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miércoles, abril 06, 2011

TV fomenta violencia de género...

Reproduce discriminación y homofobia: expertas
Por Anayeli García Martínez (CIMAC).- (Tomado de: Tiempo de Mujeres)
En México, los medios electrónicos —en especial la televisión— reproducen y fomentan la violencia de género, la homofobia, la discriminación contra las mujeres y la trata de personas, acusaron especialistas.

Durante la mesa de trabajo “Medios de comunicación y desarrollo”, las y los expertos denunciaron que los medios electrónicos difunden contenidos con imágenes y textos sexistas y discriminatorios que invisibilizan a las mujeres, por lo que es necesario democratizarlos.

Olga Bustos, de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explicó que la publicidad comercial ve a las mujeres como objetos sexuales, mientras que la oficial las invisibiliza o las ubica en papeles que históricamente se han considerado propios de las mujeres.

Para romper con estos estereotipos, propuso, que se creen campañas desde el gobierno federal que erradiquen la discriminación y el sexismo.


Karla Langle Monsalvo, de la organización internacional Mujeres Abrazando México, explicó que los medios, en especial la TV, son negocios.

Mencionó que es necesario que la sociedad civil le haga ver a los empresarios televisivos que si su programación fortalece la dignidad de las mujeres, ellas serán mejores consumidoras de sus producciones. Sólo así se podrá integrar la perspectiva de género, añadió.

Dijo que un medio contemporáneo del feminismo, como lo es la TV, debe sensibilizar y promover los temas de género, pero destacó que esa exigencia debe venir desde la ciudadanía.

Langle Monsalvo señaló que para ello es necesario hacer cumplir la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, la Ley de Igualdad entre Hombres y Mujeres y demás instrumentos afines.

En la mesa de trabajo que se realizó como parte del Encuentro Nacional por la Diversidad y la Calidad de los Medios de Comunicación, académicas y comunicadoras advirtieron que la sociedad civil debe exigir que los medios dejen de reproducir roles tradicionales de género, la violencia hacia las mujeres y estereotipos que atentan contra su dignidad.

Respecto al papel de las audiencias, Noé Santos Jiménez, catedrático de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), sostuvo que para transformar el papel de los medios, la ciudadanía debe apoyar el monitoreo de sus contenidos a través de organizaciones no gubernamentales, mientras que las universidades deben fomentar la democratización de la información y elaborar materiales sobre género y diversidad sexual.

Durante el encuentro organizado por la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI), el investigador de la UAM Nestor García Canclini habló sobre las propuestas de los medios y la calidad de sus contenidos. Explicó que la diversidad étnica y de género da paso a distintas opiniones y a mayor calidad.

martes, enero 11, 2011

El estereotipo delgado, forma de violencia hacia la mujer

Industrias occidentales imponen modelos que llegan a provocar anorexia y bulimia
El patriarcado reafirma la hegemonía de su poder al valorarlas sólo por su cuerpo, dicen
El estereotipo de género impone exigencias sobre el cuerpo de la mujer. La imagen corresponde a una campaña de la modelo Isabelle Caro, fallecida hace unas semanas tras padecer anorexia
Periódico La Jornada
Aunque la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia no la tipifica como tal, expertos consideran que el estereotipo de género es una de las agresiones más arraigadas, extendidas y naturalizadas contra la mujeres en todo el planeta.

Este aspecto actualmente está basado en el culto a la delgadez, a la juventud y a modelos de belleza impuestos por las poderosas industrias occidentales del cine, la moda y medios de comunicación, lo cual, según especialistas, no sólo ocasiona en las mujeres graves problemas de salud física y mental, sino que, por medio de esas exigencias, el patriarcado reafirma la hegemonía de su poder al valorar a las mujeres únicamente por su cuerpo.

En México entre 1 y 5 por ciento de los jóvenes sufre de anorexia o bulimia. Según el Instituto Mexicano del Seguro Social, la población afectada por Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) oscila en unos 2 millones de personas, de los cuales, y de acuerdo con la estadística internacional, 10 por ciento muere y 30 por ciento sobrevive con daños severos en riñones, tracto digestivo o hígado entre otros órganos afectados.


De acuerdo con la Fundación para el Tratamiento de la Bulimia y la Anorexia cada año en el país surgen 20 mil casos nuevos de personas con TCA, de los cuales, al menos 90 por ciento son mujeres.

Según la Asociación Mexicana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva (AMCPER), México ocupa el segundo lugar en el mundo, después de Estados Unidos, en donde se realizan más cirugías estéticas, y también el segundo lugar donde más personal no capacitado hace dichas intervenciones, las cuales en casi 90 por ciento son solicitadas por mujeres.

La antropóloga Patricia Castañeda Salgado, especialista en violencia de género e identidad femenina del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), define el estereotipo de género como “violencia subjetiva “porque afecta emociones, es apropiada por la víctima y disloca hacia lo negativo la idea que la mujer tiene de sí misma.

Olga Bustos Romero, investigadora de la Facultad de Sicología de la UNAM, califica esta violencia como sicológica porque causa presión en la mujer y le produce autodaño, pues ese estereotipo impone exigencias sobre los cuerpos de las mujeres, como estar hiperdelgada o llevar tacones altísimos, que ocasionan trastornos alimenticios y daños en la columna vertebral.

La comunicóloga Aimé Vega Montiel, del Programa de Investigación Feminista del CEIICH, asegura que la violencia del estereotipo pasa por casi todos los modelos de violencia tipificados en las leyes, como sicológica y física, porque son cuerpos enfermos; la sexual, en tanto ese modelo de belleza presenta a la mujer como un objeto sexual y no como un sujeto de acción y, en los casos más extremos, es feminicida porque ya son muchas las modelos que han muerto a causa de llevar al extremo ese estereotipo.

Pero, ¿quién crea el estereotipo de belleza? ¿En qué momento de la historia la curva dejó de ser atractiva para dar paso a la delgadez enfermiza?

Según Vega Montiel, estos cánones se originan en el imperialismo cultural, en modelos desarrollados por países poderosos, como Estados Unidos, que cuentan con recursos para generar contenidos y permearlos en culturas locales. Así vemos que los cánones estéticos occidentales no corresponden con el tipo de mujer común, reales y diversas que circulamos por los países de nuestra región.

Para Castañeda Salgado este estereotipo es creado por todos los dispositivos sociales al servicio del patriarcado y que bombardean de tal forma, que las mujeres no pueden identificar de dónde vienen. Lo pueden vivir en la relación de pareja, en medios de comunicación, el trabajo, escuela o en la familia. Por eso se difumina la responsabilidad de quien ejerce esa violencia.

Pese a esto, las expertas coinciden en que el Estado, como guardián del bienestar de la población, es responsable de esta situación y le compete promover medidas para erradicar la violencia que este estereotipo genera contra las mujeres.

Esto afecta la salud física y mental de las mujeres y evita su total desarrollo. El aspecto físico se tiene en cuenta para emplear a una mujer y, por ello, ellas mismas se acaban valorando a través de su cuerpo. En cambio, rara vez a un hombre, a la hora de buscar trabajo, se le exige que no sobrepase la talla 7, asegura Bustos Romero.

La sicóloga propone crear audiencias activas en medios de comunicación como medida preventiva, especialmente dirigida a adolescentes, para que hagan lecturas diferentes de la publicidad y no caigan en TCA. Deconstruir la publicidad para que acepten su cuerpo y que vean que su valor social no pase por su apariencia ni por la mirada de los demás.

Vega Montiel expone que en el patriarcado el cuerpo de las mujeres está en constante vigilancia (por la propia mujer, la pareja, la familia, los amigos o el trabajo), sin embargo, esta vigilancia no se da hacia el cuerpo de los hombres.

Así el patriarcado advierte que el reconocimiento de las mujeres pasa por su cuerpo porque tiene miedo a la igualdad de género.

lunes, enero 10, 2011

Con silicona ¿hay paraíso?

Por Claudia Pedreros Saá /El Ciudadano N°93
En el año 2006, en Latinoamérica causó gran conmoción la telenovela colombiana “Sin tetas no hay paraíso”, que mostraba la realidad de las mujeres que mutilan sus cuerpos con tal de obtener belleza y “éxito” en la vida. ¿Qué tan lejos estamos de esta realidad? ¿Hasta dónde tenemos metida la silicona?

Si hace quince años le preguntábamos a un grupo de adolescentes de 18 años o menos qué harían con dos millones de pesos, sus respuestas rondaban entre elegir un viaje a Disneyworld, un auto o comprarse mucha ropa y maquillaje. Hoy, las chicas de la misma edad pueden dar respuestas similares, pero un alto porcentaje no dudaría en gastar ese dinero en hacerse una cirugía plástica y específicamente agrandarse los pechos con silicona.

Este es el caso de María Cecilia (solicitó sólo publicar su nombre de pila), quien hoy con 19 años ya cuenta con una cirugía de implantes mamarios y una pequeña corrección de nariz. Cuando cumplió 17, le pidió a sus padres que le cumplieran el sueño de agrandar sus pechos. “Desde muy chica me di cuenta que era muy plana y no lograba llamar la atención de mis compañeros, ni menos de los hombres que me interesaban… mi única esperanza, para convertirme en una mujer de verdad, era operarme”.

Los padres de María Cecilia, pese a que se opusieron al principio, asumieron que su hija no era feliz con el cuerpo que tenía y accedieron a darle en el gusto. “Se me partía el corazón verla tan acomplejada y deprimida por tener poca pechuga… tenía muy claro que era una niña cuando se operó, pero la felicidad de ella, estaba por sobre todo”, comenta Paulina, la mamá.

Una situación parecida se vivió en el mundo de la televisión, cuando salió a la luz pública que la modelo adolescente, María José López, de 17 años, ya contaba con tres pasadas por los quirófanos y sus padres la justificaban, aduciendo que fue para apoyar su carrera televisiva.

Así como María Cecilia y María José, son muchas las jovencitas que sueñan con esa belleza artificial de los “arreglos quirúrgicos”. Y es que el prototipo que hoy día nos muestra la sociedad, la televisión y una serie de “mujeres exitosas de la TV” se basa en no asumir nuestra anatomía e introducir productos químicos en nuestros cuerpos.


Pero más allá del análisis de si es cuestionable o no adulterar nuestros cuerpos con implantes de silicona, botox, metracril y una infinidad de productos que hoy tanto hombres como mujeres están ‘consumiendo’, los expertos tienen una opinión de hasta dónde el poder de la imagen de un cuerpo perfecto va a valer más que cualquier otra condición o atributo que tengamos.

Según el médico cirujano de la Universidad de Concepción y especialista en Biomédica, Félix Campoera, las cirugías plásticas comenzaron con la finalidad de ser una solución para corregir un defecto o malformación física, pero con los años, cada vez son más las mujeres y hombres que se realizan una intervención médica para corregir una insatisfacción psicológica con sus cuerpos.

“Actualmente, la medicina y la tecnología médica han avanzado en pos de brindar una mejor calidad de vida”, dice Campoera. “Sin embargo, son tantos los casos cuando los cirujanos recibimos mujeres muy hermosas que llegan a las consultas implorando por una trasformación radical de sus cuerpos y sólo demuestran que tienen una realidad muy trastocada de su imagen, basada en el prototipo de belleza que les brinda la televisión”, agrega.

TAMAÑO V/S SENSIBILIDAD

En 1971 comenzaron en Chile a utilizarse los primeros implantes mamarios compuestos de silicona en mujeres que habían sufrido una mastectomía -pérdida de uno o dos pechos- debido a un cáncer o malformaciones congénitas. Pero ya a mediados de los años ochenta su consumo tuvo una fuerte alza, llegando a crearse clínicas especializadas en este tipo de intervenciones.

Aunque su valor actualmente fluctúa entre los dos y tres millones de pesos y la edad mínima es dieciséis años (con autorización de los padres, como sucedió con María Cecilia), actualmente es una de las cirugías plásticas más solicitadas por las mujeres que buscan obtener un buen resultado tanto en el aumento como en la sensibilidad.

El sexólogo Carlos Pérez Lintroff discrepa, pues sostiene que en muchos casos las mujeres pierden gran sensibilidad en el busto, tanto al tacto como en la erección de los pezones, provocando otra insatisfacción. “A la mayoría de los hombres los vuelve locos unos senos grandes y voluptuosos, pero dentro de su razonamiento sexual saben que están tocando algo sintético y siempre será mucho más excitante un cuerpo natural que uno relleno de artificios”.

Ante esto, el doctor Campoera sostiene que dentro de nuestra génesis sexual nos hemos metido en la cabeza que unos pechos grandes son mejores que unos chicos, así “que conducimos nuestros comportamientos a preferirlos a cualquier costo”.

Según Pérez Lintroff, “tenemos la silicona tan metida en el cerebro y en los ojos, que muy difícilmente podremos aprender a apreciar lo natural y bello de un cuerpo femenino. Todos los días somos bombardeados con cuerpos de mujeres que sólo por medio de las cirugías plásticas han logrado llegar donde están y ser deseadas por millones de hombres”. Lo que motivó a “la Coté” su familia a invertir en pechos para sostener su carrera.

Para Elizabeth Salas, psicóloga del Centro de la Salud Femenina, es tan latente la imagen de mujeres perfectas que proyecta la televisión en las adolescentes, que más de alguna va a centrar sus esfuerzos en acceder a una cirugía plástica, porque cree que sólo así logrará tener éxito. “A diario vemos cómo en programas de televisión, en horarios para adolescentes, nos muestran a niñas de las mismas edades, que triunfan en la tevé adulterando sus cuerpos completamente. La pantalla chica valida ese tipo de belleza y lo estandariza, al tiempo que genera una importante frustración y no aceptación de su propio cuerpo en las adolescentes”, asegura Salas.

“Es tan fundamental el trabajo de valoración personal y familiar que deben ejercer los padres para derribar estos mitos de la televisión basura que vemos a diario, que hace imperativo concienciar a las adolescentes en aceptarse tal cual son. Y esto no corre solo para las jovencitas, sino también para las mujeres que en muchos casos creemos que para lograr ser más deseadas por los hombres debemos someternos a cirugías”, sostiene María Paz Fernández, psicoterapeuta del Centro de Salud Femenina.

Todos podemos estar disconformes con algo de nuestro cuerpo y si tenemos la opción de arreglarlo, podemos hacerlo. El problema surge, según coinciden los especialistas, cuando la motivación es con base en un concepto de belleza mal entendido que asocia un cuerpo artificial con la consagración del éxito, tanto con el sexo opuesto, en lo profesional, como en el ámbito social.

Un concepto que María Cecilia y María José, ambas en ámbitos distintos de la vida social de Chile, han enfrentado luego de unas horas de bisturí.

viernes, abril 09, 2010

Receta para Construir una Mujer Global...

Isabel Moya Richard / Letra con Género
Tome unas gotas de Amarige de Givenchy.
Un poco de crema antiarrugas de Clinique.
Una porción de extracto revitalizante para el cabello de L Oreal.
Mézclelo cuidadosamente para que no haga grumos.
Distribúyalo sobre un cuerpo femenino de l 80 metros con 90, 60, 90 cms de pecho, cintura y caderas respectivamente, preferiblemente blanco y rubio.
Si no encuentra fácilmente este producto en el mercado puede recurrir sin remordimientos a silicona y colágeno, extraer algunas costillas o realizar lipoescultura.
Salpimente con algo exótico a gusto.
Cueza a fuego lento en un caldo con algo de consumismo, fin de las ideologías y la historia u otras hierbas...
Sirva enfundada en Dona Karan, Agata Ruiz de la Prada, Dior, Armani de acuerdo a su presupuesto.

Aunque éste pueda parecer solo un ejercicio irónico, no esta muy alejado del paradigma que los centros hegemónicos de poder económico, político y mediático presentan como modelo de lo femenino en tiempos de globalización neoliberal y postmodernidad. Un paradigma que se intenta mundializar como parte de la estrategia de un pensamiento único.

No me voy a detener en el modelo, ni en las imágenes con el que se presenta porque muchos son los estudios sobre el tema y la intención de mis reflexiones es provocar el debate sobre la investigación comunicológica con enfoque de género en los contextos mediáticos globalizados.

La globalización de la información y la comunicación no sólo pone en juego el proceso de reproducción de contenidos, ni la mera circulación de información, sino como señala Jesús Martín Barbero, nuevos modos de producción del pensamiento. ¿Está el enfoque de género presente en la formulación de estas nuevas formas¿ No, nacen con el pecado original del sexismo y la visión androcéntrica de la realidad y los procesos sociales.


La crisis del estado nación en América Latina a partir de los noventa ha conducido no solo a la profunda crisis del sistema político de representación y liderazgo, sino al funcionamiento de una política cada vez más dependiente de la relación mediática. Pero las mujeres apenas acceden al poder político y los medios las invisibilizan en la llamada prensa de interés general o la presentan como símbolo fetiche del consumo incluso en países donde el consumismo propagado por los medios remite a un espejismo.

Se habla con entusiasmo de los kilómetros de fibras óptica que recorren el mundo, de los satélites que permiten chatear en tiempo real con desconocidos en el otro extremo del planeta o estrenar la guerra en los Balcanes, Afganistán o Irak como la taquillera guerra virtual de Steven Spielberg y George Lucas. Pero sólo el 11 por ciento de la población de América Latina tiene acceso al teléfono un invento del siglo XIX.

En este contexto se presentan a las y los investigadores de la comunicación en el continente varios retos, en primer lugar desmarcarnos del discurso teórico globalizador general, muchas veces generado desde esos mismos centros de poder, y situar de qué modo la globalización comunicacional tiene lugar en el continente y sobre todo cómo se involucran las audiencias, los públicos, los receptores, los perceptores o usuarios según los definen las diferentes escuelas. Entre estos desafíos me interesa particularmente la incorporación del enfoque de género como una categoría comunicológica y no simplemente como un concepto tomado de la sociología para hacer investigaciones sobre los medios políticamente correctas o a la moda.

Si coincidimos en que los medios son reproductores del pensamiento dominante en cada realidad específica, constructores del universo simbólico, y en que la comunicación va más allá de la utilización de determinados recursos expresivos o técnicos para resultar esencialmente un proceso de producción compartida de significados a través de los cuales los individuos dotan de sentido sus experiencias, coincidiremos también en la incidencia de los medios en la conformación de lo femenino y lo masculino, y a su vez, en el condicionamiento que estas visiones ejercen en la construcción, emisión, resignificación, apropiación y rechazo de los mensajes.

Toda relación social se estructura simbólicamente y todo orden simbólico se estructura a su vez discursivamente. La construcción de los discursos mediáticos está profundamente marcada por los estereotipos sexistas.

Se impone entonces profundizar en la formulación de las rutinas productivas, en los valores noticias que invisibilizan a las mujeres y presentan a los hombres como portavoces de todos los saberes, en el proceso mismo de construcción de la realidad mediática y en los procesos de recepción.

La propuesta del género en la comunicación es cambiar la mirada, ver y asumir las otredades por ello resulta tan transgresor y provoca la burla del desconocimiento o el rechazo del desconcierto en muchos círculos de comunicadores y comunicadoras.

Pero no es posible acercarse realmente a cómo se articula la construcción de las identidades en la vivencia de un presente narrado por la preeminencia de la globalización neoliberal sin el enfoque de género como categoría analítica.

Con esa fuerza desmitificadora se impone analizar entre otros aspectos la visión apocalíptica que muchas veces se presenta de la globalización mediática que pretende homogenizar a las audiencias.

Es cierto que las identidades de género se construyen posesionándose, identificándose y diferenciándose en relación con las construcciones culturalmente asignadas de ser hombre y mujer y que en ello desempeñan un papel socializador importante las imágenes y representaciones que diseñan los medios articulados en una dinámica global y dentro de un proceso de integración vertical y horizontal, pero no son el único elemento y en dependencia de los contextos muchas veces ni siquiera tienen un peso relevante.

Como bien señalan Canales y Peinado “Entre las prácticas sociales y su discurso hay siempre una interacción; y el segundo no es una mera emanación de los primeros, sino que retorna sobre aquellos.”

Las audiencias no son una masa homogénea, como se presenta en el paradigma de la globalización mediática neoliberal, las mujeres en particular son diversas y plurales, marcadas por su ser como mujer, pero también por la clase, la raza, la etnia, la opción sexual, el credo, la discapacidad y otros elementos que la particularizan dentro del todo.

Se produce entonces el desfase entre la realidad y la virtualidad del modelo global. En el complejo proceso de mediaciones que caracteriza el proceso de recepción se provocan brechas entre vivencias y modelos mediáticos, entre la uniformidad universal propuesta y la diversidad de la realidad, entre el consumismo proclamado y el espejismo de consumo que caracteriza estos tiempos de crisis económica.

Quien recibe un mensaje mediático determinado –afirma Elizabeth Lozano—no es alguien aislado. Estamos hablando de un sujeto histórico y situado, condicionado por un amplio contexto que sobrepasa siempre a un mero sistema comunicativo, que lo incluye y lo trasciende. Pautas culturales, costumbres arraigadas, el medio próximo en el cual transcurre su vida, su rutina y manera de vivir, ingredientes que entre otros enriquecen y trastocan toda visión simplista. Es un proceso individual y social.

Ignorar el poder de la imagen y la representación sexista sería ingenuo y sumamente peligroso, pero debemos tener en cuenta también la importancia de la mujer y el hombre en la construcción de su propio universo simbólico.

Estudiar los complejos procesos de frustraciones a nivel individual y de grupo que produce no responder al paradigma(por ejemplo las enfermedades de la belleza), reivindicar la necesidad de escuchar en los medios la voz de los excluidos, presentar los nuevos roles que las mujeres han asumido, educar para la comunicación son también aspectos a abordar por las investigaciones con enfoque de género en la comunicación.

La brecha entre la realidad y la ficción mediática, es el espacio para una comunicación con enfoque de género que reivindique la pluralidad y heterogeneidad de lo femenino. Un ámbito que escapa a las recetas, en el que se ofrecen ya alternativas interesantes. Un mundo mejor es posible, una comunicación con equidad y no excluyente también lo es, será esa la única forma en que los satélites, los chips, la fibra óptica, las pantallas líquidas nos ayuden realmente a que el mundo resulte menos ancho y ajeno.

sábado, abril 03, 2010

Diez de cada100 mujeres padecen anorexia en México

Por Verónica Rangel
México.- De cada 100 mujeres en México, diez padecen anorexia y cinco de ellas mueren, mientras el resto sufre las consecuencias de la enfermedad durante toda su vida, informó Azucena Reyes Hernández, especialista del “Hospital Adolfo López Mateos” del ISSSTE, e integrante del “Grupo Comedores Compulsivos”.

Al dictar la conferencia “Trastornos Alimenticios… un suicidio doloroso”, durante la Expo-Mujer que organizó la Escuela Superior de Cómputo del Instituto Politécnico Nacional, advirtió que la anorexia y la bulimia se han convertido en un problema de salud pública; su incidencia registra cifras muy altas y actualmente los hombres también sufren ambos padecimientos.

Con base en cifras difundidas por el sector salud, cada año se registran 20 mil casos de anorexia y bulimia, y la edad promedio de inicio de estos padecimientos es a los 17 años, aunque algunos datos revelan edades de 14 a 18 años.


Citan que el 95 por ciento de los pacientes que padecen anorexia y bulimia son mujeres, mientras que el otro cinco por ciento son hombres.

Durante su exposición, Azucena Reyes Hernández, especialista del “Hospital Adolfo López Mateos” del ISSSTE, e integrante del “Grupo Comedores Compulsivos”, indicó que en su mayoría son jóvenes los que padecen la anorexia, principalmente mujeres solas, inestables, frágiles y débiles emocionalmente.

Recordó que la anorexia se presenta en mujeres que no están contentas con su figura. “Se miran al espejo y éste les refleja una imagen gorda, aun cuando estén en los huesos, y prácticamente se dejan morir de hambre”

Al referirse a la bulimia, Reyes Hernández manifestó que ésta es una enfermedad que tiene que ver con “los atracones de comida”, seguidos de un gran sentimiento de culpabilidad que termina en vómito.

En cuanto a “los comedores compulsivos”, explicó que son aquellos que pretenden olvidar sus problemas o suplir la carencia de afecto con el consumo de alimentos sin límite y durante todo el tiempo.

sábado, octubre 24, 2009

Construcción y representación de género en la moda

Por: Andrés Álvarez
I
La moda implica la instrumentalización de determinados usos y costumbres y su variación o muerte. Permite la circulación de una serie de valores que se potencian en su poder sígnico dentro del espacio social.

(…)No sólo domina nuestra visión del mundo, sino que hace de lo efímero nuestra certeza sensible, llena nuestros oídos, determina, en forma urgente, nuestra estética moral, nuestras miméticas conductas y hasta preconiza un sentido de la idea del bien individual y social.

Es decir que la concienciación de una individualidad y las prácticas que ellas conforman resarcen en el plano de lo cotidiano la nulidad del sujeto en el accionar político, económico, productivo, etc.

El fenómeno del vestir implica una imantación en el cuerpo de determinado discurso y su relación con prácticas inherentes a ciertas lógicas económicas y políticas. La dinámica cultural opera con principios paralelos a los del sistema de la moda en su proceso de funcionalización. La moda como símbolo, encarna en sus prácticas y usos un estado cultural o al menos lo devela en su carácter “subjetivo” u “objetivo”.

La Moda como elemento parametral de la cultura puede verse según la identidad genérica y la identidad específica, cuando la moda se identifique con la mujer o la cultura femenina. La mujer ha sido asociada con las inconstancias de la moda, el exhibicionismo banal y el narcisismo. En realidad, esta asociación puede explicar parcialmente la marginación de la moda dentro de la teoría social, razón por la que se ha considerado «frívola», un sinsentido efímero indigno de la atención académica seria.


Desde el análisis de Bourdieu, las mujeres podrían aparecer, genéricamente, como «víctimas» del dominio simbólico masculino y sus prejuicios míticos. Pues, en cuanto «víctimas», y aunque despojadas de los caracteres arquetípicos amenazantes vinculados con lo femenino -“desde las sirenas o ménades de la antigüedad clásica a las femme fatale hollywoodenses, pasando por la Eva originaria en cuanto introductora del primer «adorno» de la humanidad, la hoja de la higuera, con el que se fundaría míticamente el principio de seducción” – aún continúan reflejando los prejuicios desfavorables basados en la supuesta debilidad «natural» o la inferioridad psicológica de este sexo, según los análisis de Hillman.

Atendiendo a Esther Fischer-Homberger, cuando se habla de «fashion victims» (en sentido genérico) tiene que analizarse todo lo que respecta a la misoginia, las huellas de la conciencia patriarcal y la dominación masculina, “no como dominio de los hombres sobre las mujeres, sino como dominio de los valores fuertes masculinos, patriarcales asociados con el honor, la producción y el logos fálico o tratando a Simmel en sus acercamientos a la cultura femenina -entendida sobre todo en sentido subjetual, y no ya como cultura animi, sino más precisamente como culto del cuerpo, de sus apariencias, la coquetería, el vestido, los adornos- y atendiendo al uso mundano de la expresión anglosajona «fashion victim», la mujer misma es –según los prejuicios patriarcal-racionalistas– una víctima de la moda en sentido genérico.

La asociación de la mujer a estos elementos, deja al margen al hombre, lo que no implica por supuesto, un carácter eternitario de estos supuestos, pues sólo acontece en la memoria de una inexistente naturaleza humana. Cuando la moda ha estado más obsesionada por la diferenciación de género, cuando la moda es más “sexuada”, es justamente en los tiempos modernos (aún sin alcanzar el grado de diferenciación del “dimorfismo victoriano”). El historiador de la moda James Laver propuso que la más significativa división en lo que respecta a la ropa no ha sido entre los géneros, sino entre las prendas ‘drapeadas’ y ‘entalladas’. Por su parte, Flügel, en su célebre ensayo sobre «Psicología de la moda» describe el proceso de la gran renuncia masculina, mediante el cual el hombre deja de ser hermoso, y ello ante todo por el efecto de la ética protestante que va contra el espíritu de la aristocracia. Lo que el hombre quiere ser, a partir de la ética protestante del trabajo, no es bello o deseable, sino eficiente. Sin embargo, en último análisis, el mismo Flügel analiza las diferencias genéricas: los hombres y las mujeres, según él, son distintos por naturaleza: la mujer es más narcisista, más sexual y más competitiva; pero los hombres, por su tendencia al uniformismo (reflejado en el sobrio traje y corbata) resultan más solidarios entre sí.

II
A partir de la década del 50 el posicionamiento de los roles y su representación dentro de los esquemas de la moda comienza a presentar variaciones que complejizan el fenómeno. La muerte de Marilym Monroe se reviste de connotaciones dentro de la íntersubjetividad occidental asociada con la superación de una etapa del mundo. La caída del máximo sex-symbol femenino significó la fisura del glamour y de la mujer representada a través de este. La irrupción de Brigite Bardot propicia la liberación femenina en sus formas más plausibles y menos conflictivas -en estética e indumentaria- pues afianzaba la imagen de mujer seductora y objeto de deseo del hombre. Aún la mujer media quería ser como Doris Day.

El prototipo masculino, situado en el canon de un Rock Hudson correspondiente a un varón serio y trabajador, elegante y sobriamente vestido de oscuro, no logró ser alterado en sus inicios por la figura de un Elvys Presley que en verdad sólo se entrevió como un cantante millonario encargado de enloquecer a la juventud.
Concretamente el hombre inició la década de los 60 a la manera de su abuelo o bisabuelo. El traje aunque se estilizó a finales del siglo XIX, no sufrió cambios considerables, de hecho su moderación y uniformidad, tipificaban la imagen burguesa del hombre mitificado a través del trabajo.

La moda femenina en los inicios de los sesenta no logra desprenderse del new look introducido por Christian Dior en 1947, en el cual todas las prendas y accesorios debían subrayar los elementos de la feminidad a un grado superlativo. Era necesario resaltar las caderas, senos y cintura de una mujer que tenía como máximas aspiraciones contraer nupcias con un hombre emprendedor y victorioso, dedicada a la vida del hogar en plenitud. Para esto debía armarse de lo elegante y chic, lo distinguido y clásico, lo discreto y natural; de fajas y ligas, tacones, faldas-tubo y sostenes de gruesas armazones.

La ruptura de estos esquemas, contrario a lo que suele pensarse se sucedería más por la emergencia de una nueva generación en el marco de las sociedades occidentales y los modos de representación asociados a esta; que por la interacción y el accionar de la lucha de sexos sobre el panorama de la moda.

La juventud a principios de dicha década raramente pudo dejar oír su voz, aún cuando los Beatniks en Estado Unidos, los Blouson noirs en Francia y losReady-boys en Gran Bretaña provocaron ciertos estragos que pusieron de relieve la problemática del momento y los afanes reivindicativos de una juventud.

El mundo occidental de la segunda posguerra había logrado un nivel de vida, sobre todo en sus capas medias, nunca antes soñado. Se crea un espejismo de distensión, donde el placer máximo era comprar para el hogar. La etapa de la Guerra Fría se había sustituido por una coexistencia tolerante de los bloques que se repartían el mundo.

Los Estados Unidos endurecen su postura frente a los vietnamitas, aparecen un tercer bloque de influencias tras la conferencia de Bandung. Las sociedades del bienestar se rigen más por el conservadurismo. Son estos los años en los que la juventud juega un papel decisivo debido a su actitud contestataria y la introducción de una nueva moral.

La nueva generación requería de cambios en las costumbres y la introducción de una nueva moral que removiera el conservadurismo y las simulaciones de crisis en las sociedades del bienestar.

Se dan al unísono dos movimientos, el marcado por la cultura Pop y el Hippie. El primero representado por el Swing London que se desata en la capital británica a raíz de la concentración de un grupo de jóvenes artistas sin perspectivas de trabajo. En San Francisco y Nueva York alcanzaron a partir de 1965 gran apogeo las grandes concentraciones hippies que otorgaron un completamiento al sentido de ruptura juvenil. La vida en comunidad hippie era una alternativa nueva a la familia celular, la exaltación de la naturaleza y la replica a una sociedad urbanizada Este aportaba una visión del mundo y de la cultura y la sociedad. Ambos movimientos parten de su raíz contestataria: lo hippies proponen su indumentaria basada esencialmente en una despreocupación ausente en el pop, en la recuperación de vestimentas de otras culturas y la adopción de multitud de adornos.

La forma en que se representaban estas expresiones y movimientos de contracorriente se extendieron en gran parte de la juventud, se funcionalizan sus modos. Son axiomatizados los valores y símbolos derivados de la independencia y libertad del comportamiento.

De los ídolos musicales partiría lo Pop, cuya duración se inscribe de 1964 –1970 y que vio su nacimiento en Gran Bretaña. Los Beatles, que aglutinaron multitudes en torno a su música, crearon toda una atmósfera y al igual que los Rolling Stones, sentaron patrones en cuanto al corte de pelo y la vestimenta. Ambos jugaron un papel fundamental en el cambio de la indumentaria masculina. Los hombres que mantenían un corte clásico y recortado, comenzaron a dejarse el cabello largo. Los Beatles propagarían el flequillo permitiendo la libertad del cabello masculino. Esto significó una radical transformación de la imagen varonil. Además el grupo Británico desacralizó el uniforme militar, empleó atuendos étnicos, en fin impusieron la informalidad.

En Londres comenzaron a circular muchachas con las faldas sobre las rodillas, quien las proporcionaba era una pequeña costurera de Chelsea que la introdujo entre las chicas de Swinging London. El uso de esta falda llegó a París y Nueva York, por lo que cuando André Courriges propuso a los clientes de la alta costura una reducción de las faldas, ya Mary Quant le había tomado la delantera. Si la estética pop asestó un golpe contra el “hombre-traje”, la Quant jugó un papel igual de decisivo en la imagen de la mujer. Los trajes de noche también eran cortos, más marcados por el hippismo. Estos revalorizaban el papel erótico de las piernas y admitían detalles para remarcar una determinada ingenuidad: cuellos blancos, lazos, botones; para que la mujer simulara una colegiala provista de un elemento erotizador cínico.

El mercado juega en esto una posición medular, pues por vez primera avista en la masa joven un grupo potencial de consumidores. Reenvía sus formas a través de toda la red mediática y de industria cultural. Invierte las posturas e ideologías en mercancía. Los modos de representación de estos grupos y fenómenos culturales intervinieron directamente en el campo de la moda y es lo que da pie a las vanguardias dentro de esta.

Es en este marco que tiene lugar la moda unisex. Por supuesto, los movimientos de liberación para la mujer y todos los reclamos sobre género, la dotaron de una postura más participativa dentro del espacio social. La imagen que las casas de moda fabricarían para la mujer, debía estar a la altura de tales exigencias, de ahí la importación de introducir una serie de atuendos masculinos al guardarropa femenino.

Pero, si embargo, el unisex, más que la aceptación de una libertad de roles, disponía a ambos, fuera de sus espacios de representación dentro del vestir, como consumidores potenciales. El préstamo de un elemento o accesorio, por uno u otro género, era un juego de extensiones. Añadir lo supuestamente masculino o femenino estaba más asociado con una postura del sujeto hacia una proyección de modernidad.

La supuesta equiparación formal de los sexos dentro del fashion, no significaba un debilitamiento de lo que los había definido en su autorepresentación, sino la capacidad de reconocimiento de la misma y la inocuidad de su violentación para la sociedad patriarcal.

El unisex ponía de manifiesto lo performativo del género en aquello que Lacan denominaba como sexuación, la conformación de este a través de la movilidad de una práctica determinada.

Hasta el momento la figura femenina acudía al binarismo para autodefinirse, el unisex acentuaba la autorepresentación femenina mediante lo que la Riviere denominaba como la mascarada feminista.

En “El género en disputa” Butler centra una parte de su estudio en una crítica hacia la antropología estructural, otorgándole una gran importancia al distanciamiento que se produce al interior del estructuralismo del lenguaje, y a la ontología lacaniana, la cual considera determinada por un lenguaje estructurado por una ley paterna. Los conceptos lacanianos, asociados con el logofalocentrismo, tanto en el hombre como la mujer le permiten un abordaje de las teorías sobre la mascarada femenina de Riviere. Señala que para parecer el falo la mujer tiene que recurrir a la mascarada:

(…)La mascarada implica que hay un ser o especificación ontológica de la feminidad anterior a la mascarada, un deseo o reclamos femeninos que están enmascarados y son capaces de ser develados y que, de hecho, pueden prometer un trastorno futuro y el desplazamiento de la economía significante falogocéntrica (…)

La mascarada le permite por un lado el “parecer ser”, una “producción performativa de una ontología sexual” y “la negación de un deseo femenino que presupone alguna femineidad ontológica anterior generalmente no representada por la economía fálica”. Pero Butler sobre todo se centra en estrategias de desenmascaramiento para recuperar la libertad del deseo femenino insubordinado respecto al sujeto femenino.

III
La publicidad de moda fue la que a inicios de los 80 radicalizó el uso del erotismo como mecanismo persuasivo, tras el del ascenso de matrices psicosociales que se afianzaban al sexo por placer y no al sexo como vía de reproducción. El mercado de la moda comenzó a centrar su interés en el hombre como posible consumidor.

Para inicios de los noventa las grandes casas de moda ya tenían estandarizadas líneas de perfumería y ropa interior para hombre. La publicidad no estaba orientada a una mujer que se encargaba de hacer las compras del hombre, sino de un hombre que quería elegir por si mismo. Es en el espacio de la publicidad para moda dónde más se han suscitado redefiniciones icónicas que se potencian como elemento de compra más que el propio producto. La construcción de referentes identitarios asociados al género parte de la agudización de una producción material y una preponderancia de lo mercantil, la centralidad del cuerpo como objeto de conformación de discursividades, y el juego de aparencialidades en la definición de grupos sociales.

El mercado de la moda reorientó una masculinidad en aras de hacerla más dependiente de sus formas de operatividad. El género masculino como construcción cultural está mediada por una serie de parámetros que lo hacían “demasiado independiente para el consumo”: el control sobre las situaciones, el dominio del espacio, el poder en diferentes esferas de lo social. Es en estos años que se acuña el término metrosexualidad, que suponía un hombre más identificado con las tareas del hogar y los pequeños detalles, pero más fundamentalmente, un hombre que extremaba cuidados en cuanto a su apariencia y acudía a toda una cosmética para resaltar sus dotes. Ese hombre metrosexual que perfilaba su belleza no era más que un hombre narcisista.
La postura narcisista se erige como práctica de autodefinición, que a su vez forma parte de la necesaria autoafirmaciónń de la masculinidad como construcción, pero que la rebasa.

La autoafirmación masculina siempre se ejerció mediante el dominio, el control de sus rituales genéricos, la protección constante de dichos rituales y el énfasis por demarcarlos de aquellos propios de la mujer. Este nuevo narcisismo supone maximizar la autocelebración de sus dotes y a su vez se asocia con nuevas maneras de competitividad, más común en la mujer que ha debido realzar sus potencialidades para obtener pareja y mayores posibilidades de la sociedad.

Y es que en estas nuevas maneras de autodefinición, el hombre revisita sus prácticas normativas y rompe el cerco, no tanto de sus formas rituales y performativas, sino de aquellas propias del otro género, de los grupos con formas de representación particulares (como los hombres homosexuales); y aquellas que desde su logocentría le mostró a la mujer para que lo definiera. El resultado es una práctica del deseo sobre el cuerpo propio, no sobre otro semejante al suyo, sino sobre el propio.
El metrosexual asume formas rituales que estuvieron vedadas a los homosexuales como mengua de lo marcadamente masculino.

Varias firmas de moda han desplegado sus campañas de publicidad orientadas a un hombre metro y homosexual, desde la subliminalidad hasta estrategias persuasivas más explícitas, apelando a resortes como el erotismo y el juego entre los roles.
Tenemos el claro ejemplo de Calvin Klein que en su publicidad muestra a un hombre autorreafirmado desde una masculinidad aparentemente hegemónica, al cual se le introducen elementos que lo feminizan, lo que da como resultado un hombre elegante y sumamente estilizado sin dejar de ser viril.

Sin dudas el caso más extremo es el de la marca italiana Dolce & Gabanna, que se vio obligada a retirar su última campaña de los centros comerciales españoles producto de una demanda de el Consejo Nacional de la Mujer. Son constantes los reclamos por parte de organizaciones sobre la violencia hacia la mujer que muestran en sus anuncios y la posición recesiva que ocupa esta en muchas de las propagandas de la firma; y es que en sus imágenes, en verdad, la mujer es un complemento estético, un objeto que le permite al hombre mostrar su drama y disfrutar sus poses.

El anuncio vetado muestra una mujer en el suelo, bajo los brazos de un hombre que la oprime, mientras un coro de hombres semidesnudos disfruta el acto de sometimiento. La imagen logra un juego aparencial, pues el verdadero centro es el hombre y ese otro coro que se autodegusta.

Cada vez es más creciente el género flexibilice, sus parámetros y simbologías e incluya aquellas de los grupos en los que se mantuvo en una postura defensiva. En el caso de lo masculino esas estrategias inclusivas van tomando más arraigo en lo performativo del género. Apreciamos entonces, como la representación de la cualidades genéricas y su iconicidad se resemantizan; y como similares referentes asumen distinto significado dentro de la sociedad. Esta asume dichas trasmutaciones y hace de ellas dominantes culturales.

Pero más ciertamente la rearticulación de lo genérico encarna potencialmente dentro de la lógica mercantil, que la va determinando como estructura cultual y cognitiva dentro de la sociedad contemporánea de consumo.

lunes, abril 20, 2009

La Publicidad y el malestar en la cultura

La publicidad es un tipo de comunicación basado preponderantemente en la imagen, dado que esta es más fácil de percibir, se comprende mejor y más rápidamente. Las grandes corporaciones trasnacionales son las generadoras de las más sofisticadas y masivas campañas publicitarias, por ende son las monopolizadoras de las imágenes ideales. Y a través de la imagen publicitaria, las corporaciones lograron globalizar no sólo sus productos, sus negocios, y los estilos de vida necesarios para dar salida a estos productos, sino que también globalizaron un concepto estético de belleza y fealdad, de lo que es deseable y lo que no.

El esfuerzo publicitario ha logrado instalar en las sociedades una tremenda obsesión por el cuerpo perfecto, pero al mismo tiempo, estimuló una fuerte caída en la autoestima de los consumidores y del autoconcepto que tienen de su propio cuerpo.

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Proyectos Quatters y Stop Obsesión

Parecería que todavía no se reparó en la destructividad sutil que conllevan las entretenidas producciones publicitarias, que generan nuevos modos de exclusión en relación a los que no logran encarnar una apreciable cantidad de ideales.

La marginación social que conlleva la provocación de las imágenes ideales publicitarias no incluye sólo a los pobres, sino también otros tipos de exclusiones, conectadas con el sexo, le edad, el físico, la salud, la capacitación, la pertenencia subcultural, entre otras.
Pero como el discurso publicitario construye sujetos desde la imagen y no desde la autenticidad, supone que la imagen es pasible de ser retocada e incluso rediseñada por completo.

Así es entonces como entran al mercado una amplia variedad de ofertas que apuntan a la imagen: desde regimenes para adelgazar, todo tipo de gimnasias afines, con sus respectivas bebidas, accesorios, indumentaria y su aparatología, hasta tratamientos de belleza y las cirugías estéticas más insospechadas.

El discurso publicitario imita el frenesí purificador religioso, pero no lo aplica al alma sino al cuerpo. La cruzada publicitaria se ensaña con el cuerpo con el mismo encono que en su día lo hizo la Iglesia con lo que era impuro en el hombre. La publicidad ha logrado trasladar la noción de culpa –de pecado- desde un ámbito espiritual a otro material, del alma al cuerpo. Pero no al cuerpo en su totalidad, sino a una parte fragmentada del mismo: el sudor, la caspa, la grasa, las caries, el mal aliento... e incluso el propio olor corporal natural. Por cada fragmentación que la publicidad fabrica del cuerpo, centenares de productos y tratamientos nuevos salen al mercado.

Esta obsesión por las “impurezas” corporales instiga a la gente a que redima su desviación por intermedio de infinitos artículos de estética y estilos de consumo que se focalizan en el cuidado intensivo del cuerpo y su emparejamiento obsesivo con la imagen ideal. Ahora bien, esta preocupación por la “nueva” pureza del hombre y de la mujer, trajo aparejados en la sociedad una larga serie de afecciones psíquicas y físicas.