebrar la impunidad que las ampara precisa de la acción cotidiana de toda la sociedad, pero también de la determinación de las instancias políticas y judiciales.

Otro de los ejes históricos de las luchas feministas es el trabajo. Su reconceptualización nos permite visibilizar y caminar hacia el reconocimiento del trabajo no asalariado, de reproducción social. Y al mismo tiempo, seguimos apoyando las demandas de millones de trabajadoras y mujeres campesinas privadas de sus derechos laborales. Queremos destacar las de las empleadas domésticas, uno de los sectores más olvidados y significativos. No cesamos en la identificación y denuncia de demasiadas formas de opresión. Algunas, descarnadas, como las que violentan a las mujeres lesbianas y transexuales; otras, más sutiles pero también profundas, como las que esconde el amor romántico.

Las experiencias que aquí se presentan son la constatación de que las mujeres forman parte fundamental de las luchas por la transformación social. Sin embargo, sus demandas no siempre son compartidas ni acompañadas por los movimientos, organizaciones e instituciones en los que ellas participan. Las resistencias a adoptar como propias las banderas en defensa de los derechos de las mujeres son fruto de la persistencia del sistema patriarcal excluyente e injusto sobre el que debemos incidir y transformar.
Ane Garay es investigadora del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.
Ainara Arrieta es maestra en Desarrollo Rural.

lunes, marzo 21, 2011

Un feminismo de Contra-movimiento

Ángeles Álvarez
Mujeres en Red El Vaticano acuñó el término “nuevo-feminismo” tras la encíclica Evangelium Vitae en la que Juan Pablo II llamó a la creación de un “nuevo-feminismo”, un “feminismo cristiano, pro-vida” que asumía sin embargo, derechos formales para las mujeres.

Los éxitos políticos del FEMINISMO forman ya parte de los valores democráticos y no admite, por tanto, una crítica integral. El Vaticano consciente de que las sociedades democráticas tienen poca tolerancia hacia un sexismo hostil y dado que no cabe un enfrentamiento abierto y sin matices, queda obligado a asumir parte de la teoría tratando de construir una corriente discursiva.

Pero el “nuevo-feminismo” vaticano es en realidad un contramovimiento que se construye contra las teorías sociales que permiten desvelar las normas, representaciones, ideas y comportamientos que se han ido construyendo socialmente como “naturales” y atribuidos a las diferencias biológicas de los sexos [1]. Lo enmarcan, además, en un sistema dual bueno-malo.

Su feminismo bueno lo circunscriben a la reivindicación de la igualdad formal y lo aderezan con pizcas de un “orgullo femenino” que le ofrece el feminismo de la diferencia que considera nocivo para las mujeres cualquier empeño por cuestionar las “exigencias biológicas” negando por tanto las asignaciones construidas culturalmente.

Lo contraponen y enfrentan a un feminismo malo al que identifican con el feminismo analítico que cuestiona las normas y estrategias coercitivas que imponen el modelo social androcéntrico. Identifican por tanto la categoría analítica del género como el elemento perverso que permite contravenir su concepción de la construcción social y simbólica de los hombres y las mujeres sobre la base de la diferencia sexual. En sus escritos lo denominan como “ideología del género” o “ideología de la muerte”.

El “nuevo feminismo” Vaticano trabaja activamente para contrarrestar los avances de las mujeres ya que según ellos esta ideología supone “la Revolución Cultural más profunda y dramática de toda la Historia de la Humanidad” [2].

Sus alegatos analizan y contra-argumentan los textos clásicos del feminismo y concluyen con apocalípticas descripciones como las del obispo de Castellón-Segorbe que ha expresado que detrás del término género

“se esconde una ideología malévola que busca abrirse paso en las conciencias para instalarse en nuestra cultura, cada vez más andrógina o unisex. Se trata, en definitiva, de una revolución extrema: lograr una cultura nueva, o contracultura, que excluya el matrimonio, la maternidad, la familia, y acepte todo tipo posible e imaginable de práctica sexual”. [3]

Según este apologeta religioso “en España estamos sufriendo, cada vez más, las consecuencias de esta perversa ideología”, cosa que según él, “se refleja en el talante de nuestros gobernantes y en las reformas legislativas que pretenden aprobar” haciendo referencia a la nueva ley de matrimonios, la enseñanza en las escuelas de pautas comunes para poder convivir como buenos ciudadanos/as o la ley de salud sexual y reproductiva.

Su beligerancia es tal que a través de la Instrucción Pastoral “ORIENTACIONES MORALES ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL DE ESPAÑA” la Conferencia Episcopal identifica el apoyo gubernamental a lo que ellos laman “ideología de género” como uno de los principales problemas que afrontan los valores católicos en España.

Parece evidente que el boicot, resistencia y acciones de contra-movimiento, hacia los procesos sociales que están tratando de transformar pautas y patrones culturales sexistas, están orientados por la Iglesia Católica y que son sus reflexiones y argumentaciones las que alimentan las acciones y posicionamientos de las políticas conservadoras en materia de igualdad. El rechazo a la asignatura de Educación para la Ciudadanía es paradigmático y especialmente grave desde la perspectiva de la Igualdad de Oportunidades ya que, significa la obstaculización a una de las estrategias gubernamentales para acelerar el avance de la igualdad de las mujeres.

La reciente oposición del PP a la iniciativa legislativa que trata de impulsar juegos no sexistas en los colegios pone en evidencia la concreción de sus resistencias a los cambios a favor de la igualdad. [4]

Hay dos niveles de ataque. Uno al conjunto de las mujeres al ser las principales perjudicadas de un modelo que se construye sobre la limitación de nuestros derechos y expectativas. El otro va dirigido a las activistas que son expuestas a la eterna estrategia de burla, ninguneo, ultraje y humillación por parte de los neoconservadores. Tenemos muchos ejemplos en España del menosprecio a las políticas públicas de igualdad y de embestidas hacia quienes trabajan activamente a favor de esas políticas.


A pesar de todo, moneda de cambio


Para las religiones, las mujeres no somos sujetos morales con capacidad de actuar responsablemente y por tanto queda justificada la tutelada de los varones y el control de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad. Ese control se sigue cimentado, en algunas partes del mundo, imponiéndonos leyes religiosas basadas en supuestas voluntades dividas, en otros lugares demandando y atribuyéndonos comportamientos sujetos a la biología.

En general, las religiones se convierten en garantes de la tradición androcéntrica y por eso es esencial en nuestras agendas la pugna para que el establishment religioso pierda su capacidad de influencia hacia al poder político. Debemos interactuar de manera más resuelta a favor de un estado laico ya que ésta es una condición necesaria para que las mujeres del mundo podamos traspasar las fronteras de culturas que amparan prácticas que violan nuestros derechos fundamentales.

La reflexión feminista ayudó a desentrañar su sistema de creencias y a evidenciar las consecuencias políticas del mismo, por tanto no es de extrañar que el Vaticano e ideólogos a su dictado haya identificado y señalado lo que ellos denominan “la ideología del género” como enemigo a batir en el plano conceptual y organizativo. Esto es así hasta el punto de que existen grupos llamados a “estudiar y analizar en profundidad esta situación para poder darla respuesta seria, sistemática y planificada” [5].

Todas las religiones identifican el feminismo como un elemento hostil a sus intereses. Quizás ninguna otra ideología ha desentrañado con tanta precisión sobre que pilares sustentan su poder. Dependiendo de la parte del mundo en que estemos veremos que tratarán de enajenar nuestros derechos o de frenar el ritmo de nuestros avances. Para nosotras construir alianzas de defensa de los derechos adquiridos es esencial, pero, habrá dificultades para cimentarlas ya que en estos tiempos convulsos muchos/as tratarán de moderar nuestras reivindicaciones como ofrenda que apacigüe la virulencia de los integrismos. No en vano las mujeres siempre hemos sido moneda de cambio.

jueves, marzo 17, 2011

"Bajo los ojos de occidente. Del pensamiento postcolonial a las luchas feministas"

Rebelión
Conferencia de Montserrat Galcerán en Traficantes de sueños

Introducción a los feminismos producidos en las fronteras de la etnia, la nacionalidad, las construcciones sexuales y de género. Conferencia impartida el lunes 14 de marzo de 2011 dentro del seminario Nociones Comunes "En las fronteras del feminismo".

Montserrat Galcerán, nacida en Barcelona en 1946, es catedrática de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y activista de distintos colectivos sociales. Militante comunista durante las feroces décadas de 1960 y 1970, ha tratado de conciliar y reforzar, en una suerte de feedback virtuoso, la actividad intelectual y la participación política. Fruto de este difícil encuentro se debe mencionar su participación en espacios híbridos, entre la investigación y la militancia, como la Universidad Nómada, o su crucial apoyo a las distintas oleadas del movimiento estudiantil madrileño. Entre sus principales obras figuran La invención del marxismo (Madrid, Iepala, 1997), Silencio y olvido. El pensar de Heidegger durante los años 30 (Hondarribia, Hiru, 2004) y, en colaboración con Mario Dominguez, Innovación tecnológica y sociedad de masas (Madrid, Síntesis, 1997).

Para escuchar la conferencia pulsa aquí: http://traficantes.net/index.php/trafis/libreria/noticias/comienza_el_seminario_en_las_fronteras_del_feminismo_de_nociones_comunes

viernes, octubre 08, 2010

“El feminismo permite tener una conciencia crítica para transformar la realidad”

Andrés Cabanas
Revista Pueblos Entrevista a Lorena Cabnal, mujer, indígena, feminista, pertenece a la Asociación de Mujeres Indígenas (xincas) de Santa María Xalapán, en el oriente de Guatemala. En esta entrevista comparte con las y los lectores de Pueblos sus pensamientos, sentimientos, quehaceres y poderes, y la propuesta de un nuevo proyecto y una nueva práctica política.

Más de 700 mujeres asesinadas cada año, racismo estructural, debilidad o ausencia del Estado como garante de derechos, narcotráfico, empobrecimiento. ¿Avanzamos o retrocedemos como sociedad tras la firma de los Acuerdos de Paz, especialmente desde el punto de vista de la situación de las mujeres?

Hay acuerdos específicos para el avance de los derechos de las mujeres, y se instituyeron algunos mecanismos para su desarrollo, como la Secretaría Presidencial de la Mujer, la Defensoría de la Mujer Indígena, el Foro Nacional de la Mujer, la Coordinadora Nacional para la Prevención de la Violencia. Sin embargo, considero que faltan compromisos por cumplir. Existen políticas públicas para la promoción del desarrollo de las mujeres, pero no existen políticas territoriales que concreten estos planteamientos. En el caso de las mujeres xincas no contamos con políticas locales que reflejen nuestra realidad. Hoy por hoy no vemos avances concretos desde esta especificidad étnica de mujeres xincas.

¿Cuáles son los principales puntos pendientes en la agenda de los derechos de las mujeres?

Uno de los puntos fundamentales es la lucha contra la violencia. Durante el conflicto armado la violencia contra las mujeres no se había reconocido. La lucha histórica del movimiento de mujeres y feminista logra visibilizar la problemática de femicidios. Éste es un punto de agenda importante a tener en cuenta por parte del Estado. El Estado, con profunda responsabilidad política, debe impulsar leyes que ya están en vigencia, y además debe promover el fortalecimiento de la institucionalidad para el acceso a la justicia. Complementariamente, el acceso a la justicia local o justicia ancestral, es decir, a nuestras formas de impartir justicia en las comunidades.

En este contexto de desigualdad social y política, y de necesidad de poderosos movimientos sociales, ¿cuál es el estado del movimiento de mujeres y feminista?

Vivimos una etapa importante en el movimiento. El hecho de que recientemente se haya celebrado una Asamblea Feminista donde convergemos una diversidad de mujeres mayas, xincas y mestizas, además de una diversidad de pensares y miradas y una diversidad etárea, marca una etapa de consolidación en el movimiento de mujeres y feminista de Guatemala. Yo me siento parte importante de esta historia, porque anteriormente ha habido una segregación o un no reconocimiento por parte de algunas compañeras feministas hacia mujeres indígenas. Me parece que en esta etapa se está fortaleciendo el movimiento desde diferentes organizaciones y pensamientos y empieza a haber compañeras indígenas que ya nos nombramos como feministas y tenemos la posibilidad de aportar desde nuestras realidades, con un marco político común: fortalecer nuestra identidad feminista y el sujeto político feminista, que promueve acción con conciencia, que se colectiviza en las comunidades y, junto a otro sujetos, transforma la realidad de opresión histórica.

Uno de los grandes retos es la articulación de un movimiento que es en sí mismo muy diverso, partiendo de la diversidad étnica.

Las mujeres indígenas nos reconocemos como actoras válidas desde nuestros pensares, sentires, cuerpos, territorios y diferentes miradas de la realidad, y no le apostamos a algo que parcializa nuestras identidades, sino que confluye en un proyecto político para la transformación. La forma en que asumimos la identidad étnica, el sentir y el cuerpo en este espacio, en este momento, en este tiempo, nuestra forma de ser y estar en el cosmos y en el mundo, abona a una estrategia colectiva con otras mujeres diversas. Esta estrategia no nos va a segregar, no nos lleva a plantear quién ha sufrido más en la historia: las mujeres indígenas porque somos las más pobres o las más analfabetas; o las mestizas que tienen también historia de lucha y violencia, con un alto número de asesinatos de mujeres. Por el contrario, nos va a permitir vislumbrar una amplia gama de relaciones.

Mencionas el pensamiento feminista como clave en el fortalecimiento del movimiento de mujeres. ¿Existe un feminismo de las mujeres indígenas?

El feminismo plantea una forma y un estilo de vida que se atreve a transgredir patrones culturales. Nosotras en nuestra vida cotidiana tenemos situaciones a lo interno de nuestras culturas que no nos dejan vivir en libertad. Nos cuestionamos si esto será práctico con relación al equilibrio que debe existir cósmicamente para que nos sintamos como mujeres plenas. Entonces nos preguntamos qué plantea el feminismo con respecto a esta situación, cómo poder trascenderla. El feminismo hoy es una parte fundamental de un movimiento que quiere consolidarse. Yo me siento integrante de este proyecto que reconoce la diversidad de miradas y la lucha histórica de muchas mujeres, no sólo mestizas, sino de quienes han aportado desde sus diferentes prácticas ancestrales y territoriales.

Para una mujer indígena, ¿el feminismo es teoría ajena, o una práctica de lucha cotidiana desde su territorio?

El feminismo es una propuesta teórica que se concreta en la práctica cotidiana. Es una vida misma. No lo veo sólo como la posibilidad que se da desde la Academia. Me permite tener una conciencia crítica para transformar la realidad. Nuestra identidad feminista legitima los diversos caminos que las mujeres buscamos para analizar nuestras realidades de vida. En la experiencia particular de las mujeres de Xalapán, nos parece sumamente importante hacer el análisis de cómo se configuran los sistemas de opresión en contra de la vida de las mujeres y cómo van emergiendo en los diferentes contextos donde vivimos. El feminismo es una propuesta amplia donde yo, mujer indígena, encuentro que mis palabras y propuestas están reconocidas.

Isabel Rauber [1] habla de la necesidad de una lucha diversa, sin dispersión, y unida, sin unicidad. En este marco de búsqueda de cohesiones, ¿cómo son las relaciones del movimiento de mujeres y feminista con otros movimientos sociales?

Me parece importante que encon-tremos puntos en común, en el sentido que nuestras luchas sean antisistémicas: contra el patriarcado, el racismo, contra el capitalismo, contra la lesbofobia, contra todos aquellos mecanismos que condicionan la desventaja histórica y estructural de las mujeres. Creo que es importante valorar que hay otras actoras y actores en el movimiento, y en la medida que ellos reconozcan la lucha de las mujeres feministas, desde un planteamiento antisistémico claro, podemos tender puentes y hacer posible una gran fuerza política-social. Si tienen planteamientos coyunturales y su lucha no es estratégica, podemos hacer coordinaciones, pero no compartir un objetivo de transformación profunda.

¿Se perciben avances concretos en esta articulación estratégica, teniendo en cuenta la mayoritaria fragmentación de agendas y prácticas de las luchas sociales?

En el caso del movimiento feminista, sí, porque mujeres de diversas procedencias ya logramos hablar de un mismo proyecto político. Las acciones no van solamente en la línea de construir un proyecto particular, sino en el marco de un proyecto estratégico. Otros movimientos y actores todavía no tienen claro un proyecto emancipatorio y libertario.

Recapitulamos: vivimos un momento de violencia y extremo desprecio por la vida, pero también de nuevas prácticas de lucha, definición de nuevos proyectos de vida y fortalecimiento de nuevos sujetos, entre ellos los pueblos indígenas y las mujeres. ¿Cómo puede inclinarse la balanza hacia la recuperación de un proyecto colectivo para Guatemala?

Es fundamental fortalecer la conciencia crítica del sujeto político, de manera permanente a lo interno de las organizaciones, y de forma intencionada. Esta riqueza la promueve el planteamiento feminista: ver el mundo con ojos de mujer y desde nuestros espacios territoriales. Tenemos que pensar si en nuestra práctica estamos contribuyendo al proceso de transformación de la realidad o refuncionalizando el Estado y las opresiones. Debemos preguntarnos esto para encontrar sentido real a lo que hacemos y cambiar la balanza de nuestro quehacer personal y colectivo. De pronto estamos asumiendo líneas o directrices de políticas económicas que la cooperación, el gobierno, la Unión Europea, y otros, nos están enviando, perdiendo la autonomía del pensamiento político, y la capacidad de generar pensamiento desde nosotras y desde nosotros, y con autoridad epistemológica des-de los pueblos. Reproducimos discursos, pero tenemos que generar discurso desde nuestra propia realidad, para construir una realidad diferente.

Lorena, ¿qué les espera en los próximos años a las mujeres xincas de Xalapán y a las mujeres de Guatemala en general?

Esperamos generar pensamiento feminista crítico desde nuestro territorio cuerpo-tierra. Queremos generar reflexiones para compartirlas con otras mujeres feministas e indígenas. Queremos que escuchen nuestro planteamiento y aportar a las transformaciones del imaginario social instalado, intencionado históricamente. Queremos deconstruir estas mentalidades y promover un pensamiento libertario, transgresor, emancipatorio. Si continuamos con esta rebeldía transgresora que nos promueve el feminismo, para crear con autonomía y dignidad desde nuestros espacios, para construir nuestra realidad, a este feminismo guatemalteco le espera la posibilidad de seguir aportando a un mundo que necesita hacer transformaciones sumamente profundas, o tal vez no sólo transformaciones sino aboliciones. Las mujeres tenemos múltiples poderes. Necesitamos una estrategia de articulación de poderes y reconocer nuestros poderes diversos, que no son contradictorios, que no se deslegitiman unos a otros, sino que se traducen en una energía que revitaliza nuestro accionar colectivo en una agenda común, en pactos, en una visión de construcción colectiva de una nueva sociedad, de un nuevo país, de una nueva propuesta política que permita la plenitud de vida de las mujeres. Las mujeres del movimiento tenemos una tarea, pero no es sólo de nosotras, sino de todas y de todos.
Andrés Cabanas es colaborador de Pueblos.

Nota

[1] Isabel Rauber es doctora en Filosofía, ensayista, directora de la revista Pasado y Presente XXI y profesora de la Universidad Nacional de Lanús (Argentina). Puedes leer sus artículos aquí.

Este artículo ha sido publicado en el nº 44 de la Revista Pueblos, septiembre de 2010.

martes, septiembre 14, 2010

El feminismo ha contribuido a reconocer los derechos de las mujeres

CIMAC.- La lucha por los derechos de las mujeres no es una reivindicación nueva, ha sido antecedida por diversos movimientos a nivel mundial que lograron la visibilización de la población femenina como sujetas de derechos, indicó la francesa Anni Sugier, activista feminista, científica, académica, Presidenta de la Liga de Derechos Internacionales de las Mujeres.

Durante su participación en el conversatorio "Quiero todo de la vida. La libertad según Simone de Beauvoir", y al hacer una reseña histórica de la lucha feminista en Francia, lamentó que actualmente las mujeres no conozcan su historia, ni la lucha que otras emprendieron por la igualdad de condiciones que los hombres.

De acuerdo Sugier, el feminismo ha reivindicado el respeto al cuerpo de las mujeres y la igualdad entre mujeres y hombres, ya que en su opinión, las bases de la sociedad a nivel mundial están construidas sobre el machismo, la misoginia y el racismo, lo que hace que la reivindicaciones por los diferentes derechos de las mujeres sean difíciles de alcanzar.

Destacó que uno de los flagelos que continúan enfrentando las mujeres francesas es la violencia, un fenómeno que permanecía oculto y desconocido y que se incrementó con la llegada de migrantes, muchos de ellos con culturas religiosas diferentes que permiten el uso del velo islámico o la mutilación femenina.

El conversatorio formó parte de las actividades del Día de la Ciudadanía de las Mujeres, y fue convocado por el Programa de Género de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y la Embajada de Francia, donde también se presentó un documental sobre la vida de Simone de Beauvoir.