Mostrando entradas con la etiqueta lenguaje sexista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lenguaje sexista. Mostrar todas las entradas

miércoles, marzo 28, 2012

El uso sexista del lenguaje

Atenea Acevedo / Rebelión
Leí con interés de feminista, traductora y docente de talleres sobre lenguaje incluyente el informe de Ignacio Bosque titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, cuya publicación a principios de este mes puso nuevamente sobre la mesa un debate que se esperaría rancio por innecesario en sociedades encaminadas hacia una auténtica democracia, y seguí con curiosidad sus repercusiones en distintos medios. Si bien la reacción más ostentosa es el llamado Manifiesto de apoyo al lingüista que ya cuenta con más de 500 firmas, los comentarios en blogs y periódicos, así como en listas de correo de profesionales de la lengua obligan a una reflexión crucial para atender la desigualdad y el uso del lenguaje para perpetrarla y perpetuarla.

Lo primero que se advierte es la escasa capacidad de disentir con respeto y cortesía; la descalificación y la diatriba, expresadas de manera culta o vulgar, marcan el tono de la mayoría de los intercambios. El segundo hecho que llama la atención es el desconocimiento generalizado de nociones clave para sostener un debate productivo. Es común encontrar expresiones como «yo no soy machista ni feminista» o «se insiste en confundir sexo y género». Aprovechemos la renovada controversia para puntualizar brevemente algunos conceptos.

El feminismo no es la contraparte del machismo
El feminismo es un movimiento social de larga data cuyo principal objetivo ha sido promover la valoración de lo considerado femenino por oposición a la exaltación de lo considerado masculino. El feminismo, como todos los grandes movimientos de la historia de la humanidad, ha evolucionado con el tiempo y sus demandas o reivindicaciones han cambiado o se han reformulado, y el debate en su seno está vivo, lo que habla de su buena salud.



El motor del feminismo no es propugnar la superioridad de las mujeres sobre los hombres, sino fomentar la igualdad en el acceso a las oportunidades en todos los ámbitos de la vida y construir sociedades donde la diferencia sexual no se traduzca en desigualdad. La lucha feminista cuestiona todo el entramado socioeconómico porque desarticula los atributos tradicionalmente adjudicados a los seres humanos a partir de su genitalidad, al tiempo que abre un abanico de posibilidades para el desarrollo de todas las personas en la esfera pública y en el ámbito privado. Algunas conquistas del feminismo son tan obvias que muchas mujeres, sobre todo las que gozan de un mínimo bienestar material, se benefician de ellas sin detenerse por un momento en la complejidad de su historia: participan activamente en la vida política, tienen acceso a la educación formal, eligen casarse o divorciarse o vivir solas o en pareja, optan por la maternidad o renuncian a ella, reciben un sueldo por el trabajo realizado fuera de casa, adquieren y heredan bienes, viajan solas o con quien ellas prefieren, expresan sus opiniones, se vinculan afectiva y sexualmente por elección y no por necesidad. Gracias al feminismo hay hombres con derecho a una licencia de paternidad, hombres que disfrutan de la crianza de sus hijos y dejan lentamente el mandato social de ser proveedores intachables o amantes incansables so pena del cuestionamiento de su masculinidad. En síntesis, mujeres y hombres ejercen derechos que han naturalizado e incluso afirman que ser feminista hoy es anacrónico, como si viviéramos en plena equidad. Sin embargo, el feminismo sigue planteando la urgente necesidad de continuar modificando un sistema social y económico basado en el trabajo gratuito de las mujeres, un sistema que no las dota de la infraestructura para realizarse laboralmente y como personas sin sentirse culpables por parejas o familias rotas, pero que también aprisiona a los hombres en el estereotipo de la violencia, la sexualidad que sigue el modelo aprendido de la pornografía, la fortaleza inquebrantable y la insensibilidad.

Por el contrario, el machismo sí sostiene la superioridad de los hombres sobre las mujeres y su contraparte es la androfobia, no el feminismo. El machismo, cobijado con el disfraz de la galantería y la protección, o diáfano en su prepotencia y control, coloca a poco más de media humanidad en situaciones de desventaja económica y condiciona sus posibilidades de elegir con libertad. No deja de sorprender, por cierto, la cantidad de personas aún convencidas de que son solo las madres quienes «crían» a los machos, cuando una mirada mínimamente atenta y seria evidencia que la plaga del machismo es responsabilidad de toda una sociedad que forma y educa a partir de valores discriminatorios en el hogar (incluido el padre presente o ausente), la escuela, la televisión, los medios electrónicos y la publicidad. Es también inaudito constatar cuánta gente todavía señala por qué las mujeres no buscan la igualdad laboral «hacia abajo», a saber, por qué no luchan por empleos en los sectores predominantemente masculinos que se distinguen por la precariedad. Quizás la respuesta radique en que la mayor parte de la población pobre del planeta ya está conformada por mujeres, y en que son ellas quienes llevan siglos limpiando la mierda propia y ajena.

Sexo y género

El sexo es biológico y se determina a partir de tener pene o vagina y el aparato reproductor correspondiente. La categoría sexual es esa primera etiqueta («niño» o «niña») que nos colocan al nacer. A diferencia de lo que sostienen muchos lingüistas, la palabra género es mucho más que una categoría gramatical: este vocablo es de uso común desde hace decenios en disciplinas como la antropología y la sociología para referirse a la construcción cultural de la diferencia sexual, es decir, los atributos socioculturales que se otorgan a quienes nacen con sexo de hombre y a quienes nacen con sexo de mujer. ¿Qué significa culturalmente ser hombre o ser mujer? ¿Cómo determina nuestra sexualidad las relaciones de poder que se establecen en el entorno social? Por ejemplo, en la cultura de los países de habla hispana se supone que los hombres son proveedores; un varón desempleado puede caer en una depresión clínica aterradora, no solo porque no dispone de ingresos, sino sobre todo porque no está cumpliendo con la función social que se le ha impuesto. Seguramente se le escuchará decir «soy un fracasado»… si cuenta con la contención necesaria para expresar sus emociones. Por desgracia, lo común será que recurra al alcohol, un medio culturalmente fomentado y considerado masculino para evadir la realidad.

Desde luego, sexo y género no son palabras intercambiables, pues sus significados son claramente diferentes: sexo es genitalidad, en tanto género es la identidad que se adopta por un proceso de socialización en determinada cultura, en otras palabras, la asunción de comportamientos conforme a lo que se supone femenino o masculino.

El lenguaje incluyente

En lo que respecta a las críticas hacia los manuales para un uso no sexista del lenguaje, lamento que gran parte del debate caiga en el reduccionismo al centrarse en el desdoblamiento de sustantivos o la nefasta arroba, e ignorar otras propuestas viables para la comunicación escrita entre las organizaciones y la sociedad, por ejemplo la preferencia de sustantivos colectivos incluyentes como «profesorado» o «cuerpo docente», «niñez» o «infancia», «población», «personal médico»; la preferencia de sustantivos abstractos (por ejemplo, en lugar de decir «el director» o «el gerente» si no sabemos el sexo de la persona en el cargo o se trata de un texto general, decir «la dirección» o «la gerencia»), y las propuestas fácilmente adoptables tanto en la escritura como en la expresión oral, como la eliminación del supuestamente genérico universal «hombre» y la adopción de «humanidad», «ser humano», «persona» o «gente» según el contexto, y el uso del femenino en las profesiones y puestos que, sabemos, están ocupados o pertenecen a mujeres. Es revelador que aún se cuestione la feminización de las profesiones u ocupaciones, particularmente en casos en los que no hay argumento gramatical que valga (arquitecta, médica, ingeniera). La razón detrás de ese masculino presuntamente universal no es otra que la mayoría masculina en esas profesiones u ocupaciones. No olvidemos que cuando los varones incursionan en ámbitos tradicionalmente femeninos se masculiniza el sustantivo o se inventan nombres nuevos. Nadie dice «el enfermera», «el nana», «el costurera» o «el modista», «el cocinera» ni «el azafata» o «el aeromoza». ¿Por qué? Pues porque el camino más corto para insultar a un hombre es feminizarlo, por eso se prefiere «enfermero», «cuidador» o «niñero», «cocinero» (o «chef»... aunque no siempre lo sea), «sastre», «sobrecargo» o «comisario a bordo».

Quisiera resumir mi postura sobre el sexismo lingüístico y la visibilidad de las mujeres con el siguiente fragmento, tomado de un texto que publiqué en 2009 sobre la necesidad de un periodismo con perspectiva de género:

Demasiada tinta se ha perdido en chistes fáciles y laboriosos cuestionamientos por igual que pretenden (y muchas veces consiguen) echar por tierra un debate capaz de ser fructífero y motivarnos a reflexionar sobre el porqué de nuestros decires. Hoy se dedican páginas enteras a discutir si la palabra «presidenta» rasguña la semántica, en tanto las mismas personas que dicen defender una lengua a la que, contra viento y marea, quisieran preservar inmaculada, nunca antes cuestionaron el uso de palabras como «sirvienta» o «asistenta». Hoy se dedican horas a discutir si la noción «violencia de género» es lingüísticamente correcta (y lo es en tanto se refiere a actos de agresión verbal, física, psicológica o sexual cometidos en la esfera doméstica o pública, ya sea por un hombre o una mujer, en contra de otra persona, también varón o mujer, so pretexto de que no cumple con las expectativas socioculturales adjudicadas a su sexo biológico), mientras miles de seres humanos la padecen en todos los rincones del planeta. Las grandes plumas publican diatribas centradas en el poco afortunado desdoblamiento o duplicación de sustantivos como estrategia para evitar el masculino genérico, pero ni siquiera mencionan la multiplicidad de recursos viables que plantean otras propuestas. Se dice que queremos cambiar la realidad a partir del lenguaje, no que creemos en la necesidad de nombrar nuevas dinámicas sociales, y nuestros críticos se pierden en polémicas bizantinas en lugar de colaborar con el cambio social desde todas las trincheras, incluida la de la palabra. Aportar al genuino debate requiere de reconocer el valor de conceptos que delimitan un objeto de estudio y nos permiten avanzar en la reflexión de temas fundamentales para el bienestar de todas las personas. No sorprende que aquello que antaño se consideraba chismerío, aquelarre y escasa capacidad de articulación de las mujeres, y fuera motivo de mofa entre la mayoría de los hombres, sea hoy el motor de la descalificación automática y gratuita. Es que, para decirlo sin eufemismos, resulta más políticamente correcto intelectualizar el machismo que reconocerlo en el espejo.

Más allá de las anteojeras académicas

¿Dónde está, pues, el sexismo en el uso del lenguaje? Además de atender las estrategias lingüísticas incluyentes ya citadas, es necesario reconocer y combatir las numerosas expresiones sexistas que persisten en todos los países de habla hispana, por ejemplo:

Feminizar ofende. ¿Quiere usted agraviar, ridiculizar o degradar a un varón? Es muy sencillo: feminícelo. Recurra directamente al femenino del insulto o dígale que llora o baila como niña, se queja o fastidia como mujer, es un mantenido o parece maricón. No olvidemos que la homofobia es prima hermana de la misoginia y que en nuestras culturas prevalece el mito de que todos los hombres homosexuales en el fondo son o quisieran ser mujeres.

Licencias lingüísticas masculinas. Si usted es mujer, ¿ha notado que en distintas situaciones cotidianas hay hombres que se arrogan el derecho de hablarle con una familiaridad que no usarían con uno de sus pares, usar palabras cariñosas o de clara referencia a su físico, sin conocerla en absoluto? Un empleado en un aeropuerto o banco la llama «nena» si usted es joven o «linda» si ya no lo es tanto, pero conserva cierto atractivo; un camarero la llama «damita» o usa otro diminutivo que no viene al caso. Si usted es la camarera o la empleada y él es el cliente, peor será.

Imposibilidad de expresarse acerca de una mujer sin mencionar su físico o su relación con un hombre. Una constante en conversaciones, reportajes periodísticos, editoriales, noticias y prensa rosa es que cuando se habla de una mujer, aun cuando se destaque su talento, carácter, actitud profesional o determinación para afrontar la vida, se añade alguna observación sobre su belleza o falta de ella, su atractivo sexual gracias o a pesar de su edad, delgadez o gordura. También es común definirnos a partir de nuestra relación erótica o afectiva con un hombre: «es la mujer de Fulano» o «la ex amante de Sutano». Asimismo, cuando se señala el machismo o la misoginia en el comportamiento o la actitud de un hombre es común que éste responda aludiendo a entes supuestamente universales y exclusivamente femeninos, como la belleza o la ternura, para justificar o eliminar del intercambio dicho comportamiento o actitud. Pensemos en respuestas tipo «¡Cómo pueden tacharme de misógino, si me encantan las mujeres!», «¿Machista, yo? Si lo primero que reconozco es su belleza, mucho hacen con alegrarnos con su presencia» o «¡Qué guapa te ves enojada!».

El cuerpo de las mujeres como bien público. El cuerpo de las mujeres no es suyo, pertenece y sirve a las televisoras, las agencias de publicidad, los medios electrónicos, las empresas que organizan concursos de belleza para niñas de 5 años hasta mujeres de veintitantos, los rotativos que adornan las páginas deportivas con semidesnudos femeninos, las instituciones religiosas, el Estado y sus políticas de control o fomento de la natalidad o los ejércitos que han hecho de la violación un arma de guerra. El vínculo entre estos usos del cuerpo de las mujeres y la violencia verbal, psicológica, económica, sexual y física que se ejerce contra ellas se explica por un continuo que parte del cuerpo de las mujeres como el principal elemento que las define en el contexto social, un cuerpo que es propiedad de una sociedad patriarcal que califica y descalifica conforme a su imagen, se apropia y desprecia con base en lo meramente visual, premia y castiga principalmente por cómo nos vemos, qué edad tenemos y qué tan sexuales somos o parecemos. Son incontables los programas de televisión de habla hispana donde las mujeres son fundamentalmente atractivo visual o blanco de toda clase de bromas de mal gusto, programas que forman opiniones y modelos de comportamiento. La publicidad no solo continúa perpetuando los estereotipos del éxito masculino (dinero y sexo) y el éxito femenino (casa impecable, ropa sin gérmenes, niños sanos y comida rica); además, el cuerpo de las mujeres sigue siendo el objeto publicitario más rentable y funciona para vender prácticamente cualquier idea, producto o servicio. Se trata de un cuerpo que no es un espacio íntimo del que solo dispone su dueña, por eso en nuestras culturas tantos hombres se viven con el derecho de violentarnos por la calle con los mal llamados piropos, de invadir nuestra intimidad o interrumpir nuestros pensamientos cuando caminamos solas por la calle, y se transforman en corderitos cuando vamos acompañadas de un hombre, al que no solo consideran como un par, sino como dueño de nuestro cuerpo… y entonces nos convertimos en propiedad ajena. Por eso es posible fotografiarlo, dibujarlo, tocarlo, mirarlo o gozarlo sin permiso, transformarlo en herramienta de marketing, violarlo, golpearlo o mutilarlo.

Visto el panorama, casi dan ganas de dar la razón parcialmente a los académicos y sus inoportunos informes. Reflexionemos sobre el lenguaje periodístico, cómico, publicitario, empresarial, militar y político, pero también sobre nuestro lenguaje cotidiano, casi siempre plagado de expresiones que denotan una doble moral, fomentan estereotipos y legitiman la violencia sutil o descarnada.

sábado, mayo 21, 2011

Una palabra no dice nada y, al mismo tiempo, lo esconde todo

Por: Soledad Arrieta
¿Qué pasaría si fuera maestra, llegara a un aula –mixta, obviamente- y dijera: “buenos días, alumnas”?
¿Qué pasaría si llegara a una reunión y emitiera un “hola, chicas”, habiendo chicos?
¿Qué pasaría si fuera conductora de un programa de televisión o de radio y saludara todos los días con un “bienvenidas a esta nueva edición de…”?
¿Cómo sería un acto sindical en el cual hubieran trabajadoras y trabajadores pero su líder sólo se refiriera a las “compañeras”?
¿Cómo les sonaría a los ciudadanos que los políticos y políticas sólo dieran sus discursos para las ciudadanas?

Seguramente, si alguna de estas hipótesis se concretara, los masculinos lo tomarían muy mal. Se sentirían desvalorizados, no tenidos en cuenta, que les han arrebatado su hombría para pisotearla en el suelo. Sin embargo, las mujeres convivimos todos los días con esta discriminación que implica el sexismo aplicado a algo tan básico como el lenguaje.

Es una faceta cultural que viene de larga data. Eterna, diría yo. A ninguna mujer, hace veinte años –o cinco-, se le hubiera ocurrido sentirse incómoda porque en un acto, un recital, la universidad o en los medios de comunicación no se la incluyera desde la palabra. Históricamente el género femenino fue el apéndice del masculino en las diferentes facetas de la vida, desde las tareas domésticas hasta la posibilidad de trabajar fuera de casa o soportar aberraciones que dan escalofríos de sólo pensarlas.


Transitamos un momento social en el cual empieza a consentirse la igualdad de derechos entre los sexos, pero aún así lidiamos con estos desplantes. Imagínense ustedes, hombres, cómo les resultaría cualquiera de las hipótesis que planteé al inicio del artículo. Ahora, quizá, puedan empatizar con nosotras.

No estoy hablando de excluir antagónicamente. Estoy diciendo que no somos todos, somos todos y todas. Que no somos “los…”, sino “los y las…” Que no somos trabajadores, sí trabajadores y trabajadoras. Y así…

El cuento más común que sale a la luz cuando se tocan estas temáticas es que implica un esfuerzo extra incluir. ¿Tan cara está la palabra que no podemos darnos el lujo de sumarle una a nuestra frase? ¿Tanto cuesta?

A algunas personas podrá sonarle descabellada o poco interesante la idea. ¿Qué importa que no las incluya en el lenguaje cuando sigue existiendo la violencia machista de formas mucho más cruentas como los femicidios, las violaciones y las golpizas sexistas? Ahí, creo, radica el mayor inconveniente: el machismo está en todos lados, en cada rincón de cada ciudad, en cada habitante de cada casa. Está en los hombres y, para peor, está en las mujeres. En las madres y los padres que crían a sus hijos y a sus hijas con esa cultura. En los profesores y profesoras que educan a los niños, niñas y jóvenes con esas bases. En las películas de Dinsey, en los juguetes con que juegan, en el color con que se viste a los bebés o las bebés, en el color del guardapolvo cuando van a jardín, en la televisión, etc. Hay que partir del inicio para recorrer el camino, difícil, atolondrado, repleto de obstáculos acostumbrados. Ya no somos un apéndice, ni queremos serlo. Es hora de que todos los hombres y todas las mujeres tomemos consciencia de ello y hagamos un trabajo en conjunto. ¿Cómo puedo hacer entrar en razón a un muchacho que maltrata a su pareja de que no puede hacerlo cuando, desde la voz, le estoy diciendo que ella no tiene relevancia?

domingo, marzo 28, 2010

Sexismo y lenguaje...

Silvia Senz, José Polo, Ana María Vigara / Rebelión
En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.

¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es "el ente". ¿Qué es el ente? Es algo que tiene entidad. Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final "-nte". Por lo tanto, a la persona que preside se le dice presidente (nunca presidenta), independientemente del sexo que esa persona tenga. Se dice capilla ardiente (no ardienta); se dice estudiante (no estudianta); se dice paciente, (no pacienta); se dice dirigente (no dirigenta) y así muchos más.

Nuestros políticos y muchos periodistas (casi todos muy progresistas) no sólo hacen un mal uso del lenguaje por motivos ideológicos, sino por ignorancia de la gramática de la lengua castellana. Pasemos el mensaje a todos nuestros conocidos con la esperanza de que el mismo llegue finalmente a todos esos ignorantes.

El que mandó esto frustró a un grupo de hombres que se había juntado en defensa del género. Ya habían firmado lo siguiente:
el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el turisto, el taxisto, el artisto, el poeto, el periodisto, el violinisto, el telefonisto, el taxisto, el trompestisto, el teclisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todos, ¡el machisto!

* * *

En principio, los fieras, que no somos expertos en materia de lenguaje, pero sí decididamente feministas, estamos de acuerdo con el espíritu que anima el texto, aunque, puede que no, con la intención que subyace al mismo. Nos parece oportuno que se ridiculicen ciertas actitudes derivadas, más del interés cateto de situarse in, como se decía en los años 70, que de la reflexión y de la ciencia. La reductio ad ridiculum es un arma que La Fiera inventó y ha utilizado con tanta largueza como eficacia. Sin embargo, nos parece que pueden resultar valiosas algunas consideraciones, teniendo en cuenta el sitz im leben. Unas consideraciones sobre las que queremos pedir su opinión a especialistas.

¿Por qué presidenta, entre otras, sí se ha aceptado siempre? ¿Por qué, de siempre también, sí han sido aceptadas por la comunidad hablante feminizaciones como jefa, maestra, directora, doctora, patrona, etc. A nuestra manera de ver, la discusión, en estos momentos, no debe reducirse a una aplicación estricta de la gramática, con los resultados que se producían antes de que se utilizara el lenguaje como un instrumento más en la lucha por las justas reivindicaciones femeninas. Creemos indispensable partir de una distinción: una cosa es el sexo de las personas y otra distinta el género de las palabras. No obstante, cuanto, desde este campo, se pueda hacer para eliminar la prepotencia del patriarcalismo y la preponderancia de lo patriarcalista, y conquistar la igualdad total creemos que debe ser bienvenido.

Preguntas y respuestas:

En resumen, y aunque puedes comentar todo lo que te apetezca del texto ajeno y de nuestro comentario, las preguntas concretas son:

-¿Por qué piensas que ha habido palabras, como presidenta, maestra, profesora, etc. que no han tenido nunca dificultad en ser aceptadas hasta por los más tercos machistas?

-¿No te parece que el problema de la feminización de unos vocablos (y consiguiente masculinización de otros) ha adquirido una distinta dimensión con motivo de las reivindicaciones feministas en todos los campos, entre ellos, el de la designación de oficios y profesiones a las que las mujeres han accedido, tras siglos o milenios de injusto veto?

-Pregunta, quizá, inútil: ¿cómo crees que puede incidir este tema en la realidad social, donde se palpa todavía una notable resistencia ante la equiparación de mujeres y hombres en todos los campos por parte de muchos cenutrios.

(Un paréntesis: créete, querida amiga, que a nosotros nos causa sonrojo que, a principios del siglo XXI haya que plantear estos problemas).

-¿Consideráis las mujeres la posibilidad de algunas excepciones por razones estéticas o de musicalidad? Porque, por ejemplo, algunos de nosotros enfermaríamos gravemente si nos viésemos obligados a escribir miembra, payasa, poeto o víctimo.

Respuestas de Silvia Senz Bueno, Licenciada en Filología, especializada en edición de obras de Lingüística

1) La tendencia general y natural en castellano --que no es la que recogen las gramáticas normativas o pseudonormativas o aquellas que restringen la descripción al dialecto culto y al registro escrito (muy influenciado por la norma)--, es a feminizar en -a aquellas palabras que indican oficios, independientemente de su etimología y de su terminación, a medida en que, en nuestra sociedad, la mujer se incorpora a ellos. El mismo caso se da a la inversa (pero en muchas menos ocasiones, claro): cuando el hombre se incorpora a un oficio tradicionalmente femenino, éste se acaba masculinizando: "modista" dio "modisto", y "azafata" dio "azafato".

2) Para saber cuál es la tendencia del idioma en lo relativo a las palabras donde hay una relación género gramatical-sexo biológico, conviene fijarse en lo que marca la desconocidísima (por los lingüistas) habla popular (despectivamente llamada "vulgar" por los gramáticos normativistas, los "curtos" y los académicos), que es la que señala el rumbo del idioma desde que el castellano derivó del latín vulgar. Si en un pueblo (al menos de España) hay una mujer médico o practicante, la llamarán sin duda "médica" o "practicanta", que es lo genuino y propio del castellano, lengua que mayoritariamente asocia en estos casos el masculino con la terminación -o y el femenino con la terminación -a. Y si hay una intelectual o una estudiante, la llamarán "inteletuala" o "intelet·tuala" (dicho sea de paso, siguiendo las leyes de evolución fonética del castellano que la norma culta no reconocerá nunca), y "estudianta".

3) Es absolutamente cierto que muchas expresiones y términos que aluden a personas reflejan la estructura social tradicional de nuestra cultura, que invisibiliza por completo a la mujer. La lengua no es un ente abstracto e independiente, que evolucione al margen de la conducta y la ideología de las sociedades que la hablan.

4) La feminización de una palabra en la que se da relación entre sexo y género y para la que no existe un femenino responde muy a menudo a un mecanismo de eficacia comunicativa muy presente en el lenguaje oral y aún más en el lenguaje escrito: la desambiguación.

5) En cuanto a tu última pregunta, yo creo que el mundo literario es un mundo libre, que crea y recrea sus propias reglas y no está sujeto a ninguna de las esclavitudes del lenguaje.

Hay un grupo de investigadoras especializadas en este tema: Esther Forgas, Eulàlia Lledó, Ana María Vigara y M.ª Ángeles Calero. Son todas ellas catedráticas de lengua española. No dicen una del revés. Si lo necesitáis, os contacto con ellas.

Os dejo uno de sus artículos:

"Ministras, arrieras y azabacheras.

De la feminización de tres lemas en el DRAE (2001)"

http://www.ucm.es/info/especulo/cajetin/lledo.html

Dra. Eulàlia Lledó Cunill

Hay también un buen libro de estilo de lenguaje no sexista donde se dan abundantísimos y atinados razonamientos sobre el tema:

www.nodo50.org/mujeresred/manual_lenguaje_admtvo_no_sexista.pdf

Un abrazo, Silvia

Nota: La Fiera publicará el artículo de la profesora Lledó en su próximo número.

Respuestas de José Polo, catedrático de Lingüística en la Universidad Autónoma de Madrid

1.- Todo el movimiento del “feminismo lingüístico” se basa en un disparate mayúsculo, producto, al mismo tiempo, de un grado insuperable de ignorancia y de demagogia.

2.- Cuando hablan de que debe evitarse la forma “masculina” los niños para la idea de “niños y niñas”, desconocen que lo de masculino/femenino es, en principio, una categoría semántica, no mecánicamente formal; como tales categorías semánticas, se dan en ella, como en cualesquiera otras, fenómenos como la polisemia (compárese, por ejemplo, la fecundidad semántica de la unidad léxica operación), homonimia, sinonimia, neutralización, sincretismo, etc. Por eso, cuando decimos los niños para meramente “infancia”, no estamos, de ninguna de las maneras, sirviéndonos de un masculino (= de un significado masculino), sino, dentro de la polisemia en este caso, de –os) de un significado “neutro/genérico/no simplista, pues se trata de realidades históricas: “dialécticas/no superficialmente mecánicas”. El sintagma los niños representa el esquema formal MASCULINO cuando el significado es, justamente, “los niños (no las niñas)”, pero con el otro significado no podemos hablar de “género masculino” las formas del lenguaje están al servicio de los significados, no al revés (el movimiento es de dentro hacia fuera: de lo onomasiológico a lo semasiológico…).

3.- Formas como presidenta, patrona, etc., deben interpretarse, dentro de la múltiple realidad de los “microsistemas lingüísticos”, en su propio entorno histórico (siempre ligado a hechos culturales en sentido amplio), pero no a manera de espécimen de una especie de regla de tres simple procesable mediante un programa informático.

4.- La igualdad (=de oportunidades, ante la justicia, etc.) de hombres y mujeres no se logrará confundiendo, por incultura, los conceptos de sexo y “géneros gramaticales” y destrozando los delicados –y, con relativa frecuencia, económicos- mecanismos logrados por los sistemas lingüísticos (por los hablantes) a través de siglos de lenta y sazonada evolución.

5.- Ante la degradación de los niveles de la enseñanza (primaria, media, universitaria), acentuada, con ritmo creciente, en los últimos veinticinco o treinta años, no es de extrañar que, junto a disparates inimaginables (no sólo ortográficos y ortotipográficos) por doquier, avasallen movimientos “idiomático-culturales”, tan nocivos para hombres y mujeres, que, en lo que atañe al asunto objeto de atención, suponen, en términos eufemísticos, una grave desconsideración para con nuestra lengua común (España, Hispanoamérica, otros lares).

Respuestas de Ana María Vigara , Catedrática de Lengua Española en la Universidad Complutense de Madrid
-¿Por qué piensas que ha habido palabras, como presidenta, maestra, profesora, etc. que no han tenido nunca dificultad en ser aceptadas hasta por los más tercos machistas?

Niego la mayor. Aunque maestra y profesora no han tenido muchos problemas, presidenta, como clienta, los sigue teniendo. A veces con el argumento lingüístico de que procede de un participio activo y, por lo tanto, debe ser invariable; y la mayor parte de las veces con la creencia de que la RAE no lo ha admitido o con el argumento puramente estético “me suena/parece horrible”,

-¿No te parece que el problema de la feminización de unos vocablos (y consiguiente masculinización de otros) ha adquirido una distinta dimensión con motivo de las reivindicaciones feministas en todos los campos, entre ellos, el de la designación de oficios y profesiones a las que las mujeres han accedido, tras siglos o milenios de injusto veto?

Sí me parece. Intentemos entenderlo.

Si tienes solo una oreja (de siempre, incluso desde que naciste) y sabes que con una simple crema, disponible en el mercado, te crecería la otra (que tú no tienes, ni quienes son como tú, pero los demás sí),

a) ¿reivindicarías tener una sola oreja? (¿quién se pondría a reivindicar tener algo que ya tiene?);

b) ¿aceptarías sin más que te prohibieran aplicarte esa crema con el argumento de que no necesitas otra oreja; de que oyes bien aunque no la tienes; de que nunca has necesitado esa segunda oreja; de que ya todo el mundo se ha acostumbrado a verte y quererte sin la otra oreja; de que se reirán de ti si te la pones; de que nadie debe aplicarse esa crema, que se venía usando para otra cosa, si no lo autoriza específicamente el Ministerio de Sanidad español; de que conviene no tener esa segunda oreja hasta que se generalice y todo el que no la tiene se la ponga (ya sé que este último parece contradictorio, y lo es, lo es); de que hay otras cremas que podrían hacer lo mismo, y no las has aplicado, y otras, perfectamente integradas en nuestro sistema sanitario, que hacen otras cosas y nunca les has hecho caso…?;

c) ¿aceptarías que se burlaran de ti y te estigmatizaran y te pusieran en evidencia porque quieres aplicarte esa crema o porque quieres tener o tienes dos orejas? ¿Interpretarías quizá que, puesto que no puede ser tan disparatado tener dos orejas o desear tenerlas, esa oposición, a veces radical, a tus deseos o pretensiones y a aplicar el remedio (simple y accesible) para conseguirlos tiene cierto aspecto de “saña”?

Te traslado todo esto al terreno del lenguaje y del uso lingüístico:

a) ¿Reivindicaríamos que tuvieran género masculino presidente, periodista, pediatra, jefe, médico o patrón, que ya lo tienen, y nadie lo discute?

Más aún: prácticamente todas estas palabras nacieron en nuestra lengua exclusivamente en masculino, y así pasaron a los diccionarios académicos, donde tardaron tiempo (unas más, otras menos: según las mujeres se iban incorporando a la vida social y pública) en aparecer con género común (periodista, pediatra, entre las nombradas) o masculino y femenino (jefe/a, presidente/a, médico/a, patrón/a).

Aunque no me he molestado en comprobarlas todas, te aseguro que esto ha ocurrido en prácticamente todos los femeninos que se mencionan en vuestro escrito (y en prácticamente todos los que suelen ponerse en entredicho). Y es muy fácil de comprobar: si entras en el NTLLE (Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española, en www.rae.es ), puedes hacerlo tú mismo.

Y no deja de ser curioso que en esto la Academia, tantas veces acusada de conservadora, anticuada y lenta, esté por delante de mucha gente que hoy discute los femeninos con pasíón casi agresiva.

Volviendo al argumento central, tres datos importantes:

1) Se plantea (y discute) la feminización de términos, y solo la femninización, porque el masculino ya existe y no tiene discusión. No suele plantearse, pues, el masculino, ni hay por qué. Plantear, por ejemplo, que periodista, que nació solo masculino (“masc. periodista”), debería cambiar ahora su masculino a periodisto porque también designa femenino y (en castigo, parece) porque masc. presidente se convierta en el uso en fem. presidenta o masc. juez en fem. jueza (por ejemplo) es, como se puede apreciar, bastante incoherente.

2) Efectivamente, una cosa es el sexo de las personas y otra el género de las palabras: eso es innegable. Solo que parece que para aludir a personas (sustantivos personales, los que nos interesan aquí), en español, tendemos a aplicar sistemáticamente el masculino a las personas de sexo masculino y, en justa correspondencia seguramente, el femenino a las personas de sexo femenino. Lo aplicamos en las concordancias y, a poco que se pueda, en los sustantivos personales también. La tendencia es muy antigua, y hasta los diccionarios lo reflejan. Pero aunque no lo reflejaran, nuestra vida cotidiana nos proporciona continuamente ejemplos.

Fíjate, sin ir más lejos, en vuestro texto: “En principio, los fieras, que no somos expertos en materia de lenguaje, pero sí decididamente feministas, estamos de acuerdo con el espíritu que anima el texto”. Seguro que si buscamos en el diccionario fiera, encontramos que es vocablo femenino (y solo femenino); como no alude inicialmente a personas, sino a animales, cuando lo utilizamos para personas suele ser para “calificar” (“Juan es una fiera”, “María es una fiera”); en vuestro texto, los fieras no está usado ni para animales ni como calificador, sino convertido en sustantivo común que designa a quienes participáis en la publicación: con el masculino “los” para varones o usado como genérico (para varones y mujeres que comparten esa misma adscripción) y concordado en masculino con “expertos”. ¿No podremos utilizar “los fieras”, tan apropiadamente, porque fiera sea sustantivo femenino? Sería absurdo no aprovechar todas las posibilidades, ¿no?

El proceso es muy similar para el femenino: cuando necesitamos o deseamos expresarlo, encontramos el modo: o lo creamos o utilizamos el artículo y las concordancias para hacerlo visible.

Algunos son gramaticalmente fáciles: sustantivo personal masculino que acaba en –o pasa a femenino en –a (como niño/a, médico/a, árbitro/a), y sustantivo personal masculino que acaba en consonante pasa a femenino añadiendo una –a (como profesor/a o patrón/a; la oposición a juez/a iría en contra de esta tendencia, curiosamente). Otros tienen una terminación que, aunque sean masculinos, permite fácilmente una interpretación específicamente femenina, y en estos casos nos basta con las concordancias (el/la periodista, el/a terapeuta, el/a poeta, el/la víctima). Y los casos más difíciles y cuyo comportamiento es menos sistemático son los acabados en –e (jefe, cliente, cantante), que a veces se convierten en femeninos (jefa, clienta) y muchas otras se utilizan en género común (el/la cantante).

b) Prácticamente todos los argumentos “presuntamente lingüísticos” que se utilizan son, sobre todo, ideológicos y en general bastante interesados. Y algunos muy fáciles de desmontar.

He intentado hacerlo con rigor (desmontarlos) en un artículo que te adjunto (“Nombrar en femenino: el caso emblemático de jueza”, que ha aparecido hace poco en el libro De igualdad y diferencias: diez estudios de género).

-Pregunta, quizá, inútil: ¿cómo crees que puede incidir este tema en la realidad social, donde se palpa todavía una notable resistencia ante la equiparación de mujeres y hombres en todos los campos por parte de muchos cenutrios?

Creo que vamos a seguir discutiéndolo mucho tiempo, y con argumentos parecidos a los de ahora, que tan ingeniosos e indiscutibles parecen. Si las cosas dependieran de mí, las dejaría correr en la medida de lo posible, y pronto sabríamos qué femeninos triunfan y cuáles no. Acabaremos sabiéndolo de todos modos, pero necesitaremos más tiempo.

-¿Consideráis las mujeres la posibilidad de algunas excepciones por razones estéticas o de musicalidad? Porque, por ejemplo, algunos de nosotros enfermaríamos gravemente si nos viésemos obligados a escribir miembra, payasa, poeto o víctimo .

¿Por qué las mujeres? ¿Por qué los grupos feministas o las feministas, como se lee continuamente? ¿Realmente está el mundo dividido en dos en esta cuestión: las mujeres vs. los hombres, las feministas vs. todos los demás? ¿No hemos quedado en que los fieras son “decididamente feministas” también?

Tan previsibles son las excepciones como la generalización (que parece, en cambio, mucho más difícil; y si no hay generalización, no habrá excepciones). Ocurrirán o no. En España no parece que miembra tenga muchos visos de triunfar por el momento, pero, creado sobre un masculino en –o, ya se usa en algunos países hispanoamericanos (para nosotros seguramente sería una excepción, sí); payasa se usa ya, es un femenino absolutamente normal desde el punto de vista morfológico y hay mujeres que se dedican al oficio de “payasear”: más de uno de vosotros, me temo, va a enfermar gravemente; poeto no ha lugar: es un masculino ficticio, como lo serían profesoro o periodisto, creados sobre masculinos terminados en –a (¿no hemos quedado en que una cosa es el género de las palabras y otra el sexo de las personas?), y tiene un femenino, poetisa, que gusta menos que el común poeta (para ambos sexos), cada vez más extendido; y los mismos argumentos, o casi, podríamos utilizar para víctimo (la víctima se comporta, para entendernos, como la fiera: tampoco víctima es nombre solo personal –paisajes, animales, cosas, personas… son víctimas de la maldad del ser humano): es muy poco probable que poeto o víctimo se desarrollen de momento (además, recordémoslo, de momento no es el masculino –que ya existe-- el que se cuestiona, sino el femenino, al que parece que no nos hemos acostumbrado aún).

jueves, febrero 25, 2010

La Real Academia de la Lengua Española, sexista...

Por: Eva Espinet
Hoy me ha llegado una noticia que me ha dejado, como menos, perpleja. Mar Gaya denunciaba en un foro como buscando definiciones del término “femenino” y “masculino” ha consultado la Web de la Real Academia Española y se ha llevado una verdadera sorpresa. Aquí tenéis las definiciones y juzgar por vosotr@s mism@s:

Femenino, na
4. adj. Dicho de un ser Dotado de órganos para ser fecundado. 5. adj. Perteneciente o relativo a este ser. 6 adj. Débil, endeble. 7. adj. Gram. Perteneciente al género femenino. Nombre femenino. Terminación femenina U.t.c.s 8. m. Gram. género femenino.

Masculino, na
(Del Lat. masculinus)
1. adj. Dicho de un ser: Que está dotado de órganos para fecundar. 2. adj. Perteneciente o relativo a este ser. 3. adj. Varonil, enérgico.


Con esto queda claro que hay que seguir denunciando hechos como estos y como ya hemos mencionado en alguna ocasión, WOM! Magazine seguirá existiendo hasta el día que la mujer ya no tenga necesidad de visibilizar ni dar voz a demandas que son justas y necesarias para podernos equipar en igualdad de condiciones a los hombres.

lunes, diciembre 07, 2009

Chistes que legitiman el sexismo

Por Leila Lorena Torres
Periodista con mirada Género

Chiste: ¿Qué es un travesti? Una mujer con cerebro.

En nuestra sociedad existen una serie de discursos –en términos de Michel Focault- que mientras permiten conocer los aromas sociales, van definiendo y construyendo el “sentido social”, rubricando cada uno de los patrones que regulan la vida en comunidad Los chistes son integrantes excluyentes de la ortografía social. Están presentes en todos los ámbitos. Son un puente entre sectores de relaciones ocasionales. Hay que aceptarlos. Celebrarlos. Festejarlos porque son un elemento fundamental de la sociabilidad reinante.

Pero ¿que sucede cuando los chistes banalizan la violencia de genero? ¿Qué sucede cuando un chiste ridiculiza a la mujer? ¿Qué pasa con aquellos discursos que carnavalizan al género que se apartó de la heteronormatividad como los travestis?

Hay que reírse. Más allá que en cada carcajada se legitime denigraciones, humillaciones y perversiones sobre lo que se aparta de lo que se considera “la norma”, “lo general”. Los chistes son expresiones del sentido común. Y no aceptarlos forma parte de una “idiotez fuera de época”.

El chiste que hoy analizamos propone pensar a la mujer como un ser sin cerebro. Sin razón, sin capacidad de discernimiento. Sin posibilidad de decidir, pensar, armonizar, contemplar, percibir. Solo tiene una oportunidad para tener un cerebro: que un hombre se convierta en travesti, que salte el cerco y se anime a copar el mundo femenino, un mundo que está despojado de lo mental, de la inteligencia y la razón.

La mujer fue, a lo largo de la historia, un varón disminuido que no había recibido suficiente calor durante la gestación. Por ello sus órganos sexuales eran la versión invertida de los órganos masculinos. Este pensamiento fue sostenido durante siglos. Desde Aristóteles hasta Galeno. Para luego extenderse de forma solapada hasta nuestros días. La mirada falocéntrica condenó a la mujer históricamente a ser pensada, tratada como un ser inferior. Si bien es Freud quien le otorga estatus de sujeto de deseo a la mujer, no logra su teoría desarroparla del peso de la historia de las ciencias biológicas manejadas por hombres que la compusieron, la representaron y la contaron desde un lugar de pena, lástima por no poseer el miembro viril.

Pero que lleva a “todo el mundo” a reír con estas propuestas?. Según la especialista Eva Gilberti los motivos que conducen a aceptar con carcajadas y sonrisas simpáticas estos chistes es el dispositivo de la complacencia.

“La complacencia, analizada en este marco, privilegia una actitud cercana a la tontería y el sometimiento regulados por la presencia enmascarada del placer; porque la palabra complacencia encierra el vocablo placer (com-placer) que, en este ejemplo, compromete a los protagonistas de una conversación”.

Según este modelo parecería que las mujeres que lo protagonizan 1) encontraran placer en ser humilladas, y como efecto de esta humillación 2) producirían placer en los hombres que proceden de este modo; ellos se sentirían autorizados a satisfacer su narcisismo masculino ejerciendo dominio sobre la mujer que lo escucha sin protestar.

El aprendizaje social del complacer se inspira en la creencia de que las mujeres tienen la obligación de producir placer para el género masculino, modelo que tiende a cronificar las distintas formas de sometimiento que aún persisten en algunas congéneres”, sostiene la Gilberti en un articulo publicado en Pagina 12 (10 julio 1998- Suplemento Las 12) Este chiste que aquí analizamos deja entrever la hostilidad no sólo hacia el género femenino sino también al genero trans. Marca el territorio y refuerza la idea de la autoridad masculina.

El término transgénero posee dos acepciones principales, según Mauro Cabral. En primer lugar, y en su versión más restringida, hace referencia a una persona que vive en un género diferente de aquel que le fuera asignado al nacer, pero que no desea modificar quirúrgicamente los marcadores corporales del género (en particular, sus genitales) para conformar estereotipos culturales de corporalidad masculina o femenina, aunque pueda recurrir a métodos quirúrgicos u hormonales de modificación corporal por razones cosméticas, expresivas o de bienestar personal.

En segundo lugar, transgénero, transgeneridad y transgenérico / a son utilizados actualmente como términos campana que incluyen en su enunciación a todas aquellas personas que, de modos diversos, contradicen la relación congruente y necesaria entre corporalidad, deseo e identidad y expresión de género asociada con el binarismo sexual heteronormativo occidental.

La ridiculización constante que se realiza –especialmente en los medios de comunicación- de los travestis, socava constantemente la posición identitaria de este grupo. No permite pensar a los travestis como personas cuya diferenciación cultural, social y hasta política, es distinta a las dos narrativas dominantes.
La iconografía mediática refuerza el pensamiento masculino hegemónico de que los travestis son una suerte de “engendro” poco feliz surgido de desviaciones no masculinas sino más bien femeninas. Por que? Porque los travestis, al fin y al cabo “son mujeres con cerebros”.

Este chiste es una manifestación violenta y otra de las tantas maneras que tiene la heteronormatividad de controlar aquellos que se aparta de los binarismos históricos. Ahora bien, esas nuevas formas de control se realizan, una vez más, constriñendo y apremiando al mundo femenino, cargándolos con la responsabilidad de “crear maricones”. Esto se escucha a menudo en el seno familiar. Es a la mujer a la que por atribuírsele el rol de educar a los hijos se la señala como la generadora de “putos o travestis”.

El sentido común, a través de los chistes, fagocita las distintas manifestaciones de la inteligencia femenina. Corrompe las capacidades femeninas al punto tal que las mujeres son pensadas desde el subsuelo social. Frente a este estado de cosas y la ausencia de ciudadanos de géneros, el travesti aparece tambaleante en el escenario conservador.

¿Qué es lo más saludable? Alejar la identidad y los derechos civiles de los genitales.

Mediante este discurso –el chiste- tanto el travesti como la mujer son discriminados y reducidos a cosas: la mujer no tiene cerebro; el travesti es un ser sin identidad y entidad. Existe a través de su órgano sexual, al cual disfraza y trata de ocultar. El travesti es un ladrón de mundos, alguien que convive con el desprecio y la incertidumbre. No es un excluido de los contornos fijados por los parámetros del mundo occidental. Es “algo” que funciona de fantasía pero que no tiene derechos a tener derechos.

Es fundamental destacar que los chistes siempre recaen en quienes revisten menor jerarquía, a quienes se los considera más débiles. Los chistes celebrados, repetidos que denigran a las identidades que la mirada androcéntrica no acepta ni legitima, refuerzan la superioridad masculina. Son los hombres y no las mujeres o travestis quienes conservan el poder de burlar y ridiculizar. La jactancia solo es para los poderosos. Y es por ello que siguen valiéndose de estos recursos para sostener su trono.

sábado, julio 25, 2009

¿Y Cómo Decimos, Miembro o Miembra?

Más de una veintena de expertos trataron sobre la mujer y el lenguaje en el periodismo español, en unas conferencias organizadas por la Fundación San Millán de la Cogolla y Fundéu BBVA.

Hace unos meses, la ministra española de Igualdad, Bibiana Aído, fue motivo de polémica en diversos medios de comunicación por referirse a los miembros y miembras en una comparecencia en el Congreso. La Real Academia Española de la Lengua (RAE) respondió que ese término era incorrecto y que el uso adecuado era miembro, aunque en muchos lugares de Latinoamérica sí se emplea la palabra acabada en “a”.

Este ejemplo no hizo otra cosa que desempolvar lo que diversos sectores reclaman desde hace tiempo: acondicionar nuestro idioma a las necesidades actuales, ya que si la sociedad avanza, esto ha de reflejarse en la lengua. Todo ello demuestra que mientras la masculinización de una palabra se hace de forma rápida, la feminización cuesta bastante más. Y si no, ¿por qué se ha de decir la fiscal o la cónsul y en cambio se ha adoptado velozmente la palabra matrón para el masculino de matrona?


El papel de los periodistas en la lucha contra el llamado lenguaje sexista, el uso del lenguaje políticamente correcto como posible ayuda para la eliminación de los reflejos machistas en el castellano y la necesidad de forzar el cambio son algunos de los temas que se debaten en este encuentro. “Este es un tema lingüístico que desata pasiones y lo que hemos hecho es agarrar el toro por los cuernos”, afirmó Álex Grijelmo durante la apertura del seminario.

En su opinión, los periodistas trabajan en la frontera del idioma y deben poner orden y dar coherencia a anglicismos como la fiscal, la cónsul o la presidenta. Grijelmo lo tiene claro: “Yo prefiero decir la juez y la gerenta y guiarme por criterios lingüísticos, que pueden ser equivocados, pero son lingüísticos”.

LA RAE COMO NOTARIO
Víctor García de la Concha recordó que “la lengua la hace el pueblo. Nuestra labor es la investigación y el estudio para realizar una función de notaría, por lo que ha de avanzar. La Academia no quiere ser ni feminista ni machista militante, sino que desea estar en el punto intermedio”.

Para ello, recordó que en 2001 la RAE encargó a un grupo de profesoras que llevaran a cabo un estudio de los términos machistas que aparecieran en el diccionario. Se encontraron 51 000, “de los que 17 000 ya están modificados en la versión electrónica, y el resto se hará a partir del verano. El diccionario está cambiando, y va a cambiar más”, aseguró.

La lingüista Eulalia Lledó no se cree del todo estas buenas palabras del director de la RAE. Ella participó en el citado estudio y destaca que “en la Academia no nos hicieron caso”. La institución incumplió sus propias normas del juego y obvió 28.000 entradas revisadas del informe de 4.000 páginas que preparó. “El diccionario recoge definiciones equivocadas y lesionadoras de la autoestima de las mujeres, como las mismas definiciones de padre y madre”, afirma.

“Mientras el significado de esta última palabra es hembra que ha parido, el de padre es varón o macho que ha engendrado. En la definición de madre se mezcla a todo tipo de hembras, mujeres y animales, además de un contenido que roza la mentira. Claramente comprobamos que no representa la realidad y que el diccionario no es sexista, es más que sexista”.

Lledó acusa a la RAE de ir a remolque de lo que pasa y de realizar cambios demasiado tarde. Esta lingüista está a favor del desdoblamiento y “de todos los sistemas que posibiliten que ningún grupo humano quede ensombrecido”, y cree que la fórmula del uso del masculino neutro refleja una infrarrepresentación de la presencia femenina, ya que “para existir es importante ser nombrada”. Lledó considera que el uso de lo políticamente correcto se basa en el uso de eufemismos, en el hecho de esconder palabras. “Yo defiendo todo lo contrario”, concluyó.

MUJERES OBJETO
Las palabras también cambian según el medio de difusión. El traductor e intérprete Ibai Aramburuzabala, quien ha realizado un estudio sobre el tratamiento de las mujeres en revistas masculinas, afirma que “todos los tópicos se cumplen”.

“La mujer aparece como un objeto y es relegada al mundo del espectáculo. Siempre que se menciona su trabajo, se habla de su atractivo, y la que no es bella es criticada”. La franja de edad de las que aparecen en estas publicaciones es de entre 18 y 30 años, ya que cuando la superan, desaparecen.

No solo influye en el lector quiénes aparecen en los medios, sino quiénes trasladan el mensaje, es decir, los propios periodistas. La lingüista María Elena Gómez considera que en las columnas escritas por mujeres se busca más la complicidad del lector. “Se usan más expresiones como ‘ustedes sabrán’, algo que no se da en las escritas por hombres.

Además, ellas se sienten más libres al hablar de lo que quieren y usan un tono menos pontifical”. El resultado es que a las columnistas las leen mujeres y los columnistas tienen lectores de ambos sexos. Sin embargo, estas diferencias desaparecen en los análisis políticos, en los que manda el tema y no hay distinciones.

Publicado en www.upec.cu