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lunes, febrero 28, 2011

España: Campaña por la Belleza Real

Tomado de: Palabra de Mujer
Durante demasiado tiempo, la belleza ha sido definida por cánones y estereotipos agobiantes y restrictivos. Nos habéis dicho que ha llegado el momento de cambiar todo esto. Y estamos de acuerdo.

Porque creemos que la belleza real se encuentra en la diversidad de formas, tallas y edades. Por este motivo, hemos decidido iniciar la Campaña Por la Belleza Real.

La campaña global de Dove Por la Belleza Real tiene como objetivo cambiar esta situación y ofrecer una nueva visión de la belleza que sea más tolerante, más saludable, más democrática. Una visión de la belleza que todas las mujeres puedan tener y disfrutar cada día.

Link web de la campaña y ver el video “Avalancha”

viernes, diciembre 11, 2009

Belleza, seducción y sumisión... ¿Muestras de poder de las esposas en la edad media?

Por: Isabel González R. / Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, vol. 10, no. 25
Las mujeres son artífices y oficinas de la vida, y ocasiones y causas de la muerte. Hanse de tratar como el fuego, pues ellas nos tratan con fuego. Son nuestro calor, no se puede negar; son nuestro abrigo; son hermosas y resplandecientes; vistas alegran las casas y las ciudades; más guárdense con peligro, porque encienden cualquier cosa que se les llega, abrasan a lo que se juntan, consumen cualquier espíritu de que se apoderan, tienen luz y humo con que hacen llorar su propio resplandor.
Quien no las tiene está a oscuras; quien la tiene está a riesgo; no se remedian con lo mucho ni con lo poco; al fuego (...) fácilmente se tiene y fácilmente se pierde (...).

Plutarco

Por mucho tiempo la historia ha ignorado la presencia de las mujeres; le ha resultado más atractiva la figura de los hombres por el simple hecho de que éstos siempre se han relacionado con los espacios públicos, es decir, con el poder. Esta actitud se manifestó, a su vez, en una voluntad deliberada de someter y excluir a la mujer del mundo del trabajo, el saber, la cultura y la ordenación religiosa, por ejemplo.

Así, las mujeres desde siempre, fueron reducidas por los mecanismos de dominación masculina a ser simples objetos pertenecientes al espacio privado: el hogar. Mujeres objetos con roles específicos que cumplir, por cierto. Precisa Gioconda Espina que: «Las funciones dentro del espacio reproductivo (sexualidad heterosexual y monogámica, maternidad, crianza de los hijos y trabajo doméstico) están previstas para ella en esa ley, así que aunque la expresión de la femineidad varía según las diferencias de clase, época y otras circunstancias, la situación de las mujeres es siempre subordinada en relación con los hombres» (1993, 63). De esta manera, por mucho tiempo fueron formadas para conformase con ser vírgenes, religiosas o esposas (madres de proles numerosas, dedicadas al hogar y dispuestas a dar lo mejor de sí mismas a sus familias).

Ahora bien, esas convicciones sobre la supuesta inferioridad innata de la mujer ¿Qué efecto surtió en las mujeres de la época medieval específicamente? ¿El desarrollo de muchas de ellas sufrió alguna suerte de depravación? ¿Cómo canalizaron los deseos propios de todo ser humano de ejercer poder y control?


Lograr una aproximación a cómo se constituyeron como sujetos
las mujeres en el medioevo, es el objetivo del presente trabajo. Para
ello, recrearemos pasajes de la literatura donde se narran sucesos
acontecidos alrededor de algunas mujeres. En ellos observaremos cómo
fueron menospreciadas y maltratadas por el otro, y lo que resultó más
grave aún, por ellas mismas.

A finales de la Edad Media, la Iglesia cristiana hizo del matrimonio
un sacramento, organizándolo e incitando a las personas, que
no pudiesen mantenerse en celibato, a contraerlo. Se exaltó a Sara,
personaje de la Biblia de quien lo único que se sabe es que era la
mujer de Tobías, buena esposa y buena madre (Tobías, 10: 12). Ella
representará desde ese momento, la santidad conyugal. Representará,
también, a la mujer sometida por el marido, porque el matrimonio
como toda institución, tiene una jerarquía en la cual la mujer no
es igual a su pareja. Dos ilustres hombres de la Iglesia antigua dan
fe de eso. San Agustín señaló: «Hombre, tú eres el amo, la mujer es
tu esclava, Dios lo quiso así. Sara, dice la Escritura, obedecía a Abraham
y lo llamaba amo suyo (...) Sí, vuestras mujeres son vuestras servidoras
y vosotros sois los amos de vuestras mujeres» (Sermón 322
citado por Guy Bechtel, 2001, 46). Por su parte, San Pablo lo explica
de esta manera: «Quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es
Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón, y la cabeza de Cristo, Dios»
(1 Corintios, 11: 3). Sólo queda lugar para la obediencia: «Las casadas
estén sujetas a sus maridos como al Señor» (Efesios, 5: 22).

Ahora bien, ¿cuál es la razón primigenia de estas sentencias?

La razón la hallamos en el Antiguo Testamento (libro que tanta responsabilidad
tiene en el calvario que ha sido para muchas personas haber
nacido mujer): la mujer debe estar subordinada porque Eva fue creada
después de Adán, y también, porque: «Eva representa lo negativo,
la parte maldita, la perversidad innata, y sobre todo, cosa que es mucho
más grave, la rebelión ante la posición que el Creador atribuye a la
mujer. Rebelión ante una posición de sumisión casi feudal, de vasalla
frente al que llama su amo, dominus, en latín, señor, su señor, el hombre
que es su marido» (Duby, 1986, 42). Y en el mundo medieval todo
estaba establecido según ese orden social-religioso. Siguiendo ese
precepto, la mujer, criatura débil y perversa per se, debía estar sometida
a Dios, al padre, al marido; si no podía ser virgen, santa o religiosa,
entonces, debía ser esposa y madre. Al respecto, María A. González
explica: «La evolución seguida por las diferentes culturas da cuenta
de un proceso de expoliación de poder y de representaciones valorizadas
de las mujeres, si bien es significativo que coexista el sometimiento
social femenino junto a una imagen (en los mitos, los ritos,
las religiones) de la mujer percibida como poderosa y peligrosa» (1993,
72).

Como puede observarse, en ese mundo predominantemente masculino,
la situación de las mujeres no era nada fácil. Se encontraban
sumergidas en una cultura que les inculcaba desde la infancia: «el
ideal femenino de pasividad y sumisión a sus padres y a su futuro
marido, quien quiera que éste pudiera ser. Su matrimonio, generalmente
a una edad muy temprana, significaba el dominio total por parte del
marido y, en la práctica, la desaparición de todos sus derechos legales
mientras durara el enlace. A pesar de ello, se le exigía también
ser competente y eficaz en el gobierno de la casa una vez casada,
ya que la comodidad material y el cuidado del hogar eran fundamentalmente
su responsabilidad» (Wade, 1989, 44).

Así, una vez asimiladas las enseñanzas impuestas, la mujer cumplía
uno de sus principales objetivos: encontrar un marido. El matrimonio
representaba para ella la posibilidad de ocupar un papel en la
sociedad. De esta manera: «realiza un acariciado sueño, o al menos
una anhelada ambición, pronuncia una promesa que incluye servir y
obedecer, en una ceremonia amable y sencilla» (Vigil, 1994, 92).
Fray Luis de León, en su obra La perfecta casada, señala que
las esposas deben ser «puertos deseados y seguros» para que sus
maridos al regresar al hogar «reposen y se rehagan de las tormentas
de negocios pesadísimos que corren fuera dellas». Esto, claro está,
se debe a que la naturaleza femenina las ha destinado para «agradar,
y servir, y alegrar y ayudar» (citado por Vigil, 1994, 94). Se esperaba
entonces de las mujeres que fuesen dulces, dóciles, obedientes,
pasivas y prudentes, debido a que «El deseo –filial– masculino ha
exigido que la única identidad femenina deba quedar reducida a ser
madres asexuadas y benévolas, sin rastro de ira, de poder y de otro
deseo que no sea el de un hijo» (González, 1993, 73).

Estas convicciones, condujeron a las mujeres a ser deseables,
en vez de desear ser amadas por lo que eran. Encontraron poder en
la fuerza de una imagen (la suya), en lugar de hallarlo en la responsabi-
lidad de sus propios actos. No es de extrañar entonces, que terminaran
sintiéndose resentidas, frustradas y fuera de control al sacrificar
sus deseos y necesidades reales para satisfacer los deseos de ese
Otro representado en el marido: que fuesen la madre perfecta y esposa
ideal (Young-Eisendrath, 2000).

Este comportamiento trajo una doble condena para las mujeres:
lo eran si reclamaban respeto hacia sí mismas (las llamaban dominantes,
brujas), y si no lo hacían, en el fondo de su ser, surgía un
gran malestar: el de sentirse inmaduras, derrotistas, dependientes o
reprimidas al cumplir lo que la sociedad de su época les impuso: obedecer
servilmente al marido.

Estas imágenes las hallamos reflejadas en los personajes femeninos
de dos cuentos: Alicia, en “La comadre de Bath” y Griselda en
“El cuento del Erudito”, ambos incluidos en la obra literaria Cuentos
de Canterbury, escrita por el inglés Geoffrey Chaucer a finales del
siglo XIV. Estos cuentos ejemplifican qué sucede en las mujeres cuando
no se les permite expresar su necesidad de reconocimiento como
actores coprotagónicos de la sociedad, sino cuando sólo destacan por
su belleza, gracia o generosidad, así como por su sumisión.

“La comadre de Bath”
Alicia Bath es presentada como una mujer abundante en palabras,
lasciva y mandona (lo que en nuestra época solemos denominar
“una cuaima”). Con gran elocuencia, Alicia señala “que lo que más
le gusta a las mujeres es mandar”. Esto lo plasma al narrar las vicisitudes
de sus cinco matrimonios y cómo ella, mediante su sexo, astucia y
contundencia logra dominar a sus distintos maridos.

Sin embargo, cuando nos acercamos a ella, percibimos en Alicia
que el peso de la cultura patriarcal ha hecho mella en su personalidad,
y que sufre, por ejemplo, por el paso del tiempo, ya que éste
acabó con sus grandes armas: la juventud y la belleza. «¡Ay, Jesucristo,
Dios mío! Cuando lo recuerdo todo y me acuerdo de mi juventud y
alegría, el cosquilleo me llega a lo más hondo del corazón. Hasta la
fecha hace bien a mi corazón recordar el empuje de mi juventud. Pero
la edad, ¡ay!, que todo lo estropea, me ha despojado de mi belleza y
de mi auge» (Chaucer, 1999, 212).

Alicia sentía que su poder femenino se basaba en su juventud y
belleza; que sólo por éstos sería “bonita y deseada”. Este pensamiento,
recurrente en la gran mayoría de mujeres de todas las épocas, no
debe causar extrañeza. En un mundo gobernado por el deseo masculino,
las mujeres, son valoradas por su imagen corporal y no por
sus acciones; parecieran que son impulsadas por el deseo de ser deseables,
en lugar de ser estimuladas por el deseo de ser conocidas
y amadas. Así, quedan reducidas a ser objetos de deseo de los hombres,
lo que a su vez, reafirma la condición dominante de éstos. María
A. González aclara: «Al ser reducida a objeto codiciado por otros hombres
y expropiada del significado económico y social de sus funciones
doméstico-maternales, su cuerpo –su capacidad de dar placer y
crear nuevas vidas– y su trabajo –asegurar el mantenimiento cotidiano
físico y psíquico de todos los seres humanos– quedan sometidos al
control y a la dependencia masculina» (1993, 76).

Al asumir que su mayor poder (si no el único) residía en su apariencia
física, Alicia quedó determinada por los viejos hábitos del patriarcado.
Estos hábitos originaron en ella «miedo y vergüenza al notar
que su apariencia no estaba a la altura de la musa» (Young-Eisendrath:
2000, 71).

Todavía en la actualidad, resulta imposible para un gran número
de mujeres mantenerse totalmente libre del mensaje que ensalza a
la belleza como sinónimo de poder femenino. De esta manera, niñas
y mujeres crecen y se desarrollan en un ambiente viciado, en el que
se destaca permanentemente la descripción física de la mujer, qué
prendas usa y cuál es su aspecto. Y aunque resalte un logro femenino,
los medios de comunicación por ejemplo, se empeñan en emparentarlo
con la presencia o ausencia de la belleza de quien lo ejecutó.

Así, una mujer que alcanza sus objetivos y también es bella,
puede encontrarse con la opinión de que sus logros contaron con la
ayuda de su gracia física. Por otra parte, de una mujer exitosa y que
no cuente con el atributo de la belleza, pueden decir que su éxito
es una recompensa por la ausencia de ésta.

De esta manera, en las sociedades patriarcales la apariencia de
la mujer está condenada a ser su mayor poder. Y así, cuando la belleza
está ausente, aparecen el temor y la vergüenza por no estar a la altura
de la imagen anhelada. Por ejemplo, muchas mujeres que se encuentran
bajo el domino masculino se aíslan y se amargan porque
sienten que ya no forman parte de la fantasía masculina.

Pero no son los medios de comunicación los únicos encargados
de trasmitir a las mujeres estos mensajes deformados acerca del poder
femenino. Las madres, por su parte, contribuyen notablemente
para que este patrón se repita una y otra vez. Las constantes idas
al gimnasio y a la peluquería para cuidar la imagen, son ejemplos magistrales
que transmiten a las hijas la importancia de la apariencia física.

Estos comportamientos dicen del miedo que tienen las mujeres a ser
vistas con desprecio si su apariencia no luce cuidada con esmero.
De esta forma, las madres, muchas veces, conducen a sus hijas a
estar atadas a la apariencia para cubrir sus necesidades de seguridad
y halagos. Refuerzan la coquetería, la indefensión y sumisión para
ser deseadas, fortaleciendo así, las imágenes masculinas de belleza
y valía femeninas.

Un punto importante a destacar es que esos hábitos eran trasmitidos
a Alicia por su madre. La madre de Alicia la animaba a convertirse
y mantenerse en el rol de objeto de deseo. Alicia cuenta que:
«Le hice creer que me había hechizado (mi madre me enseñó ese
truco). También le dije que soñaba con él durante toda la noche y
que en el sueño él intentaba matarme allí donde yacía y que la cama
estaba empapada de sangre. A pesar de ello, esperaba que él me
diese suerte, pues la sangre significa oro, o así me lo habían contado.

Y todo eran mentiras. No soñaba nada que se le pareciese. Pero en
esto como en muchas otras cosas yo seguía, como de costumbre,
las enseñanzas de mi madre» (Chaucer, 1999, 214).

Este pasaje del cuento muestra cómo las madres insisten en que
sus hijas se adapten a las exigencias del patriarcado y lo mantengan
en vigencia. El porqué de este hecho, lo aclara María A. González:
«A causa de su propio sometimiento, de su dependencia y de la interiorización
de la desvalorización de que ha sido objeto, la mujer constituye
la trasmisora ideal de un sistema de valores que se vehiculiza
a través de ella, conformando una estructura psíquica, acorde con
las necesidades masculinas-sociales, que han anclado a la mujer en
una hipervalorización y protección del narcisismo (inflacionado) del
varón y en la consecuente envidia a sus prerrogativas» (1993, 77).

Y la seducción fue una forma de poder que Alicia aprendió para
lograr que el joven Jankin se casase con ella: «Siempre seguí mis
inclinaciones, guiada por las estrellas, las cuales hicieron que jamás
pudiese negar mi cámara de Venus a cualquier mozo que la quisiese
(...) Bueno, a finales de aquel mes, este guapo estudioso, el garboso
Jankin, se había casado conmigo con toda la debida ceremonia» (Chaucer,
1999, 215).

De esta forma, nuestra heroína manifiesta un sentimiento de triunfo
sobre el deseo sexual masculino. Sintiéndose sexualmente atractiva,
manipuló el sexo como un subproducto para obtener la atención del
objeto de su atención.

Alicia, con un sentimiento de control sobre su propio cuerpo emparejado
con un sentimiento de triunfo sobre el deseo sexual masculino,
sintió que obtuvo lo que deseaba: «Pero al fin, después de riñas y
peleas interminables, se hizo la paz entre nosotros. Él me entregó
las riendas del hogar y yo tuve el gobierno de nuestra casa y de nuestras
tierras (...) Desde aquel momento, por tener yo el domino del vencedor,
le tuve a mi merced» (Chaucer, 1999, 220).

De esta manera “El cuento de la comadre de Bath” muestra, de
forma irónica, las incongruentes ideas de una mujer fuerte, que se
debate entre lo que siente y lo que “debe ser”, convirtiéndose así en
su propia enemiga.

“El cuento del erudito”

Este cuento también toca el tema del matrimonio. Uno de sus
puntos principales es el de quién manda en el matrimonio y quién obedece.
En él resaltan los protocolos sociales femeninos, esto es, cómo
se supone que las mujeres deben actuar para obtener poder femenino:
discretas, indirectas e invisibles, en vez de ser francas, abiertas, falibles.
La protagonista, Griselda, es una mujer que asimiló en demasía
lo que se esperaba de una mujer para convertirse en una buena esposa.
Ella resalta como una muestra de las mujeres que repetidamente transforman
sus necesidades de autonomía y poder adaptándose a las exigencias
de las instituciones patriarcales, para cumplir cabalmente con
los roles de objeto de deseo, esposa y madre.

En el relato observamos a una mujer humillada por su marido
en grados insoportables e inimaginables. Y cómo gracias a su ¿admirable?
paciencia logra mantener el amor y la confianza de éste, para vivir
feliz junto a él, hasta que la muerte los separe.

Griselda era una chica llena de virtudes: bondadosa, bella, oficiosa,
cuidaba de su padre viejo y enfermo con gran devoción y cariño,
hilaba la rueca y vigilaba a sus ovejas cuando pacían en el campo.
Solamente holgazaneaba cuando dormía. El príncipe Walter la escogió
como esposa por todas las cualidades que poseía. Era la mujer
hecha a su medida. Cuando la pidió en matrimonio le dijo con mucha
“ternura”: «Griselda, debéis entender claramente que tanto a vuestro
padre como a mí nos resulta satisfactorio que yo me case con vos;
supongo que estáis también dispuesta a ello. Pero, no obstante, debo
formularos estas preguntas, ya que todo debe hacerse con tanta premura:
¿consentís, o bien os gustaría pensarlo bien? Os pregunto si
estáis preparada a complacer todos mis deseos sin dilación; que yo
tenga libertad de hacer lo que me parezca mejor, tanto si esto os proporciona
placer o dolor; que vos nunca murmuréis o protestéis; que cuando
yo diga ‘sí’, vos no digáis ‘no’, ni de palabra o frunciendo el ceño.

Jurad esto y yo os juraré nuestra alianza, aquí y ahora». Ella, perpleja
y temblando de respeto respondió: «Señor, no soy digna ni merezco
el honor que me ofrecéis; cualquier deseo vuestro es también
el mío. Y aquí mismo juro que nunca, voluntariamente, os desobedeceré
ni con los hechos ni de palabra, aunque ello me cueste la vida
y no tengo el menor deseo de morir» (Chaucer, 1999, 272).

Sin embargo, el virtuosismo de Griselda, su buena naturaleza,
su discreción y amabilidad no fueron suficientes para satisfacer el deseo
de dominación de Walter. Señala María A. González que: «El sometimiento
femenino juega entonces la función de proteger la precaria identidad
masculina. Con la dependencia y sumisión de las mujeres los
hombres pueden negar su (la humana) fragilidad intrínseca y su dependencia
de ellas» (1993, 75). ¿Cuán lastimada estaba la identidad masculina
de Walter? Debe haberlo estado mucho. El relato indica que
para reafirmarse a sí mismo se ensañó contra su esposa cuatro veces;
como un cruel verdugo la castigó cada vez, garantizando así,
su capacidad para subyugarla.

Pero ¿Y ella? ¿Qué la condujo a acceder que (supuestamente)
matara, primero a su hijita y luego a su pequeño hijo? ¿Por qué aceptó
que posteriormente la repudiara como esposa? ¿Qué la llevó a servir
a la nueva esposa de Walter? ¿Por qué le perdonó todos esos
años de silencioso sufrimiento (cierto es que sufría mucho), cuando
él manifestó que fueron necesarios para probar que ella era digna
de seguir siendo su esposa? ¿Cuál fue la causa de ese exagerado
sometimiento femenino?

Si bien es cierto que Griselda es un personaje de ficción, no hay
que olvidar que la literatura, frecuentemente, marcha a caballo entre
la realidad y la ficción, y a veces, para aproximarse mejor a la verdad,
es necesario recurrir a la invención. Por eso, Griselda permite
un acercamiento a la subjetividad femenina de esas mujeres que teniéndose
en tan poca estima, transgreden los límites de lo tolerable; que
muestran ese lado oscuro del deseo humano, «la cara maligna que
se presenta como apego, impulsividad, adicción» (Young-Eisendrath,
2000, 13).

Esas mujeres, acota María A. González: «buscarían narcisizarse,
restaurar sus heridas a través del Amor, considerado como el modo
femenino privilegiado para velar la castración. Según ello, la pérdida
del amor sería para la mujer la causa de su mayor angustia» (1993,
77). Las mujeres representadas por Griselda dan la impresión de que
sólo buscan ser aprobada por el otro para retenerlo a su lado, sin
entender las implicaciones que ese hecho tiene para sí mismas.
Alicia y Griselda reflejan lo que puede sucederle a las mujeres
cuando no ven, ni permiten a los demás ver sus fallos de una manera
transparente; al no reconocer sus debilidades, no se abren para ser
realmente amadas por los demás. De esta manera, al poder examinar
hechos como éstos, inherentes a la condición humana a través
de los relatos mencionados, se hace evidente el valor del arte en general,
y de la literatura particularmente, porque abren de par en par
el alma humana y permiten ver sus abismos.



Referencias Bibliográficas

Bechtel, Guy. Las cuatro mujeres de Dios. Barcelona: Ediciones B, 2001.
Chaucer, Geoffrey. Cuentos de Canterbury. Madrid: Ediciones Cátedra, 1999.
Duby, Georges. “Las condiciones de la mujer en el sistema feudal”. En: Analítica.
Nos. 8 y 9. Caracas, ECFC y Fundanalítica, enero a diciembre,
1986. Pp. 39-53.
Espina, Gioconda. “Psicoanálisis y subordinación femenina”. En: Diosas, musas
y mujeres. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana, 1993.
González de Ch., María A. “Conformación de la subjetividad femenina”. En:
Cuerpo y subjetividad femenina. Salud y Género. 6XXI, 1993.
La Sagrada Biblia. (Traducida de la Vulgata Latina). Buenos Aires: W. M.
Jackson Editores, 1958.
Vigil, Mariló. La vida de las mujeres en los siglos XVI y XVII. (1ra. edición
1986). Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1994.
Wade, Margaret. La mujer en la Edad Media. (1ra. edición 1988). Madrid:
Editorial NEREA, 1989.
Young-Eisendrath, Polly. La mujer y el deseo. Barcelona: Editorial Kairós,
2000.

viernes, octubre 16, 2009

Los estereotipos femeninos, un ejemplo de misoginia funcional ...

Arremete el mundo de la moda contra las mujeres con curvas
Fuente: Cimac Noticias
De nuevo, el mundo de la moda da de qué hablar. Ahora, el diseñador alemán Karl Lagerfeld se encuentra en el vórtice del huracán por haber declarado que está en contra de que mujeres “reales” desfilen por las pasarelas y por haber dicho “no” a las curvas.
Lagerfeld (en la Imagen) declaró hace tiempo que él no diseña para mujeres con sobrepeso.
“Nadie quiere ver a una mujer redonda”, aseveró en declaraciones que, según diversas agencias internacionales, reprodujo el sitio telegraph.co.uk.

Al creador, de 71 años de edad, no parece importarle que los estereotipos femeninos y los estándares de belleza internacionales estén socavando la autoestima y la salud de la mitad de la población mundial, ni que sus palabras constituyan ejemplos de discriminación y violencia extrema contra las mujeres que no responden al “ideal” implantado por el sector en que trabaja.

Desde su perspectiva, “en la moda hay mucho de sueños e ilusiones, por ello no es adecuado ver mujeres con curvas”. Y con esas palabras atenta contra las ilusiones y los sueños de todas las mujeres del mundo que, sin pertenecer al mundo de las pasarelas, aspiran a ser aceptadas tal como son.


LAS CIFRAS

Los estragos de los estándares femeninos de belleza en la salud de las mujeres con cada vez más evidentes: sólo en México, bulimia y anorexia afectan a más de dos millones de personas. Según el Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán, 0.5 de menores de 15 años presenta algún síntoma de trastorno alimentario; de cada diez pacientes, nueve son mujeres de entre 15 y 26 años.

Asimismo, anualmente se registran en el país aproximadamente 20 mil casos de anorexia, de los cuales 90 por ciento corresponden a mujeres; la mitad de ellas desarrolla también bulimia, de acuerdo con datos de la organización Eating Disorders México y el Sistema para el Desarrollo Integral de la Famila (DIF).

En cuanto al resto del mundo, anorexia y bulimia afectan a siete millones de mujeres y a un millón de hombre; el país líder en ambos padecimientos es Japón, seguido por Argentina, de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

VIOLENCIA SIMBÓLICA, MISOGINIA FUNCIONAL

Ante estas cifras, se torna evidente la necesitad de una visión crítica de la cultura de la delgadez, la cual, según investigaciones de la Fundación Ellen West, es una estrategia de control contra las mujeres, pues son ellas las más juzgadas por su apariencia física, lo que constituye, a todas luces, un ejercicio de violencia simbólica por parte de una cultura machista.

Asimismo, de acuerdo Rodrigo León Hernández, encargado del área de investigación de esa fundación, “los hombres miran a las mujeres y ellas observan cómo son miradas; al experimentar su propio cuerpo como si fueran los observadores masculinos de sí mismas, se transforman en un objeto visual que vive bajo un esquema de misoginia funcional”.

Vale preguntarse entonces qué es más importante: ¿mantener “el reino de las ilusiones” del mundo de la moda, o detener el embate de los trastornos alimentarios que afectan a las mujeres jóvenes de México y el mundo.

En el universo de las pasarelas, la respuesta es obvia.

LA RESISTENCIA

No obstante, no todo es degradante en el amplio cosmos de la belleza mundial: aunque la empresa Ralph Lauren despidió a la modelo Filippa Hamilton, cuya silueta retocó digitalmente de manera excesiva, la firma, ante la presión internacional, se vio obligada a disculparse.

Por otra parte, en Francia ha comenzado a discutirse la reglamentación del uso de photoshop en anuncios relacionados con la moda, para evitar que se llegue al uso de estereotipos de delgadez extrema en la publicidad.

Finalmente, durante la pasada Semana de la Moda de Milán, mujeres con curvas, mujeres “reales”, desfilaron por las pasarelas y rompieron el tabú que de para modelar es necesaria una delgadez excesiva.

Ellas, como lo hacen a diario miles de mujeres en todo el mundo, demostraron que la verdadera belleza es cuestión de actitud.

sábado, mayo 16, 2009

La tiranía de la belleza: de cómo las mujeres se agreden a sí mismas evaluándose desde una mirada patriarcal a través de los ojos del varón machista

Por: Annerys Carolina Gómez
El fenómeno social de la llamada "tiranía de la belleza" resulta un asunto complejo, debido a la multiplicidad de factores que entran en juego al momento de esta manifestarse, pero creemos necesario reflexionar acerca del mismo a fin de apuntar a lo que la escritora dominicana Denise Paiewonsky ha denominado "el empoderamiento de la esfera personal femenina". En este sentido, la problemática socio-ideológica relacionada con la "belleza hegemónica" y el mantenimiento - preservación de la "eterna juventud", ha arrastrado consigo a numerosas mujeres y niñas a un mundo de malestares psicológicos y emocionales; un mundo lleno de angustias, obsesiones, apasionados esfuerzos y consecuentes gastos de energía en pro de la consecución de ese ideal irrealista de apariencia que nos vende el sistema patriarcal, llegando incluso al extremo de la muerte en algunos casos cuya cifra real aún no ha sido suficientemente cuantificada.

Trataremos de abarcar asimismo la construcción social de la feminidad hegemónica en términos de la objetificación de las mujeres y cómo ésta influye en sus ámbitos relacionales cotidianos, alterando los modos de interacción con los demás géneros y con su mismo género, llevándolas a tomar decisiones y esquemas comportamentales que las agreden a ellas mismas en el ámbito emocional, económico, físico, etc.


Hablar de ello supone reflexionar acerca del trasfondo ideológico que sostiene, estimula y potencia un fenómeno de este tipo y alcance, es decir, sobre cómo el mantenimiento y reproducción de un discurso ideológico específico termina siendo funcional al sistema patriarcal y capitalista que predomina en la mayor parte del mundo, y que, en la medida que privilegia a ciertos sectores detentadores del poder, seguirá siendo reproducido y solidificado mediante la ayuda de las grandes corporaciones en estrecha conjunción con lo que se conoce como los mass-media.

Finalmente presentamos como indispensable y necesaria la referencia a las posibles vías de solución de cara a una progresiva superación y transformación del fenómeno, por lo que haremos mención a algunas estrategias socio-psico-políticas que pudieran tenerse en cuenta -y de hecho se ha logrado en algunos países- para dicho tratamiento.

Comenzaremos nuestro análisis disertando sobre la construcción social de la feminidad. En el sistema patriarcal que viven y han vivido nuestras sociedades, el "cuerpo de la mujer" se plantea como un espacio fundamental de cosificación y control externo, es decir, en un espacio primordial de opresión de género: ha sido considerado y valorado en la medida que se asume y se expresa a través de una dedicación casi exclusiva a "los otros", es decir, a todo lo que no es ella misma. Retomando los planteamientos de la escritora y antropóloga mexicana Marcela Lagarde1, en la cultura patriarcal -que varía su intensidad según el sector social del que hablemos- somos y hemos sido siempre consideradas cuerpo erótico para el placer de otros, cuerpo estético para el goce de otros, cuerpo nutricio para la vida de otros, cuerpo procreador para la vida de otros, y en este sentido, a lo interno del patriarcado somos reconocidas y valoradas sólo en la medida que nos dedicamos a esos tantos otros (sean éstos reales, e incluso imaginarios).

En un contexto social en el que sucede lo anteriormente mencionado, nos miramos a nosotras mismas a través de los ojos de los -y las- demás: Nos miramos al espejo "como un objeto", nos observamos cosificadas. Nos encontramos viviendo en un mundo en el que difícilmente somos valoradas "más allá" de nuestra apariencia física, en un mundo en el que se ha distorsionado la imagen corporal y se ha colocado nuestro cuerpo como único instrumento de poder -si es que así puede llamarse-, como nada más que un instrumento de seducción, nada más que un objeto sexual.

Siguiendo a Lagarde, es en el cuerpo de las mujeres en donde reside el núcleo de sus poderes y de su valoración social y cultural. De modo que desde una moral y estética hegemónicas (en tanto mandato patriarcal) este cuerpo debe permanecer joven y esbelto la mayor cantidad de tiempo que sea posible, a través de la utilización de prácticamente cualquier medio, siendo así rediseñado -de moda en moda- para ajustarse al patrón del modelo estético que esté vigente para el momento.

En nuestra sociedad actual, este esfuerzo por la imitación de ese "ideal" negador de nuestra diversidad y cualidades personales, nos evoca aquella idea de Nicolás Maquiavelo: "El fin justifica los medios"; así, la persecución de este difícil e ilusorio objetivo lleva de la mano a que innumerables mujeres transiten por el camino frustrante y amargo de compararse a sí mismas con esas figuras minoritarias que aparecen en revistas, programas de televisión, reality shows, las cuales son alabadas y aduladas por tantos varones machistas. Esta problemática nos conduce inevitablemente a realizarnos varias interrogantes: ¿qué es lo que provoca esta situación?, ¿qué es lo que motiva a tantas mujeres a atentar en contra de sí mismas en la persecución de algo prácticamente inalcanzable?, ¿acaso ninguna mujer nota el daño que produce en ella misma y su contexto social?, ¿existirá entonces "algo" que invisibilice los daños y agresiones?, ¿algo que los trivialice?, ¿habrá un conjunto de intereses "de por medio" en todo este juego de "ser bellas, atractivas y valiosas" -sexualmente hablando?.

Para intentar responder tales consideraciones, enfocaremos nuestro análisis en la crítica de dos perspectivas ideológicas: una sustentada en el sistema androcéntrico propiamente dicho, y otra ubicada en el contexto de la ideología liberal-capitalista.

Nuestra primera hipótesis emerge desde el ámbito socio-cultural del androcentrismo; pensamos que estas prácticas están sustentadas en lo que se conoce como la "ideología del amor". Se nos ha enseñado desde que somos niñas que el amor "no existe para las mujeres feas", o es muy difícil de conseguir. Los cuentos de hadas que se nos leen desde pequeñas, las películas de princesas que tanto nos alegraban, están todas plagadas con este discurso, que de modo general es siempre: la "princesa rosa", bella, joven y dulce, que por sus mismos atributos físicos conquista a un "príncipe azul" que la salva del horrible dragón o de la malvada madrastra, consiguiendo así vivir juntos y felices para siempre.

En consecuencia, el amor ideológicamente se convierte en el objetivo primordial de toda mujer. Su soporte ideológico patriarcal probablemente ha sido que tal meta -prevista como "destino"- ha sido manipulada históricamente por las clases dominantes para la consecución de sus indolentes fines y el mantenimiento en el poder de las mismas.

Se nos ha enseñado, de igual modo, que la soledad "es mala" y "debe evitarse a toda costa": se nos hace creer que somos seres incompletas que vagamos por la vida buscando nuestra "media naranja", ese ser que nos complementa y nos llena ese vacío identitario que nos han creado e impuesto. Existe un deseo y anhelo de salir de nuestro "aislamiento" mediante el encuentro de otro ser humano, es una necesidad -creada- de compartir el resto de nuestras vidas con él/ella. Se nos ha formado genéricamente, como mujeres, profundamente dependientas de los otros, y se ha estigmatizado temiblemente a la soledad llenándola de aspectos y valoraciones de carácter negativo. Esto es fácilmente visible en frases cotidianas como: "¿necesitas compañía?"; "¿qué te pasa?, ¿estás triste?" -por estar sola-; "¡te vas a quedar sola! y pobre de tí si te pasa...", o en refranes, dichos y frases como "Cuando estamos solas estamos siempre en mala compañía", "la soledad es triste y fría", "la soledad aparece cuando necesitas a alguien en los peores momentos, y los peores momentos aparecen cuando estás sola", etc. Como vemos, hay presente una estigmatización de la soledad, concibiéndose como una especie de vacío tortuoso, "lo que resta" cuando algo o alguien "ya no está".

Esto afecta particularmente a muchas mujeres machistas, pues en un sistema patriarcal en el que percibimos -o nos imponen- al Hombre como superior a nosotras, en un orden social en el que nos sentimos -o nos hacen sentir- inferiores, el significado de ser "encontrada" o "escogida" por uno de ellos es realmente alentador, y cuando no lo logramos, somos cruelmente condenadas, y la sociedad nos cataloga de "solteronas", "feas", "amargadas" o "incapaces". En tal sentido, la feminista Hanna Olsson (1983)2, destaca el factor de la idealización que realizamos las mujeres en las relaciones amorosas, y plantea que el grado de idealización que hagamos de "nuestra pareja" depende del nivel de autoestima que tengamos como personas.

La importancia del "Hombre" para las mujeres dentro de un sistema social así estructurado es entonces crucial: él la convierte en "alguien", le otorga un "estatus", le da un "valor". Esta glorificación del Hombre -nos dice Olsson- además de llevar a la mujer a percibirse como inferior y subordinada frente al varón, también la ciega frente a aspectos de la personalidad del mismo que luego puedan ser destructivos para ella y su relación. En sus palabras: "La esperanza de recibir amor, de ser amada, es tan intensa, que las fantasías encubren la realidad"3.

Todo esto está siendo mencionado para llegar a una conclusión sencilla: "El consentimiento en someterse y renunciar a una misma se convierte en una prueba de amor"(Olsson)4. En ésta las mujeres actúan en base a "Lo que él quiere que yo quiera y cómo él quiere que yo sea" y dentro de estas demandas, evidentemente, se encuentra la demanda de la apariencia.

Muchos varones machistas, en su ejercicio del poder de trascendencia, cosifican a las mujeres, las reducen a un vulgar "pedazo de carne" que es valorado por su atractivo sexual y es explotado en este mismo sentido. Correspondientemente, muchas mujeres machistas en su ejercicio de inmanencia y dependencia actúan mostrándose cosificadas, satisfaciendo las necesidades y demandas por parte de aquellos varones voyeuristas, misóginos, ególatras y megalómanos que las reducen a un veredicto: "Es bella", o, "Está buenísima".

Entonces creemos que la mujer machista, en este sentido, realiza estas prácticas de negación de sí misma -y sus formas propias- en función de la dependencia y apego que (sutilmente o no) se le ha impuesto hacia la figura en particular del varón. Éste apego interpersonal está motivado a varios factores ligados a la condición de género, entre los que podemos mencionar: la fuerza, seguridad y protección que presuntamente le brinda el varón; a la estabilidad y la permanencia confrontada al miedo al abandono o la carencia del ser querido; el miedo a sufrir el desamor y la baja autoestima producida por la carencia afectiva; la adulación, idolatría y admiración al varón machista basada en el miedo a la desaprobación y desprecio por parte del mismo; etc.

Ésta dependencia, por otra parte, genera un patrón específico de relaciones intergenéricas e intragenéricas. A nivel intergenérico existe una creencia de superioridad del varón, provocando que la mujer machista se muestre sumisa y pasiva ante sus deseos; y a nivel intragenérico, se estimulan relaciones de competencia y rivalidad entre las féminas con el fin de conseguir el reconocimiento de un varón determinado, que dentro de este sistema patriarcal será preferiblemente uno asimismo apuesto, exitoso y -casi exclusivamente- machista.

Ahora bien, aproximándonos someramente a aquellos aspectos correspondientes a las motivaciones enraizadas en la ideología liberal capitalista, haremos el análisis y reflexión acerca de los intereses corporativos y de clase contenidos en la macro-industria de la belleza. Para ello, tomaremos como base la manifestación del "estereotipo hegemónico de belleza", que es de carácter primordialmente Occidental.

En nuestra sociedad actual, los rasgos resaltados como "perfectos" o "bellos" son los que corresponden a la morfología básicamente europea y norteamericana. Así, son consideradas como bellas las caras delgadas, con facciones delicadas; narices pequeñas o respingadas; bocas sutiles y un tanto abultadas; ojos claros, grandes y almendrados; cabellos lacios, melenas rubias; senos prominentes; cuerpos esqueléticamente delgados; caderas anchas en relación al torso; piernas delgadas; cutis y pieles suaves, sin acné, sin celulitis, sin acumulaciones de grasa corporal, sin varices, sin arrugas, etc.

En este sentido, mediante la construcción de un único patrón estético -o con muy pocas variaciones- se dejan por fuera innumerables estilos y tipos de físico que no son considerados "igualmente" bellos. Las narices grandes y prominentes son consideradas "grotescas", los cabellos ondulados y rizados son considerados "vulgares", los ojos de color marrón "no llaman particularmente la atención", los ojos achinados o asiáticos son considerados "poco atractivos", los senos pequeños son considerados "disfuncionales", los cuerpos obesos son "repugnantes y no merecedores de deseo", las pieles negras son simplemente "desagradables", etc. Todo esto genera una negación de la propia etnia y cultura , una denegación de la naturaleza propia, un sometimiento de nuestra esencia, una negación de nuestra propia realidad, sobre todo teniendo en cuenta que es mínimo el porcentaje de mujeres que posee aquel otro estereotipo físico hegemónico.

Detrás de toda esta ideología misógina, androcéntrica y patriarcal existen un importante -e impresionante- número de empresas capitalistas que se lucran a partir de estas distorsiones provocadas en la imagen corporal. El proceso biológico de la vejez es clara y cruelmente estigmatizado, provocando una obsesión en nuestras mujeres a evadir el paso del tiempo -que resulta tan natural-. Así, las arrugas son nuestras enemigas, las várices son antiestéticas, las caderas, brazos y abdómenes gruesos son rechazados, y de este modo se produce una frustración generalizada en nuestras mujeres cuando creen en las falsedades y mitos que sostiene toda esta industria comercial -que restringe y mercantiliza la juventud y la belleza-.

Irónicamente, nadie nos obliga a agredirnos como personas y mujeres que somos (al menos, no de modo explícitamente coercitivo), pero toda la que se resiste a la fuerte presión social de "no ser fea", es rechazada y limitada de muchas formas en la consecución de sus diferentes logros: laborales, de salud, políticos, morales, intelectuales, afectivos, etc.

Al respecto, nos dice la escritora Denise Paiewonsky que esta cultura occidental trivializa todo este aparataje corporativo, reduciéndolo a la simple -e individualista- "coquetería femenina": así escuchamos por todas partes clisés del tipo "bueno, una es mujer y hay que verse bonita", "yo me puse tetas porque yo quise, y así me siento mejor... más femenina", o "¿cómo voy a salir tan tapada? ¡Lo que no se exhibe no se vende!", etc. De esta manera se unen toda una red de sectores sociales que estimulan el discurso individualista del "vernos bellas" con la finalidad de procurar el logro de sus metas comerciales, sin importar las encubiertas y ulteriores consecuencias que para sus "clientas" tienen dichos discursos sociales. Para la autora -y nos mostramos en acuerdo con ella- es ésta trivialización la que conlleva a la falta de controles sobre toda esta red de megacorporaciones globales, la cual se sustenta sobre la base de gran variedad y cantidad de mentiras, hipocresías y falsedades.

Y es que no existe hasta ahora ninguna crema que desaparezca la celulitis; no existe ninguna dieta que tenga un 100% de éxito -contando que son en su mayoría agresiones radicales al comportamiento nutritivo saludable de cualquier persona-; no existe ningún ungüento antiarrugas que las desaparezca y mucho menos que logre revertir el proceso de envejecimiento; no existe aparato de ejercicios que en un mes te haga perder 20 kg.; en fin, es frustrante gastar prácticamente todo nuestro salario -además muy escaso- en este tipo de "promesas que nunca se consolidan", logrando únicamente el descenso de nuestra autoestima, nuestra posterior infravaloración, y el aumento acrítico del consumismo y despilfarro económico: en otras palabras, nuestra dependencia.

Este modelo distorsionado y apartado de nuestras realidades, el cual nos imponen las industrias cosméticas, quirúrgicas y mediáticas, genera todo un esquema de comportamientos autodestructivos que van desde las formas más sutiles hasta las más extremas: nos lleva a la automutilación, a quitarnos grasas mediante liposucciones -que son siempre transitorias-, a reducir o aumentar nuestros senos mediante intervenciones que pueden tener innumerables consecuencias negativas para nuestros cuerpos; nos lleva hacia un profundo endorracismo y desprecio por nuestras propias morfologías corporales ancestrales; etc.
Es evidente que toda esta situación no se manifiesta de igual modo para la gran mayoría de los hombres: a ellos se les juzga y valora en base a sus hechos y logros -que dependen de ellos mismos-; a nosotras se nos sigue valorando por nuestra apariencia; de modo que nuestra valoración nos es "externa", no depende de nosotras mismas, y por ello, conlleva a la pérdida de nuestra autonomía, de nuestro control y de nuestra seguridad: La trampa está echada: nos valoramos a nosotras mismas en función de una valoración externa que en gran medida depende de cuánto nos aproximamos a un ideal de belleza irrealista, inhumano, y en la mayoría de los casos inalcanzable.

El resultado es catastrófico para nuestra autoestima -y por tanto para nuestro empoderamiento personal- pero inmejorable para la industria de belleza que se alimenta de nuestras inseguridades en cuanto a la apariencia y crece a costa de agravarlas. (Paiewonsky 1999). [negritas mías]

Toda ésta problemática resulta alarmante, y más aún las cifras y estadísticas que dan muestra del crecimiento de este tipo de -lo que en nuestra opinión consideramos- "atentados a la estética". Es de seguro conocido, por cada una/o de nosotras/os, aquellas consecuencias fatales producto de estas prácticas: se conocen casos de rotura de los implantes mamarios y envenenamiento por absorción de la silicona; casos de contracciones capsulares; infecciones de las heridas provocadas por las mutilaciones; pérdida de sensibilidad en las diferentes áreas del cuerpo; malas cicatrizaciones y formación de queloides; rechazo de las prótesis mamarias; embolias mortales; los numerosos efectos secundarios provocados por los tratamientos adelgazantes; los innumerables casos de anorexia nerviosa y bulimia presentados en adolescentes y mujeres maduras... y toda una gran serie de fatalidades fomentadas por esta industria.

Es ésta situación la que nos lleva a pensar en una solución de manera urgente. No podemos quedarnos de "brazos cruzados" ante un sistema patriarcal que, además de subordinar a las mujeres, les ocasionan daños piso-psiquiátricos que pueden conducirlas incluso a la muerte. Aunque el sólo hecho de plantearnos esta reflexión es de gran ayuda, se necesita mucho más que eso para lograr combatir esta tragedia.

Como parte de las soluciones, rescatamos algunas propuestas hechas por D. Paiewonsky, quien plantea el promover en todos los niveles un abordaje de la belleza desde un análisis político-feminista del cuerpo como ente fundamental de opresión para las mujeres, colocando en la palestra de "lo colectivo" los problemas de autoestima que sufre un gran porcentaje de la población femenina de todas partes del mundo; la demanda de controles y regulaciones apropiadas para protegernos frente a todos estos peligros.

En este sentido, se ha de luchar contra los abusos y excesos de esta industria en dos direcciones: la referida a los riesgos para la salud integral, y la referente a nuestro rol de consumidoras de servicios promocionados sobre la base de mentiras; darle prioridad teórica a la reconceptualización -o diríamos deconstrucción- de la belleza también desde una visión integral, que prime los aspectos de la salud y que admita las diversidades de formas, etnias, "razas" y edades.

Igualmente, rescatando a Carmen M. Guzmán, se propone la creación de un código legal que proteja a las mujeres padecientes de los daños ocasionados por mala praxis médica; obligar a los cirujanos estéticos a que se basen en información veraz y completa acerca de las complicaciones y riesgos de estos procedimientos; que se enfaticen en los procesos de crianza de niñas y adolescentas los valores de fortaleza interna, de valores humanitarios e intelectuales, y no aquellos que den primacía únicamente a la belleza física; etc. También la exigencia al respeto de las morfologías naturales por parte de los diseñadores de moda; la restricción de publicidades con modelos que inciten a la delgadez extrema; campañas de prevención contra los peligros derivados de ciertos regímenes de adelgazamiento, etc5.

En otro sentido, y más en el área de nuestra particularidad personal y genérica, hemos de luchar por forjar nuestra independencia y autonomía, amarnos por lo que somos como seres humanas/os, como personas, amar nuestros cuerpos reconociéndolos como propios, y resistirnos a ese modelo desproporcionado y desvirtuado que niega nuestra realidad y produce nuestra frustración. Hemos de mirarnos al espejo y asumirnos como sujetas/os, como entes propias/os, con esencia propia, con valoraciones, emociones y deseos propios, y resistirnos a esa imposición de un estereotipo enfermizo y escuálido.

Podemos amarnos con nuestras arrugas, nuestras barrigas, nuestra celulitis, nuestros muslos prominentes -por difícil que sea resistirse a este sistema político/ideológico y a nuestro grupo de pares, particularmente varones que reproducen la ideología machista-.

Hemos de mostrarnos independientes de aquellos hombres machistas y patriarcales que busquen oprimirnos, que busquen controlarnos, evaluarnos, juzgarnos y manipularnos, que busquen hacernos daño, que busquen frustrarnos de manera constante. Podemos deslastrarnos de esos ideales burgueses de belleza, y más bien amar por la esencia humana y no por la efímera apariencia, y en consecuencia, deconstruir o desideologizar el amor tal cual nos lo venden a través de muchas industrias e instituciones sociales.

Ya se han tomado acciones al respecto: en este sentido podemos mencionar la creación del Body Image and Health Inc, una organización australiana sin fines de lucro que promueve la salud integral e impulsa un cambio social que permita a las mujeres y hombres sentirse a gusto con sus cuerpos, mediante la realización de talleres, seminarios, producción de materiales educativos, etc.

También podemos mencionar la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA), organización no gubernamental argentina que se reconoce como líder en el campo de las patologías alimentarias en ese país y en el exterior. Así mismo damos reconocimiento a las mujeres que se han deshecho -o que tratamos de deshacernos- de estas imposiciones, evitando caer en obsesiones y acomplejamientos patriarcales en cuanto al cuidado de nuestros cuerpos, así como a todas aquellas personas que de alguna u otra manera están interesadas en accionar -o accionan- en pro de esta lucha por la reivindicación de la valoración humana, integral y emancipatoria de nuestras mujeres.

En todas éstas alternativas enfocamos nuestras esperanzas de que este sistema patriarcal pueda algún día cambiar, esperando a su vez que los varones en su conjunto -tras una honesta autocrítica y compromiso cotidianos- se junten a nosotras en pro de la mutua emancipación humana, que posibilite aquí y ahora liberarnos del yugo capitalista patriarcal, sus representaciones, sus hábitos y sus vanos modelos éticos/estéticos.

Notas
* El presente artículo es una reconstrucción de un ensayo final presentado por la autora para la materia optativa electiva impartida por el docente Hector Gutierrez G., llamada "El fenómeno social del machismo: ideología, problemática, alternativas", del Departamento de Procesos Ideológicos, Culturales y Comunicacionales de la Escuela de Sociología, Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad Central de Venezuela (Caracas, República Bolivariana de Venezuela) durante el segundo semestre del año 2008.
1 En su obra "Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres", ubicable en
2 En su texto "La mujer, el amor y el poder"
3 Olsson, 1983, p.80.
4 Op.cit, p. 82.
5 Siendo estas ideas expuestas asimismo por la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia.
Bibliografía
- Guzmán, Carmen M. (1999). Cirugías estéticas en Puerto Rico. Versión revisada de la ponencia realizada por la autora en el seminario "Industria de la belleza y la salud: A propósito de las Cirugías estéticas". Artículo impreso.
- Olsson, Hanna (1983). La mujer, el amor y el poder. Red Feminista Internacional contra la Esclavitud Sexual femenina. Informe del Taller feminista para la Organización contra el tráfico de mujeres. Rotterdam, Holanda.
- Paiewonsky, Denise (1999). La industria de la belleza y la salud de la mujer. Versión revisada de la ponencia realizada por la autora en el seminario "Industria de la belleza y la salud: A propósito de las Cirugías estéticas". Artículo impreso.
- Ring, Anne. Anti-edad en la era de las personas mayores. Extracto del artículo publicado originalmente en "Everybody", boletín de "Image and Health", vol 5.