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sábado, marzo 06, 2010

Apuntes sobre ecofeminismo: Las mujeres y la tierra...

Marta Pascual / World Watch
Rebelión.org.- Ya no hay duda de que las cuentas estaban mal hechas. El crecimiento económico del norte y la promesa de desarrollo en el sur, escondían en la trastienda un proceso de deterioro social y ambiental que podría tener diferentes nombres: cambio climático, sometimiento de culturas indígenas, desertificación, pobreza ecológica, o crisis de insostenibilidad.

La aparente bonanza de los últimos treinta años en el norte rico se ha sostenido en el uso de abundante petróleo barato (un recurso no renovable y que ha empezado a disminuir), en el comercio de recursos naturales a bajo coste, en el expolio de ecosistemas y riquezas del subsuelo, en la explotación de la fuerza de trabajo de los colectivos más frágiles y en la externalización de cantidades ingentes de residuos. El planeta no da más de sí.

Sin embargo la economía y su crecimiento lleva décadas siendo objetivo prioritario de todos los gobiernos, muy por delante de las políticas de protección social. Los datos económicos al uso, sin embargo, no contabilizan la desaparición de culturas, los tóxicos abandonados en un río, la precariedad de la población de los suburbios de las ciudades o la pérdida de biodiversidad. La contabilidad económica ha llegado a computar la destrucción como riqueza. EL PIB sube, por ejemplo, cuando el espacio público se privatiza o cuando la contaminación recorta el acceso a bienes naturales antes de acceso libre.

Nuestro sistema económico se apropia hasta el agotamiento de los recursos gratuitos: bosques, agua limpia, trabajo doméstico… La naturaleza y la vida humana (la tierra y el trabajo) se convierten en simples herramientas para alimentar el crecimiento del capital.

Este reduccionismo económico que ha enfocado nuestra mirada en el dinero, ha hecho desaparecer de las grandes cuentas el puntal en el que se ha de asentar una economía centrada en la supervivencia: el cuidado de la vida. Sin éste no existirá futuro, ni existirán siquiera los economistas haciendo cuentas equívocas.



Para construir y mantener la ceguera monetaria no sólo es necesaria una estructura de poder, sino también un pensamiento que lo sustente: el pensamiento occidental, que subyace, sin que seamos muy conscientes, en nuestra forma de entender la realidad.

El pensamiento occidental ordena el mundo en parejas de opuestos entre sí: naturaleza-cultura, cuerpo-alma, razón-emoción, público-privado. hombre-mujer. Los dos valores de cada par se plantean como separados y excluyentes. Esta organización dicotómica simplifica nuestra comprensión del mundo. Pero los dos términos del par no se consideran de igual valor. Uno es considerado superior al otro. De este modo se jerarquiza la razón sobre la emoción, la cultura sobre la naturaleza y el hombre sobre la mujer. Y por último, un término llega a invisibilizar al otro y erigirse como patrón de la normalidad e incluso de la realidad. Así, el espacio público ocupa nuestro imaginario haciendo casi desaparecer el espacio privado, la cultura pretende someter e incluso desarrollarse al margen de la naturaleza, y los hombres se convierten en la norma del ser humano.

La invisibilización de la naturaleza y de las mujeres ha permitido someterlas y apropiarse de su trabajo, asuntos sin los cuales habría sido imposible el actual desarrollo del sistema económico.

Hay muchos paralelismos entre el sometimiento de ambas: puesto que sus servicios son gratuitos se usan sin contrapartida, ambas se consideran de acceso libre, apropiables, y se espera que sigan ahí a disposición, por más que se las maltrate. Como la madre que siempre atenderá al hijo pródigo, la tierra volverá a darnos sus frutos.

Pero la tierra y el trabajo de las mujeres, tienen un límite: la dignidad y la vida. La crisis ambiental y la crisis de los cuidados son manifestaciones paralelas de este límite.

No hay sostenibilidad sin acompasar la marcha del mundo con los procesos de la biosfera, y entre ellos, con los trabajos que las mujeres vienen realizando hasta el presente. El cuidado y el mantenimiento de la vida son condición de cualquier posibilidad de futuro.

Esta reflexión está en el origen del pensamiento ecofeminista. El ecofeminismo es un movimiento amplio de mujeres que nace de la conciencia de este doble sometimiento y de la creencia en que las luchas contra ambos, el ecologismo y el feminismo, contienen las claves de la dignidad humana y de la sostenibilidad en equidad.

Los movimientos de defensa de la tierra han tenido y tienen entre sus activistas a muchas mujeres. Es conocido el protagonismo de mujeres en el movimiento Chipko en defensa de los bosques, en el movimiento contra las presas del río Narmada en India, en la lucha contra los residuos tóxicos del Love Canal, origen del movimiento por la justicia ambiental en EEUU, como también lo es su presencia en movimientos locales de defensa de terrenos comunales, en las luchas por el espacio público urbano o por la salubridad de los alimentos. En el caso de muchas mujeres pobres, su ecologismo es el ecologismo de quienes dependen directamente de un ambiente protegido para poder vivir.

A mediados del siglo pasado el primer ecofeminismo discutió las jerarquías que establece el pensamiento occidental, revalorizando los términos de la dicotomía antes despreciados: mujer y naturaleza. La cultura protagonizada por los hombres ha desencadenado guerras genocidas, devastamiento y envenenamiento de territorios, gobiernos despóticos. Las primeras ecofeministas denunciaron los efectos de la tecnociencia en la salud de las mujeres y se enfrentaron al militarismo y a la degradación ambiental, comprendiendo éstos como manifestaciones de una cultura sexista. Petra Kelly es una de sus representantes.

A este primer ecofeminismo, crítico de la masculinidad, siguieron otros propuestos principalmente desde el sur. Estos consideran a las mujeres portadoras del respeto a la vida. Acusan al “mal desarrollo” occidental de provocar la pobreza de las mujeres y de las poblaciones indígenas, víctimas primeras de la destrucción de la naturaleza. Este es quizá el ecofeminsmo más conocido. En esta amplia corriente encontramos a Vandana Shiva, María Mies o a Ivone Guevara.

Superando el esencialismo de estas posiciones, otros ecofeminsmos constructivistas (Bina Agarwal, Val Plumwood) ven en la interacción con el medio ambiente el origen de esa especial conciencia ecológica de las mujeres. Es la división sexual del trabajo y la distribución del poder y la propiedad la que ha sometido a las mujeres y al medio natural del que todas y todos formamos parte. Las dicotomías reduccionistas de nuestra cultura occidental han de romperse para construir una convivencia más respetuosa y libre.

Desde parte del movimiento feminista, el ecofeminismo se ha visto como un posible riesgo, dado el mal uso histórico que el patriarcado ha hecho de los vínculos entre mujer y naturaleza. Puesto que el riesgo existe, conviene acotarlo. No se trataría de exaltar lo interiorizado como femenino, de encerrar de nuevo a las mujeres en un espacio reproductivo, negándoles el acceso a la cultura, ni de responsabilizarles, por si les faltaban ocupaciones, de la ingente tarea de rescate del planeta y la vida. Se trata de hacer visible el sometimiento, señalar las responsabilidades y corresponsabilizar a hombres y mujeres en el trabajo de la supervivencia.

Si el feminismo se dio bien pronto cuenta de cómo la naturalización de la mujer era una herramienta para legitimar el patriarcado, el ecofeminismo comprende que la alternativa no consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en “renaturalizar” al hombre, ajustando la organización política, relacional, doméstica y económica a las condiciones de la Vida, que naturaleza y mujeres conocen bien. Una “renaturalización” que es al tiempo “reculturización” que convierte en visible la ecodependencia para mujeres y hombres.

Si situamos en el centro de nuestros cálculos, de nuestra práctica económica y política, de nuestros juicios éticos y de nuestras luchas el cuidado de vida, la tierra y las mujeres dejarán de ser esas grandes olvidadas.


Marta Pascual pertenece a Ecologistas en Acción

Fuente: World Watch n. 30. Hacia el Sur Cuaderno de ACSUR

viernes, febrero 19, 2010

Discriminación de género en el acceso a la tierra...

La Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de Naciones Unidas ha denunciado que, "en la mayor parte del mundo", las mujeres se encuentran "muy por detrás de los hombres" en lo que respecta al acceso a la tierra, "a pesar de que las mujeres producen grandes cantidades de cultivos alimentarios y desempeñan un papel crucial para mantener y atender a sus familias".

La FAO ha puesto en marcha este miércoles 'La Base de Datos sobre Género y Derecho a la Tierra', elaborada a partir de consultas con organismos nacionales de estadísticas, universidades y organizaciones de la sociedad civil, entre otras fuentes, y que ofrece información actualizada sobre la forma en que hombres y mujeres de 78 países difieren en sus derechos legales y el acceso a la tierra.

Esta base de datos pone de relieve "uno de los principales escollos al desarrollo rural: las desigualdades generalizadas entre hombres y mujeres en relación al acceso a la tierra", según declaró la organización en un comunicado con motivo del lanzamiento en Internet de esta herramienta.

"En la mayor parte del mundo las mujeres se encuentran muy por detrás de los hombres en lo que respecta a la propiedad de tierras agrícolas y el acceso a los ingresos que generan, a pesar de que las mujeres producen grandes cantidades de cultivos alimentarios y desempeñan un papel crucial para mantener y atender a sus familias", afirmó la FAO.

"La disparidad en el acceso a la tierra es una de las principales causas de desigualdad económica y social entre hombres y mujeres en las áreas rurales", declaró la directora de la División de Género, Equidad y Empleo Rural en la FAO, Marcela Villareal. "Hace peligrar la seguridad alimentaria a nivel familiar y comunitario e impacta en la seguridad alimentaria y el desarrollo a nivel nacional", agregó.


LA BASE DE DATOS

La base de datos abarca tanto las leyes nacionales y costumbres que rigen el uso de la tierra, los derechos de propiedad y herencia, los tratados y convenios internacionales, la tenencia de la tierra y las instituciones relacionadas, las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en la cuestión de la tierra y otras estadísticas relacionadas.

A la hora de buscar los perfiles de los países, los usuarios pueden descubrir respuestas a cuestiones específicas, como el número total de propietarios agrícolas, la cifra total de mujeres que poseen tierras y de las familias rurales encabezadas por mujeres. Pueden también establecer comparaciones sobre un tema determinado entre dos o más países.

"Los responsables de las decisiones a todos los niveles tienen ahora, por un lado, una fuente completa de información sobre las cuestiones más relevantes que afectan a la igualdad de los derechos a la tierra en sus países y, por otro lado, la posibilidad de hacer comparaciones entre tendencias y situaciones en sus propios países y en otros", aseguró Zoraida Garcia, experta en la investigación sobre género y desarrollo de la FAO.

Uno de las patrones básicos que aparecen en la base de datos, según García, es la gran distancia entre los derechos formales y la práctica. En muchos casos, las constituciones nacionales admiten que hombres y mujeres poseen el mismo derecho a la tierra, pero la realidad cotidiana es "muy diferente". A menudo, estos derechos están amenazados por leyes que entran en conflicto o antiguas prácticas tradicionales e institucionales que asignan los títulos de propiedad y las herencias a los varones.

jueves, abril 23, 2009

Día Mundial de la Tierra: Ecofeminismo, una visión ambientalista que entrelaza Derechos Humanos

Por: Alejandra González Méndez/ CIMAC Noticias
El 22 de abril de 1970, el senador norteamericano Gaylord Nelson instituyó el Día Mundial de la Tierra, como resultado de una preocupación colectiva por el daño ocasionado al planeta, y los problemas que éste conlleva. La finalidad era establecer responsabilidades y tomar cartas en el asunto.

La participación en aquella ocasión fue extensa, escuelas, organizaciones civiles y medios de comunicación se unieron de manera voluntaria con la intención de crear una conciencia ecológica en común. A 29 años de la primera celebración, esta inquietud sigue vigente, y diversas organizaciones civiles han nacido con el objetivo de proteger el planeta que habitamos.

La presencia de las mujeres en el cuidado de la tierra no se ha quedado atrás, y es fundamental visto desde cualquier ángulo, además de que representan 50 por ciento de los habitantes del planeta son mujeres.

En los últimos años, las mujeres han adquirido un papel bastante activo en el cuidado de la tierra. El surgimiento del ecofeminismo es una respuesta a la preocupación de las mujeres por alcanzar un cambio en las relaciones entre hombres y mujeres, y la relación de ambos con la ecología.

De acuerdo con las ecofeministas, la característica biológica de las mujeres para gestar y crear vida, les permite tener un mejor contacto, entendimiento e identificación con la naturaleza.

Además de acuerdo con Vandana Shiva, representante del ecofeminismo, el feminismo y el ecologismo tienen objetivos comunes, como la igualdad de derechos y la abolición de jerarquías.

Además, suelen ser las mujeres las que se ven más afectadas por los problemas ocasionados por la falta de un desarrollo sustentable, siendo así, las que mejor comprenden los efectos de los daños a la tierra.

Tomando en cuenta estos puntos de vista, la perspectiva femenina juega un rol fundamental en la protección del medio ambiente y en la búsqueda de un desarrollo sustentable, que es uno de los temas más importantes de la agenda mundial.

Sin embargo, los hacedores de políticas en el mundo son en su mayoría hombres, y esta no es una excepción cuando hablamos de políticas ambientalistas.

Es por esta razón que en los últimos años ha surgido un movimiento ambientalista con sensibilidad de género.

De acuerdo con Ulrike Roehr directora de GENAnet, organización alemana que promueve esta tendencia, este movimiento pretende “enfrentar los problemas ambientales con una visión más amplia, que considere una diversidad de percepciones, actitudes y tácticas, que establezca medidas de prevención en lugar de medidas a posteriori, y que se base en objetivos comunes y medidas que se complementan unas a otras, significa la participación activa de mujeres y de hombres y conlleva una mayor aceptación de las medidas propuestas.”

En la actualidad existen diversas organizaciones de mujeres que buscan la protección del medio ambiente y que actúan desde diversas plataformas, organizaciones que promueven la conciencia ecológica a través de la adquisición de ciertas medidas en los hogares u oficinas, hasta movimientos que buscan tener injerencia en la toma de decisiones y la elaboración de políticas ambientales, con una perspectiva femenina.