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martes, enero 14, 2014

Riot Grrrl, sacudiendo el punk con feminismo

Itziar Cedar

En Lucha The Punk Singer es el título del nuevo documental dirigido por Sini Anderson, en el que se relata la historia de la cantante feminista Kathleen Hanna y su repercusión en el movimiento Riot Grrrl a principios de los 90. La película incorpora en la banda sonora el propio grupo de la artista: Bikini Kill, con unas letras muy críticas y politizadas. El film nos muestra una variada compilación de sus conciertos y algunas entrevistas y acciones vinculadas al movimiento Riot Grrrl, un movimiento que mezclaba punk y feminismo.

Hanna es considerada como una de las precursoras de este movimiento. En 1991 comenzó a escribir en una revista, que después dio nombre al movimiento, Riot Grrrl en la que se hacía un llamamiento al activismo feminista y su involucración en la escena punk. En una de las entrevistas en el año 2000, Hannah afirmaba: “Siempre había querido empezar una revista con contenido potente y reivindicativo, y quería ver si las otras chicas punks que estaba conociendo en Washington estarían interesadas en la revista”. Hanna se dio cuenta de que con una revista no era suficiente: “La gente sólo quería aprender a tocar un instrumento, ir de conciertos y escribir fanzines. Y así fue. Esto tuvo cierto eco en la prensa y chicas de otros lugares adoptaron una actitud de ‘yo quiero hacer eso’, quiero empezar a hacer una de estas cosas”.

A partir de ahí el movimiento se fue desarrollando y permitió que las mujeres pudieran crear su propio espacio dentro de la escena punk, la cual estaba (y sigue estando) dominada por los hombres. Las mujeres podían llegar a la parte de delante de la multitud para unirse al pogo, pero tenían que esforzarse diez veces más. Incluso en algunos conciertos se habían dado casos de mujeres abusadas sexualmente, aprovechando los ambientes poco luminosos y llenos de gente.

Machismo punk

Los grupos del movimiento Riot Grrrl comenzaron a utilizar sus conciertos para cambiar esta dinámica sexista y empezar a crear ambientes de concierto donde las mujeres pudieran disfrutar de la música y sentirse seguras. Esta rotura con la convención del machismo punk no fue bien recibido por muchos de los seguidores masculinos que criticaban la presencia de los grupos de este movimiento dentro del punk. “Durante años me ha sorprendido mucho esto” dice Hanna, “no sé porque los llamados punk-rockers se sienten tan amenazados por una pequeña sacudida en la aburrida dinámica del ambiente estándar que se da en los conciertos. ¿Qué gracia tiene que todos los conciertos sean iguales, 50 chicos hardcores sudados y chocando entre ellos, saltando sobre las cabezas de los demás?”.

El movimiento Riot Grrrl tenía como objetivo principal incorporar a las mujeres que no querían seguir unos estereotipos y unas convenciones sociales esquematizadas, y poder disfrutar de un nuevo estilo de vida, donde podían ser libres y reivindicar sus derechos como mujeres a través de la música punk.

Pablo García Márquez, autor del blog Cine Maldito, define a Hanna como “una tía que no se quedó anclada en los 90 y siguió evolucionando sin traicionar su música, yendo en la mayoría de los casos por su cuenta”. Sin duda, Hanna y el movimiento Riot Grrrl se convirtió en uno de los faros más potentes del movimiento feminista dentro de la música.

Itziar Cedar (@Itzy_Cs) es militante de En lluita / En lucha

Artículo publicado en el Periódico En lucha / Diari En lluita

http://enlucha.org/diari/riot-girrrl-sacudiendo-el-punk-con-feminismo/#.Us5g2fsUNmc

miércoles, agosto 07, 2013

Después del feminismo. Mujeres en los márgenes

Beatriz Preciado

Insurrectas y Punto En los últimos años han surgido una serie de autoras que sostienen que el objetivo del nuevo feminismo debe ir más allá de conseguir la igualdad legal de la mujer blanca, occidental, heterosexual y de clase media. Para ellas, se trata de atender a mujeres tradicionalmente dejadas al margen y de combatir las causas que producen las diferencias de clase, raza y género. Mientras la retórica de la violencia de género infiltra los medios de comunicación invitándonos a seguir imaginando el feminismo como un discurso político articulado en torno a la oposición dialéctica entre los hombres (del lado de la dominación) y las mujeres (del lado de las víctimas), el feminismo contemporáneo, sin duda uno de los dominios teóricos y prácticos sometidos a mayor transformación y crítica reflexiva desde los años setenta, no deja de inventar imaginarios políticos y de crear estrategias de acción que ponen en cuestión aquello que parece más obvio: que el sujeto político del feminismo sean las mujeres. Es decir, las mujeres entendidas como una realidad biológica predefinida, pero, sobre todo, las mujeres como deben ser, blancas, heterosexuales, sumisas y de clase media.

Emergen de este cuestionamiento nuevos feminismos de multitudes, feminismos para los monstruos, proyectos de transformación colectiva para el siglo XXI.

Estos feminismos disidentes se hacen visibles a partir de los años ochenta cuando, en sucesivas oleadas críticas, los sujetos excluidos por el feminismo biempensante comienzan a criticar los procesos de purificación y la represión de sus proyectos revolucionarios que han conducido hasta un feminismo gris, normativo y puritano que ve en las diferencias culturales, sexuales o políticas amenazas a su ideal heterosexual y eurocéntrico de mujer. Se trata de lo que podríamos llamar con la lúcida expresión de Virginie Despentes el despertar crítico del “proletariado del feminismo”, cuyos malos sujetos son las putas, las lesbianas, las violadas, las marimachos, los y las transexuales, las mujeres que no son blancas, las musulmanas... en definitiva, casi todos nosotros.

Esta transformación del feminismo se llevará a cabo a través de sucesivos descentramientos del sujeto mujer que de manera transversal y simultánea cuestionarán el carácter natural y universal de la condición femenina. El primero de estos desplazamientos vendrá de la mano de teóricos gays y teóricas lesbianas como Michel Foucault, Monique Wittig, Michael Warner o Adrienne Rich que definirán la heterosexualidad como un régimen político y un dispositivo de control que produce la diferencia entre los hombres y las mujeres, y transforma la resistencia a la normalización en patología. Judith Butler y Judith Halberstam insistirán en los procesos de significación cultural y de estilización del cuerpo a través de los que se normalizan las diferencias entre los géneros, mientras que Donna Haraway y Anne Fausto-Sterling pondrán en cuestión la existencia de dos sexos como realidades biológicas independientemente de los procesos científico-técnicos de construcción de la representación. Por otra parte, junto con los procesos de emancipación de los negros en Estados Unidos y de descolonización del llamado Tercer Mundo, se alzarán las voces de crítica de los presupuestos racistas del feminismo blanco y colonial. De la mano de Angela Davis, bell hooks, Gloria Anzaldua o Gayatri Spivak se harán visibles los proyectos del feminismo negro, poscolonial, musulmán o de la diáspora que obligará a pensar el género en su relación constitutiva con las diferencias geopolíticas de raza, de clase, de migración y de tráfico humano.

Uno de los desplazamientos más productivos surgirá precisamente de aquellos ámbitos que se habían pensado hasta ahora como bajos fondos de la victimización femenina y de los que el feminismo no esperaba o no quería esperar un discurso crítico. Se trata de las trabajadoras sexuales, las actrices porno y los insumisos sexuales. Buena parte de este movimiento se estructura discursiva y políticamente en torno a los debates del feminismo contra la pornografía que comienza en Estados Unidos en los años ochenta y que se conoce con el nombre de “guerras feministas del sexo”. Catharine Mackinnon y Andrea Dworkin, portavoces de un feminismo antisexo, van a utilizar la pornografía como modelo para explicar la opresión política y sexual de las mujeres. Bajo el eslogan de Robin Morgan “la pornografía es la teoría, la violación la práctica”, condenan la representación de la sexualidad femenina llevada a cabo por los medios de comunicación como una forma de promoción de la violencia de género, de la sumisión sexual y política de las mujeres y abogan por la abolición total de la pornografía y la prostitución. En 1981, Ellen Willis, una de las pioneras de la crítica feminista de rock en Estados Unidos, será la primera en intervenir en este debate para criticar la complicidad de este feminismo abolicionista con las estructuras patriarcales que reprimen y controlan el cuerpo de las mujeres en la sociedad heterosexual. Para Willis, las feministas abolicionistas devuelven al Estado el poder de regular la representación de la sexualidad, concediendo doble poder a una institución ancestral de origen patriarcal. Los resultados perversos del movimiento antipornografía se pusieron de manifiesto en Canadá, donde al aplicarse medidas de control de la representación de la sexualidad siguiendo criterios feministas, las primeras películas y publicaciones censuradas fueron las procedentes de sexualidades minoritarias, especialmente las representaciones lesbianas (por la presencia de dildos) y las lesbianas sadomasoquistas (que la comisión estatal consideraba vejatorias para las mujeres), mientras que las representaciones estereotipadas de la mujer en el porno heterosexual no resultaron censuradas.

Frente a este feminismo estatal, el movimiento posporno afirma que el Estado no puede protegernos de la pornografía, ante todo porque la descodificación de la representación es siempre un trabajo semiótico abierto del que no hay que prevenirse sino al que hay que atacarse con reflexión, discurso crítico y acción política. Willis será la primera en denominar feminismo “prosexo” a este movimiento sexopolítico que hace del cuerpo y el placer de las mujeres plataformas políticas de resistencia al control y la normalización de la sexualidad. Paralelamente, la prostituta californiana Scarlot Harlot utilizará por primera vez la expresión “trabajo sexual” para entender la prostitución, reivindicando la profesionalización y la igualdad de derechos de las putas en el mercado de trabajo. Pronto, a Willis y Harlot se unirán las prostitturas de San Francisco (reunidas en el movimiento COYOTE, creado por la prostituta Margo Saint James), de Nueva York (PONY, Prostitutas de Nueva York, en el que trabaja Annie Sprinkle), así como del grupo activista de lucha contra el sida ACT UP, pero también las activistas radicales lesbianas y practicantes de sadomasoquismo (Lesbian Avangers, SAMOIS...). En España y Francia, a partir de los noventa, los movimientos de trabajadoras sexuales Hetaria (Madrid), Cabiria (Lyon) y LICIT (Barcelona), de la mano de las activistas de fondo como Cristina Garaizabal, Empar Pineda, Dolores Juliano o Raquel Osborne formarán un bloque europeo por la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales. En términos de disidencia sexual, nuestro equivalente local, efímero pero contundente, fueron las lesbianas del movimiento LSD con base en Madrid, que publican durante los noventa una revista del mismo nombre en la que aparecen, por primera vez, representaciones de porno lesbiano (no de dos heterosexuales que sacan la lengua para excitar a los machitos, sino de auténticos bollos del barrio de Lavapiés). Entre los continuadores de este movimiento en España estarían grupos artísticos y políticos como Las Orgia (Valencia) o Corpus Deleicti (Barcelona), así como los grupos transexuales y transgénero de Andalucía, Madrid o Cataluña.

Estamos aquí frente a un feminismo lúdico y reflexivo que escapa del ámbito universitario para encontrar en la producción audiovisual, literaria o performativa sus espacios de acción. A través de las películas de porno feminista kitsch de Annie Sprinkle, de las docuficciones de Monika Treut, de la literatura de Virginie Despentes o Dorothy Allison, de los comics lésbicos de Alison Bechdel, de las fotografías de Del LaGrace Volcano o de Kael TBlock, de los conciertos salvajes del grupo de punk lesbiano de Tribe8, de las predicaciones neogóticas de Lydia Lunch, o de los pornos transgénero de ciencia-ficción de Shue-Lea Cheang se crea una estética feminista posporno hecha de un tráfico de signos y artefactos culturales y de la resignificación crítica de códigos normativos que el feminismo tradicional consideraba como impropios de la feminidad. Algunas de las referencias de este discurso estético y político son las películas de terror, la literatura gótica, los dildos, los vampiros y los monstruos, las películas porno, los manga, las diosas paganas, los ciborgs, la música punk, la performance en espacio público como útil de intervención política, el sexo con las máquinas, iconos anarco-femeninos como las Riot Girl o la cantante Peaches, parodias lesbianas ultrasexo de la masculinidad como las versiones drag king de Scarface o ídolos transexuales como Brandon Teena o Hans Scheirl, el sexo crudo y el género cocido.

Este nuevo feminismo posporno, punk y transcultural nos enseña que la mejor protección contra la violencia de género no es la prohibición de la prostitución sino la toma del poder económico y político de las mujeres y de las minorías migrantes. Del mismo modo, el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de representaciones alternativas de la sexualidad, hechas desde miradas divergentes de la mirada normativa. Así, el objetivo de estos proyectos feministas no sería tanto liberar a las mujeres o conseguir su igualdad legal como desmantelar los dispositivos políticos que producen las diferencias de clase, de raza, de género y de sexualidad haciendo así del feminismo una plataforma artística y política de invención de un futuro común.

* Beatriz Preciado es investigadora en la Universidad de Princeton y profesora de Teoría del Género e Historia Política del Cuerpo en la Universidad París 8. Su libro Manifiesto contra-sexual (Ópera Prima, 2002) se ha traducido a varios idiomas y es referencia del movimiento queer.

viernes, marzo 05, 2010

Emma Goldman, una mujer sumamente peligrosa

RebeldeMule
Célebre anarquista de origen lituano conocida por sus escritos y sus manifiestos radicales, libertarios y feministas, fue una de las pioneras en la lucha por la emancipación de la mujer.

Emma Goldman nació el 27 de junio de 1869, en el seno de una familia judía de Kaunas en Lituania, que regentaba un pequeño hotel. Durante el periodo de represión política que siguió al asesinato de Alejandro II y cuando contaba 13 años, se trasladó con su familia a San Petersburgo.

Emigró a los Estados Unidos con una hermanastra tras el enfrentamiento con su padre que pretendía casarla a los 15 años. El ahorcamiento de cuatro anarquistas (Mártires de Chicago) a consecuencia del motín de Haymarket, animó a la joven Emma Goldman a unirse al movimiento anarquista y convertirse, a sus 20 años, en una auténtica revolucionaria. En esa época se casó con un emigrante ruso. El matrimonio apenas duró 10 meses, Emma se separó y se fue a New York. Continuó legalmente casada para conservar su ciudadanía americana.

En New York conoce y convive con Alexander Berkman y pasa a ser la principal dirigente del movimiento anarquista de los Estados Unidos. Su apoyo a Berkman en la tentativa de asesinato de Henry Clay Frick la hizo todavía más impopular frente a las autoridades americanas. Berkman fue encarcelado durante varios años.

Emma fue encarcelada, asimismo, en 1893 en la penitenciaria de las islas Blackwell. Públicamente instigó a los obreros en paro a Pedid trabajo, si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan. Esta cita es un resumen del principio de expropiación preconizada por los anarco-comunistas como Piotr Kropotkin. Voltaire De Cleyre salió en defensa de Emma Goldman en una conferencia dada tras su apresamiento (In defense of Emma Goldman). Mientras permaneció en prisión, Goldman, desarrolló un profundo interés por la educación de los niñxs, empeño en el que se involucró años más tarde.

Junto con nueve personas más fue de nuevo arrestada el 10 de septiembre de 1901 por participar en el complot de asesinato contra el Presidente William McKinley. Uno de ellos, León Czolgosz le había disparado pocos días antes. Emma, le conoció semanas más tarde y se vio con él una sola vez, al ser arrestada dijo: ¿Tengo yo la culpa de que un loco haga una mala interpretación de mis palabras?

El 11 de febrero de 1916 es detenida y encarcelada de nuevo por la distribución de un manifiesto en favor de la contracepción. Durante varios años, y cada vez que daba una conferencia, esperaba ser arrestada, por eso iba siempre pertrechada con un buen libro. En 1917, y por tercera vez, es encarcelada de nuevo junto con Alexander Berkman por conspirar contra la ley que obligaba al servicio militar en los Estados Unidos. Hizo públicas sus profundas convicciones pacifistas durante la Primera Guerra Mundial y criticó el conflicto por considerarlo un acto de imperialismo. Dos años después fue deportada a Rusia. Durante la audiencia en la que se trataba de su expulsión, J. Edgar Hoover, que era el presidente de la misma, calificó a Emma como una de las mujeres más peligrosas de América.

Residió en la URSS con A. Berkman y participó en la sublevación anarquista de Kronstad. Apoyó a los bolcheviques en contra de la división entre anarquistas y comunistas, hecho que se produjo durante la primera Internacional. La represión política, la burocracia y los trabajos forzados que siguieron a la Revolución rusa contribuyeron, en gran medida, a cambiar las ideas de Goldman sobre la manera de utilizar la violencia, excepción hecha de la autodefensa.

Disconforme con el autoritarismo soviético, se instaló definitivamente en Canadá. En 1936, Goldman colaboró con el gobierno español republicano en Londres y Madrid durante la Guerra Civil española. Cabe destacar el vehemente artículo que escribió sobre el conocido anarquista español Buenaventura Durruti titulado Durruti is Dead, Yet Living.

Emma Goldman murió el 14 de mayo de 1940 en Toronto y está enterrada en Chicago.

Fuente: http://www.nodo50.org/rebeldemule/index.php/component/content/article/53-streaming/131-emma-goldman-una-mujer-sumamente-peligrosa

domingo, agosto 02, 2009

Violencia sexual a las mujeres, una mirada desde el anarcofeminismo

Por: Red Libertaria / La Haine
El Estado, el Patriarcado y el Capitalismo
El sexismo es una postura que analiza a los sujetos según su sexo biológico, correspondiendole a cada uno sus roles y funciones especíicos. De esta manera, se nos atribuye a cada uno de nosotros y cada una de nosotras (según nuestro sexo) hábitos, valores, vocaciones, sensaciones, sentimientos, deseos, etc., anulando nuestra singularidad y negándonos la posibilidad de elegirnos sin condiciones.

El sistema capitalista y patriarcal nos niega la posibilidad de ser los escultores de nuestra individualidad. Aún más problemático es que dentro de este sistema de clasificación, queda asentada la idea de que a la mujer le corresponde un lugar de subordinación respecto al hombre. Así, la mirada masculina es tomada como patrón y medida de la concepción de la realidad, descartando la mirada “inmadura” de la mujer que, a su entender, adolece de sentimentalismo e irracionalidad.

El patriarcado, como sistema de instituciones que promueve y practica la violencia del hombre sobre la mujer, legitima los infinitos casos de violencia sexual. Estos, a nuestro entender, van desde aquellos que limitan la concepción de ‘mujer’ a un mero objeto sexual, abastecedor de las necesidades sexuales de los hombres y sin necesidades propias (que según el sexismo es consecuente con su “naturaleza”), hasta aquellas concepciones que hacen a la mujer un legítimo blanco de golpizas o cualquier otro tipo de violencia física, llevándolas frecuentemente a la muerte.


La ley ampara estos hechos, siendo parte de las instituciones encargadas de conservar la desigualdad entre el hombre y la mujer. Esto ocurre, entre otras cosas, porque esta situación en la que nos encontramos las mujeres es funcional, en muchos aspectos, a las necesidades del Capital para desarrollarse. Así, por ejemplo, la mujer convertida en objeto sexual se mercantiliza y pasa a saciar los grandes mercados del “consumo” sexual, en mayor medida abastecidos por medio de las redes de trata.

Podemos ver a continuación las declaraciones de hombres que son la ‘máxima encarnación de la ley’ frente a temas tan graves como la trata: ante una multitudinaria movilización exigiendo la desmantelación de las redes de trata en la provincia de Córdoba [Argentina], el jefe de la policía de la provincia, Alejo Paredes airmó “Hay casos que no son reales (...) No estoy diciendo que todos los casos no sean reales, pero sí hay una composición que por allí genera en nuestra sociedad una inquietud de las mujeres que tenemos que tratar de bajar”[1]. Nos tratan de mentirosas y nos sugieren que nos callemos.

Otra demostración de la complicidad de la ley son los casos en que los culpables son absueltos o condenados a penas irrisorias como el reciente caso de Adriana Zambrano de 28 años, asesinada a golpes de puño y puntapiés por su ex pareja. Casualmente el asesino, Alejandro Zerda, fue condenado a cinco años de prisión [2]. Otro caso es el de Daniela Araujo, de apenas 16 años de edad, asesinada a golpes, puñaladas y quemaduras aparentemente ocasionadas por una picana eléctrica. Se desconoce el asesino [3].

Podemos mencionar un centenar de casos más. La casa del encuentro [4] hizo un informe en el 2008 de muertes de mujeres por violencia sexual publicadas en medios de difusión de alcance nacional [en Argentina], en donde se calcularon 207 muertes por violencia sexual en las que, en su mayoría, los responsables fueron puestos en libertad [5]. Esto demuestra el marco de impunidad que el Estado y la Ley conceden a la violencia sexual para que actúe con libertad y se propague. Es por esto mismo que creemos que la lucha no está en el seno del Estado, cuya función naturalmente es reproducir las condiciones de explotación existentes y de acentuar gradualmente la opresión del hombre sobre la mujer, sino en la autoorganización de las mujeres.

Sin embargo, aunque esta violencia sea transversal, es decir que atraviese a las mujeres sin importar su clase social, el peso más grande recae sobre las mujeres de las clases oprimidas, viéndose frecuentemente arrastradas a ejercer la prostitución como medio de subsistencia o a realizarse abortos clandestinos que ponen en peligro su vida. Según cifras oficiales en el 2007 fallecieron 74 mujeres por abortos clandestinos [6], mujeres que no tenían el acceso a las condiciones sanitarias adecuadas para realizarse uno. La principal causa de muerte materna en el país son las complicaciones después de una práctica abortiva clandestina [7]. Así, mientras la Iglesia se posiciona fervientemente contra el aborto y la educación sexual en los colegios y llama a no utilizar anticonceptivos (con argumentos por demás sofistas), miles de vidas se pierden por negarnos nuestro derecho a elegir.

La mujer obrera se ve doblemente oprimida, por un lado por la explotación capitalista (y que en su calidad de mujer se le imponen niveles mayores de explotación), y al mismo tiempo por la opresión patriarcal. De estas premisas derivamos la convicción de que no podemos concebir un feminismo disociado de la lucha de clases, es decir que, hasta no barrer con el Estado que está al servicio de la opresión de género y del capital, la emancipación de las mujeres va a ser una icción y no una realidad.

Lo personal es político: la necesidad de la organización de las mujeres

Frecuentemente se intenta minimizar los casos de violencia sexual ubicándolos dentro de la esfera de lo privado, reduciéndolo a relaciones entre individuos (crímenes pasionales, por ejemplo) en los que no tenemos que intervenir. Intercambiando nuestras experiencias nos damos cuenta de que es una realidad que nos afecta a todas por igual y que hay un patrón inducido por el sistema que determina nuestra conducta, a pesar que se presenten particularidades en cada caso.

A partir de ahí se nos presenta la necesidad de organizarnos en tanto que mujeres, llevando adelante un feminismo revolucionario practicado sobre la base de la horizontalidad y acción directa, trazando como objetivo político, el comunismo libertario. Pero a su vez la liberación de las mujeres es una condición sine qua non para la revolución social. De esta premisa se hace necesaria una organización de las mujeres para que rompamos por nosotras mismas las cadenas de la explotación y la esclavitud y seamos una parte activa en el proceso revolucionario acabando con el paradigma que hace de nosotros sujetos “pasivos y emocionales”.

Notas

[1] Indymedia Argentina. “Las queremos con vida, crónica de la Marcha Basta de Trata y sus repercusiones”. 12.05.09. http://argentina.indymedia. org/

[2] Agencia Walsh. “El femicidio de Adriana Zambrano”. 18.05.09. http://www.agenciawalsh.org[3] La Casa del encuentro. “Femicidos en Argentina: 1 de enero a 31 de diciembre del 2008” [ http://www.lahaine.org/index.php?p=39261 ]

[4] Asociación Civil feminista, dedicada especialmente al tema de la violencia y el abuso hacia las mujeres y niñas.

[5] Ídem.

[6] Página /12. “La atención imprescindible” L. Peker. 22.05.09. http://www.pagina12.com.ar

[7] Crítica Digital. “Cuando nadie llama a la cigüeña”. N. L. Calisti. 31.05.09. http://criticadigital.com

PRENSA DE RED LIBERTARIA • Año III • Nº 18 • Julio-Agosto 2009 • $2
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