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miércoles, mayo 12, 2010

Compañerismo, no subordinación

Sara Lovera
Mujeresnet En una época donde todos los valores tradicionales se contradicen con la realidad, cuando se ha caído la idea de una familia inventada por reyes y aristócratas, empieza a surgir como algo natural que un hombre y una mujer, dos hombres o dos mujeres se amen, compartan la vida, hablen el mismo idioma y formen una pareja con énfasis en el compañerismo.

En el centro, en esas parejas está el amor, la perspectiva, el horizonte, la comunidad de planes o el respeto a la individualidad trenzada por el amor, la confianza y el futuro.

De este compañerismo muchas mujeres y muchos hombres en la segunda década del siglo XX formaron parte de los aires modernizadores que surgían en todo el mundo, donde las mujeres esperaban convertirse en seres humanos respetados y no subordinados.

Entre otras conclusiones, ésta, la modernidad que se practicó en algunas parejas, la encontramos en la espléndida crónica, fundada en la investigación histórica, los hechos y las biografías en el libro de la doctora Gabriela Cano: Se llamaba Elena Arizmendi”, editado con motivo del bicentenario por Tusquets editores.

La historia está situada en el México convulso de principios del siglo XX, en la sociedad norteamericana debido al exilio de los líderes antireeleccionistas que fueron a parar a Texas, incluso el Presidente electo Francisco I. Madero, forjadores de las ideas y las proyecciones de lo que explotó con las armas y más tarde se desarrolló la Revolución Mexicana.

Elena Arizmendi que estudiaba enfermería, en ese ambiente se formó probablemente con gran fuerza, su decisión para participar, aprender y también concebir su libertad personal. La investigación nos muestra como se transformaba el México de aquellos años. Elena es toda una rebelde, no sólo por involucrarse en el proceso revolucionario sino por su transformación personal.

El libro nos da un escenario donde se amalgamaron personajes, ideas, vidas tocadas. Ahí, Elena, conocida como Adriana por los relatos autobiográficos de José Vasconcelos -uno de los personajes más polémicos de la consolidación de la Revolución Mexicana- traba una relación amorosa, donde el compañerismo y la relación no pueden ubicarse en la superficialidad de una mirada conservadora.

Con motivo del Bicentenario se abren nuevos caminos de interpretación sobre lo que llevó al país a una guerra civil de gran destrucción y muchos muertos, sin embargo, fincó un espacio de transformación económica, social y cultural de largo aliento.

El relato nos lleva a nuevas reflexiones sobre lo que realmente sucedida a muchas personas. Elena consigue crear, como dice la autora, su habitación propia; es Adriana, el amor erótico de José Vasconcelos, pero es Adriana una mujer que termina con él y se libera.

También construye a esa mujer moderna que comparte por su significado con Frida Kahlo, Carmen Mondragón o Nahui Olin, Lupe Marín, Tina Modotti y Concha Michel, por mencionar algunas, el atisbo de un cambio profundo en las mentalidades y por sus obras de cientos de mujeres que participaron en la Revolución Mexicana , más allá de la imagen dolida de las famosas soldaderas o temeraria de las coronelas, “heroínas” construidas por una perspectiva masculina.

De carne y hueso, Elena Arizmendi revolucionaria, fundadora de la Cruz Blanca Neutral, sensible, creadora, escritora, política y periodista, libre y transgresora, es una de las más nítidas ancestras de esas mujeres que en los años 30 tuvieron clara la urgencia de ser por sí mismas, de tener un programa de demandas y decisión de participar concientemente en la cosa pública.

Es por ello que este libro, como otros que ya se publicaron y algunos que están por publicarse traen en la hora del Bicentenario un nuevo aire de conocimiento y reflexión a la condición de las mujeres. Este descubre una influencia mutua, México-Estados Unidos, que valdría la pena compartir con quienes sólo hablan inglès.

Esta espléndida recuperación de nuestra historia, se sitúa en el hoy, cuando México atraviesa por una etapa donde los conservadores en el poder esperan una regresión para las mexicanas, ignorantes del aprendizaje, la historia y la trayectoria en que se ha forjado un cimiente libertario.

Elena nos sorprende por su claridad histórica. No sólo conquistó su habitación propia sino que fue audaz editora, periodista, pionera del feminismo hispanoamericano que todavía se está construyendo. La obra de la historiadora Gabriela Cano, especializada en estudiar las trayectorias femeninas de las mujeres participantes, impactadas y militantes de la Revolución Mexicana , nos abre nuevas puertas, donde son absurdas algunas discusiones puestas en la mesa por el retroceso.

Pero también es un aporte para explicarnos cómo funciona el machismo mexicano, dónde están los nudos, las costumbres, los arraigos que hacen morir y sufrir a muchas mujeres. Gabriela Cano logra pintarnos de manera muy interesante a los hombres que decidieron leyes, instituciones y continuaron de algún modo, el porfirismo, la dictadura que explotó en México en 1910, en la hora de las grandes revoluciones y transformaciones del mundo occidental.

Es un libro que supera las biografías de las heroínas tradicionales, sacrificadas y con la cabeza baja, esa imagen que se nos quiso imponer en la historia oficial. Elena Arizmendi, sin duda, como muchas de sus contemporáneas, nos muestra otra cara de la realidad.

lunes, marzo 22, 2010

Mujeres: culpables del machismo

Guadalupe López García
MujeresNet O sea, si mi hijo sale un machín, será mi culpa y mi marido –su papá, con el que todavía vivo- nada tendrá que ver. Bajo esa lógica, si “sale” homosexual -como si la opción sexual fuera un fenómeno o una enfermedad-, drogadicto, vago, deshonesto, corrupto, narcotraficante o pendejo, también será mi culpa y mi marido tampoco nada tendrá que ver.

Entonces, las mujeres tenemos la culpa de todos los males de la sociedad, del comportamiento humano, de la educación y la formación de valores. Hemos creado sociedades y culturas enteras machistas y por lo tanto misóginas, sexistas y todo lo demás.

La explicación es sencilla: somos las que educamos a los hijos, siempre estamos con ellos y ellas. Nosotras mismas les decimos que no hagan quehacer, les lavamos, les planchamos, les servimos de comer. También somos culpables de la abnegación de las mujeres porque a ellas las ponemos a cocinar, a atender a sus hermanos y a aguantarse los futuros golpes que les lleguen a propinar sus novios o parejas.

¿Y dónde carajo están los hombres? Se argumenta que ellos no pueden hacerse cargo de la crianza, mucho menos de la educación de las y los hijos puesto que sus horarios son “tiempo completo”; están ocupados todo el día, tienen que mantener a la familia. He escuchado de muchos de ellos: “¿qué no saben que lo estoy haciendo por ellos, por mi familia?”

Entonces, ¿qué pasa con las obreras que tienen que salir de madrugada y llegar muy noche del trabajo, las burócratas, las funcionarias con un alto cargo y las representantes populares, las empresarias, las científicas o las campesinas, con horarios laborales de casi 10 horas diarias y con o sin una pareja masculina de tiempo fijo?

De hecho tienen que recurrir a otras mujeres para hacerse cargo de las y los hijos: las abuelas, las tías, las comadres, las suegras, las “nanas” o las guarderías. Entonces, si no somos las mamás, las otras mujeres son culpables.

Si queremos dejarles la responsabilidad de las y los hijos a los hombres como que tampoco se acepta. La figura del hombre cargando al/la hijo/a en el canguro, dejarlas/os en la escuela o ir a la junta escolar ya gana terreno, pero sigue siendo duramente criticada. Ahora que lo veo mejor, parece que la crítica viene de otras mujeres hacia esa mujer que no hace esas actividades, pues son a ella a quien corresponden y si tiene otras cosas que hacer, se debe dar tiempo, organizarse o levantarse más temprano.

Por otro lado, si la presencia de las mujeres (estar dentro de la casa, criar a los hijos) educa; la ausencia de los hombres (cuando trabajan y es el único proveedor) también educa, pues se les enseña que ellos no deben estar en casa, no deben hacer quehacer, no deben lavar pañales, pero como que esto no se entiende.

Debido a que la frase con que titulo esta columna -dicha por hombres y por mujeres- se repite constantemente, mi tolerancia sobre el tema ha disminuido y si trato de explicar que las mujeres no somos culpables del machismo, sino que es un problema más complejo, como que comprueban conmigo la tesis de que las feministas somos irracionales e iracundas. Le busque por donde le busque, la culpa sigue siendo de las mujeres. ¡Me lleva!

No entiendo. ¿Cómo está eso que desde el feminismo combatimos algo que nosotras mismas hemos creado? Lo que me preocupa es que una mentira de tanto que se repite se hace verdad. También me inquieta que aquellos hombres que han logrado rebasar la imagen del “macho mexicano”, se resignen y no les quede otra que volver a ese papel que a lo mejor y ya no les gusta.

Mujeres: en este ocho de marzo, Día Internacional de la Mujer, las convoco a combatir esa frase –y muchas otras- que nos han repetido una y otra vez, y que nos ha hecho mucho daño, antes de que se convierta en una realidad. Luchemos por una vida libre de mitotes y mentiras.

¡Vayamos todas juntas al Encuentro Nacional Feminista, convocado para los últimos días de agosto en Zacatecas, Zacatecas!

martes, febrero 02, 2010

“Ser de izquierda no te quita necesariamente lo machista”

Juan Nicastro
Noticias Aliadas
Dunia Mokrani Chávez es analista política, integrante del Grupo Comuna, conformado por intelectuales que apoyan críticamente al gobierno, investigadora del Centro de Estudios Andinos Amazónicos y Mesoamericanos (CEAM), y coordinadora del Comité de Seguimiento a Conflictos del Observatorio Social de América Latina (OSAL-CLACSO). Es una de las fundadoras del colectivo de mujeres Samka Sawuri (Tejedoras de Sueños), promotora de variadas acciones relativas a la visibilización de la mujer y debates de género. Con este y otros grupos Mokrani ha compartido distintas etapas del proceso de cambio político boliviano, incluyendo la elaboración de la nueva Constitución.

¿Por qué son necesarias las organizaciones de mujeres en Bolivia?

Porque hay una forma de dominación que es específica, que es la que viene del dominio patriarcal. Esa es la discusión actual, y lo bueno es que no es una discusión reducida a algunos círculos de mujeres feministas, sino que se está generalizando. Si las mujeres no nos organizamos para hacer frente a este tipo de opresión, ésta no se va a resolver. Que se resuelvan las otras opresiones no va a resolver por añadidura la de origen patriarcal.

Por eso es importante el tema incluso dentro de las propias organizaciones específicas, como es el caso de las Bartolinas [Federación Sindical de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa] donde hay toda una historia de por qué ellas decidieron visibilizarse también como mujeres campesinas, no sólo dentro de la CSUTCB [Central Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia]. Pero también hay un cuestionamiento a esto; desde muchas organizaciones populares y laborales algunas mujeres sienten que el discurso feminista genera división, y que ante todo está su condición de clase y su condición étnica. Todo esto se resuelve en la práctica, cuando las mismas compañeras dicen nuestra lucha no es contra los hombres, sino por que se escuche nuestra voz.


¿Cuáles son los peores ejemplos del dominio patriarcal?

La violencia es quizá la forma más clara. Desde la violencia cotidiana hasta la política, económica, sexual y social. Por ejemplo, hay muchos casos de mujeres concejalas que han sido obligadas a renunciar para que asuma el suplente varón, incluso con casos de violencia física cuando alguna se resistía a renunciar. Esto porque había una ley de cuotas que obligaba a los partidos a llevar su porcentaje de mujeres; entonces muchas veces esas mujeres han entrado a la vida pública partidaria muy a pesar de esas estructuras patriarcales, que las ponían como titulares para después sacarlas. O por ejemplo una compañera nos contaba que ser diputada ha significado su divorcio, cuando un diputado hombre nunca va a tener problemas por no estar en su casa, pero la mujer sí. Esas son cosas que no están resueltas.

Otro tema es la invisibilización laboral, por ejemplo, el trabajo a domicilio [trabajo productivo realizado en el hogar por encargo o para la venta a cuenta propia]: una de las razones por las que ese trabajo no es considerado como tal es porque está en el ámbito doméstico. Eso es invisibilización del trabajo de las mujeres.

Otras pruebas a la vista de la existencia del patriarcado son los espacios de mujeres dominados por hombres. De los trabajadores del comercio, 99% son mujeres pero tienen a la cabeza dos hombres. En el caso de las enfermeras, son en su mayoría mujeres pero quien lleva la batuta es un hombre. ¿Y por qué? Ellas mismas lo dicen: los hombres manejan bien ciertos miedos. Y hay muchos casos de dirigentas que han sido mal miradas por los mismos vecinos a quienes ellas representaban, por ser mujeres. Es que algunas charlas, debates, reuniones, son en bares. Representantes de sindicatos y federaciones se reúnen en bares, y si una mujer entra en un bar a discutir, ya es mal mirada. Entonces para que no la miren mal, o por los hijos o por el esposo, prefiere dejar el cargo.

¿Hay discriminación contra las mujeres?

Las mujeres que han sido golpeadas o asesinadas en octubre en El Alto [guerra del gas, 2003)] o las que eran golpeadas en Santa Cruz [simpatizantes del partido de gobierno perseguidos y golpeados por grupos cercanos al gobierno cruceño, agosto 2008], o las que eran golpeadas en Sucre [humillación de campesinos e indígenas en manos de la derecha, mayo 2008], o las que han matado en Pando [masacre de Pando, disparos de paramilitares contra marcha campesino-indígena en octubre 2008], eran mujeres indígenas campesinas, y para muchos agresores esas vidas valen menos que la de una mujer profesional o de la ciudad o que de un hombre. Ha habido un ensañamiento especial contra las mujeres en medio de un rebrote de racismo. Allí se veía el machismo y el fascismo juntos.

Las mujeres han participado activamente en espacios asamblearios o de movilización social, pero luego eso no se traduce proporcionalmente en escaños, en espacios institucionalizados de toma de decisiones. Y sobre esto hay “curiosas teorías”; un diputado hablaba sobre una supuesta superioridad de los hombres, y “su evidencia empírica” era lo que mencionábamos antes, que los gremiales son en su mayoría mujeres pero han necesitado un líder varón. Les dicen a sus compañeras que las mujeres no tienen capacidad. Y nosotros les decimos que esto es lo que las clases dominantes siempre les han dicho a los indígenas a lo largo de la historia, y ahora se reproduce de los varones a sus propias compañeras de lucha.

¿Qué están haciendo para cambiar ese estado de cosas?

Dentro del colectivo también estamos reflexionando sobre cómo articular estas luchas, la descolonización y despatriarcalización. Creemos que para descolonizar también hay que despatriarcalizar. Que mucho de este Estado colonial tiene su carga señorial patriarcal. Desde el Estado esta cuestión sigue subordinada, no tiene la suficiente atención. Se corre el riesgo de que al creer que las otras luchas van a asumir las luchas de las mujeres, esto quede subsumido. Y las condiciones ahora no son fáciles para trabajar el tema de género, el ser de izquierda no te quita necesariamente lo machista, y con eso es medio difícil ahora luchar.

Vemos que hay algo que no se ha discutido lo suficiente: la estructura liberal en el tema social había generado toda una serie de compartimentos, ministerios de asuntos indígenas, de asuntos de género, de asuntos generacionales, etc. Entonces, está claro que un gobierno como éste no va a tener un ministerio de asuntos indígenas, y es lo primero que dijo el presidente Evo Morales, “los indígenas no somos ya un asunto” y estamos en todo, pero un poco han trasladado ese razonamiento al tema de las mujeres, y simplemente lo resuelven diciendo que las mujeres también estamos en todo, cosa que no es real. Desde un punto de vista, ahora la institucionalidad liberal que nosotras hemos criticado, pasa a ser hasta una necesidad frente a una simple negación del tema; que se enuncie que las mujeres estamos en todas partes no nos da acceso a todos los espacios.

Entonces no está claro cómo este proceso de cambio asume las luchas de las mujeres. Incluso nosotras hemos escuchado a diputados del [partido de gobierno, Movimiento al Socialismo] MAS decirles a sus compañeras diputadas que las mujeres no tienen capacidad para asumir la representación. Entonces ahí hay algo que todavía no está claro, que es cómo este proceso va a asumir esas luchas, que no subordine estas luchas. Hace falta una postura militante más clara para enfrentar estos tipos de opresión.

¿Cuál es su visión sobre el momento actual del proceso de cambio?

Este proceso de cambio ha sido producto de una alianza de organizaciones, y ahora lamentablemente se ha convertido en “el poder”, en una disputa sobre de quién es el proceso de cambio, si del MAS o de las organizaciones que se han quedado al margen lamentablemente, porque casi todas han sido subsumidas por el MAS, y se nos está queriendo arrebatar un proceso de cambio que ha sido generado por todos o por lo menos los que hemos querido ese cambio, y que no debería estar atrapado en un Estado, en un partido; creo que hay pequeños avances pero también grandes retrocesos por estas cosas.

A veces no sabemos cómo hacer, porque nosotras también queremos generar cambios, y las mujeres necesitamos que esos cambios sean más rápidos. De todas maneras, a pesar de dar sólo pequeños pasos, nos mantenemos unidas para seguir soñando. Nos han cuestionado el nombre de “Tejedoras de Sueños”, creo que las condiciones ahorita no están dadas y por eso creo que todavía estamos soñando.

Hay un cambio, de nada a algo, y está sobre todo la esperanza porque ha llegado un indígena a ocupar la presidencia; como dicen muchas de las mujeres ancianas en el campo, uno de sus hijos ahora está manejando el Estado. Pero este cambio ha sido producido por otras formas de hacer política, y en este momento hay un Estado colonial con todas sus viejas formas, incluyendo todas sus luchas y avances —porque no es el mismo Estado de hace 200 años—, pero que ha estado ocupado siempre por las clases dominantes, y ahora ese Estado está ocupado por otros actores, y no necesariamente para cambiarse a sí mismo. Tú ves entonces a algunas compañeras, por un lado empoderadas bien, pero por otro lado empoderadas contra sus propias compañeras, remedando caudillismos, porque somos una sociedad de caudillos también.

http://www.noticiasaliadas.org/articles.asp?art=6047

miércoles, abril 29, 2009

Combatir el machismo desde adentro

Por: Mandeep Dhillon/Rebelión
Las Mujeres Creando Comunidad de Bolivia usan el ejemplo de un cuerpo integral para explicar el concepto del feminismo y su importancia en nuestras comunidades –cuales sean: el pueblo, el barrio o el colectivo. Dicen que el cuerpo entero representa a la comunidad. La mitad es la fuerza, la sabiduría, y las capacidades de los varones de la comunidad. La otra mitad está hecha por la fuerza, la sabiduría y las capacidades de las mujeres. El cuerpo no se puede cortar en dos partes porque así muere la comunidad. Pero si un lado del cuerpo es más debil que el otro, tampoco puede funcionar bien. Si tapamos un ojo, si detenemos un brazo, si una pierna no se mueve bien o está forzada a seguir exactamente los mismos movimientos de la otra pierna, el cuerpo no camina bien, camina más lentamente, se cae, no logra sus objetivos fácilmente. Cada lado del cuerpo se mueve y trabaja de una forma distinta, pero sólo trabajando juntos puede caminar, correr y también resistir.




Como compañeras que participamos creando los movimientos sociales, nos enfrentamos a varias barreras. Compartimos los espacios de lucha y trabajo con nuestros compañeros, pero obviamente seguimos teniendo que luchar desde adentro de esos espacios para ser reconocidas y respetadas. Aunque tengamos presencia en espacios libertarios, socialistas o progresistas –en muchos momentos se queda nuestra participación a un nivel marginal; es decir, nuestras experiencias como mujeres, nuestra visión, nuestras necesidades y exigencias, no son tomadas en cuenta, no dan forma a la manera que tienen nuestros compañeros de relacionarse, el tipo de organización que tengamos ni el movimiento que vayamos construyendo.

Al mismo tiempo, los intentos de ir desafiando el machismo dentro del movimiento se quedan muchas veces en debates polarizados –crean víctimas y monstruos en lugar de un esfuerzo común para acabar con un enemigo común. Muchas veces encontramos una apertura ideológica superficial, (por ejemplo, incluir un análisis anti-patriarcal en nuestros principios, incluir a mujeres en nuestros colectivos, hasta tener sectores de mujeres en nuestros movimientos) pero no realmente una apertura concreta en la cual honramos las experiencias de las mujeres en lugar de debatir por horas si tienen ellas razón en denunciar actos particulares como machismo. No creamos un espacio en el cual nuestra política anti-sexista se aplique en nuestras relaciones personales o en el cual el machismo pueda ser abiertamente y activamente identificado y discutido de forma colectiva. Así las denuncias del machismo se convierten en acusasiones y castigos, pero no en un entendimiento o compromiso colectivo. Hay que destacar que este problema vive en las actitudes y los comportamientos que nos parecen ser los más normales, inofensivos y muchas veces invisibles. Por esto, realizar un cambio no es trabajo fácil. No pide que acabemos con la masculinidad. Lo que pide es abrirnos, dejarnos ser vulnerables, identificar los procesos que nos socializaron a aceptar el machismo como la forma de vida, escucharnos y querer cambiar. Parte de esto es también empezar a hablar de como el machismo ha formado, dañado y quebrado a los hombres.

Dice Bell Hooks, una escritora y maestra anti-capitalista y anti-patriarcal de la comunidad negra en los Estados Unidos: “Para mí, el perdón y la compasión siempre están vinculados: ¿cómo hacer responsables a la gente por hacer el mal y al mismo tiempo mantenerse en contacto suficientemente con su humanidad para creer en su capacidad de ser transformados?”

Este proceso de transformación necesita la participación activa de mujeres y hombres y al mismo tiempo un respeto grande hacia las experiencias de las mujeres que sufren los golpes del patriarcado de una manera constante; ni en sus espacios progresistas encuentran un descanso de esa opresión. Obviamente, las mujeres también propagan el machismo con la diferencia que los que se quedan con los privilegios y beneficios son los hombres. Sin embargo, sin tomar en cuenta la experiencia de ambos, no lograremos entender como el patriarcado forma a nuestros compañeros ni como romper ese círculo dañoso que va creando a los actores machistas de la próxima generación –nuestros hijos– y asegura que el capitalismo permanezca. Hay una urgencia de acabar con esa opresión sistémica que las mujeres, nosotras, sentimos día tras día al nivel físico y emocional. Nosotras no tenemos el privilegio de ignorar esa urgencia con pretextos de “no tener tiempo o energía”, “tener cosas más importantes que hacer” o simplemente pensar que el patriarcado existe “ahí afuera” pero no en nuestras vidas. Esta urgencia nace y va creciendo en cada momento que estamos siendo humilladas, golpeadas, violadas, tratadas de ignorantes, cada vez que se nos niega el derecho a un aborto, cada vez que se nos acusa de ser sectarias por querer hablar del machismo en una reunión, cada vez que un compañero luchador nos silencia o nos trata de objeto en la casa mientras que se diga anti-patriarcal en las reuniones, cada vez que se espera que nosotras proveamos apoyo emocional pero se nos llama histéricas o débiles cuando esperamos ese mismo apoyo y cada vez que nuestras preocupaciones como mujeres son descalificadas como asuntos personales y no materia revolucionaria. Pero si vemos bien, en todos esos momentos y experiencias opresivas, los hombres también van creando un sistema que les abusa, que les niega un humanismo más amplio, que les tiene con pocas posibilidades de sentirse liberados de la culpa, la verguenza y la impotencia que sienten en muchos de esos instantes.

Hooks resume bien esa “doble necesidad” de apoyar a los hombres a sanarse ellos mismos y al mismo tiempo de los hombres de tomar responsabilidad por sus actos hacia las mujeres.

“Los hombres sí oprimen a las mujeres. Las personas son lastimadas por los patrones rígidos de los papeles machistas. Las dos realidades co-existen. La opresión de las mujeres a manos de los hombres no se puede perdonar por el hecho que también los hombres son lastimados por los papeles machistas rígidos. L@s activistas feministas deben de reconocer ese dolor y trabajar para cambiarlo –sí existe. Esto no borra o disminuye la responsabilidad de los hombres en apoyar y perpetuar su poder bajo el patriarcado para explotar y oprimir a las mujeres de una forma mucho más grave que el estrés psicológico y dolor emocional profundos causados en los hombres por conformarse con los patrones rígidos de los papeles machistas.”

Hay mucho que preguntarnos y mucho que compartir. A nuestros compañeros hombres, quisiera preguntarles si se sienten bien con el papel rígido que les ha dado el patriarcado. Hay que identificar con ellos como el patriarcado también les ha robado el derecho de sentir, de ser humanos completos. Hay que ver como los ha dañado desde la niñez –esas experiencias formativas que les educaron a no poder tener relaciones de inter-dependencia (en lugar de dependencia) emocional, a no poder admitir su debilidad, a no poder valorar a las mujeres como más allá de objetos que deben de en todo momento saber llenar sus necesidades físicas y emocionales. Esas experiencias no solamente han cortado su capacidad de relacionarse sanamente con mujeres si no también con otros hombres. Hay que identificar por qué es tan difícil cambiar – ¿cuales son de un lado los privilegios que el machismo les ofrece y del otro lado como les castigan el sistema, otros hombres y también mujeres patriarcales cuando ellos quieren cambiar su forma de ser?

Según Hooks, “la violencia es una socialización de los niños y hombres jóvenes. La manera en la cual 'convertimos niños a hombres' es a través de los golpes... Los distanciamos de sus sentimientos, su sensibilidad hacia los demás. Al decirles 'aguántate como los hombres' les forzamos a no sentir y seguir adelante.”

El capitalismo, del cual el patriarcado es un pilar clave, nos ha moldado a ser seres incompletos –hombres y mujeres. En lugar de dejarnos desarrollarnos como personas íntegras con una gama completa de las fuerzas y capacidades necesarias para ser sanos y formar relaciones sanas e inopresivas, esas fuerzas y capacidades han sido divididas por la línea de género. Las que son vinculadas con la masculinidad (ser “racionales”, ser “independientes”, no demostrar sentimientos, etc...) son generalmente consideradas como señas de fuerza. Las que vinculamos con la feminidad (demostrar sentimientos, cuidar a los demás, pedir apoyo sentimental, ser leales) son pintadas como señas de debilidad. Los niños son enseñados a ser “fuertes a pesar de todo” y “emocionalmente independientes”. La agresión y el enojo son en esencia los únicos sentimientos que se les permite expresar sin sentirse vergonzosos. Las niñas son enseñadas a creer que tienen una “naturaleza débil”, que necesitan a hombres para darles fuerza y que siempre tienen que apoyar a los demás.

De un lado, nos modelan a buscar nuestro “complemento” (por ejemplo en las relaciones heterosexuales) –la persona que llenará esas partes ausentes o reprimidas de nuestras propias habilidades. Del otro lado, tenemos reacciones profundas de miedo o agresión en contra de esos mismos elementos, reconociendolos como indeseables. En estas necesidades, debilidades y socialización vive el machismo que toma forma en comentarios ofensivos, falta de acercamiento emocional, reducción del valor de personas a placeres y abuso de muchos tipos.

Hooks también habla de la dinámica profundamente psicológica y cotidiana de este sistema opresivo: “Subrayando el patriarcado psicológico, vemos que todos son implicados y nos liberamos de la percepción falsa que los hombres son el enemigo. Para acabar con el patriarcado tenemos que desafiar sus manifestaciones concretas y psicológicas en la vida cotidiana. Hay gente que es capacez de criticar el patriarcado pero incapaz de actuar de una forma antipatriarcal.”

Esto que llama ella “patriarcado psicológico” es sumamente importante. Hasta en nuestros movimientos, muchas veces no reconocemos más que las formas “visiblemente violentas” del machismo. Es decir, se nos hace más fácil denunciar violaciones y ataques físicos (aunque igual éstas muchas veces occuren entre compañeros sin ser denunciadas) que las manifestaciones más “sutiles” de la violencia cotidiana en los espacios políticos y tambien entre compañeros de lucha en sus vidas “personales” donde el daño del machismo quizá es lo más pronunciado. El campo de lo “personal” se vuelve un terreno casi intocable y esto se justifica diciendo que la vida o decisiones personales más bien tienen que ver con gustos personales, formas de ser, sentimientos y no tanto con consecuencia, responsabilidad y ser anti-sexista. Al mismo tiempo, suele suceder que los niños y luego hombres también sufren las consecuencias más graves del machismo en sus vidas personales – desde la infancia hasta los fracasos en relaciones personales años después. Pero por los mismos privilegios que el patriarcado se les ofrece, responden a las demandas de cambio por parte de las compañeras con una resistencia terca que se expresa en diferentes formas: negar, ser defensivos, reír, ignorar, callarse, gritar, acusaciones de ser víctimas o hístericas y hasta ser físicamente abusivos. Lo que pocas veces logramos es un nivel de diálogo abierto en el cual se reconozca que ambas partes, mujeres y hombres, tienen mucho que ganar si las actitudes y los comportamientos –la “psicología” machista se pueda superar. Y como compañer@s de lucha, más aún, la posibilidad de un movimiento realmente revolucionario y libertario.

Por esto, en lugar de ver la necesidad de las compañeras de hablar del machismo como un ataque personal, ¿por qué no verlo como una oportunidad de hablar de nuestro dolor colectivo? ¿Por qué no invitar a ese diálogo como un proyecto común que nos dará las herramientas para mejorarnos como seres humanos y como movimiento? Hablemos de como podríamos ser más fuertes si las mujeres también pudieran tener el poder que les coresponde. Hablemos de como podrían estos cambios también ayudar a los compañeros a tener más conocimiento y ser más capaces. Hablemos de un cambio, desde ahora, desde nosotras y nosotros, desde nuestros espacios de trabajo, de lucha, de convivencia, desde nuestras casas, nuestras relaciones, nuestros cuerpos y corazones.