Mostrando entradas con la etiqueta valor económico del trabajo doméstico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta valor económico del trabajo doméstico. Mostrar todas las entradas

jueves, julio 22, 2010

Establecen Día Internacional del Trabajo Doméstico

Argelia Gómez
Una actividad no valorada por la propia familia, es el trabajo doméstico, el cual no es remunerado. Esta actividad, en general es realizada por las mujeres en sus hogares, quines buscan dignificar su calidad de vida, manteniendo un ambiente higiénico y saludable.

Entre las actividades que realizan, se encuentran el lavar, planchar, cocinar, cuidar a los hijos, entre otras labores, aseguró Lorena Cruz Sánchez, vocal ejecutiva del Consejo Estatal de la Mujer y Bienestar Social (Cemybs).

En este contexto, para demostrar la importancia del trabajo que se realiza todos los días dentro de un hogar, se aprobó la propuesta de instaurar el 22 de julio como el día Internacional del Trabajo Doméstico, dijo la funcionaria.

La titular del Cemybs recalcó que esta actividad lamentablemente no es valorada por la mayoría de la sociedad y en especial por el sexo masculino, ya que la sociedad lo ve como un trabajo obligado que debe de llevar la esposa, madre, hija, hermana o toda aquella mujer que vive en un hogar.

Detalló que es necesario hacer conciencia sobre el hecho de que “no es un apoyo el que la pareja asuma responsabilidades en las labores del hogar, sino un acto de equidad de género, en el cual tanto las mujeres como los hombres pueden desarrollar más potencialidades y romper estereotipos de género que han limitado el desarrollo integral de las personas”.

jueves, abril 01, 2010

Los varones hacia la paridad en lo doméstico. Discursos sociales y prácticas masculinas

Por: Luis Bonino / La Haine
Comprometerse en lo doméstico quizás no sea fácil para el varón, porque supone admitir que es un productor de injusticia y no muchos toleran percibirse de ese modo.

¿Por qué el intercambio cooperativo en lo doméstico, desde una óptica igualitaria de búsqueda de bienestar compartido y una ética de la justicia y el respeto de género, es tan poco frecuente? ¿Por qué la innovación y el cambio progresista en el hogar son minoritarios entre los varones? ¿Por qué la mayoría de los varones son tan poco receptivos a los reclamos femeninos igualitarios en lo doméstico? ¿Por qué, pese a que incluso muchos proclaman verbalmente el valor de la igualdad, son tan pocos los que en la práctica son coherentes con dicho discurso y toman la iniciativa para transformar sus comportamientos desigualitarios?

Leer texto completo [PDF]

martes, marzo 30, 2010

México: Afectan tratos “crueles” a un millón de empleadas del hogar

Por Guadalupe Cruz Jaimes
(CIMAC).- El principal obstáculo que tienen las empleadas del hogar para poder ejercer sus derechos laborales es la falta de legislación y de voluntad política para respetar las cláusulas que ya están establecidas en las leyes actuales. Este escenario profundiza los tratos “crueles” y la violación de las garantías de al menos un millón de centroamericanas ocupadas en esta labor.

Así lo señaló en entrevista María Rosa Renzi, asesora económica del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), al término del seminario internacional “La economía feminista como un derecho”, convocado por distintas organizaciones sindicales y de derechos humanos de las mujeres, en la Ciudad de México.

Renzi, también coordinadora regional del programa La agenda económica de las mujeres del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), indicó que en Centroamérica “prácticamente el trabajo doméstico no está considerado en casi ninguno de los códigos, a excepción de Costa Rica”.

Con base en el estudio ¿Puertas adentro? Mitos y realidades en Centroamérica y República Dominicana, realizado por UNIFEM Y PNUD a petición del Consejo de Ministras de la Mujer de Centroamérica, María Rosa Renzi informó que las condiciones de trabajo transgreden los derechos laborales de las empleadas del hogar, se caracterizan por una “altísima precariedad”.

Dentro del deterioro del mercado laboral, las empleadas del hogar, quienes representan entre el 14 y 20 por ciento de las mujeres que trabajan en la región, lo hacen en las circunstancias “más crueles”, calificó la economista.

Su contratación por escrito es “casi nula”, lo que deriva en la violación de todas las prestaciones sociales. Carecen de día de descanso, no se le pagan las horas extras, tampoco tienen vacaciones, ni servicio médico gratuito.

Realizan “extensas” jornadas de trabajo, que van de 10 a 14 horas de labores. La carga aumenta de 4 a 8 horas cuando se trata de empleadas que duermen en los hogares para los que trabajan. Al tiempo, la sobrecarga de trabajo es mayor para las mujeres migrantes y para las indígenas.

A este panorama se suman los malos tratos, el acoso y la violación sexual. Alrededor de 23 por ciento reportó al menos una situación de violencia física o sexual, 45 por ciento dijo haber sufrido “con especial fuerza maltrato verbal por parte de la empleadora”.

Estos datos tienen un subregistro debido a que las trabajadoras no denuncian por temor a perder su empleo, ya que sus posibilidades de insertarse en el mercado laboral son limitadas.



El estudio del PNUD y UNIFEM en la región, además de servir como una herramienta de denuncia en distintos foros, se dio a conocer entre las trabajadoras de la región, entre quienes se ha generado un movimiento en torno al respeto de sus derechos.

Y es que, las trabajadoras del hogar, por la naturaleza de sus empleos, tienen pocas posibilidades de organizarse, y juntas pugnar por mejoras laborales, a diferencia de las mujeres ocupadas en la economía informal, que constantemente se vinculan con otras, ejemplificó Renzi.

Esta circunstancia es mayor en el caso de las empleadas migrantes, debido a que carecen de redes de apoyo en los países de destino, por lo que para ellas, la explotación, soledad, desesperanza, y tristeza son más profundas.

De acuerdo con la coordinadora regional del programa La agenda económica de las mujeres de UNIFEM, el principal obstáculo que tienen las trabajadoras del hogar es la falta de un marco jurídico que incluya sus necesidades y obligue a los empleadores a respetar sus derechos.

Lo que se requiere, además de voluntad política por parte de los gobiernos, es de una conciencia social sobre la importancia de este trabajo. “Que quienes contratamos este servicio, lo hagamos con el compromiso de cumplir las normas, firmar un contrato escrito, inscribir a la trabajadora en mecanismos de seguridad social, etcétera”.

Los marcos jurídicos también son necesarios a nivel internacional, por lo que este estudio es útil para articular “redes que nos lleve a un diálogo con Organización Internacional del Trabajo (OIT), a mediados de este año” a fin de que este organismo emita una convención que obligue a los gobiernos del mundo a respetar los derechos de los derechos de las trabajadoras.

María Rosa Renzi señaló que actualmente la OIT realiza una consulta entre sindicatos y ministerios laborales de distintas naciones, para considerar la viabilidad de una convención por los derechos de las trabajadoras del hogar, a fin de que en la siguiente conferencia de este organismo, que se celebrará en junio próximo, se generen condiciones para emitir dicha convención.

Una convención de la OIT sobre este tema, es importante porque da el marco internacional de donde “podemos agarrarnos. Tener leyes es muy importante, para seguir impulsando hacía adelante los derechos de las mujeres”, concluyó.

domingo, enero 10, 2010

Condiciones adversas para mexicanas en el trabajo doméstico

Por: Guadalupe Cruz Jaimes / Cimac Noticias
Durante las últimas décadas, las condiciones en las que se lleva a cabo el trabajo doméstico asalariado se modificaron en perjuicio de cerca de 2 millones de personas en el país ocupadas en el sector, de las que 9 de cada 10 son mujeres. El cambió alejó aún más a las y los empleados del hogar de alcanzar derechos laborales fundamentales, como la seguridad social.

Así lo refieren distintas especialistas en el tema, entre ellas Teresita de Barbieri, académica e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el texto “Derechos de las trabajadoras del hogar”. La clave está en creer en nosotras, compilación realizada por la ex legisladora Rosario Ortiz Magallón, en 2009.

A decir de la profesora universitaria, esta labor, considerada la cuarta ocupación en la que se emplean las mexicanas, “es imprescindible para el mantenimiento de la vida humana, al punto que de no hacerlo puede traer como consecuencia la muerte de las y los niños, ancianos y enfermos”.


Según reportó el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) en 2008, las principales actividades y ocupaciones que concentran las mujeres son: 19.8 por ciento son comerciantes y vendedoras, 14 por ciento oficinistas, 13.2 por ciento artesanas y obreras, 11.4 por ciento trabajadoras del hogar y 10 por ciento están empleadas en los servicios.

Pese a la relevancia de las mujeres por su trabajo en el hogar, éste es desvalorado. Muestra de ello, son las condiciones laborales en las que trabajan cientos de miles de mujeres en el país, indica Ortiz Magallón, en el documento.

En las últimas décadas, el trabajo doméstico cambió sus formas de contratación, lo que derivó en la “intensificación” de sus jornadas de trabajo. Así como, en la pérdida de derechos laborales relacionados con prestaciones sociales, refiere en el texto Martha Patricia Vélez Tapia, del Centro de Apoyo a la Trabajadora Doméstica.

La contratación, cada vez más de “salida diaria”, y por uno o dos días a la semana, obliga a las trabajadoras a contratarse en distintos hogares por jornada parcial o completa. Ellas laboran con dos o tres patrones para obtener un salario suficiente para satisfacer sus necesidades básicas.

A consecuencia de la reciente modalidad de trabajo las y los empleados del hogar pierden derechos, como aguinaldo, vacaciones y días de descanso, además de antigüedad y seguridad social.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), de un millón 800 mil personas dedicadas al trabajo en el hogar, 96 por ciento carecen de servicios de salud y 80 por ciento no tiene prestaciones sociales. Cuatro de cada 10 son empleadas “de planta” y el resto de “entrada por salida”.

Cabe destacar, que sólo 0.01 por ciento del sector está afiliado al Instituto Mexicano del Seguro Social y 91 por ciento no tiene acceso a instituciones de salud, éste es un dato “preocupante”, señala Ortiz Magallón, también integrante de la Red de Mujeres Sindicalistas.

Frente a este panorama, Rosario Ortiz, quien en la pasada Legislatura impulsó una iniciativa de ley para regular el trabajo doméstico, concluye que es “urgente” normalizar esta labor para garantizar a las y los trabajadores del hogar un salario justo, seguridad social y trato digno en su ámbito laboral.

martes, marzo 10, 2009

Mujer y economía. Una nueva teoría de la ‘mano invisible’

Fuente: Otro Mundo es Posible
Economía (Oikos+Nomos) significa, etimológicamente, normar o administrar la casa (para atender las necesidades familiares). La celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora nos invita a realizar alguna reflexión sobre la relación actual entre economía y mujer. Parece evidente que ella es la principal e indiscutible responsable del cuidado del hogar y de la familia. Pero, ¿le otorga lo anterior el protagonismo “económico” que por la definición de “Oikos nomos” le correspondería? Evidentemente no.


El antiguo concepto aristotélico de economía queda, en nuestra sociedad capitalista patriarcal, totalmente desfasado. Adam Smith, a quien se le otorga el mérito de ser el padre de la Economía Política, expuso su teoría de la ‘mano invisible‘, base sobre la que ha venido levantándose toda la estructura que ha ido configurando la actual economía capitalista. Su mano invisible hacía referencia a una organización libre del mercado que asignaría eficiente y eficazmente los bienes y servicios de una sociedad entre esa sociedad individualmente considerada.

Aquí planteamos otro concepto diferente de mano invisible. Manos femeninas invisibilizadas que hoy se enfrentan en solitario al problema de conciliar tiempos y trabajos. Tiempos y trabajos que, además de invisibles y no reconocidos, suponen una herramienta para mantener la economía capitalista patriarcal. Hoy nos movemos en una situación dual en la que los hombres -esfera pública- nos regimos por criterios económico mercantiles de éxito, poder, propiedad, etc. que cuentan con un alto reconocimiento social. En cambio, las mujeres -esfera privada (o doméstica)- se rigen por la satisfacción de unas necesidades más subjetivas, basadas en sentimientos y lazos afectivos, que no son mercantilizables y que no gozan de reconocimiento social.

Y, aunque el modelo ‘male breadwinner‘ esté experimentando transformaciones hacia un modelo donde la mujer tiene un papel de doble presencia/ausencia, estas manos invisibles reflejan una situación de verdadera explotación femenina como unidad doméstica. Sin estas manos invisibles la subsistencia familiar nunca habría estado garantizada. Sin estas manos invisibles el modelo masculino de participación laboral no sería generalizable.

Se nos plantea un reto. O una revolución. Continuar con el paradigma hegemónico mercantil que opta por el beneficio económico, o avanzar hacia una sostenibilidad de la vida humana (Carrasco Cristina, 2001) que opta y está al servicio de la persona y la calidad de vida. Hemos de sentirnos cuestionados. ¿Un asunto de mujeres?

miércoles, octubre 29, 2008

La Familia como Agente Económico



Las fuerzas de producción ubican a la familia como medio de reproducción de la fuerza de trabajo. En las sociedades capitalistas el capital es incapaz por sí mismo de reproducir la fuerza laboral necesaria para la producción social de mercancías; por tanto debe existir un agente que actúe como medio de reproducción de dicha fuerza laboral, responsabilidad que corresponde a la familia en general, pero que recae casi exclusivamente sobre la Mujer.


En una economía de mercado la gran mayoría de trabajadores depende de un salario que se incorpora como recurso para su subsistencia y la de su familia. Se está en presencia de una multitud de personas, hombres y mujeres, que en el devenir histórico han perdido su existencia objetiva, es decir, no son propietarios de medios de producción, -han sido separados de la tierra- y dependen de la venta de su fuerza de trabajo; por tanto, ahora su existencia es subjetiva y sólo al encontrar un comprador pueden conectarse al flujo de la economía. El capitalismo convierte así al propietario en asalariado, miembro de la clase trabajadora y, a las familias, en emprendedoras de procesos para proveer mano de obra, a la vez que homogeniza la iniciación de tales procesos pues éstas parten de la adquisición de un salario. En tal circunstancia su fuerza de trabajo es mercancía y en consecuencia, debe tener valor de uso y valor de cambio.

El valor de cambio de la fuerza de trabajo está dado por el valor de los medios de existencia indispensables para satisfacer necesidades físicas, sociales y culturales del obrero y de su familia. La fuerza de trabajo debe tener un soporte; alguien que la contenga; y sólo existe mientras ese ser depositario esté vivo; desaparecido éste, desaparece la fuerza de trabajo. Para mantener la vida del trabajador y de su familia se necesitan medios de existencia: alimentos, vestido, techo, drogas, etc. Las personas se agotan a diario y deben recuperarse, en una dinámica continua que hace que puedan estar siempre dispuestas a producir; la compensación se hace a cuenta del trabajador y de su familia con base, en parte, en un salario y este es, en síntesis, el valor de cambio del trabajo expresado en dinero.

Como cualquier mercancía, la fuerza de trabajo debe tener un valor de uso, es decir servirle a alguien para algo; ese alguien es el capitalista que compra la mercancía para satisfacer su necesidad de acumulación de excedentes como requisito necesario para mantenerse en el mercado. En esta línea, la mercancía fuerza de trabajo, la compra el capitalista porque en el proceso de producción el obrero genera un valor superior al valor de la fuerza de trabajo que el capitalista le reconoce a través del salario; es decir, crea un excedente que va para el capitalista y que Marx denomina plusvalía.

En palabras de ZARETSKY, “la clase capitalista organiza la producción material como un sistema de producción de mercancías e intercambios con base en la organización del trabajo a partir de la mano de obra asalariada, para el caso, una mercancía. A través de una remuneración inferior al valor que el trabajador produce, el capitalista está en capacidad de apropiarse del excedente proveniente de un tiempo laboral no pagado. El excedente es la base social para la existencia de la clase capitalista”.

El tránsito de una existencia objetiva a una subjetiva, significó para el trabajador y su familia la pérdida del carácter de propietarios; una vez separados de los medios y del material de trabajo, la propiedad se reduce a la fuerza de trabajo que va al mercado para el intercambio y allí quedan veladas las relaciones entre las personas. De la misma manera como la relación entre dos mercancías -pan y lino- oculta los vínculos entre el panadero y el tejedor, las relaciones salario-fuerza de trabajo son en el fondo intercambios entre el portador de la fuerza de trabajo y un patrón que la requiere para extraer trabajo excedente y convertirlo en plusvalía, la cual se acrecienta por la existencia de “cierta forma de vida familiar... el trabajo asalariado es sostenido por el trabajo socialmente necesario, pero privado, de amas de casa y madres”. (ZARETSKY, 1976: 25)

En el mercado los objetos adoptan la forma de mercancías pero son simplemente productos de trabajos privados, que en conjunto constituyen el trabajo colectivo de la sociedad. Como sólo se aprecian las relaciones entre mercancías, los trabajos privados no aparecen como relaciones sociales de las personas en sus trabajos, sino como relaciones materiales cuantitativas entre personas y los bienes económicos.

Según Marx, el proceso histórico de tránsito hacia relaciones capitalistas significó el cumplimiento de cuatro condiciones básicas que colocan la riqueza como el objetivo de la producción.

Disolución de la relación con la tierra. Ya no se es por más tiempo propietario; ni individualmente, ni en calidad de pertenencia a un colectivo.

Disolución de las relaciones en que el individuo aparece como propietario del instrumento o herramienta de trabajo.

Diferenciación de los fondos de consumo y fondos de producción.

Disolución de las relaciones según las cuales los individuos mismos son unidades vivas de fuerza de trabajo, parte directa de las condiciones objetivas de producción; el trabajador que antes dependía de sí mismo, ahora depende de quien le quiera comprar su fuerza de trabajo.

En el capitalismo, la riqueza se convierte en el objetivo de la producción y, ambas, riqueza y producción comienzan a interpretarse como un hecho social, alejado de la naturaleza. Antes la producción, además de ser natural estaba integrada a otros campos: a la cultura, a la religión, a la política y a otros ideales más elevados que sólo fueron posibles mediante la apropiación del excedente proveniente de la producción material realizada por los individuos en la unidad doméstica. (ZARETSKY, 1976)

El cambio de objetivo requiriere organizar la producción material bajo la forma de trabajo asalariado y socializar procesos básicos de producción de mercancías centralizados en factorías de producción a gran escala; esto representa algunas consecuencias a nivel de las familias; por ejemplo, la función económica de la familia es oscurecida debido a que ciertas formas de producción que se daban en su interior fueron sustraídas. El sistema de factorías elimina algunas funciones productivas de la familia; sin embargo esta no es una situación uniforme. Para el caso de la familia burguesa su función “fue simplificada a la preservación y transmisión de la propiedad capitalista, mientras la función productiva de la familia proletaria quedó reducida a la reproducción de la fuerza de trabajo”. (ZARETSKY, 1976)

A partir del desarrollo y consolidación de la economía de mercado, la familia -unidad doméstica- se concibe como “unidad de producción de fuerza de trabajo” (SHERIDAN, 1991); este es el objetivo común de las familias proletarias, como igualmente común es el origen de las remuneraciones: la venta de fuerza de trabajo. La transformación del salario en alimentos, vestido, recreación, salud y techo, en teoría, permite al obrero la reposición cotidiana de su energía aplicada al trabajo, al tiempo que garantiza su permanencia en el proceso de producción; y teóricamente también, debe contemplar la reproducción generacional de la fuerza laboral; esto es, la manutención de la familia como espacio de producción de los futuros trabajadores.

En el proceso de reproducción cotidiana y generacional de la fuerza de trabajo, el salario es sólo uno de los variados recursos que se implementan; a él se agregan materias primas, instrumentos, edificaciones, materiales auxiliares o infraestructura, la división del trabajo por género y edad, las operaciones de toma de decisiones. La disponibilidad, cantidad y calidad de estos recursos señalan diferencias en el logro del objetivo, o sea, en la calidad de la mercancía fuerza de trabajo. Así, un proceso que se supone homogéneo, dado que parte de algo común a las familias proletarias como la venta de fuerza laboral por un salario, se hace heterogéneo en la ejecución y en los productos finales; pese a ello, “los resultados del trabajo doméstico serán siempre los mismos: la manutención (reposición cotidiana de la capacidad de trabajo) y reposición a largo plazo de la fuerza de trabajo”. (SHERIDAN, 1991)

Más que unidad de consumo, la familia es unidad de producción de fuerza de trabajo, espacio de la reproducción cotidiana y generacional del obrero. El carácter de unidad productiva de tan peculiar mercancía, se deriva del desarrollo de la economía de mercado que surge en la identificación de dos amplios sectores: de una parte, el productivo donde se realiza la producción para el mercado siguiendo la tendencia del desarrollo capitalista de socializar los procesos de producción en unidades de fabricación en masa (ZARETSKY, 1976) y de otra, el sector de la reproducción, de la subsistencia o de la economía doméstica, no productor de bienes y servicios mercadeables.

Tras la función de la familia de ofrecer fuerza de trabajo al sector formal de la economía, el sector de la reproducción subsidia la actividad productiva de las empresas, en razón de que los hogares soportan la subsistencia del obrero y así disminuyen los costos de fabricación de mercancías y, en ese sentido, pueden considerarse portadores de un vínculo con efectos indirectos sobre los procesos de acumulación. Así lo concibe MEILLASSOUX (1979) quien aduce que la fuerza de trabajo es producida en una institución denominada familia. En el capitalismo resulta muy barato suministrar lo necesario para que el trabajador y su familia restituyan y mantengan la capacidad de trabajo. Por la vía de extracción continua de valor, las unidades domésticas se ven involucradas en un proceso de eterno aporte a la acumulación de la economía capitalista, al tiempo que se preservan como productoras de alimentos y de otros bienes. La familia sigue siendo la institución en cuyo seno nacen, se alimentan y se educan los hijos, gracias al trabajo benévolo de los padres, en particular de la madre; es sitio de la reproducción conyugal de fuerza de trabajo, o sea producción de una mercancía.