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martes, junio 22, 2010

"La Paternidad es mucho más aceptada que la Domesticidad"...

En la clase media, sólo el 3 por ciento de los varones no se ocupa de ninguna tarea relacionada con la paternidad. En cambio, 1/4 de ellos no se involucran en ningún trabajo doméstico. En la semana del Día del Padre, es un dato que los hombres aceptaron, decidieron o desearon involucrarse en la crianza pero no en tareas relacionadas con lo doméstico. La socióloga Catalina Wainerman habla sobre la desigualdad más invisible, la que se esconde detrás del polvo y la ropa sucia.
Por Luciana Peker/ Página 12
Habla bajo, pero es una mujer fuerte. Es una de las académicas con más trayectoria y reconocimiento de la Argentina. Le cuesta contar su vida doméstica con sabor a hogar y sin grandilocuencias. Pero cuenta. Ella tiene 76 años y una actual pareja que conocía desde los 15, y con la que pudo reencontrarse. Pide que no lo pongamos. Le pido que sí. Que humaniza las cifras sobre el reparto de las tareas domésticas. Accede sin entender para qué sirve contar algo que no se encuentre en sus libros. No sé si le digo, pero lo sé y se siente como un eco que retumba: a veces la injusticia de las diferencias deja en un camino de resignación o rencor a las mujeres con los varones (y viceversa), y su investigación demuestra inequidades que tajean la vida cotidiana o la vuelven un maratón. Por eso, su propia vida también da cátedra. Catalina Wainerman es la socióloga que se ha dedicado a estudiar quién lava los platos y quién paga los platos rotos.

Y su intimidad la muestra pudiendo ver los logros y las deudas, pero también acordando y disfrutando de los encuentros, como su gusto por el arte, que deja ver en la conversación con la fotógrafa. “¿Para qué te va a servir?”, pregunta ella. Y yo siento en esa pista –su propia vida– una pista sobre qué hacer con el mapa de las desigualdades íntimas. Ni aceptarlas. Ni huir de la cotidianidad compartida. Buscar. Es una enseñanza fuera de los manuales de Catalina Wainerman, la compiladora de Familia, trabajo y género (un mundo de nuevas relaciones) y autora de La vida cotidiana en las nuevas familias: ¿Una revolución estancada? Y directora del Doctorado en Educación de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés.
¿Se identifica como feminista?

–No me identifico como feminista, sino como una persona que ha trabajado desde la década del setenta, desde la investigación y desde una perspectiva de género de la cual todavía no se hablaba en Argentina en esa época, sobre el mundo laboral de las mujeres siempre mirado con relación al mundo laboral de los varones.
¿Por qué no se identifica con el feminismo, conociendo las desigualdades que todavía marcan a las mujeres?

–El feminismo es una política y una filosofía. Pero lo que a mí me interesa y preocupa son los derechos humanos y la igualdad de oportunidades, en este caso, de varones y mujeres. Además, lo he vivido y lo vivo. Las mujeres de hoy tienen acumuladas una cantidad de batallas ganadas.
¿Cómo fue su propia batalla?

–Yo, en 1964, me fui a estudiar con quien era mi marido, que, en realidad, no era mi marido, porque nunca nos casamos –ni jamás pasé por el Registro Civil porque el señor era separado–, o sea, ya hice la transgresión de unirme con un hombre separado. No era lo más fácil estar con alguien separado, pero mis padres (Adela, ama de casa, y Pascual, dueño de una imprenta) lo aceptaron porque era inteligente y capaz. Y después de hacer la licenciatura en Sociología, en el ’64, nos fuimos a estudiar a Estados Unidos hasta 1967.
Los dos estudiaban, pero ¿también compartían de igual manera las tareas domésticas?

–Si yo iba al lavadero, lavaba la ropa. En cambio, si iba él pagaba para que la lavasen. Pero no sólo era la lavada de la ropa, sino la limpieza de la casa. Los dos teníamos iguales becas externas del Conicet (para hacer la maestría y el doctorado) en la Universidad de Cornelle, en el Estado de Nueva York, en un lugar hermoso, con cascadas, donde nos quedamos tres años. Los dos teníamos las mismas obligaciones en los estudios, las mismas responsabilidades en los informes del Conicet y la misma beca en términos de dinero. El grado de exigencia era altísimo. A la vez, la casa se limpiaba una sola vez por semana. En Argentina es mucho más exigente la limpieza que en Estados Unidos. Pero esa única vez por semana la que limpiaba era Catalina. Igualmente, sí se cocinaba todos los días y yo hacía la comida todos los días a la noche (y se comía lo mismo al mediodía). Mientras yo estaba revolviendo la cacerola, él estaba leyendo en un sillón el artículo para el día siguiente. Entonces, yo con una mano cocinaba y con la otra mano tenía el artículo que también tenía que leer para el otro día.
¿Con qué mandatos la educaron con respecto a las tareas domésticas?

–Yo tenía las pautas de una madre para la que la limpieza eran los pisos, el bronce y todo, pero eso era muy común en la clase media porteña. Yo no enceraba ni hacía nada por el estilo en nuestra casa de Estados Unidos, pero lo poco que se hacía lo hacía yo y César no. Y los dos teníamos las mismas obligaciones.
¿A partir de lo personal empieza a darse cuenta de que esa diferencia trascendía su casa y que era una desigualdad entre varones y mujeres?

–Yo me doy cuenta de la desigualdad. Pero fui criada en valores que no correspondían a que una mujer estudiara, obtuviera una beca y se fuera a Estados Unidos a hacer un doctorado. En mi infancia, recuerdo a mi madre avizorando desde el balcón cuando estacionaba el auto mi padre al mediodía –porque, en ese momento, se volvía a comer a la casa– para, rápidamente, prender el horno, la plancha o lo que fuere y que la comida estuviera en la mesa en el momento en que él se sacaba el saco. Después de años de ver eso, aunque yo lo criticaba, se te mete en las tripas. Además, mi ex pareja –que era primo del Premio Nobel Cesar Milstein– vivía en una pensión, entonces no tenía una mamá que le enseñase a ordenar su placard, poner la mesa o lavarse las medias. Y entonces él no tenía idea de nada. Un año y medio después de vivir en Estados Unidos nos vienen a visitar mis padres. Yo me voy a buscarlos a Nueva York por cinco días. Mi preocupación era qué hacía él con la casa. Por primera vez, enceré los pisos para que a mi madre no le diera un ataque (risas). Pero ahí sí limpié más de dos horas y dejé todo impecable. Y le recontra recomendé a mi pareja que cuidara la casa. El pidió ayuda a unos amigos. Y cuando vuelvo con mis padres, abro la puerta y está todo en orden. Cenamos y los dejamos en un hotel. Cuando volvemos y veo la cama –que tenía el cubrecamas extendido– me doy cuenta de que no había nada debajo porque no sabía hacer una cama. ¡Mirá que hay que empeñarse! ¡Tenés que poner esfuerzo en no aprender a hacer una cama!
¿Cómo son los varones de hoy?

–Creo que ha habido cambios. Hay una mayor participación y conciencia, sobre todo en los sectores medios más educados, sobre los derechos de ambos, fundamentalmente porque ha habido un aumento sustancial de hogares de dos proveedores, respecto del modelo de hogar tradicional de un solo proveedor varón. Hay más conciencia de los derechos de las mujeres en ciertos grupos, aunque son minoritarios. En todo el mundo, además, se diferencia la esfera del hogar de la esfera de los hijos.
¿Los varones están más presentes como padres que como coequipers de la cotidianidad doméstica?

–La paternidad es mucho más aceptada que la domesticidad. O la domesticidad sigue siendo más rechazada que la paternidad. Eso se puede ver: cuando vas a las reuniones llamadas –eufemísticamente– de padres ves una abundancia de padres. Hay una gran diferencia con mi época: hay muchos padres en la puerta de la escuela llevando o trayendo a sus hijos. Y hay una diferencia muy grande entre los actuales varones y sus padres. Nosotros hicimos un cuidadoso análisis en doscientas familias para ver cuánto participa cada integrante en las tareas domésticas y de las tareas de los chicos, y las mujeres seguimos siendo las que tenemos la mayor participación, tanto en los hogares de un proveedor como de dos proveedores y con chicos chicos, que es cuando la situación se pone más al rojo vivo. En general, las mujeres, salgan o no al mercado de trabajo –igual que los varones–, siguen teniendo la mayor responsabilidad en las tareas del hogar y de los niños, salvo en el cuidado del auto o lo que yo llamo el cambio de los cueritos o el arreglo de la plancha, que sigue siendo dominio masculino, aunque ha crecido la participación de las mujeres, según la encuesta en doscientos hogares que hicimos en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires.
¿Las mujeres cambian más las lamparitas?

–Ha crecido la participación de las mujeres en esos arreglos. También antes era exclusivo de los varones el manejo de los varones y la obediencia de los chicos con eso de “ahora cuando venga tu padre vas a ver” y ahora, también, las mujeres participan más. Mientras que hay una mayor participación de los varones, sobre todo, en el cuidado de los chicos.
¿Por qué los varones eligieron cambiar más en la paternidad? ¿Porque descubrieron que los hijos son disfrutables y las tareas domésticas son ingratas, o por otros valores?

–Por todo eso. Pero que ha habido un cambio de valores y de discursos es seguro. En la Argentina, además, el psicoanálisis ha puesto de relevancia el papel de los padres en la crianza de los hijos. Todo confluye en que haya mayor sensibilidad en el ejercicio de la masculinidad. Y, por otra parte, puede ser que dé más satisfacción.
A pesar de ser una gran responsabilidad, los hijos generan risa y dan mucho amor...

–No me cabe duda. Pero así como se les enseñaba a los varones que no podían llorar, también se les enseñaba que no podían mostrar la debilidad de sus sentimientos. Un hombre no podía decir en el trabajo “falto o llego más tarde porque voy a la fiesta de fin de año del colegio de mi chico”, pero hoy se puede. Me acuerdo cuando, en los principios de los ochenta, un colega economista se negó a ocupar un cargo porque ese año lo iba a acompañar a su hijo en la preparación para el ingreso al Buenos Aires, yo me quedé de una sola pieza.
¿Por qué académica y socialmente se le da tan poca importancia al reparto de tareas domésticas o la igualdad salarial como deudas pendientes con las mujeres?

–No te lo puedo responder. Yo soy una investigadora y me gusta hablar de lo que investigué. En este punto hablo como lectora de diarios: es más frecuente leer sobre la violencia doméstica, la salud sexual y reproductiva (que ha sido motorizada por gente del mundo de la academia) que del tema laboral y la división del trabajo, que está muy poco visibilizado.
En España hay, incluso, una asociación de Hombres por la Igualdad que salieron a la calle a planchar para pedir mayor democracia en el reparto de las tareas domésticas. ¿Por qué en la Argentina el tema no aparece en la agenda de propuestas públicas o de organizaciones no gubernamentales?

–Coincido con vos, como lectora, en que no es algo tan visible. En Suecia y Noruega –que son países modelo– hay leyes al respecto, pero acá ni siquiera es un discurso muy escuchado.

¿Las mujeres están contentas con el progreso generacional y dicen “qué suerte que mi marido lleva un día a mi nena a taekwondo” o ven la falta de paridad actual y se quejan diciendo “¿por qué yo tengo que trabajar y la maestra me manda los deberes a mí?”.

–La cosa funciona de manera diferente en los sectores bajos y medios educados. En los sectores bajos, la maternidad está valorizada como algo muy importante. El tema de la realización personal es un invento de los sectores medios. Las mujeres que, por ejemplo, tienen que salir a trabajar como cartoneras dicen que se quedarían con gran placer con los hijos. Ellas valoran la familia y la maternidad. Las mujeres de los sectores medios tienen puesto el casete –porque es un casete que se reitera–, es el discurso que encontrás en las revistas femeninas modernas y aggiornadas “una no tiene por qué elegir y yo no dejaría mi trabajo”.
¿Esta diferencia entre sectores pobres y medios está dada porque las mujeres más humildes no tienen otras alternativas o porque tienen otros valores?

–Son las dos cosas. Por un lado, tienen valores claros. Y la otra es que cuando mirás sus condiciones objetivas te das cuenta de que no se van a realizar siendo empleadas domésticas de la peor especie: lavar la roña de los demás y comer las sobras de la comida ajena o trabajar de cartoneras. Entonces, si tienen quién las provea y se pueden quedar en su casa con sus chicos, no hay duda sobre qué elegir. Hay valores y circunstancias objetivas.

miércoles, mayo 12, 2010

Compañerismo, no subordinación

Sara Lovera
Mujeresnet En una época donde todos los valores tradicionales se contradicen con la realidad, cuando se ha caído la idea de una familia inventada por reyes y aristócratas, empieza a surgir como algo natural que un hombre y una mujer, dos hombres o dos mujeres se amen, compartan la vida, hablen el mismo idioma y formen una pareja con énfasis en el compañerismo.

En el centro, en esas parejas está el amor, la perspectiva, el horizonte, la comunidad de planes o el respeto a la individualidad trenzada por el amor, la confianza y el futuro.

De este compañerismo muchas mujeres y muchos hombres en la segunda década del siglo XX formaron parte de los aires modernizadores que surgían en todo el mundo, donde las mujeres esperaban convertirse en seres humanos respetados y no subordinados.

Entre otras conclusiones, ésta, la modernidad que se practicó en algunas parejas, la encontramos en la espléndida crónica, fundada en la investigación histórica, los hechos y las biografías en el libro de la doctora Gabriela Cano: Se llamaba Elena Arizmendi”, editado con motivo del bicentenario por Tusquets editores.

La historia está situada en el México convulso de principios del siglo XX, en la sociedad norteamericana debido al exilio de los líderes antireeleccionistas que fueron a parar a Texas, incluso el Presidente electo Francisco I. Madero, forjadores de las ideas y las proyecciones de lo que explotó con las armas y más tarde se desarrolló la Revolución Mexicana.

Elena Arizmendi que estudiaba enfermería, en ese ambiente se formó probablemente con gran fuerza, su decisión para participar, aprender y también concebir su libertad personal. La investigación nos muestra como se transformaba el México de aquellos años. Elena es toda una rebelde, no sólo por involucrarse en el proceso revolucionario sino por su transformación personal.

El libro nos da un escenario donde se amalgamaron personajes, ideas, vidas tocadas. Ahí, Elena, conocida como Adriana por los relatos autobiográficos de José Vasconcelos -uno de los personajes más polémicos de la consolidación de la Revolución Mexicana- traba una relación amorosa, donde el compañerismo y la relación no pueden ubicarse en la superficialidad de una mirada conservadora.

Con motivo del Bicentenario se abren nuevos caminos de interpretación sobre lo que llevó al país a una guerra civil de gran destrucción y muchos muertos, sin embargo, fincó un espacio de transformación económica, social y cultural de largo aliento.

El relato nos lleva a nuevas reflexiones sobre lo que realmente sucedida a muchas personas. Elena consigue crear, como dice la autora, su habitación propia; es Adriana, el amor erótico de José Vasconcelos, pero es Adriana una mujer que termina con él y se libera.

También construye a esa mujer moderna que comparte por su significado con Frida Kahlo, Carmen Mondragón o Nahui Olin, Lupe Marín, Tina Modotti y Concha Michel, por mencionar algunas, el atisbo de un cambio profundo en las mentalidades y por sus obras de cientos de mujeres que participaron en la Revolución Mexicana , más allá de la imagen dolida de las famosas soldaderas o temeraria de las coronelas, “heroínas” construidas por una perspectiva masculina.

De carne y hueso, Elena Arizmendi revolucionaria, fundadora de la Cruz Blanca Neutral, sensible, creadora, escritora, política y periodista, libre y transgresora, es una de las más nítidas ancestras de esas mujeres que en los años 30 tuvieron clara la urgencia de ser por sí mismas, de tener un programa de demandas y decisión de participar concientemente en la cosa pública.

Es por ello que este libro, como otros que ya se publicaron y algunos que están por publicarse traen en la hora del Bicentenario un nuevo aire de conocimiento y reflexión a la condición de las mujeres. Este descubre una influencia mutua, México-Estados Unidos, que valdría la pena compartir con quienes sólo hablan inglès.

Esta espléndida recuperación de nuestra historia, se sitúa en el hoy, cuando México atraviesa por una etapa donde los conservadores en el poder esperan una regresión para las mexicanas, ignorantes del aprendizaje, la historia y la trayectoria en que se ha forjado un cimiente libertario.

Elena nos sorprende por su claridad histórica. No sólo conquistó su habitación propia sino que fue audaz editora, periodista, pionera del feminismo hispanoamericano que todavía se está construyendo. La obra de la historiadora Gabriela Cano, especializada en estudiar las trayectorias femeninas de las mujeres participantes, impactadas y militantes de la Revolución Mexicana , nos abre nuevas puertas, donde son absurdas algunas discusiones puestas en la mesa por el retroceso.

Pero también es un aporte para explicarnos cómo funciona el machismo mexicano, dónde están los nudos, las costumbres, los arraigos que hacen morir y sufrir a muchas mujeres. Gabriela Cano logra pintarnos de manera muy interesante a los hombres que decidieron leyes, instituciones y continuaron de algún modo, el porfirismo, la dictadura que explotó en México en 1910, en la hora de las grandes revoluciones y transformaciones del mundo occidental.

Es un libro que supera las biografías de las heroínas tradicionales, sacrificadas y con la cabeza baja, esa imagen que se nos quiso imponer en la historia oficial. Elena Arizmendi, sin duda, como muchas de sus contemporáneas, nos muestra otra cara de la realidad.

martes, marzo 10, 2009

Trabajo y familia: ¡Compartir es la mejor forma de cuidar!

La maternidad y la división del trabajo en función del género (según lo cual la responsabilidad primaria de mantener la casa y la familia recae sobre las mujeres), constituyen determinantes fundamentales de las desigualdades entre los sexos y entre las propias mujeres. Estas responsabilidades familiares y las exigencias del trabajo entran en conflicto y ello contribuye de forma significativa a la situación desventajosa de la mujer en el mercado de trabajo y a la lentitud del avance hacia la igualdad de oportunidades y de trato para hombres y mujeres en el empleo.


Las mujeres se ven forzadas a aceptar, o deciden aceptar, un trabajo mal remunerado, inseguro, a tiempo parcial, realizado desde el domicilio o informal para poder combinar sus responsabilidades familiares con el trabajo remunerado. En el caso de los hombres, las dificultades para conciliar las exigencias de un área y la otra perjudican su situación con respecto a la vida familiar y limitan su capacidad para participar en los asuntos del hogar. Un programa de trabajo que no tiene en cuenta las responsabilidades familiares de los trabajadores puede provocar discriminación indirecta, pues obliga a estos trabajadores a “rendir menos” en las actividades laborales, en perjuicio de sus perspectivas de desarrollo profesional. En particular, el avance profesional de la mujer puede verse perjudicado cuando se produce una “interrupción en la carrera” más prolongada que la licencia por maternidad obligatoria, o cuando la mujer se acoge a licencia inmediatamente después de la licencia por maternidad.

Últimamente hay un mayor reconocimiento de la importancia de concebir medidas para ayudar a armonizar las responsabilidades familiares con el trabajo: una estrategia clave para facilitar una mayor participación de las mujeres en el trabajo decente. Habida cuenta de que se han establecido vínculos más claros entre el logro de la igualdad entre las mujeres y los hombres en el trabajo y en el hogar, en un creciente número de países la cuestión de armonizar los compromisos familiares y los laborales de las personas de uno y otro sexo ha pasado a ser un importante tema de política laboral y social.

En el Convenio núm. 156 se establece la igualdad de oportunidades como objetivo general de las medidas de armonización de la vida familiar y laboral. Sin embargo, no todas las medidas en la materia promueven la igualdad. Tal como se indica en un Informe global de la OIT: “existe el riesgo de que las políticas de conciliación de trabajo y familia, al estar tan frecuentemente dirigidas explícita o implícitamente a las mujeres, terminen por reforzar la imagen de estas últimas como 'asalariados de segunda fila' y por incrementar la doble carga de las mujeres trabajadoras”.

Se debe generar información pública; ejecutar programas de educación acerca de la situación de estos trabajadores; promover la flexibilidad en las condiciones de trabajo y en la seguridad social mediante:

- La reducción progresiva de la jornada de trabajo y el número de horas extraordinarias;
- La introducción de disposiciones más flexibles en relación con los horarios de trabajo, los períodos de descanso y las vacaciones;
- La consideración del lugar de empleo del cónyuge y de las posibilidades educativas para los hijos, en los casos de traslado de una localidad a otra;
- La reglamentación y supervisión de las cláusulas y condiciones de empleo de los trabajadores a tiempo parcial, de los temporeros y de los trabajadores a domicilio; todas las condiciones de empleo, incluidas las referentes a la seguridad social, deben ser equivalentes a las de los trabajadores a tiempo completo y permanentes;
- El reconocimiento de las responsabilidades familiares como una razón válida para rechazar una oferta de empleo (con el fin de evitar la pérdida o la suspensión de las prestaciones de desempleo).