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jueves, mayo 19, 2011

México: Mujeres sin hijos: otra visión de la maternidad

Guadalupe Cruz Jaimes
Cimac
.- Las mexicanas que eligen no ser madres desobedecen el mandato social que asocia ser mujer con ser madre y “define la maternidad como el núcleo natural y fundante de la identidad femenina”, señala la antropóloga Yanina Ávila en su artículo “Mujeres frente a los espejos de la maternidad: las que eligen no ser madres”.

Refiere que las mujeres que descartan la maternidad tienen diversas razones para ello: desde el simple deseo de no ser madres, hasta considerar que su situación personal o el contexto social es inadecuado para criar a sus hijas o hijos.

Sara, una joven de 30 años, considera: “no tengo eso que dicen que es natural, no siento la necesidad de ser mamá, y cuando analizó las condiciones en las que traería a un hijo al mundo, reafirmo mi decisión de no ser madre”.

La investigadora de la ENAH Yanina Ávila explica que algunas mujeres optan por no ser madres debido a que carecen de una pareja que demuestre apoyo real en las labores y cuidados familiares. Otras –añade– desisten de la maternidad “al percibir un panorama económico, social y mundial incierto y deprimente”.

“Para mí no hay marcha atrás, lo tengo claro desde hace unos años, incluso cuando mi pareja me llega a decir lo bonito que sería tener un hijo, le respondo que no está en mi proyecto de vida y que si ese es su deseo debe buscarse una mujer que piense distinto”, recalca Sara.

Pasante de Comunicación, Sara es becaria de El Colegio de México (Colmex). “Creo que mi camino sería otro si no hubiera conocido del derecho de las mujeres a elegir el tipo de persona que desean ser, eso me ha dado valor para enfrentar las críticas de mi entorno –aún en el profesional– para decir abiertamente que no quiero ser mamá”.

Egresada de la UNAM, Sara advierte que a pesar de la presión social “pienso que la maternidad no es esencial para sentirme realizada”.

Cambio “histórico”

De acuerdo con el académico de El Colmex y especialista en salud reproductiva, Carlos Welti, en México alrededor de 8 por ciento de las mujeres no tiene hijas o hijos en toda su vida, mientras que el restante 92 por ciento son o han sido madres. Es decir, 9 de cada 10 mexicanas optan por procrear.

La Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (Enadid) 2009, indica que sólo 4 por ciento de las más de 30 millones de mujeres de 15 a 49 años de edad, dijo no aspirar a la maternidad. En contraste, la mayoría de las entrevistadas refirió que su ideal es tener dos hijos.

Quienes eligen no procrear “sin prestar atención a los mandatos o creencias externas forman parte del cambio histórico que se vive en sociedades contemporáneas” como en Italia, España, Alemania y Rusia, menciona Yanina Ávila.

Karen, de 29 años, forma parte de las mujeres con una visión alterna sobre la maternidad. Afirma: “hasta ahora he decidido no ser madre porque mi situación económica no me lo permite, además no deseo de serlo, ni siquiera puedo estar mucho tiempo cerca de niñas y niños. Me parecen lindos, pero no me veo atendiendo a un ser humano, no me siento capaz ni económica, ni físicamente. Y ahora que tengo una pareja y una casa tampoco me ha surgido ese sentimiento”.

Karen explica que ha decidido no procrear porque “interferiría en mi trabajo, mi carrera, mi vida social y personal, invadiría todo mi mundo y para mí sería complicado”. Lamenta que persista la presión social para que las mujeres sean madres y el señalamiento para quienes no lo son.

“Mis padres me dicen que quieren conocer a sus nietos, que me apure a tenerlos. Y me siento mal por tener que darles explicaciones a ellos y a todo mi entorno que constantemente me cuestiona”, agrega.

Castigo social

Yanina Ávila señala que si la maternidad fuera una vocación natural e instintiva, no harían falta los mecanismos de presión para “meter en cintura” a quienes no quieren ser madres.

Después de un año de estar unida, los padres de Karen “empiezan a entender que no está en mis planes, y ya han bajado la presión, pero socialmente percibo la descalificación; es como si no sirvieras”.

“Las mujeres sin hijos no tienen un nombre y un lugar propio, existen desde lo que no son o no tienen, son por tanto algo incompleto, ambiguo o raro. Se dice que una mujer que no quiere tener hijos es egoísta, inmadura, fría, que se está perdiendo del amor más grande de la vida”, detalla la antropóloga de la ENAH.

Para Isela, de 58 años, la presión social por no ser madre ha sido “muy lastimosa”. A ella le quitaron la matriz a los 30 años y desde ese momento comenzaron los comentarios hirientes, incluso de su familia.

“Pobrecita no tiene hijos, te vas a quedar sola, quién te va a ayudar cuando estés vieja y no puedas trabajar”, son algunos de los que recuerda.

“La gente me compadece y eso me deprime más; es un tema que siempre me ha lastimado, siento que no cumplí con mi función. Comienza a preocuparme eso que me dicen: quedarme sin nadie que vea por mí, aunque conozco mujeres que han tenido muchos hijos y de todas formas llegan solas a la vejez”, advierte.

La primera de la familia en no querer ser madre

“Cuando me casé, sentía que era muy violento decir que no quería tener hijos, al principio mi esposo y yo decidimos que esperaríamos un tiempo. Y después acordamos que sería definitivo (no tenerlos). Fue una decisión difícil”, relata Laura, de 35 años de edad.

“Los primeros dos o tres años de mi matrimonio sufrí mucha presión de mi familia y social: me decían que estaba a buen tiempo de embarazarme. Llegué a pensar que era inevitable, que en cualquier momento iba a estar con un bebé y eso me iba a privar de las cosas que me gustaban de mi vida”, confía la mujer, dedicada a la venta de automóviles.

Originaria de Lerma, Estado de México, Laura argumenta: “lo que ha pasado conmigo es que no he tenido ganas de tener hijos, o por lo menos es lo que me explico a nivel consciente”.

Ella y su pareja han hablado “poco” al respecto. “Cuando comenzamos a vivir juntos, nuestros empleos apenas nos permitían subsistir y decidimos esperar, luego comenzamos a subir de puesto y a tener más comodidades, pero surgieron otras aspiraciones. Hasta que me di cuenta de que nunca me iban a dar ganas”.

Pasó el tiempo y tomaron la decisión de no tener hijos, la cual se reafirmó “al ver lo que se espera en un futuro para los niños. Entonces decidí que no, que no iba a tener hijos y él también”.

Laura es la primera mujer de su familia que tomó esa decisión. Dice sentirse contenta con su determinación.

Para ella, “la maternidad no me parece atractiva, creo que es una gran responsabilidad y al mismo tiempo una atadura”.

Por su experiencia de vida, ya que como hija mayor cuidó de sus hermanas, “sé que la preocupación por la vida de otro ser humano no es algo con lo que cargas siempre”. Y esa situación “te limita, eliges un camino pensando en otras personas y no en ti”.

Cuando Laura tenía 11 años de edad sus padres se separaron y ella y sus dos hermanas se quedaron con su madre. Desde entonces se hizo cargo de Fabiola y Alejandra, de cuatro y seis años de edad, pues su mamá comenzó a trabajar.

“Las cuide hasta que ellas cumplieron 15 y 17 años, yo tenía 22”, pero “mientras estuve las ayudé en sus tareas, iba a las juntas de padres, les preparaba de comer, las llevaba a la escuela, jugaba con ellas, las regañaba, todo”. Creo que esa experiencia me marcó; siento que viví una especie de maternidad temprana y forzada”, señala.

Laura tiene gratos y duros recuerdos de la crianza de sus hermanas. “Estar a cargo de las niñas me permitió disfrutarlas mucho, pero también sufrí cosas que no me tocaban. Viví momentos de mucha angustia; recuerdo una vez que se me perdieron en un mercado y cuando la más chiquita se me cayó de las escaleras fue terrible, porque yo apenas tenía 14 ó 15 años de edad, era demasiado para mí”, relata.

“Tal vez mi historia tenga que ver con que no se me antoje tener hijos y prefiera una vida distinta, no porque sea mejor o peor a la que viven las mamás, sino porque es la que yo quiero”, concluye.

Personal médico y psicológico refuerzan el binomio mujer-madre

Ciencias como la medicina y la psicología, que deberían ser “objetivas”, contribuyen a construir “la figura del eterno femenino expresado en el binomio mujer-madre”, y no respetan la voluntad de la población femenina sobre el ejercicio o no de la maternidad, acusa la antropóloga Yanina Ávila.

En su investigación “Mujeres frente a los espejos de la maternidad: las que eligen no ser madres”, la académica de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) afirma que la comunidad médica promueve el embarazo y el amamantamiento como curas para múltiples malestares de las mujeres, como los trastornos menstruales, varios tipos de cáncer (sobre todo de mama y cérvico uterino), incluso derrames cerebrales y padecimientos cardiacos.


En tanto, abunda, las disciplinas en el campo de la salud mental imponen el prejuicio de que la maternidad para las mujeres significa un “deseo natural y universal”.

Por ello, algunos psicoterapeutas consideran la vida de las mujeres sin hijos, ya sea por elección o por problemas de fertilidad, como “vacía, carente de la satisfacción y el calor que trae consigo la maternidad”, explica Ávila.

A las mujeres sin hijos se les califica como incapaces de comprometerse en relaciones cercanas e íntimas. En este sentido, detalla la especialista, las teorías psicológicas tradicionales refieren que las mujeres tienen mayor oportunidad de lograr su madurez psíquica y emocional cuando aceptan la maternidad que cuando la rechazan.

En México, el artículo cuarto constitucional estipula el derecho de las mujeres a elegir si procrean o no, pero cultural y socialmente las mujeres que eligen no tener hijos son estigmatizadas y rechazadas, critica Yanina Ávila.

La maternidad es considerada “un tópico mayúsculo, adherido culturalmente a la subjetividad y a la vida de las mujeres de manera casi epidérmica: una segunda piel”, escribe la investigadora en la revista Desacatos, editada por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).

La pregunta “¿por qué tienes hijos?” raramente se realiza, pues existe la suposición de que la maternidad es un proceso inevitable y natural en la vida de las mujeres y como tal no se pone en duda, indica la autora.

Y añade que cuestionamientos comunes como “¿eres casada?” o “¿cuántos hijos tienes?” resultan incómodos cuando la respuesta es que no se tuvo ningún hijo. Desde cualquier espacio las mujeres que no quieren ser madres son consideradas “raras”.

Ávila sostiene que la transformación social incluye cambios en la conducta reproductiva de las personas por lo que ahora “las mujeres, ya no son simplemente mujeres, sino que tienen que decidir qué quieren ser, evidenciando el hecho de que ya la identidad de género no es algo que se asume como dado, como prescrito, sino algo que debemos y podemos definir”.

Los discursos que definen a las mujeres sin hijos como inferiores a las madres o como mujeres inacabadas “tienen una función política, en tanto cumplen el rol de influir en la decisión de las mujeres para tener descendencia, ya que construyen una visión negativa de quienes no son madres”, concluye la experta en temas de género.

martes, mayo 10, 2011

El mito de la madre perpetúa el sistema patriarcal

Por Guadalupe Cruz Jaimes
(CIMAC).- El amor e instinto maternal son construcciones culturales que son aprendidas y reproducidas por las mujeres, señala Lorena Saletti Cuesta, investigadora de la Universidad de Granada, España, en su libro “Propuestas teóricas feministas en relación al concepto de maternidad”.

Mientras la capacidad de parir es algo biológico, la necesidad de convertir la maternidad en un papel primordial para las mujeres es resultado del mandato social, refiere el análisis.

La investigadora indica, con base en diversos estudios feministas, que “la maternidad es un sentimiento variable que depende de la madre, de su historia y de la historia”.

La construcción cultural de la maternidad crea “un nuevo tipo de vínculo y un nuevo mito: la creencia de que toda mujer no sólo es madre en potencia, sino que es madre en deseo y necesidad. No existe el instinto maternal, la maternidad es una función que pueden o no desarrollar las mujeres”.

Al designar el ser madre como un hecho natural, “la ideología patriarcal sitúa a las mujeres dentro del ámbito de la reproducción biológica, negando su identidad fuera de la función materna”, explica Saletti.


Agrega que el hecho de que las mujeres son las que procrean es invariable, pero esta posibilidad biológica “se convierte en un mandato social a través de la afirmación del instinto materno universal en las mujeres”.

Así, el mito del instinto maternal, supuestamente natural e intrínseco, predestina a las mujeres a ser madres para que posteriormente se dediquen con prioridad al cuidado de sus hijas e hijos.

La consideración de la maternidad como natural e inevitable, dictamina que toda mujer debe querer y debe ser madre, y quienes biológicamente no puedan serlo o se nieguen a ejercer esta función “son desviadas o deficientes como mujeres”.

Culturalmente, a las mujeres no sólo se les exige ser madres, ellas deben hacerlo con el “amor incondicional” que la sociedad demanda, si no demuestran ese afecto son calificadas de “malas madres”.

Para la teórica feminista Simone De Beauvoir, cita Saletti, el lugar que ocupan las madres en la sociedad es un lugar de subordinación y de exclusión de la categoría sujeto social.

Los ámbitos público y privado colaboran por igual en mantener el sistema social, pero no gozan del mismo prestigio dentro del mismo, ya que la procreación y crianza de los niños y niñas no es reconocida como un trabajo productivo para la sociedad, sostiene.

La mitificación de la maternidad sirve para ocultar la poca importancia real que la sociedad otorga a este laborioso, complejo y determinante trabajo. Como ser madre es algo “natural” tampoco se reconoce el alto costo personal que la maternidad supone para las mujeres, señala Marta Lamas en su artículo “Madrecita Santa”, contenido en el libro Mitos mexicanos.

El desmoronamiento del mito de la madrecita santa debería llevar, pues, a una redefinición de una nueva forma gozosa, compartida y responsable de tener y criar hijos. Dejar de considerar la maternidad como sinónimo de y empezar a considerarla como un hecho amoroso que requiere, para poder ejercerlo a plenitud, de un paso previo: el amor de la mujer a sí misma, concluye la experta.

miércoles, mayo 26, 2010

La muerte, el costo de la maternidad...

Por Lucía Lagunes Huerta / Ciudad de las Diosas
Dar la vida, a cambio de la vida de otro ser, es uno de los tributos que las mujeres han sido obligadas a pagar por la maternidad.

A lo largo de los siglos, las mujeres han muerto durante el embarazo, el parto o después de él. A cambio, dicen, se han ganado la gloria o algún palacio como el Taj Mahal, el cual fue construido en honor a Mumtaz Mahal quien procreó 14 hijos del emperador Sha Vahan, y quien murió en el último parto.

Producto de la mitificación de la maternidad, la muerte materna fue vista como natural, y en ocasiones como una gracia divina, el sacrificio mayor de las madres. Todas esas muertes, las que se han acumulado en los siglos, y las presentes, nada tienen de divino ni de naturales, todas son muertes prevenibles, muertes que son producto de la desigualdad profunda en que viven las mujeres.

Cada año, mueren en el mundo entre 350 mil y 500 mil por causas relacionadas con su maternidad, el 99 por ciento de estas muertes ocurren en países en desarrollo y se producen por razones tanto médicas como sociales. En América Latina y el Caribe, en 2009 murieron 15 mil mujeres, según datos oficiales de los ministerios de salud de las Américas.

Detrás de cada una de estas muertes hay una cadena de desigualdades e injusticias que se enlazan y que marcan la inequidad, no sólo en la que viven, sino una comunidad, un país o una región.


En las zonas más marginadas, la falta de acceso a la atención médica y la deficiente calidad en los servicios de salud han provocado que fallezcan cuatro mujeres al día por causas relacionad al embarazo y parto, revela el tercer informe de labores del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres).

Una de cada diez indígenas mexicanas que se embaraza fallece por complicaciones.

En América Latina, las niñas embarazadas entre 10 y 13 años de edad, corren el mayor riesgo de morir por causas relacionadas a la maternidad producto de la vulnerabilidad social, la fragilidad de su cuerpo, la falta de información, de acceso real a los servicios de salud y a la violencia que se ejerce contra ellas.

El riesgo de morir durante el embarazo o parto es cinco veces más alto para las jóvenes de menos de 15 años que para las que han llegado a los 20, revelan investigaciones internacionales y nacionales.

Según registros oficiales, en 2007, las 15 mil muertes maternas en América Latina y el Caribe se debieron a las siguientes complicaciones ocurridas durante el embarazo, el parto o el puerperio: hipertensión (26 por ciento), hemorragias (21 por ciento), abortos inseguros (13 por ciento), parto obstruido (12 por ciento), sepsis (8 por ciento), así como un total de 15 por ciento por otras causas directas y un 5 por ciento por causas indirectas tales como la tuberculosis, el SIDA, el cáncer, accidentes o suicidios.

Pese a todos los números y las evidencias, las muertes de las mujeres siguen ocurriendo cada día. Desde 1987 existe un llamado internacional para detener las muertes maternas, no sólo por un deber de proteger el derecho a la vida de las mujeres y con ello mejorar las condiciones de desarrollo humano de la comunidad, país o región.

Una cuarta parte de todas las muertes maternas podrían reducirse con tan sólo prevenir los embarazos no deseados. Cada dólar invertido en planificación familiar tiene beneficios tan altos como invertir 31 dólares en salud, abastecimiento de agua, educación y vivienda, revelan estudios del Fondo de Población de las Naciones Unidas.

Por ello, no es casual que dentro de los Objetivos del Desarrollo del Milenio, el número cinco esté dedicado a abatir la Muerte Materna, cuyos resultados de lo que es la política en cada país serán revisados este año.

Nada es menor para salvar la vida de las mujeres y para ello se necesitan sumar todas las voces y todos los liderazgos, y en esta cadena, sin lugar a dudas, las mujeres tenemos que entrelazar nuestros empoderamientos a favor de nuestras congéneres.

Sumar esfuerzos de todas: políticas, artistas, comunicadoras, dirigentas, funcionarias, es fundamental. Todas están convocadas a sumarse por la vida de las mujeres, por ello 100 mujeres de América Latina y el Caribe, se reunirán durante dos días en Lima, Perú, para aportar lo mejor de si mismas.

Convocadas por el Grupo de Trabajo Regional para la Reducción de la Muerte Materna, lideresas del continente, el 27 y el 28 de mayo compartirán y construirán saberes que se reflejen en un pronunciamiento para llamar a todas las instancias responsables de contribuir a romper las cadenas de injusticia y desigualdad a ser un trabajo que salve la vida de las mujeres.

Cada una saldrá con un compromiso individual y colectivo, un compromiso activo, para que en cada espacio de influencia esté presente el objetivo de salvar la vida de las mujeres.

domingo, marzo 28, 2010

La maternidad, opción de vida y no un destino natural...

Redacción de Cimac
Para la mayoría de las mujeres de Latinoamérica, la maternidad no es un acto de bienestar y felicidad, pues existen altos índices de mortalidad materna y embarazos no planificados, y muchos de los casos son resultado de violaciones sexuales.

Afirmó lo anterior la organización Católicas por el Derecho a Decidir de Perú para recordar a las autoridades que fueron electas para garantizar el pleno ejercicio de los derechos de todas las personas, sin ningún tipo de discriminación.

En un comunicado, la entidad internacional, subraya que las mujeres tienen el derecho a decidir sobre la maternidad como una opción, incluso en la Biblia lee que María fue consultada y se le permitió pensar sobre sí misma, deliberar y responder libremente.

La maternidad es una experiencia compleja y la capacidad de elegirla es un derecho humano fundamental, que no puede ser asumida como un destino obligatorio, por el contrario, debería ser un acto voluntario que brinde alegría y bienestar a quien procrea y a quien nace, abunda el documento.


En este contexto, la situación de las mujeres se agudiza cuando la jerarquía de la iglesia católica mantiene mensajes y acciones que reafirman estereotipos y formas de discriminación contra ellas considerando a la sexualidad como un pecado y a la maternidad como un destino natural.

Datos del Observatorio de Salud Reproductiva (OSAR), en Guatemala precisan que el 60 por ciento de los partos en el país son atendidos por comadronas, se reportan 65 mil abortos anuales, el 21 por ciento de los partos atendidos en los centros de salud son en adolescentes y cada vez aumenta la cifra de niñas de 10 años embarazadas.

sábado, enero 16, 2010

Miremos el Género a través de la Paternidad y la Maternidad...

Por: Msc. Livia Quintana Llanio /
Centro Nacional de Educación Sexual (Cuba)
Mi acercamiento a las cuestiones de la masculinidad ha estado ligado fundamentalmente, al tema de la paternidad, tanto desde lo práctico como desde lo teórico. La asunción de este estudio de la paternidad me ha colocado inevitablemente ante dos dimensiones: su nexo respecto a la maternidad, con la cual funciona como un par de categorías indisolublemente ligadas por su carácter mutuamente complementario, y su condicionamiento histórico cultural. ¿Por qué elegir la paternidad y la maternidad como ejes directrices de la reflexión teórica y práctica?

Sin el ánimo de convertirlas en supracategorías de análisis, considero que su propia estructuración las convierte en núcleos reflejos de la compleja configuración de la subjetividad humana a nivel individual y social. Ambas devienen procesos y productos subjetivos, esencialmente ilustrativos de la problemática de género. Por tanto, el abordaje de la paternidad y la maternidad pudiera ser un interesante punto de partida en el afrontamiento y la solución de múltiples situaciones presentes en la realidad contemporánea, a debate en los foros políticos y científicos internacionales.

En la discusión sobre el tema de la pobreza, prioritario en la preocupación manifiesta mundial, la problemática de género tiene una fuerte presencia. Las tasas de natalidad disminuyen, particularmente en el llamado mundo desarrollado. El incremento de la población en el planeta se opera a expensas de los países más pobres, y los recursos necesarios para su sobrevivencia escasean y se encarecen. En estos contextos resultan realidades emergentes los hogares monoparentales encabezados por mujeres solas, subempleadas y mal pagadas, que aportan crecientemente a la llamada feminización de la pobreza (Arriagada, 2004; CEPAL, 2004).


Conceptos como esperanza y calidad de vida, considerados como indicadores del nivel de desarrollo social y de salud, son asuntos polémicos actuales, ya que constituyen paradigmas de lo deseable, en medio de una compleja situación caracterizada por la existencia de profundas desigualdades que limitan su consecución. Las estadísticas de los sistemas de salud apuntan a un incremento de la esperanza de vida en todo el orbe que no necesariamente se apareja al aumento de la calidad de vida en la población, especialmente en los países del tercer mundo, donde las diferencias de clases son mucho más marcadas. Se piensa que en «el Sur» este fenómeno está asociado fundamentalmente a la disminución de las enfermedades infectocontagiosas, debido a acciones de salud como las campañas de vacunación masiva y a la tecnologización de los servicios sanitarios. De modo que las evidencias señalan la complejidad del fenómeno.

La mirada al futuro parece incierta. En el discurso imperante se expresa inseguridad y temor ante la amenaza de la extinción de los recursos y las condiciones que garantizan la supervivencia. Los adultos de hoy vivimos preocupados y anhelantes por un mañana al que miramos con desesperanza desde el prisma de nuestras realidades presentes.

Se aboga por los derechos de la infancia porque, como acotara Martí: «Los niños son la esperanza del mundo.» Si la esperanza del mundo está en manos de seres que han aprendido a vivir en la lucha por la subsistencia, entre la inseguridad y la desprotección desde sus primeros años; si el modelo de familia del que provienen fomenta el desarraigo, la violencia y el desamor, ¿en manos de quién está el porvenir? Las niñas y los niños de hoy serán las mujeres y los hombres de mañana, constructores de la sociedad futura. En la infancia se crean las bases del desarrollo de las siguientes etapas de la vida.

En la psicología no existen dudas acerca de que las experiencias de los primeros años son fundamentales en la configuración de la subjetividad adulta. Desde las referencias socioculturales existentes, se espera que éstas transcurran en el seno de la familia (grupo primario del ser humano), esencialmente vinculadas a las figuras parentales, de ahí el reconocimiento de su importancia. Sin embargo, las realidades de los países del tercer mundo hablan de miles de niñas y niños que viven en situación de calle o tienen que salir a la calle para intentar sobrevivir, al amparo del azar, del trabajo explotador, de

la prostitución, la droga y la muerte. Duro panorama para la infancia de estos tiempos que, al decir de Eduardo Galeano, ni siquiera aquellos que parecen protegidos, «los ricos», se exoneran de los efectos del funcionamiento social:

“Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños” [Galeano, 1998: 7].

Durante muchos años, predominó en la psicología el análisis de la figura materna como fuente de la satisfacción de las necesidades psicológicas primarias, como eje central en la socialización y configuración de la subjetividad individual de sus hijas e hijos. Hoy, la situación social y la visión de la ciencia convoca a cambiar la perspectiva. La figura paterna, a cuyo rol se le cuestionó el valor, empieza a ser revalorizada.

El padre, presente o ausente físicamente, constituye junto a la madre, desde lo simbólico y desde lo real, la fuente que permite el acceso al crecimiento. A partir del vínculo con ambos se estructura y organiza la personalidad del sujeto. La idea de que el nexo con las figuras parentales es esencial para el desarrollo del individuo, resulta innegable.

La explicación al asunto puede ser desde una u otra posición teórica, pero el reconocimiento de esta condición es unánime. Numerosas investigaciones, surgidas sobre todo a partir de la década del ochenta del pasado siglo, asocian la ausencia del padre con fenómenos como delincuencia, deserción escolar y baja inclusión de jóvenes en el área laboral.

La propia situación actual a la que se aludía al inicio del texto al mencionar el problema de la monoparentalidad familiar, puede conducir a varios cuestionamientos: ¿qué ha ocurrido con los padres de estas familias a cuya cabeza sólo está la mujer?, ¿cómo configura los conceptos de los roles paterno y materno, la infancia que crece sumida en las carencias generadas por la ausencia de la figura del padre y la sobrecarga de la madre?

Ser madre y ser padre son roles de género que han cambiado al ritmo de la sociedad. En la misma medida, constituyen expresión y condicionante importantes de la masculinidad y la feminidad. La identidad de género estereotipada y legitimada por la sociedad patriarcal ha sido removida de sus míticos espacios en las últimas décadas. Los atributos que tradicionalmente caracterizaban a las mujeres y a los varones se han visto cuestionados.

Con la introducción de la anticoncepción, fruto de las luchas de los movimientos de mujeres, el padre de familia perdió la capacidad, que hasta entonces poseía, de decidir cuándo y cuántos hijos tener. Ello condujo a que su rol de autoridad intrafamiliar se haya comenzado a desdibujar. Una característica distintiva del varón desde los estereotipos patriarcales ha sido la de ejercer la autoridad y ostentar el poder. De ahí el término «patriarcado», que significa el poder del padre. Este poder se ha visto limitado en el espacio familiar desde entonces.

Asimismo, a partir del acceso a la anticoncepción, las mujeres han comenzado a disponer de la posibilidad de decidir si tienen hijos, cuántos y cuándo, lo cual ha llegado a romper la visión identitaria «mujer = madre».

Muchos varones en el mundo se cuestionan el lugar en la relación con su descendencia y se agrupan para defender sus derechos a ejercer una paternidad cercana, en tanto que crece el número de mujeres que han decidido no asumir la maternidad como un proyecto de vida. Aunque sigue siendo un referente de afirmación de la feminidad, la maternidad ya no es la única ni la primera opción para las mujeres.

En un reciente estudio cualitativo que estableció la relación entre la representación social de la maternidad y el proyecto de asumirla en mujeres jóvenes, entre veinte y veinticinco años sin hijos, se observó la existencia de conflictos en torno a este objeto. Ellas mantienen la visión ancestral de que ser madre exalta el valor de la mujer y la perciben como un espacio de realización femenina; sin embargo, consideran que la maternidad constituye una fuente de renuncias o desplazamientos de la satisfacción de otras necesidades significativas, para lo cual no se consideran preparadas en esta etapa de la vida.

Si bien este grupo manifestó el deseo de asumir la maternidad, lo proyectan en la mediatez, hacia el futuro percibido por ellas como distante. Casi todas lo fijan después de los veinticinco años de edad, aun cuando algunas ya alcanzan esta edad. Consideran que son muy jóvenes, que deben culminar sus estudios y crear condiciones económicas y materiales para asumirla. En todos los casos mencionan la maternidad en la escala de motivos; sin embargo, no la señalan en primer lugar (Benítez, 2007).

En otros trabajos realizados, que emplean el paradigma cualitativo con la finalidad de caracterizar la representación social de la maternidad y la paternidad en varios grupos de tres municipios de la capital (Plaza de la Revolución, Playa y Centro Habana), se aprecia un cambio en el imaginario social en torno a estos objetos. Si bien se concibe la maternidad como fuente de realización femenina y se valora altamente, no es percibida como la única área de gratificación para la mujer, ni sus funciones se limitan a brindar afectos, pues se han diversificado y abarcan áreas que fueron tiempo atrás, destinadas exclusivamente al varón. Por su parte, la paternidad ya no se asocia únicamente al ejercicio de la autoridad, de provisión económica, sino que en el discurso se reconoce un reclamo a su presencia física y psicológica en el vínculo con la descendencia. Se espera de él que desempeñe un rol activo en la satisfacción de necesidades afectivas de la progenie. La manera en que el conocimiento de sentido común concibe estos procesos, es expresión importante del lugar que ocupan los mismos en la subjetividad individual y grupal. A su vez, es el resultado de las vivencias subjetivas a lo largo de la historia vital (Quintana, 2001; Benítez, 2007; Ramos, 2007; Aguirre, 2008; Fáez, 2008).

En 2001, con la intención de establecer la relación entre el modelo parental y la representación social de la maternidad y la paternidad, se desarrolló un estudio con una muestra intencional conformada por cuatro grupos de personas, residentes en el área de salud del Policlínico La Rampa, dos de mujeres y dos de varones. Todas y todos emprendían por primera vez estos procesos. Unos se preparaban para el nacimiento del nuevo ser; otros eran padres y madres de pequeñas criaturas que tenían entre cero y cinco años de edad. Se empleó el grupo focal y la entrevista individual con preguntas abiertas para lograr los propósitos de la investigación.

Se definió como modelo parental aquel que la madre y el padre ofrecen a su descendencia en el ejercicio de sus roles materno y paterno. Sobre la base de los indicadores desarrollados por la doctora Patricia Arés en Mi familia es así (1990), se consideró identificar el modelo como tradicional, con emergentes de cambio y no tradicional (véase Quintana, 2001: 51).

El estudio condujo por los interesantes caminos de la paternidad y la maternidad, con todos sus complejos entramados entre discurso y acción. Fueron muy reveladores los avatares del proceso en la constitución de los grupos, fundamentalmente de varones. Muchas veces, al llegar a la casa, se encontraba la mujer. Al explicar la intención de la visita, ella se encargaba de esgrimir el argumento de que su esposo seguramente no podría participar en la investigación, porque «él trabaja hasta tarde, cualquier día de la semana, cualquier día del año…».

Esta situación fue interpretada como expresión del conflicto presente en torno a la paternidad y la maternidad en mujeres y varones. La madre con frecuencia se siente y se queda sola en el ejercicio de la parentalidad, lo cual emerge como reclamo al varón en su rol de padre; sin embargo, reafirma y naturaliza en su discurso la distancia del hombre respecto a las cuestiones vinculadas a la paternidad. Por su parte, el varón elabora su discurso desde el reconocimiento de la importancia de la paternidad al mismo nivel que la maternidad. La mayoría de los progenitores al referirse al lugar del padre, dijo: «Es el primero, como el de la madre»; otra parte afirmó: «El segundo eslabón de importancia para el hijo; no quiere decir que para el hijo sea el segundo. Su papel sólo es protagónico si la madre le deja lugar.» El tema del lugar de la paternidad emergió constantemente entre ellos y se develó conflictivo respecto al de la maternidad.

De manera general, los resultados de la investigación condujeron hacia las siguientes formulaciones.

El modelo parental constituye un referente en la construcción de la representación social de la paternidad y la maternidad, sea por la reiteración de sus elementos, sea porque se censuren y eviten. Este hecho fue reconocido por todos los sujetos estudiados. El modelo parental de los sujetos participantes en esta investigación se caracterizó por responder a los preceptos de la ideología patriarcal tradicional, aun cuando fue influenciado por los cambios sociales que favorecieron la inserción de la mujer en la esfera pública y el reconocimiento de sus libertades sexuales. Elementos esenciales

del modelo forman parte del eje de la representación social; esta continuidad es expresión de las condiciones sociales que la determinan.

La inserción en trabajos asalariados de las madres de las personas estudiadas con frecuencia después que sus hijos e hijas casi terminaban la enseñanza primaria, su participación progresiva en las tareas sociales y políticas de la Revolución, el divorcio de la pareja o la ausencia paterna en algunos casos, constituyeron fuentes de vivencias individuales en la relación con las figuras parentales que incidían en sus expectativas personales en el ejercicio del rol (madre o padre) y tomaban parte de la configuración de los conceptos de maternidad y paternidad. El nivel de elaboración de los contenidos estaba mediatizado por la posición social del sujeto y del grupo al que pertenecían; las mujeres y varones cuyas hijas e hijos tenían entre cero y cinco años, mostraron juicios más reflexivos y cercanos a la práctica cotidiana que quienes estaban en la etapa de la gestación.

En la representación social de la maternidad y de la paternidad se expresó la lucha por el poder entre los géneros. Las mujeres se manifestaban en posesión del poder sobre la descendencia, lo cual se expresó en su lenguaje posesivo respecto a su hija o hijo. Ellas referían con una sonrisa en el rostro que la decisión de la ropa, la comida y las salidas de su bebé, era de su competencia, y que el padre debía consultarla para asumir cualquiera de estas tareas.

También censuraban a los varones por la manera en que asumían el rol de padres, por el ejercicio distante y en ocasiones poco responsable, de sus tareas y funciones. Esta visión crítica fue mucho más acentuada en el grupo de gestantes. A partir de su discurso, no parecían interesarse en compartir su lugar. Los hombres, por su parte, manifestaban su disposición a ocupar un lugar protagónico en el vínculo con la prole. Se consideraron con igual responsabilidad que las madres, aunque pautaban las diferencias cuando se trataba de asumir las labores domésticas. Las diferencias biológicas entre mujeres y varones fueron consideradas por ambos como condicionantes diferenciales en el ejercicio del rol parental.

Los resultados de este trabajo revelaron contradicciones entre las concepciones patriarcales tradicionales y los nuevos valores que sugieren el cambio en la relación de poder entre las personas (Quintana, 2001).

La vida cotidiana refleja claramente la complejidad de los cambios que se van produciendo en varones y mujeres en torno a las cuestiones de la paternidad y de la maternidad. Éstas se encuentran marcadas por conflictos y contradicciones, propios de sus condiciones cambiantes que expresan e inciden de manera importante en la construcción de la masculinidad y de la feminidad en los tiempos que corren.

Siguiendo esta línea de estudios, Aguirre se centró en la cuestión de la construcción del imaginario social acerca de la paternidad en adolescentes de doce y catorce años, hijas e hijos de padres separados, cuya custodia estaba a cargo de las madres. La pareja parental se separó antes de los tres años de vida de los sujetos estudiados. Este hecho ha marcado una distancia física y, en casi todos los casos, psicológica entre el padre y el hijo o hija, con su expresión en el discurso manifiesto: «la madre es la que siempre está, en las buenas y en las malas», «los padres se alejan», «muy pocos padres se ocupan de sus hijos» (Aguirre, 2008: 62). También apreció en la mayoría de los sujetos de la investigación que el ejercicio de las funciones parentales recaía casi exclusivamente sobre la progenitora. Al explorar las actividades compartidas con ambos padres, refirieron que participaban con sus madres sólo eventualmente en actividades recreativas y sociales, mientras que con la figura paterna apenas tenían espacios de común intercambio. La tarea que más cumplían sus progenitores varones era la de aportar la pensión alimentaria estipulada por la ley para casos de separación o divorcio.

En este grupo se evidenció que «los contenidos de la representación social de la paternidad se encuentran estrechamente ligados a sus vivencias personales de carencia en el vínculo con la figura paterna» (Aguirre, 2008: 103). Las muchachas y los muchachos afirmaron un conflicto en torno al padre, lo valoraron altamente, consideraron la necesidad de su presencia física y sobre todo psicológica, y esperan de él que «esté siempre a tu lado», «no te abandone», «un buen padre está contigo en todo momento» (Aguirre, 2008: 62), al tiempo que expresaron demandas y quejas respecto al desempeño del rol.

Otro hallazgo interesante de esta autora fue al analizar los puntos de continuidad y ruptura con la visión tradicional de la paternidad. Las y los adolescentes asociaron la presencia del padre como proveedor de seguridad, saber y autoridad en situaciones problemáticas de sus hijos e hijas, lo cual se corresponde con los estereotipos de género que colocan al padre como representante de la autoridad, del saber. Además, al conceptualizar la paternidad y plantear las expectativas del rol paterno, fue recurrente en todos los sujetos el empleo de términos como amor, cariño y ternura, que sitúan al varón en una dimensión afectiva, tradicionalmente asignada a la madre. En este sentido, advertimos una ruptura en la manera tradicional de concebir la paternidad.

Me adscribo al grupo de personas que considera la necesidad de la equidad entre varones y mujeres como vía de solución de múltiples problemas sociales existentes. En el terreno de la paternidad y de la maternidad, la propuesta para alcanzar este propósito parece ser la manifiesta en el concepto de coparentalidad, que supone el ejercicio implicado y responsable de ambas figuras parentales en todos los períodos de la vida de sus hijas e hijos. La coparentalidad contiene y expresa un cambio en las relaciones de poder entre varones y mujeres, en el ámbito de los vínculos con la descendencia. Nexos primarios que devienen fundacionales en la configuración de la subjetividad humana. Su ejercicio no sólo compromete la necesidad de cambios en las relaciones de poder entre los géneros respecto a la prole, sino que requiere redimensionar esos vínculos en el espacio privado y público; también supone transformaciones en las relaciones de producción.

¿Es la coparentalidad una realidad posible o una utopía? Para hacerla posible, queda aún un buen trecho por andar, tanto en la teoría como en la práctica. Es función de los profesionales de las ciencias sociales dedicar pensamiento y acción a este logro, introducir estos temas al unísono, en campos de investigación diversos y complejos, con la integración de los paradigmas cuantitativos y cualitativos. Es tarea de los hacedores de políticas públicas considerar y accionar sobre las múltiples repercusiones de la asunción de los roles parentales para mujeres y varones, además de las consecuencias de estos ejercicios en las condiciones actuales para las generaciones en formación. En última instancia, somos todos los seres humanos de hoy y de mañana quienes construiremos modelos de vida que garanticen la supervivencia.



BIBLIOGRAFÍA




AGUIRRE, S. (2008). «Representación social de la paternidad en adolescentes hijos de padres separados». Trabajo de diploma en opción al título de licenciado en Psicología. SUM Plaza de la Revolución. Facultad de Psicología, Universidad de La

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ATRIA, R. et al. (2003). Capital social y reducción de la pobreza en América Latina y el Caribe: en busca de un nuevo paradigma. CEPAL, Santiago de Chile.

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GALEANO, E. (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Editores, S.A. en coedición con Siglo XXI, Montevideo.

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QUINTANA, L. (2001). «Representación social de la maternidad y de la paternidad. Vínculo con el modelo parental». Trabajo para optar por el título de máster en Sexualidad. CENESEX, Ciudad de La Habana.

RAMOS, L. (2007). «La representación social de la maternidad en mujeres que se interrumpieron el embarazo». Trabajo de diploma en opción al título de licenciado en Psicología. SUM Plaza de la Revolución. Facultad de Psicología, Universidad de La Habana.

RODRÍGUEZ, T. y M. DE L. GARCÍA (coord.) (2007). Representaciones sociales. Teoría e investigación. Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Editorial cucsh-udg, Guadalajara.

viernes, octubre 16, 2009

Se avecinan más chuzos ideológicos con los juguetes: bebes que maman tetas y tetas inflamables

Por: José Sant Roz/ Aporrea.org
Sí, tetas inflamables, que las tocas un poco y entonces se van inflando, sólo para niñas y adolescentes. Las tiendas de juguetes piensan hacer su agosto este diciembre. Esperamos que el gobierno revolucionario no importe esas bazofias. ¿Se acuerdan de aquel juguete llamado tomagothi (japonés) que era una mascota virtual? ¿Una mascota que se enfermaba, lloraba, había que alimentarla y hasta se moría? Algunas niñas sufrían verdaderos traumas, y se dieron casos de suicidio en España porque la fulana tomagotchi se les a llegó a morir a unas pequeñas. Bueno, esa mascota de mierda muchas maestras, en las escuelas venezolanas, lo recomendaban como una maravilla (porque era muy pedagógico, para ir creándole responsabilidades a los niños, decían), y la gente pobre sacaba de donde no tenía porque los muchachos se volvían terriblemente ladillas y había que complacerlos. Japón, con esa porquería de mascota obtuvo más ganancia que todo el petróleo que Arabia Saudita vendió durante un año. Hoy casi nadie se acuerda de aquello, yo sí, porque veía cómo la gente se dejaba influenciar por tamaña estupidez, y me indignaba ver como en los mercados los niños se pegaban de la falda de su madre rogándole que se la compraran. Eso fue por 1997, y los había de varios precios, pero la más barata costaba entre 12 y 15 mil bolívares. Con mis dos niñas en el colegio hice esfuerzos heroicos para no comprarles esa porquería, y lo logré. Todos los días venían y me decía que sus compañeros tenían un tomagotchi, que por favor le buscara una…, y mi saliva no se daba abasto para convencerlas de aquella estupidez, pero me negué siempre redondamente a comprarles aquella mierda. Al año siguiente desapareció el encanto: ya tener aquello no daba ninguna nota, entonces mis niñas trajeron a casa como media docena de aquellos bichos virtuales que ya sus amigas no querían, y con los que se aburrían terriblemente.


Una historia más o menos parecida a la trácala que se ha dado con las series de Harry Potter, que toda la gente comenzó a comprar con locura, libros bellamente editados pero que tampoco casi nadie jamás llegó a leer (gracias a Dios) ni medianamente. Hoy cuando uno visita los puestos de libros usados consigue libros de estos por montones. Otro negociazo con los que se cagan en nosotros las transnacionales que trafican con la idiotez, la más abominable estafa a pendejos. Venezuela sigue siendo todavía uno de los países que cuenta con más pendejos por metro cuadrado en el continente americano. Yo, por ejemplo, con “pendejos socialistas” no quiero un carajo, y una de las misiones más necesarias y urgentes a crear, debe: “Misión Ojo Pelao” o “Misión Caribe”.

Ahora la nota la trae para este año un muñeco llamado «Bebé Glotón», que no usa biberón sino teta, y Unicef (el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (agencia de Naciones Unidas que trabaja por la niñez) ha aprobado su venta como una cosa magnífica. Unicef también apoyó aquel que se hacía pis cuando le dabas el biberón de agua, el que lloraban cuando les quitabas el chupete y el que se hacía pupú en un pañal cuando les dabas papilla. El juguete explica que para “satisfacer su glotonería, la niña se coloca una especie de babero con dos florecillas que simulan ser los pechos de los que el bebé «succiona».” Es tan realista que hasta emite una serie de sonidos parecidos a los de un recién nacido cuando mama y si se queda con hambre llora. Pero si está satisfecho eructará.

Ya las grandes tiendas tienen toda la información del Instituto Tecnológico del Juguete-AIJU, de «una apuesta por la lactancia materna, fundamental en el primer año de vida para el desarrollo del sistema inmunológico». Leemos en la prensa española que las primeras en aprender está importante lección mientras juegan «a las mamás» serán Leonor, Sofía, Victoria Federica e Irene, las nietas del Rey, porque la empresa ha regalado los cuatro primeros muñecos a la Casa Real.

El muñeco es un producto español, realizado por la empresa Berjuan, en colaboración con AIJU y que ha sido cofinanciado por el Instituto de la Pequeña y Mediana Industria de la Generalitat Valenciana, IMPIVA -gracias al Cheque Innovación- y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional, FEDER. Además, ha contado con el apoyo de la Federación Española de Asociaciones Pro-Lactancia Materna, Fedalma y Unicef.


jsantroz@gmail.com

miércoles, mayo 06, 2009

La construcción del "ser mujer" desde los mitos

Por:Elsa Lever M./Rebelión
Sin duda son muchos los mitos que acompañan nuestra vida, pues dan una especie de “sentido a un mundo que no lo tiene”, advierte Rollo May en su libro La necesidad del mito. Es decir, a través de los mitos interpretamos nuestra identidad en relación con el mundo exterior y ponemos en práctica “nuevas estructuras vitales”, pues encauzan el “intento desesperado de reconstruir el propio modo de vida”.
Pero hay tres muy importantes, hasta ahora, en la construcción del ser mujer: la virginidad, el matrimonio y la maternidad. Y cada uno de ellos lleva roles y conductas obligadas en tanto aparecen como “naturales”: feminidad, castidad, obediencia, sumisión, delicadeza; además de suceder siempre en el hogar, en la esfera privada como esposa y madre.
Cualquier falla, voluntaria e involuntaria, pondrá en riesgo la identidad femenina. La mujer dejará de serlo para ser llamada de diversas formas según sus fallas: mala madre, perversa, frívola, adúltera, prostituta, libertina, solterona, mancillada, violada, loca, infértil, frígida, lesbiana, fría… y un largo etcétera. Todo, cualquier cosa, menos mujer; menos ser humano, menos sujeto.


El mito de la virginidad

En el mito de la virginidad, ésta es considerada el regalo más preciado que una mujer puede darle al hombre que ama, pues es la garantía de la castidad y la pureza, de que sólo se ha sido mujer –propiedad, vaya– de ese hombre.

Dar el privilegio a un hombre de romper el himen, es como la ofrenda que se hace a un dios –el hombre, claro– . Es también contabilizar haber sido el primero, y mostrar a otros hombres su poder de poseer, y su hombría. El poder de dominio, sobre las mujeres y también sobre otros hombres, se refleja, ¬explica ¬Daniel Cazés en el libro Hombres ante la misoginia: miradas múltiples, a través del acoso –hacia ellas– y de la competencia y enfrentamiento entre hombres.

Y no hace falta que la madre se lo transmita a la hija, porque la sociedad, la escuela, los medios y la Iglesia se encargan de alimentar y mantener vivo y vigente ese mito.

Los resultados de crecer y vivir conforme al mito de la virginidad se traducen en graves daños, que se potencian de acuerdo con la propia experiencia al respecto. Es decir que, mientras más naturalizado haya sido el “perder la virginidad”, más difícil será superar el mito. Los daños serían la reproducción –en automático y sin cuestionar– del mito, y la misoginia traducida en prejuicios y la desvalorización de la mujer por la falta o perforación de un microscópico e infuncional tejido.

El mito del matrimonio


Concebido como un contrato social, sólo a través del matrimonio la mujer adquiere la categoría como tal. Antes del matrimonio no es nada, no es persona. El hombre sí lo es, por lo que al casarse pasa a ser “marido”.

Mito perpetuado no sólo por la Iglesia, sino también por el derecho, todavía no está obsoleta la Epístola de Melchor Ocampo:

“… El hombre, cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado.
“La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter…”


El mito del matrimonio ha traído dañinas consecuencias, pues al naturalizarse ha sido abono de la violencia –motor de la misoginia–, familiar, de la expropiación de la vida a las mujeres, de la expropiación de su desarrollo y sus capacidades. La mujer que no se casa, no pasa de ser la solterona, la pobrecita, la que está sola, la sin apoyo; o si es con conciencia de causa, es la lagartona, la libertina, la pecadora.

El mito de la maternidad


De los tres mitos, este es el más arraigado aún, en tanto es ineludible la real capacidad de las mujeres de procrear.

En el libro Imágenes y símbolos, Mircea Eliade dice que el mito muestra y enseña los eventos primordiales que nos convierten en lo que somos. Y basar la valía como persona o de “mujer completa” y “realizada” en la maternidad, ha convertido a las mujeres en todo, menos en sujetos con derechos. Ser esposas, y por supuesto madres, está tan naturalizado que no serlo significa estar fuera de la sociedad y de las leyes. Tenemos derechos en tanto somos hijas, esposas o madres, no por ser mujeres.

Y sobre la figura de la madre pesan milenios de historia. Quien no lo es, está vacía entonces. Es infértil, está seca. Está incompleta y si es a voluntad, entonces además está loca y es una egoísta. Las madres son, sí, diosas milenarias y mitológicas, pero finalmente deidades femeninas sometidas al dominio de dioses. La diosa madre, de acuerdo a Cazés, no sólo perdió su supremacía, sino también resultó domesticada y convertida en esposa de alguna deidad masculina.

Estos tres mitos, la virginidad, el matrimonio y la maternidad también son, siguiendo a Daniel Cazés, sustento de la misoginia, en tanto que ésta es, “deber ser individual y colectivo, público e íntimo, deber conformar seres en apego a creencias que ni se analizan ni se cuestionan y que de esa manera integran la moral (doble o múltiple) y la moralidad vigentes en las relaciones de género”.

Sin embargo, considero que los mitos pueden no sólo desmitificarse, sino también crear nuevos mitos que, lejos de reproducir la misoginia, la contrarresten.

Nuestras identidades individuales y colectivas están, sin duda alguna, construidas por mitos. Como dice Friedrich Nietzche, construcción y destrucción es un proceso que forma la cultura, y como tal, la vida es un constante construir, decontruir y re-construir mitos en búsqueda de un sentido y que le permitan al ser humano. Es, en palabras de Carl Jung, encontrar un lugar en el universo.

Comprender que estamos hechas y hechos de mitos, que nuestras vidas son productos míticos en tanto son diferentes y, a la vez, semejantes a la vida de los y las demás, nos ayudará a entender la necesidad de crear nuevos mitos que nos ayuden a conjurar la pérdida de aquellos –como los citados aquí– que ya no funcionan, que han dejado de tener significado y un sentido.

Mientras nuestra mente y cuerpo estén atravesados por una parte irracional –esa donde se alojan los mitos–, podríamos no sólo desmitificarlos, sino aprovechar su fuerza y alcance para construir subjetividades libres de la misoginia.