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martes, marzo 23, 2010

Mujeres Negras (Sirvientas, Putas, Matronas): Una Aproximación a la Mujer Negra de Colombia

Betty Ruth Lozano Lerma - Socióloga*
Uno de los aportes del concepto “Género” ha sido el evidenciar que “hombre” y “mujer” son construcciones históricas y culturales y que por lo tanto la biología no determina lo que eso significa para todas las sociedades y las culturas. Al contrario, cada sociedad y cultura define lo que es ser hombre y ser mujer, por lo tanto no puede hablarse de la “mujer” en términos genéricos sino que se hace necesario hablar de la mujer como sujeto histórico ligado a una serie de limitaciones y con actividades e intereses específicos que deben analizarse en relación con categorías como clase, etnia, pertenencia regional entre otras. Es así que la complejidad de la vida de las mujeres solo puede ser cabalmente conocida analizando las complejidades sociales, étnicas, ideológicas y económicas a las que obedecen” (Ramos Escandón. 1995).

¿Que significa entonces ser mujer negra en el contexto colombiano de inequidad de género, creciente pobreza, desplazamiento forzado, discriminación y racismo? La identidad de las mujeres negras colombianas está definida por el hecho de ser negras en una sociedad mestiza discriminadora, pobres en una sociedad de clases y mujeres en una sociedad patriarcal, en donde cuenta de manera fundamental los rasgos de sus grupos étnicos particulares reconociendo que las comunidades negras no son homogéneas sino que tienen especifidades, todo lo cual nos permite hablar de las mujeres negras en plural. Para las mujeres negras el género no es una categoría central, tampoco la clase, ni lo étnico/racial, somos mujeres negras empobrecidas históricamente, así que la articulación de todas estas categorías, sin jerarquías, es fundamental para dar cuenta del sujeto mujer negra. Se pretende en este artículo acercarse a las diversas complejidades que determinan a las mujeres negras colombianas, lo cual nos puede ayudar a contestar la pregunta formulada al inicio del párrafo, lo que además debería llevarnos a pensar en la forma eficaz de hacer justicia a las mujeres negras. Para esbozar una respuesta se empezará por hacer un rápido recuento crítico de lo que (ha sido) (es ) y ha significado la presencia de las mujeres negras en esta parte del continente y también de la manera como ha sido leída por parte de algunos y algunas cientistas sociales, después nos acercaremos al surgimiento de los procesos organizativos mixtos y de mujeres a finales de los años ochenta del siglo veinte para terminar con un acercamiento a la relación comunidades negras – mujeres negras.


Identidad de mujer negra (mujer o mujeres)

Si bien la identidad es la manera en que la cultura se hace significativa a los individuos y en la que estos se autodefinen, no puede hablarse de cultura en términos generales, aunque hablemos de procesos de globalización que parecieran ser más evidentes en las ciudades, pero la cultura dominante, a pesar de sus pretensiones hegemónicas, es recreada y transformada por los grupos subalternos como las mujeres, los jóvenes, los/las negros/as y los y las indígenas, que además poseen sus propias formas culturales. Laclau y Mouffe argumentan, los cita Escobar, que “la vida social es inherentemente política dado el espacio de antagonismos que emergen del ejercicio de la identidad misma. Toda identidad es relacional, lo cual significa que el ejercicio de cualquier identidad implica la afirmación de la diferencia y, por consiguiente, un antagonismo potencial. Los antagonismos son constitutivos de la vida social. En este sentido, dado que el significado no puede ser fijado de manera permanente –un postulado básico de las hermenéuticas y el post-estructuralismo-, las identidades son el resultado de articulaciones que son siempre históricas y contingentes. Ninguna identidad o sociedad puede ser descrita desde una perspectiva única y universal.”

Tal pretensión de descripción de la sociedad desde una única perspectiva que se plantea como universal la ha tenido tanto la izquierda como el feminismo. Hay que decir que ambos le han temido a la diversidad. Para el primero desde el discurso de la igualdad y para el segundo desde el de la lucha de clases. Lo universal era el género y la clase. La subordinación de género para el feminismo y la explotación de clase para la izquierda han sido las perspectivas privilegiadas desde las cuales se ha explicado la sociedad. Abordar las diferencias podría ser políticamente fragmentador. Hablar de “las mujeres” en plural y no de “la mujer” e intentar profundizar en las diferencias ha sido un camino difícil para las mujeres negras dentro del feminismo. Pero también lo ha sido dentro del movimiento social de comunidades negras, en donde todavía un gran número de mujeres se resisten a cuestionar prácticas patriarcales ancestrales que las subordinan y oprimen por temor a la acusación de los compañeros de estar dividiendo el movimiento. Es que las esencias pesan y pesan mucho, exigen a los sujetos tratar de responder a un determinado modelo, a una forma de ser preconcebida por fuera de la cual no se es nada lo cual implica que no se existe para nadie. Ser mujer negra desde determinadas organizaciones del movimiento significa asumir una estética africana por fuera de la cual se cuestiona el nivel de conciencia étnica. Pero, ¿será esto lo que significa ser mujer negra hoy en Colombia?

Afirmarse negra, negro, puede adscribirnos a la biología, a una esencia, lo cual debería ser profundamente cuestionado. Desde el biologismo se han explicado las subordinaciones y la inequidad entre los seres humanos como fruto natural del hecho de que haya unas razas superiores. Pero, afirmarse negra también puede develar el patrón globalizado de dominación colonial que construyó un discurso que le permitió dominar y someter basado en una noción biológica como la raza que atribuyó una inferioridad natural a los pueblos colonizados con lo que justificó la violencia cometida contra ellos. En efecto raza es una noción muy problemática, a pesar del acuerdo de que no existen las razas, pervive el racismo y los cientistas sociales insisten en hablar de raza como una construcción social, ya no biológica, sin que logren desprenderse a mi modo de ver del biologismo.

El racismo es una creación del mundo moderno que inferioriza al otro atribuyéndole un carácter irreductible a su diferencia. Estamos de acuerdo con Gallardo (Ruiz. 1988) al afirmar que el Racismo es una de las formas de la conciencia social, de la sensibilidad necesaria y fetichizada del mundo burgués, o, si se prefiere, del mundo moderno en cuanto este se gesta, también, mediante la expansión colonial, el Racismo es la categoría que nos permite entender las relaciones de exclusión-vinculación-subordinación-enajenación condensadas bajo la forma de una particular organización capitalista de la existencia. Esto nos permite darle una dimensión histórica y “en cuanto categoría de análisis de una de las formas necesarias que debe asumir la dominación mercantil y capitalista, la noción de racismo trasciende la comprensión de las prácticas racistas y de sus contenidos particulares y apunta hacia la conceptualización-valoración de la sensibilidad o “espiritualidad” propias del mundo moderno. Dicho escuetamente y desde el discurso dominante: en el negro, en el indio, en las etnias segregadas, no está Dios”.

Declararse “mujer Negra” es redimensionar un término que permite enfrentar el racismo, lo que no hace el término “afro” que se ha convertido en un eufemismo que hace creer a muchos que hemos avanzado grandes pasos porque ya no se nos llama negros sino afros, pero se nos sigue discriminando igual. Un buen número de la población colombiana ha asumido el término afro como lo políticamente correcto, un término que permite que no se sientan avergonzados de su racismo cuando lo pronuncian, por lo que no necesitan ponerlo en diminutivo como con el término negro o negra. Es decir, cambiar negro por afro no ha generado el respeto y el reconocimiento a los cuales consideramos tenemos derecho, se ha cambiado una palabra pero el imaginario, la sensibilidad o “espiritualidad” de este mundo moderno ha seguido intacta.

La identidad de las mujeres negras ha sido fijada desde el imaginario racista dominante que las homogeniza, con atributos que son producto del prejuicio racial y que solo existen en la mente de quienes así las conciben: un cuerpo para el sexo, más cerca de la animalidad que de la razón. Un cuerpo que fue útero reproductor, fábrica de esclavos, objeto de uso y abuso para el placer de otros. Es por esto que nacer MUJER NEGRA en la sociedad colombiana determina un futuro de negación de derechos, desvalorización y subordinación dado el racismo de una sociedad que no termina por asumir la pluralidad de los diversos rostros que la conforman a pesar de que esta pluralidad está reconocida legalmente. Se desconoce que la identidad de las mujeres negras está definida por una historia de subordinación, exclusión y resistencia, por lo que es una identidad en permanente reconstrucción. Los códigos que orientan la dinámica cultural de las mujeres negras no han sido bien interpretados por muchos de los analistas sociales. La matrifocalidad, por ejemplo, ha sido definida fundamentalmente por dos factores: “residencia femenina de la prole y de apoyo en la crianza, socialización e identificación de esta a través de la parentela de la madre” y por el hecho de que la mujer sea fuente principal o única de ingresos al hogar. Pero la matrifocalidad va más allá. Está definida por que la mujer es el centro, quien dirige, organiza, socializa, coordina absolutamente todo en el hogar, independientemente de quien entre el ingreso al hogar. En no pocos hogares los hombres entregan su salario completo a su compañera quien lo administra e incluso suple las necesidades más personales de éste como la compra de ropa. También se da que ante la pregunta: ¿Quién es el jefe de hogar? Tanto hombres como mujeres contestan que la mujer, ya que es ella quien toma las decisiones de absolutamente todo en la casa, incluso de aspectos como prestar o no la herramienta del marido. Estos ejemplos no niegan la subordinación de género, queremos es superar la visión victimizada de las mujeres negras.


Se necesitan estudios que incluso cuestionen las categorías mismas, llenándolas de nuevos contenidos desde la perspectiva de las comunidades negras, que tomen en cuenta aspectos como el colonialismo y la esclavitud, la marginalidad histórica, las diferencias culturales, el racismo y la discriminación y la manera como todo esto, junto con los procesos de resistencia y rebeldía, tanto de hombres como de mujeres, dieron paso a la construcción de familias y comunidades. Porque no es cierto que “En el Pacífico hay una sola manera de ser hombre y una sola manera de ser mujer” . Tanto para el Pacífico como para el resto del país existen muchas formas de ser hombres y mujeres negras.

Las y los científicos sociales presentan dificultad para ampliar sus análisis de forma que trasciendan la perspectiva occidental desde la cual se estudia y valora a las mujeres negras. Es que “mientras los grupos privilegiados son neutrales y muestran una subjetividad libre y maleable, los grupos excluidos están marcados con una esencia, encerrada en un conjunto dado de posibilidades. [ ] En este contexto la diferencia significa siempre alteridad absoluta; el grupo señalado como lo diferente no tiene una naturaleza común con los otros grupos neutrales o normales. La oposición categórica de los grupos los esencializa, reprimiendo las diferencias dentro de los grupos.” (Young.2000:286)

Lo que se ha dicho sobre las mujeres negras, principalmente las de las zonas rurales del Pacífico, está referido sobre todo a la familia y al sistema de parentesco, por lo que se las ha considerado especialmente en su papel de madres y esposas. La visibilidad de la mujer negra ha estado referida o lo estuvo en un primer momento, a su papel de matrona en la familia extensa. Esta posición de las mujeres en el hogar ha dado origen a otra visión esencialista sobre las mujeres negras, la mujer negra como “matrona”.

La preocupación por la diversidad ha introducido algunas investigaciones sobre la relación mujer negra y recursos naturales que corre el riesgo de convertir a las mujeres negras en las guardianas de la naturaleza por excelencia, cargándolas con un nuevo esencialismo.

Para las agencias y los agentes del desarrollo , entre ellos un buen número de mujeres feministas y de antropólogas y antropólogas, las mujeres negras son pobres, jefes de hogar, sometidas, atrasadas, analfabetas, portadoras de una sexualidad incontrolable que se expresa en numerosas preñeces, etc, etc, etc, es decir, un sector vulnerable que necesita ser intervenido. Estos análisis carecen de una perspectiva histórica y se hacen desde los centros hegemónicos de poder.

Como ejemplo puedo citar lo que sucedió en un foro sobre pobreza y desarrollo en el Pacífico organizado por el programa de sociología de la Universidad del Pacífico en septiembre del 2006. Al evento fue invitado el delegado de la presidencia de la república para el programa de lucha contra la pobreza. Su exposición consistió en mostrar en un video beam los cuadros estadísticos de la pobreza en Buenaventura, al terminar se le preguntó que explicación daban ellos a la magnitud de la pobreza expresada en las cifras que acababa de presentar y sorprendido por la pregunta manifestó que todo era muy claro y se explicaba con las mismas cifras: en Buenaventura están las tasas más altas de desempleo de todo el país, lo que quiere decir que los negros no trabajan, las tasas más bajas en escolaridad, lo que significa que tampoco estudian y además tienen las tasas más altas de natalidad, o sea que se reproducen demasiado. Se responsabiliza a los mismos excluidos por su exclusión. Se culpabiliza a la víctima.

No se reconoce que la pobreza en Buenaventura y en todo el Pacífico es el resultado de la expropiación de tierras y recursos que pertenecían a la población negra. “Los pobres no son pobres por ser vagos o porque sus gobiernos sean corruptos. Son pobres porque otros se han apropiado de su riqueza, destruyendo su capacidad para crearla” . Gran parte de la riqueza de Antioquia, Valle y Cauca fue producida por la explotación de la mano de obra negra en la minería del Pacífico. Es por esto que ahora resulta absurda una política que pretende erradicar la pobreza de Buenaventura y del Pacífico “dando” una ínfima parte de lo que se han llevado y continúan llevándose. Este programa, que responde a los objetivos del Milenio acordados por los jefes de Estado en Nueva York en el 2000, quienes se pusieron de acuerdo en la erradicación de la pobreza y a favor del desarrollo, solo hará más pobre y dependiente a la población negra, pues está inscrito en la misma lógica del desarrollo que privilegia el crecimiento económico, que es producción de riqueza para unos pocos y de pobreza para las mayorías.

Erradicar la pobreza solo será posible cuando se deje de robar a los pobres sus tierras, sus recursos y sus medios de vida, es decir cuando se logre superar la lógica del desarrollo. Erradicar la pobreza exige de una redistribución económica que permita una vida digna para todos y todas y cada uno y cada una de quienes habitamos la nación colombiana. Erradicar la pobreza exige poner fin al genocidio y al ecocidio que se está llevando a cabo en el Pacífico colombiano.

La economía de las comunidades negras del Pacífico, por más de trescientos años, fue una economía que satisfacía las necesidades básicas mediante el autoaprovisionamiento, lo que de ninguna manera podía calificarlos como pobres en el sentido carencial del término. Dice Vandana Shiva que “es útil separar un concepto cultural de una vida simple y sostenible entendida como pobreza, de la experiencia material de la pobreza como resultado del desposeimiento y la carencia.” Añade además que “la ideología del desarrollo los declara pobres por no participar de forma predominante en la economía del mercado, y por no consumir bienes producidos en el mercado mundial y distribuidos por él, incluso aunque puedan estar satisfaciendo las mismas necesidades mediante mecanismos de autoaprovisionamiento. [ ] La subsistencia percibida culturalmente como pobreza no implica necesariamente una baja calidad de vida física. Por el contrario, porque las economías de subsistencia contribuyen al crecimiento de la economía de la naturaleza y de la economía social, aseguran una elevada calidad de vida en términos de alimentos y agua, sostenibilidad de los medios de vida, y una robusta identidad y significado social y cultural”

Desde la década del ochenta, cuando se planea y ejecuta el primer plan de desarrollo para la Costa Pacífica, el PLADEICOP, este levanta las primeras estadísticas socioeconómicas para el Pacífico, que construyeron desde entonces la región como las más pobre de Colombia. Esto justificó la intervención de diversas organizaciones públicas y privadas con el objetivo de atacar los altos niveles de pobreza a través de las políticas y prácticas del desarrollo y la modernización.

El informe sobre municipios de Colombia del 2005 del PNUD identificó a la región del Pacífico como la más pobre del país y la única que en lugar de crecer en los últimos años, retrocedió. Este ya debería ser un indicador de que todos los planes, programas y proyectos impulsados con el propósito de sacar al Pacífico de la pobreza fracasaron. Y no solo fracasaron sino que son los directos responsables del empobrecimiento acelerado de la región durante los últimos 20 años. El Pacífico es una región empobrecida sistemáticamente.

Las organizaciones de mujeres negras

Toda esta intervención desarrollista se acompañó de programas para la mujer negra. Nunca como en los últimos 20 años se dio tal proliferación de organizaciones de mujeres por todo el Pacífico. Los espacios organizativos de mujeres en todo el Pacífico estuvieron impulsados inicialmente por el Programa Mujer de PLADEICOP, cofinanciado por la UNICEF. Como resultado de esta intervención se conformó la cooperativa de ahorro y crédito SER MUJER en Tumaco, en Guapi la Cooperativa de ahorro y crédito COOPMUJERES, en Bahía Solano los grupos de mujeres existentes se articularon al proyecto de Promoción para la participación y organización de las mujeres de Bahía, cofinanciado por el Fondo Canadá Colombia y la Fundación FES. Las temáticas en este proyecto giraban en torno a: organización, salud, autoestima, valoración étnico-territorial, medio ambiente y asistencia técnica especializada para fortalecer los proyectos productivos de los grupos y la creación y puesta en marcha del fondo rotatorio de la Red con recursos aportados por el Fondo Canadá Colombia y la FES. Como se ve estas organizaciones de mujeres negras responden a una dinámica institucional inserta en las políticas desarrollistas del PLADEICOP.

En Buenaventura, en 1993, mediante la política de la Consejería de la mujer y la Familia del presidente Gaviria se creó el Consejo de Organizaciones de Mujeres de Buenaventura, con un comité coordinador compuesto por consejeras representantes de los distintos grupos afines de mujeres: modistas, artesanas, vendedoras ambulantes. Este Consejo que alcanzó a agrupar a unas 24 organizaciones de mujeres tuvo fondo rotatorio y proyectos de asistencia técnica, capacitación y cohesión grupal cofinanciados por el Fondo Canadá Colombia, la FES, la alcaldía y la gobernación del Valle.

Es tal vez el origen institucional de estas organizaciones de mujeres que no permiten el florecimiento de temas como, por ejemplo, la subordinación de género, la sexualidad, la violencia intrafamiliar, el abuso contra niños y niñas. Estos temas todavía no son objeto de reflexión política, lo que nos permite afirmar que no son organizaciones feministas y ni pretenden serlo. Se trata de organizaciones que surgen en el marco de los programas de Mujer y Desarrollo que buscan integrar las mujeres a las políticas del desarrollo. Para algunas autoras esto no es más que la modernización del patriarcado dado que no se cuestionan las relaciones de género por lo que estos proyectos terminan imponiendo sobre las mujeres nuevas cargas. Esta puede ser la razón para que en la agenda del movimiento social de comunidades negras no se haya posicionado la cuestión de género desde una perspectiva feminista. Hay intentos de adecuar y llenar de contenido propio la categoría género, pero todavía son voces en el desierto.

En 1993 se decidió la conformación de “la red de mujeres negras del Pacífico, como la expresión política organizativa propia. Los objetivos planteados están dirigidos a lograr la comunicación y lazos de solidaridad entre las distintas organizaciones de mujeres y las mixtas, luchar por el reconocimiento y aplicación de nuestros derechos étnicos y de género, estudiar la realidad de las necesidades de las mujeres y sensibilizarlas en el manejo y uso sostenible de la naturaleza, trabajar por la defensa del territorio, así como contribuir al crecimiento del Movimiento Negro y el Movimiento Social de Mujeres de Colombia.” Aparece dentro de los objetivos de la Red uno que no deja dudas acerca de su origen en los discursos y prácticas del desarrollo destinados a las mujeres en el Pacífico, el convertirlas en guardianas de la naturaleza. El pretender sensibilizar a las mujeres en el manejo y uso sostenible de la naturaleza es asumir el discurso que culpabiliza a los pobres por la degradación de la naturaleza. “...consideramos que el proceso político organizativo de la Red, debe buscar y aportar a la construcción de relaciones sociales más equitativas y leales entre hombres y mujeres y sus pares y con el entorno en donde se validen el calor humano, la afectividad, el sentido de pertenencia, la sensibilidad, el respeto por la persona, la gratitud, la reciprocidad, la espiritualidad, el autocuidado, la identidad étnica y de género.” Realmente no hay ningún planteamiento de género, no se especifica cuales son los derechos que las mujeres negras pretenden defender sino que se queda en la generalidad. Cuando se habla de la situación subordinada de la mujer se mencionan situaciones externas a las comunidades como la discriminación en el empleo, en el acceso a servicios de salud, educación, participación política. No hay ninguna alusión a la subordinación de género al interior de las propias comunidades, se elude la confrontación al respecto, lo máximo que se dice es que la red tiene como uno de sus objetivos: “propiciar el respeto de las diferencias entre hombres y mujeres como grupos de población y al interior de cada uno”. ¿Que significa respetar las diferencias entre hombres y mujeres sino dejar intacta la subordinación de género que desfavorece a las mujeres? También dicen en el punto 3 de la misma página: “crear lazos de apoyo mutuo y solidaridad al interior de nuestras comunidades y con los demás sectores sociales de mujeres, con el fin de hacer consciente y validar las diferencias de género, étnicas y culturales, para hacer más rico y fructífero el trabajo y la vida familiar.” Se aprecia que se carece de una perspectiva crítica que en lugar de validar las diferencias las ponga en tela de juicio.

Estas afirmaciones hacen parte del discurso de un sector del movimiento social de comunidades negras que ha enfatizado la reivindicación de la diferencia sobre la del combate al racismo, en un intento por evitar la tendencia reactiva y defensiva de la sociedad colombiana ante la acusación de racista . Pero podemos preguntarnos siguiendo a Nancy Fraser ¿Cuál es la diferencia que quiere ser reivindicada? En el debate que sostiene Nancy Fraser con Iris Young, ante la defensa a ultranza de la diferencia que hace Young, Fraser sostiene que una reivindicación de la diferencia por la diferencia puede no solo ser reformista sino contraproducente en términos de la justicia que quiere lograrse para los grupos oprimidos. Dice Fraser que es necesario hacer una distinción entre los distintos tipos de diferencias ya que no todas merecen ser celebradas. Plantea una política de la diferencia más diferenciada. Es decir, no se puede pedir que las diferencias sean todas amparadas, protegidas, respetadas, validadas, porque hay unas que al hacer esto con ellas, no solo no se superaría la opresión sino que significaría su fortalecimiento al promover precisamente aquellas especificidades que le dan origen como sucede con la clase, la “raza” y el género. Lo que hay que hacer entonces es diferenciar; cuando la diferencia es un artefacto de la opresión, debe ser eliminada, hay diferencias que deberían ser universalizadas y unas terceras que si merecen ser celebradas. Esta concepción matizada de la diferencia, dice Fraser, puede ayudar a “identificar y defender únicamente aquellas versiones de la política de la diferencia que se integren coherentemente con la política de la redistribución. [ ] La tarea es integrar los ideales igualitarios del paradigma de la redistribución con aquellos que sean auténticamente emancipatorios en el paradigma del reconocimiento.” (Fraser.1977)

Volviendo a las organizaciones, desde 1990 empezó a gestarse la red de mujeres afrocolombianas. En Pereira, en el mes de mayo del 2000, la directiva nacional del Movimiento Nacional Cimarrón, “se planteó la necesidad de fortalecer el proceso de las mujeres” planteándose una asamblea nacional de mujeres que se llevó a cabo en diciembre del 7 al 9 de diciembre del 2000 constituyéndose allí la red con 14 coordinadoras nacionales. Esta red se plantea como misión “la participación, organización y desarrollo de las mujeres afrocolombianas, a través de la comunicación permanente y difusión y defensa de sus derechos, basados en los principios de unidad y solidaridad.” (Plegable).
La visión plantea el posicionamiento de la red a nivel nacional e internacional “que marque las pautas en la solución de problemas sociales, económicos y políticos; aglutine todas las expresiones organizativas de las mujeres afrocolombianas.”

Como puede apreciarse, aunque los espacios organizativos se han multiplicado en las últimas dos décadas, muy pocos articulan en verdad una perspectiva de género, más allá de lo meramente nominal y que se comprometa realmente con procesos emancipatorios para las mujeres negras. Sin embargo la participación de las mujeres negras en las movilizaciones hacia la búsqueda de una curul para un representante de la población negra en la Asamblea Nacional Constituyente, el trabajo de lobby durante la Asamblea misma y después por la reglamentación del Artículo Transitorio 55 que dio origen a la ley 70, ley de comunidades negras, fue decisiva y es ampliamente reconocida, aunque nunca se pensaran en su posición y condición de mujeres negras. Es así que no hubo reivindicaciones específicas como mujeres negras que se hicieran a la Asamblea Nacional Constituyente, todas estaban unidas a las organizaciones mixtas con un solo propósito: los derechos como comunidad negra. ¿Habrá valido la pena dejar a un lado los intereses específicos como mujeres negras, jugándoselo todo a la unidad del movimiento social de Comunidades Negras, una unidad de papel?

Nadie parece cuestionarse la eficacia real de estos programas en términos de la superación de la condición subordinada social y de género de las mujeres negras. Simplemente se les asume con la esperanza de encontrar financiación para algún pequeño proyecto productivo. Estos proyectos llegan de la mano de mujeres blancas feministas que tampoco los cuestionan. Más bien los promueven con mucha vehemencia. En un ambiente tan generalizado de pobreza estas políticas de mujer son vistas, por individuos como por organizaciones, como una posibilidad de financiación de sus proyectos. Y suele pasar que la disputa entre organizaciones por los recursos termina fragmentando más el débil proceso organizativo de las comunidades negras. Este es un valor agregado de estas políticas que no se si será del todo consciente para los agentes del desarrollo. Dice Álvarez que “la “feminización” del desarrollo ha despolitizado considerablemente la acción colectiva relacionada con asuntos de mujeres y género, dado el hecho que las movilizaciones de base caen en la burocratización, convirtiéndose en parte de prácticas hegemónicas discursivas.” (Álvarez. 2000: 284)

Las principales banderas de lucha de las organizaciones de mujeres negras constituidas a lo largo de estas décadas han sido las señaladas por las entidades del desarrollo: autoestima, generación de ingresos, identidad étnica y de género, asistencia técnica, familia, salud, medicina tradicional. Estos grupos u organizaciones, debido a su carácter institucionalizado, carecen de un proyecto político como mujeres negras. El combate al racismo, por ejemplo, no aparece dentro de las agendas de estas organizaciones. Mucho menos encontramos cuestionamientos al orden social ni a procesos como la globalización y la economía neoliberal que acrecientan la feminización y la racialización de la pobreza. Los temas son los que tradicionalmente han propuesto los organismos de cooperación y los agentes de desarrollo, como se mencionó antes.

Hace poco, organizaciones urbanas de mujeres negras empiezan a reconocer cómo el racismo profundiza las desigualdades sociales entre las mujeres. Un tema que no quería ser tratado pues la sola búsqueda del reconocimiento de derechos para las comunidades negras ha sido interpretado por muchos como un proyecto racista, peor si se habla de racismo. Las propuestas de las organizaciones de mujeres negras se han quedado en los intereses prácticos de género, es decir los ligados a la “reproducción” sin que todavía se trascienda a los intereses estratégicos de género, es decir los que cuestionan la subordinación . Se necesitan estudios de campo con las mujeres negras populares, campesinas, que nos permitan conocer como están ellas desde su lucha por la sobrevivencia produciendo también importantes transformaciones culturales que no alcanzan a ser captadas por las organizaciones surgidas de la intervención desarrollista y que ofrezcan una visión no victimizada de estas mujeres; que más bien reconozcan que en los procesos de resistencia se generan modos de vida alternativos que se constituyen, además de aportes a una nueva sociedad, en condición de posibilidad para el ejercicio de la autonomía y la autenticidad grupal e individual.

Existe un vacío en el conocimiento de la realidad de las mujeres negras, el cual es determinante para los procesos organizativos de comunidades negras, así como para la búsqueda de la implementación de políticas de estado acordes con estas realidades. Se requiere entonces enriquecer la reflexión y el conocimiento de la mujer negra como sujeto social y político, a partir del desarrollo de investigaciones que aporten nuevos elementos que nos acerquen al conocimiento de sus identidades desde sus múltiples realidades y permitan romper el esencialismo y tomar distancia del discurso colonial desarrollista.

Las mujeres negras colombianas estamos todavía en la búsqueda de nuestro camino de la autodeterminación política, caminamos lento pero caminamos hacia nuestra constitución como sujetas históricas que tienen derecho a autodeterminarse. Las mujeres negras nos empoderaremos cuando definamos nosotras mismas nuestra objetividad y subjetividad. Necesitamos reinterpretarlo todo.

Comunidades negras y mujeres negras.

Pero ¿constituyen los negros una cultura? Hoy en día esta pregunta no se discute. Mejor dicho, la pregunta se ha mejorado. La cuestión ahora es ¿se es una o varias? Ya no se trata de la discusión de principios de los noventa que de parte de las organizaciones negras buscaba reconocimiento, dentro de las ciencias sociales y el Estado, de la población negra como grupo étnico con derechos específicos. Finalmente la antropología hizo un reconocimiento de lo negro como un hecho cultural propio después de que la ley de la abolición de la esclavitud de 1851 invisibilizara a los negros y a las negras en la ciudadanía. Esta invisibilidad permitió la negación de derechos como grupo étnico. “El hecho de haber participado activamente en los procesos de blanqueamiento genético y cultural y algunos grupos haber accedido a la vida urbana en estrategia de sobrevivencia y de participación en el país, se interpreta (tó) como un ingreso incuestionado en ámbitos de clase social y desvinculados de cualquiera condición étnica.”

Al respecto nos dice Wade que la población negra se ha movido entre la inclusión y la exclusión: lo negro puede definir identidad pero también es usado para discriminar y el negro y la negra son incluidos en la masa de la población mestiza de la nación. Afirma el autor, que lo que no ha habido es una institucionalización de la identidad del negro como si la ha habido del indígena. (Wade. 1993:174). Para las ciencias sociales los negros tardaron como pueblos en cumplir con los atributos requeridos de otridad que permitieran hacer su situación visible ante los investigadores sociales y ante el estado.

Largamente se ha discutido en este país acerca de la identidad de los afrodescendientes, no solo la mayoría de los políticos que conformaron la Asamblea Nacional Constituyente consideraban que los negros no conforman una etnia con una identidad específica, también los antropólogos, no solo el que le dijo a Nina de Friedemann por allá en los sesenta que “estudiar negros no es antropología”, también los que se congregaban alrededor del ICAN en 1992, quienes presentaban gran dificultad en ponerse de acuerdo si los negros tenían identidad cultural o no. Estos fueron convocados a una reunión para la discusión del tema por la Secretaría Técnica de la Comisión Especial para las Comunidades Negras el 20 de noviembre del año mencionado , a sugerencia de líderes de las organizaciones de comunidades negras que solicitaban apoyo de los antropólogos para la definición conceptual de la identidad cultural negra (América Negra No.6). Los antropólogos chapuceaban, sin saber nadar, en aguas turbulentas. Alguno mencionó que hablar de identidad cultural negra era problemático pues significaba creer en la existencia de ese concepto. El mismo investigador afirmó que la identidad negra era un proyecto de futuro. En este foro o reunión no se llegó finalmente a ninguna conclusión. Lo cierto es que las comunidades negras no encuadraban en el concepto de etnia referido a los indígenas que manejaban los antropólogos.

En esos momentos cuando se trataba de reglamentar el AT 55 la preocupación de los dirigentes de las organizaciones era defender una identidad de las comunidades negras de la nación que permitiera el reconocimiento de unos derechos específicos. Se trataba de “establecer ante el Estado cómo son las comunidades negras y de qué forma debe respetárseles”. La preocupación por la identidad única de las comunidades negras suponía la búsqueda de elementos comunes a todos los grupos, rasgos comunes que pudieran identificarse como elementos culturales propios de las CN que permitieran diferenciarla de otras étnias o grupos sociales.

La discusión actual es la consideración de la población negra del conjunto de la nación como un grupo étnico. “El problema aquí es tratar el concepto de “etnicidad” como si tuviera un carácter binario: o la gente es un grupo étnico o no lo es. Pero el estudio de la etnicidad ha demostrado que la identidad étnica no es una sola cosa, sino que varía en los contextos sociales y políticos.” Esto nos está diciendo que la identidad étnica negra no es homogénea, aunque así lo hayan pretendido las organizaciones cuando se luchaba por la obtención de un reconocimiento legal y como también lo han pretendido un buen número de antropólogos y antropólogas que además de empeñarse en ver huellas de africanía por toda parte insisten en que las comunidades negras poseen los mismos patrones culturales en todo el país, construyendo a las comunidades negras como un ente homogéneo.

La comunidad negra colombiana ha sito tipificada de acuerdo a sus características culturales como: etnicoterritoriales, urbanas, interandinas, caribeñas, colonizadoras y raizales del archipiélago de San Andrés y Providencia. Las mismas organizaciones negras reconocen hoy día que para hablar de unidad es necesario hacer un reconocimiento de la diversidad “interna”.

Las etnicoterritoriales son las ubicadas en la región Pacífica y que poseen una relación especial con el territorio. Constituyen minorías orgánicas que se ocupan en su mayoría de actividades primarias como la minería, la pesca, la agricultura y la extracción de madera. Ya se mencionó la avalancha de proyectos desarrollistas que enfrenta la región desde los años ochenta y como las mujeres han sido objeto privilegiado de estas políticas que han colocado sobre sus hombros programas como salud y nutrición, atención a los niños, mejoramiento de la vivienda y otras múltiples responsabilidades relativas al desarrollo social local lo que las ha llevado a tomar la iniciativa en diversas acciones de mejoramiento comunitario sumándole a sus roles domésticos y productivos no remunerados, con bajo desarrollo productivo, la iniciativa en diversas acciones de mejoramiento comunitario. Las condiciones de vida en la región representadas en un alto porcentaje de hogares que cocinan con leña u otros desechos, la dificultad para acceder a servicios básicos como agua potable, hacen más difícil la vida de las mujeres quienes son las responsables de las tareas del hogar.

Las urbanas, constituyen actualmente, de acuerdo con los datos del último censo, la mayoría de la población negra del país ubicada en las grandes ciudades (Cali, Medellín, Bogotá, Cartagena, Barranquilla). Un buen número de esta población todavía mantiene estrechos vínculos parentales y culturales con las poblaciones etnicoterritoriales, sin embargo han desarrollado culturas citadinas con rasgos propios. Muchas de estas personas migraron hace varias décadas en busca de mejores condiciones de vida, en los últimos 10 años han llegado masivamente a la ciudad huyendo de la violencia protagonizada por quienes pretenden apropiarse de sus territorios para cultivos ilícitos como la Coca o para los legales como la Palma Aceitera. Como me decía un amigo pintor, al que yo suponía de una gran sensibilidad social: “yo no entiendo porque esa gente no se queda en su tierra en lugar de venir a pedir limosna a la ciudad”. De nuevo la culpabilización de las víctimas. Y la mujer negra resulta ser la mayor culpable por parir tanto negro que además afea la ciudad. Paridora de pobres. Se desconoce la realidad del desplazamiento forzado que ha obligado a la población a abandonar su territorio y a pauperizarse de la noche a la mañana. La gente no está en la ciudad empobrecida y miserable porque quiere. Las mujeres negras obligadas a vivir en la ciudad pasan por la angustia de no poder ofrecer a sus hijos las condiciones mínimas de vida digna mientras trabajan en casa ajenas cuidando hijos ajenos, los suyos permanecen solos, bajo el cuidado de nadie. Antes, durante la época de la esclavitud, la mujer negra era reproductora de esclavos que se constituían en un capital para el amo, ahora en el capitalismo, permanece su imagen de reproductora, cuando en realidad su promedio de hijos ha bajado considerablemente. Las políticas de control natal y la pobreza han logrado domesticar el útero de las mujeres negras. En realidad las mujeres negras nunca han decidido cuantos hijos tener, son otros los que han tomado las decisiones sobre su cuerpo: el amo, el marido, el estado, la iglesia. Una mujer de estrato 5 que tiene cuatro o cinco hijos es considerada “muy guapa!”, es decir muy valiente, una mujer negra de estrato 0, 1 o 2 con el mismo número de hijos es calificada como “muy bruta!”.

Las ocupaciones fundamentales de los hombres negros en la ciudad son como mano de obra en la construcción, la vigilancia y el sector informal de la economía. Las mujeres negras se ocupan principalmente como trabajadoras del hogar y vendedoras ambulantes, ambos oficios de baja remuneración y sin seguridad social de ninguna clase. Una de las razones de su dedicación al trabajo informal es porque este tipo de trabajo requiere de una inversión mínima de capital, tienen acceso a materia prima como fruta y pescado y se constituye en su única oportunidad cuando todas las oportunidades del sector formal están cerradas, incluso las del trabajo doméstico ya que es frecuente que las empleadoras las prefieran indígenas ya que aseguran éstas son más dóciles, en cambio “las negras son muy jodidas”.

Las interandinas son las que están asentadas en zonas propias de los valles, piedemontes y colinas de los Andes colombianos. Se pueden nombrar asentamientos como Barrancabermeja, Puerto Berrío, Puerto Nare, ciudades intermedias de importancia nacional, por su carácter industrial petrolero, cementero y de explotación extensiva de ganado vacuno en donde la población es mayoritariamente afrocolombiana. En esta región tradicionalmente golpeada por la violencia los afrocolombianos y las afrocolombianas se han destacado como dirigentes sociales y sindicales. Las caribeñas constituyen un alto porcentaje de la población del litoral Atlántico y que por sus antecedentes etnohistóricos en esta región costeña, evidencian una etnicidad afrocolombiana muy ligada a la cultura del área del Caribe. Está representado por un número importante de trabajadores agrícolas vinculados a la explotación del banano, el arroz, la palma africana y la ganadería extensiva, un reducido número de minifundistas y pescadores. Las colonizadoras hace referencia a grupos de afrocolombianos que por diversas circunstancias han migrado y poblado nuevos territorios como es el caso de asentamientos de campesinos negros de la Bota caucana, los Llanos Orientales, la región de la Orinoquía y la Amazonía, por ejemplo. Las comunidades raizales están conformadas por los habitantes del archipiélago de San Andrés y Providencia de una fuerte identidad antillana, con rasgos socioculturales y lingüísticos claramente diferenciados del resto de la población afrocolombiana por influencia de la cultura anglosajona, los rasgos fundamentales de esta influencia son la presencia del idioma inglés y la iglesia protestante.

Esta diversidad étnico/racial de la población negra colombiana define, también, unos intereses, necesidades y expectativas diversas frente al estado que se concretan en diversidad de propuestas de las organizaciones negras que van desde planteamientos de extrema izquierda hasta los de extrema derecha, algunos autónomos, otros aun ligados a los partidos tradicionales.

La opresión tiene muchos rostros

Asumo el término opresión en el sentido en que lo redimensiona Young, el cual clasifica en cinco partes: la explotación, la marginación, la carencia de poder, el imperialismo cultural y la violencia (Young.2000: 21). La marginación es la exclusión del sistema de trabajo por que no se necesita a la persona o porque no se la quiere emplear. La marginación es vivida por quienes no hacen parte del sistema laboral, están excluidos porque no son necesarios o porque no quieren ser tomados en cuenta debido a alguna condición especial como la fenotípica sin desconocer otras como la edad, una situación de discapacidad, etc. Es usual ver jóvenes negros y negras, en una edad en que podrían estar desarrollando todo su potencial humano, jalando una carreta llena de frutas, un platón con chontaduro o mango viche o vendiendo frutas, limpiando vidrios o haciendo malabares en un semáforo. No falta quien afirme que “el trabajo no es deshonra”. Pero hay que tener presente, según nos dice Young que “la división jerárquica del trabajo, que lo clasifique según se trate de tareas de definición o de tareas de ejecución, instaura la dominación y produce o refuerza al menos tres formas de opresión: explotación, carencia de poder e imperialismo cultural” (Young.2000:27)

Hacer justicia a los grupos oprimidos como las mujeres negras pasa por la transformación de la división del trabajo, no se trata solo de mejorar las condiciones laborales y salariales que explotan su mano de obra barata sino y fundamentalmente, de eliminar los privilegios que permiten que un grupo social, debido a su clase y a su fenotipo, tengan la formación especializada que les permite desarrollar sus capacidades y otros grupos no. La marginación es una de las más oprobiosas opresiones pues causa numerosas privaciones que deberían ser suplidas con un salario digno.

Es usual que las niñas desde muy temprana edad abandonen la escuela debido a que tienen que cuidar a sus hermanitos menores. Estas niñas sin educación, sin mayores oportunidades en la vida, están destinadas a ser madres adolescentes, confirmando el estereotipo racista de que “las negras son arrechas desde chiquitas” . Ser arrecha significa ser calientes (andar con uno y otro) y buenas para la cama. Una empleada del hogar le escucha decir a su patrona que “las mujeres que andan como negras con uno y con otro merecen que las maten”. Este estereotipo persigue a las mujeres negras donde vayan, como trabajadoras del hogar suelen ser acosadas sexualmente y hasta violadas por los patrones, pero lo mismo pasa en otros espacios, independiente del estrato social o del nivel académico. Cuando trabajé como asesora en el Ministerio del Interior, un empleado de carrera administrativa me decía con expresión suplicante: “yo nunca he hecho el amor con una negra”. No se trataba de enamorarme ni de seducirme, solo de pedirme el favor de vivir la experiencia de tener sexo con una negra.

Las mujeres que habitan los sectores más pobres de las grandes ciudades son madres que se enfrentan a la doble preocupación por sus hijos varones, cuando estos, sin oportunidades de educación y de trabajo, salen a la calle al “rebusque”. Una madre manifestaba que se angustiaba no solo por lo que a su hijo pudiera pasarle en la calle sino también por el daño que el pudiera causar a otras personas. Si señaláramos en un mapa de la ciudad, la ubicación de la población negra, nos daríamos cuenta que su ubicación coincide de manera perfecta con los sectores más empobrecidos y marginales, con poca o nula presencia de servicios públicos y espacios de bienestar. Pensar la ciudad exige tomar en cuenta las desigualdades sociales en ella presentes.

Es necesario enfatizar en las condiciones de la población desplazada pues no resulta ser una población urbana más. Estudios realizados con población desplazada constatan el profundo deterioro de la calidad de vida de estas familias, por ejemplo antes del desplazamiento el 100% de las familias habitaban en casa propia mientras que ya en la ciudad es mínimo el porcentaje que tiene esa posibilidad, la mayoría viven en arrendamiento y en hacinamiento y aún otros en la calle. Ahora bien la mayoría de estos hogares no solo poseían vivienda propia sino tierras, de las cuales la mayoría también poseía un título de propiedad, tierras dedicadas a la agricultura que a pesar de los títulos de propiedad no se recuperan. En un estudio hecho por AFRODES encontraron que el 33% de los hogares de afrodescendientes en situación de desplazamiento, tienen jefatura femenina y un 77% no cuentan con ningún tipo de seguridad social.

La explotación, otra de las caras de la opresión, según Young, está definida como una relación estructural entre los grupos sociales en la cual unas personas se apropian del trabajo de otras. No se trata únicamente de la diferencia entre ricos y pobres; “es un proceso sistemático en el cual las energías de las personas desposeídas se dedican por completo a mantener el poder, categoría y riqueza de las personas poseedoras”. Como sucede con el trabajo doméstico de las mujeres negras en los hogares de otras mujeres. La autorrealización, el desarrollo personal, el ejercicio de la autonomía de las mujeres blancas es posible porque las mujeres negras y otras mujeres pobres, trabajan para ellas. Esto que hacen las mujeres negras para las mujeres blancas también lo hacen en sus propios hogares y ahí los beneficiarios de su trabajo son los hombres. Aquí se hace evidente una doble explotación de la mujer negra. Pero no es solo el trabajo doméstico, en general los trabajos del sector servicio están destinados a la población negra. Ya ha sido suficientemente denunciado y documentado el hecho de que la población negra ocupe, por ejemplo en los bancos, los empleos denominados “varios” que son los dedicados al servicio. Young afirma que “estos trabajos [botones, camarera, conductor, portero, sirvienta] conllevan una transferencia de energía a través de la cual los servidores refuerzan la categoría de los servidos.”(92). Existe un refrán que refuerza el patrón cultural de que las mujeres negras están destinadas a la servidumbre: “la negra para limpiar, la mulata para la cama y la blanca para esposa”.

Carencia de poder o indefensión. Esta opresión se expresa en el hecho de estar sujeto a las órdenes de otro sin poder darlas nunca. En estar sometido al irrespeto como sucede con las mujeres negras como trabajadoras del hogar que cuando cometen algún error el reproche siempre incluye su condición étnico/racial: “negra tenía que ser para ser tan bruta”. En general se trata de que las personas no tienen el control sobre su vida ni respetabilidad ninguna. Las personas negras no son tratadas de manera deferente hasta que su interlocutor no descubre que lo merecen. Si una mujer negra vive en un estrato 5 será tomada como una empleada del hogar hasta que se descubra que no lo es.

El imperialismo cultural significa “experimentar cómo los rasgos dominantes de la sociedad vuelven invisible la perspectiva particular de nuestro propio grupo al tiempo que estereotipan nuestro grupo y lo señalan como el otro”. (Young.2000:103) Se trata de que “los grupos dominantes proyectan sus propias experiencias como representativas de la humanidad como tal”. (Ibid) Suele ocurrir, para continuar con la reflexión sobre la vida de las mujeres negras en la ciudad como trabajadoras del hogar, que se vean forzadas a modificar su manera de hablar y de vestir para evitar las burlas y responder de manera adecuada a su nuevo medio. Es una opresión que pretende eliminar la diferencia cultural. Ocurre con las empleadas del hogar que no solo modifican su comportamiento cultural “sino que asume dicho cambio como un mejoramiento para su vida y por ende entra a considerar su inicial comportamiento como atrasado o equivocado, como producto de la falta de educación y ridículo (visto en personas de su misma raza y comunidad de origen)”

Finalmente, la quinta y última cara de la opresión es la violencia “definida como la susceptibilidad a ser objeto de ataques sistemáticos, aunque aleatorios, irracionales, motivados inconscientemente y socialmente tolerados, contra las personas y la propiedad de los miembros de grupos sociales. Esto incluye los ataques físicos, por supuesto, pero también el acoso, la intimidación y la ridiculización”. (Fraser. 1997: 264).


CONCLUSION

Este ha sido un comienzo en el camino necesario de emprender la tarea de la deconstrucción de los discursos sobre las mujeres negras.

Es desde las diferencias que podemos buscar elementos articuladores que potencien tanto el movimiento feminista como el movimiento social en general.

Falta análisis y reflexión teórica que nos dificulta definir quienes somos las mujeres negras, si bien en la última década se han multiplicado los espacios solo de mujeres muy pocos articulan la perspectiva de género. Estos espacios han respondido más a las dinámicas institucionales del desarrollo que a los intereses de las mujeres negras, los planteamientos desde estos espacios no cuestionan las estructuras sociales ni los contextos institucionales (Young. 2000:40). Se deja, pues, intacto el poder ya que no aparecen cuestionamientos a la división del trabajo por géneros.

La apuesta ahora debe ser por la construcción de la población negra como un actor colectiva que reconoce a su interior la diversidad de sujetos y sujetas que buscan emanciparse tanto de sus opresiones particulares por condición de género, edad, orientación sexual, situación de discapacidad, etc, así como de las que se comparten colectivamente como la subordinación de clase y la étnico/racial. Un actor colectiva que se moviliza junto a otras y otros actores sociales con el firme propósito de transformar la realidad local y global.



BIBLIOGRAFIA


Fraser, Nancy. Iustitia Interrupta: reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”. Siglo del Hombre Editores, Universidad de los Andes. Facultad de Derecho, Bogotá: 1997

Young, Iris Marion. La justicia y la política de la diferencia. Ediciones cátedra. Universidad de Valencia, Instituto de la Mujer. Madrid: 2000.



sábado, febrero 27, 2010

Ennegrecer al feminismo. La situación de la mujer negra en América Latina, desde una perspectiva de género...

Por: Sueli Carneiro / Afrocubanas
En Brasil y en América Latina la violación colonial perpetrada por los señores blancos a mujeres negras e indígenas y la mezcla resultante está en el orígen de todas las construcciones sobre nuestra identidad nacional, estructurando el decantado mito de la democracia racial latino-americana que en el Brasil llegó hasta sus últimas consecuencias. Esa violencia sexual colonial es también el cimiento de todas las jerarquías de género y raza presentes en nuestras sociedades configurando aquello que Angela Gilliam define como “la gran teoría del esperma en la formación nacional” a través de la cual, y siguiendo a Gilliam:
1. “el papel de la mujer negra es rechazado en la formación de la cultura nacional;
2. la desigualdad entre hombre y mujer es erotizada; y
3. la violencia sexual contra las mujeres negras ha sido convertida en un romance.” (1)

Lo que podría ser considerado historias o reminisencias del periodo colonial permanecen, sin embargo, vivas en el imaginario social y adquieren nuevos ropajes y funciones en un orden social supuestamente democrático que mantiene intactas las relaciones de género, según el color o la raza instituídas en el periodo esclavista.

Las mujeres negras tuvieron una experiencia histórica diferenciada que el discurso clásico sobre la opresión de la mujer no ha recogido. Así como tampoco ha dado cuenta de la diferencia cualitativa que el efecto de la opresión sufrida tuvo y todavía tiene en la identidad femenina de las mujeres negras.



Cuando hablamos del mito de la fragilidad femenina que justificó históricamente la protección paternalista de los hombres sobre las mujeres, ¿de qué mujeres se está hablando?

Nosotras -las mujeres-negras- formamos parte de un contingente de mujeres, probablemente mayoritario, que nunca reconocieron en sí mismas este mito, porque nunca fueron tratadas como frágiles. Somos parte de un contingente de mujeres que trabajaron durante siglos como esclavas labrando la tierra o en las calles como vendedoras o prostitutas. ¡Mujeres que no entendían nada cuando las feministas decían que las mujeres debían ganar las calles y trabajar!

Somos parte de un contingente de mujeres con identidad de objeto. Ayer, al servicio de frágiles señoritas y de nobles señores tarados. Hoy, empleadas domésticas de las mujeres liberadas.

Cuando hablamos de romper con el mito de la reina del hogar, de la musa idolatrada por los poetas, ¿en qué mujeres estamos pensando? Las mujeres negras son parte de un contingente de mujeres que no son reinas de nada, que son retratadas como las anti-musas de la sociedad brasilera porque el modelo estético de mujer es la mujer blanca. Somos parte de un contingente de mujeres para las cuales los anuncios de empleo destinan la siguiente frase: “Se exige buena presencia” y cuyo sub-texto es: negras no se presenten.

sábado, enero 16, 2010

Nociones de Honor, Género y Raza: La Regulación del Cuerpo Femenino en Cuba en los Contextos Históricos Coloniales y Neocoloniales

Si la prostitución es un hecho social, tangible, permanente y dañino a la colectividad, los gobiernos que tienen la responsabilidad suprema de velar por el bienestar, la conservación y el progreso de los pueblos están en el deber de prestarle atención tomando una actitud frente a ella para que sea lo menos nociva posible [...].

Por: Dr. Ramón Alfonso (1911) / Fuente: CENESEX
INTRODUCCIÓN

Hay una tendencia a plantear una oposición binaria entre la prostitución antes de la Revolución de 1959 y después del período especial. Por eso los enlaces y las congruencias entre estos períodos desafortunadamente tienen que ser pasados por alto.

Esto niega la herencia institucional y cultural de conceptos racistas y sexistas, especialmente si se toma en cuenta la trayectoria histórica de la disciplina de la percepción del cuerpo femenino. Por consiguiente, se culpa solamente a la Revolución por este problema social contemporáneo. Para estudiar los procesos sociales en Cuba hoy en día, es necesario situarlos primero dentro de un contexto histórico. En realidad, no podemos entender las sociedades de Latinoamérica y el Caribe fuera de las herencias del colonialismo y el imperialismo.

En este sentido, pretendemos explorar las bases históricas culturales del fenómeno de la prostitución en Cuba concentrándonos en la regulación institucional del cuerpo femenino, ideológica y materialmente, antes de 1959. Este ensayo intenta estudiar cómo se entrelazan los conceptos acerca de raza, género, clase y sexualidad y cómo se sumergen en nociones ideológicas de honor y moralidad. Se argumenta que estas nociones culturales, contenidas o implícitas en los discursos y en acciones relacionadas con el cuerpo y el trabajo sexual, estaban reguladas y disciplinadas por el Estado y la sociedad. Se estudia cómo estas nociones de raza, género, clase y sexualidad estaban inscritas e incorporadas en la vida cotidiana en las épocas coloniales y neocoloniales del país. Esto demuestra la relación existente de los valores e ideas culturales con las estructuras institucionales. Esta relación refleja y mantiene jerarquías que limitan el acceso a la igualdad social.


ÉPOCA COLONIAL

Las nociones de raza, género y sexualidad fueron fundamentales en el orden y la organización de la vida colonial en Cuba. Los conceptos de moralidad y honor, marcados implícitamente a través de raza y género, jugaron un papel crítico en la creación de estatus y poder. Estos conceptos fueron institucionalizados y medicalizados[1] por las instituciones del Estado y la Iglesia.

DISCURSO DE HONOR EN EL MATRIMONIO DESDE LA PERSPECTIVA DE RAZA Y NEGRITUD[2]

Las ideas de la sangre y la pureza racial que sostenían la institución matrimonial, tenían implícitas la noción racista para que no se produjera un entrecruzamiento racial. Heredando nociones tradicionales de sangre y pureza racial de España, bajo una retórica de herencia, el matrimonio y las proclamas de honor eran mecanismos para mantener la superioridad blanca. Aunque estos discursos de honor no hablaron de raza directamente, no disminuyeron las implicaciones de ellos. La respetabilidad familiar y el honor a través del matrimonio justificaban la jerarquía racial en Cuba.

Basada en la noción de limpieza de sangre, la integridad familiar estaba entrelazada con el linaje racial. Con el pretexto del honor, esta noción metafísica de «sangre» (de hypodescent)[3] cuantificaba el linaje para la clase noble blanca, y fue mantenida por la institución del matrimonio. La defensa de la respetabilidad y el honor familiar fue un fachada que justificó las jerarquías y la segregación racial, protegiendo el poder social, político y económico de la nobleza. El honor, simbolizado por ideas de sangre, brindaba una interpretación-biológica y científica del estatus social, así las posiciones en la sociedad parecían «naturales».

El matrimonio estaba reservado para personas «iguales» con un poder y un estatus social representados por el color de la piel, con lo que se aseguraba el «linaje puro». La negritud simbolizaba inferioridad y esclavitud. La ascendencia africana era considerada una mancha contaminada o un deshonor (Martínez-Alier, 1974: 15). Es decir, el honor significaba no tener «sangre» o herencia africana o negra. Así la clase alta pudo asegurar su posición social «natural o merecida» previniendo los matrimonios interraciales y manteniendo el linaje «puro».

Muchas leyes de la Iglesia y del Estado vigilaban el linaje racial para imponer y mantener las nociones de honor, preservando las jerarquías sociales. Había requerimientos estrictos sobre el matrimonio. Los documentos oficiales de bautismo registraron información de la ascendencia de las personas, que servía como mecanismo de control social de éstas. Desde 1776 se dictaron leyes que regularon los matrimonios. Los matrimonios inter-raciales estaban prohibidos. Sólo quienes pertenecían a la nobleza o poseían «sangre pura» requerían por ley una licencia formal para casarse, y las parejas tenían que ser de estatus iguales (ibíd.: 30, 71).A las que no lo tenían, se les impedía obtener esta licencia. Estos requerimientos legales, estatales y religiosos fueron introducidos con el fin de mantener una segregación racial en la colonia. Tal sistema de vigilancia del casamiento de parejas interraciales, reforzaba la inferioridad «inherente» de los negros y evitaba su movilidad social.

En ese período las rigurosas fronteras raciales de la sociedad colonial cubana estaban siendo influenciadas y amenazadas. Aunque la abolición de la trata de los esclavos fue declarada en 1817, Cuba fue uno de los últimos países en el hemisferio en abolir la esclavitud[4]. Empero, los hijos de los esclavos eran declarados legalmente libres. Con el proceso de coartación, los esclavos podían comprar o negociar su propia libertad. Mientras tanto, la guerra contra España influyó en la política de emancipación, aumentando el número de «negros libres». Asimismo, los hombres blancos, demográficamente en mayor cantidad que las mujeres blancas, continuaron sus relaciones ilícitas con las mujeres de color[5], generando hijos interraciales. Entonces, el sistema social racial y sus estrictas fronteras estaban en riesgo a causa de la creciente población de negros libres, el aumento de relaciones interraciales y la abolición inminente de la esclavitud.

Estos factores pusieron en peligro la estructura laboral de la colonia, y las clases altas temían una rebelión negra parecida a la que sucedió en Haití (Helg, 1995). Entretanto, el color negro de la piel ya no significaba un estatus de esclavitud, por lo que se adoptaron nociones de honor y requisitos de matrimonio como una alternativa para determinar un estatus racial. Cuando las apariencias físicas (de color) no bastaban como factor para atribuir un estatus social, las referencias al «honor» o la ascendencia de alguien, conceptos fuera del sistema de la esclavitud, se apropiaron como mecanismos para mantener la subordinación racial (Martínez-Alier, 1974: 71-74).

El honor constituyó criterio y mecanismo para distinguir las poblaciones que no eran blancas, legitimar la segregación racial y confirmar la superioridad blanca. Por tanto, las restricciones para el matrimonio fueron la línea que dividió la población blanca de los demás. Estándares de honor monitorearon poblaciones «peligrosas» de origen africano para mantenerlos en «su lugar», es decir, en una posición marginada. Esta retórica de honor funcionaba con el propósito de relacionar categorías raciales con sentimientos de bueno/malo, lo que reafirmaba la inferioridad «innata» de los negros.

DISCURSO DE HONOR EN EL MATRIMONIO DESDE LA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Las costumbres sociales alrededor del género también perpetuaron este ideal de honor para mantener la superioridad de la clase noble. La exclusión de la gente de color de un estatus era establecido por el control sexual de las mujeres. Víctimas de su propia biología, el poder reproductivo de las mujeres se consideró una amenaza a la noción de honor y al sistema jerárquico que se sostenía.

Nociones de género basadas en el patriarcado[6]

La respetabilidad familiar se aseguraba mediante la reputación sexual de sus mujeres.

Paralelamente a la cuestión racial, las mujeres eran objeto de vigilancia y control para prevenir una mancha en el linaje. Por ello se vigilaba y controlaba a las mujeres por el nombre familiar[7]. La capacidad reproductiva de las mujeres se utilizó en nombre de la «pureza social» pública (Martínez-Vergne, 1999: 95; Suárez-Findlay, 1999). La virginidad y castidad de una mujer representaba el honor y el estatus social de una familia. En este sentido, la institución del matrimonio entrelazó valores de honor, patrimonio, sexualidad y las obligaciones de las mujeres (Suárez-Findlay, 1999: 125). Por ejemplo, el permiso de los padres era un requerimiento formal para que una mujer pudiera casarse.

El honor desde la cuestión del matrimonio estaba entrelazado con el estatus social y la dependencia económica, por lo que se exigía el control de la sexualidad femenina a través de la vigilancia de los hombres. Según Collier yYanagisako (1987), se recurrió a los códigos y nociones de honor basados en el patriarcado para racionalizar la subordinación femenina. Nociones victorianas de género marcaron las cuestiones de espacio, sexo y esferas públicas o privadas. Según estas nociones victorianas, el dominio público se reservaba y designaba sólo para los hombres, mientras que el mundo privado o doméstico era para las mujeres[8]. El espacio público, asociado con los hombres, era el centro de actividad social y, por tanto, se concebía con valor, lo que legitimaba la autoridad masculina. Esta dicotomía definía los papeles de género y el comportamiento «aceptable» según el sexo de alguien. Se valoraba mucho el hogar según la ética familiar burguesa. La idea de ama de casa era un símbolo de estatus (Martínez-Vergne,1999: 35, 93).

Empero, estos estándares de género, espacio y comportamiento tenían que ver con la sexualidad y la sumisión. La sexualidad femenina, que obligaba a la mujer a la esfera hogareña, estaba limitada a la procreación. La noción «hogar» era muy importante y valorado dentro de la ética familiar burguesa; tener esposas «de ocio» en la casa era un símbolo de estatus (Martínez-Vergne, 1999: 35, 93). Se controlaba el movimiento de la mujer con esta noción de dominio en lo privado, obligándola al hogar y limitando sus actos de sexo solamente por motivos de procreación. Entonces, al regular y restringir su movimiento al campo privado, se manejaba y controlaba la sexualidad de las mujeres. La necesidad de controlarla e imponer estándares de honor daba significación cultural a la capacidad reproductiva femenina. Por tanto, el comportamiento sexual femenino fuera del espacio doméstico —es decir, fuera de la obligación reproductiva— era inmoral, sobretodo si ocurría fuera del matrimonio. La distinción de los espacios públicos (masculinos) y privados (femeninos) limitaba las actividades sociales, económicas y políticas de las mujeres. La función reproductiva de las mujeres, se definía como algo biológico e innato; este valor mantenía su subordinación y la ilusión de un orden de género «natural». Las instituciones regularon activamente estas nociones de género, espacio público/privado y los usos morales del cuerpo femenino.

Como dice Jane Collier (2000), la preocupación sobre la caída de la moralidad en la vida pública era un discurso que permitía la regulación del orden social que legitimaba las desigualdades sociales entre mujeres y hombres. Las mujeres eran valoradas por su virginidad y castidad. No debían tener relaciones sexuales fuera de su obligación reproductiva. Por el contrario, los hombres eran celebrados por su virilidad y su capacidad de seducir y lograr mayor cantidad de mujeres. Había un estándar doble. Para los hombres, el sexo era considerado una actividad recreativa y de placer, mientras que, para las mujeres, el sexo era sólo una función biológica. Los códigos religiosos de la Iglesia reafirmaron esta función reproductiva de sexo para las mujeres y declararon que las relaciones fuera del matrimonio eran inmorales para ellas (Martínez-Vergne, 1999: 32; Martínez-Alier, 1987: 47)[9].

La sexualidad femenina era fundamental para mantener los preceptos de honor y linaje familiar. Las mujeres deberían ser modestas y respetables. Una mujer sexual, con características o conductas asociadas con «lo masculino», era una amenaza para el orden social (Martínez-Alier, 1974: 109). Fuera del entorno privado, la promiscuidad sexual femenina era concebida como una marca social negativa, generadora de opresión hacia las mujeres. La existencia de cualquier duda sobre «la integridad sexual» de una mujer significaba una crisis irreversible para la futura esposa, pues la colocaba en la posición de no ser elegible para casarse, lo cual representaba una vergüenza para su familia. Y si una mujer perdía su virtud sexual, avergonzando a su familia, sólo un matrimonio forzado podía rescatar su respetabilidad (Martínez-Alier, 1987: 109).


RAZA, GÉNERO Y HONOR: ESTEREOTIPOS DE MUJERES DE COLOR

El discurso de honor también diferenció a las mujeres por clase y raza. A partir de estas nociones de honor se construyeron barreras sociales que funcionaron para controlar la sexualidad femenina y limitar su participación en la vida pública. El sistema del colonialismo hizo cumplir la dicotomía «pública/privada» en sus poblaciones para organizar y categorizar las instituciones y actividades de la vida cotidiana (Lugo, 2000). El honor también se codificaba en divisiones espaciales que tenían que ver con posiciones económicas.

Mujeres de la clase alta eran aisladas en la casa. Sin embargo, la clase obrera, gente de color en su mayoría, no tenía el privilegio de acceder a estas normas; tenían sus propias nociones de honor (Suárez Findlay, 1999: 28). Por necesidad económica las mujeres de clase baja trabajaban fuera de la casa. Por vulnerabilidad económica, no podían sobrevivir económicamente solas. Había una interdependencia entre los hombres y las mujeres de la clase trabajadora; hacían falta los sueldos de los dos trabajadores para mantener sus vidas. Mientras, las mujeres de la clase burguesa quedaban dependientes económicamente de sus esposos. Sus recursos les permitían quedarse en casa y dedicarse a criar a sus hijos (Suárez-Findlay, 1999: 69).

Así, las mujeres de clase baja, en general mestizas o negras libertas, transgredieron las fronteras de la casa, ocupando la esfera pública del hombre de tal modo que amenazaron la autoridad patriarcal[10]. Y resultó que por ocupar o estar en un espacio público podían ser acusadas de comportamiento «escandaloso» y ser detenidas por vagabundear. Las expectativas burguesas relacionadas con comportamientos y papeles de género nunca podían ser satisfechas por las mujeres de la clase baja, pues no adoptaron el comportamiento o las características asignados por la sociedad dominante y, por tanto, no podían ser calificadas como verdaderas mujeres de virtud (Suárez-Findlay, 1999: 20; Martínez-Vergne, 1999: 111). Quedaban marcadas como inmorales y sin honor. Eran también vistas como promiscuas y licenciosas innatas. Su sexualidad era estigmatizada.

Esta perspectiva era parte de la ideología dominante del blanqueamiento[11]. Junto a la prohibición legal de matrimonios interraciales, las mujeres de color no tenían la posibilidad de redimirse con el matrimonio. Primero, las mujeres de color ya estaban consideradas manchadas por su sangre negra, corruptas por su herencia africana. Segundo, según las leyes, el matrimonio nunca era una opción viable. ¿Qué hombre iba a enfrentar denigración y ostracismo sociales por casarse con una mujer «deshonorable»?

A diferencia de las mujeres blancas, su participación en relaciones sexuales fuera del matrimonio se consideraba un pecado que las colocaba sin remedio fuera del estatus del honor. El honor también era cuestión del gobierno y la ley. En la época colonial las cortes fueron utilizadas en defensa de la reputación personal de una mujer con el propósito de combatir la difamación sexual y buscar indemnización legal. Caulfield y sus colegas (2005) describen los casos de juicios por violación o insultos en Latinoamérica en que el honor del demandante, normalmente femenino, estaba en juego. Entonces el estatus social y la reputación eran defendidas por códigos legales diseñados para restablecer el honor de alguien. Pero, como demuestra Putnam (2005), los ataques y acusaciones contra la reputación sexual de una mujer sirvieron como rituales de poder y clasificación que entrelazaron la degradación racial con las transgresiones sexuales.

La ley civil y criminal distinguía entre mujeres «honestas» y «deshonestas». Sin embargo, existieron luchas individuales para restituir un honor dañado entre gente de estatus iguales o casi iguales. Es decir, las mujeres de color tenían poca oportunidad de ser redimidas. Quienes oficialmente disfrutaban de honor, podían defender su reputación en la corte. Ni la élite ni los funcionarios reconocían el honor del plebeyo (Caufield et al. 2005: 2). Entonces, en la ley y en la práctica se mantuvieron distinciones de clase y raza entrelazadas con conceptos de honor. Los estereotipos de las mujeres de color en la cultura popular las clasificaron como objetos sexuales, para lo cual influyeron las costumbres sociales y el sistema legal. Por ende, esta población quedaba sin posibilidades de ser redimida.

Los hombres blancos, amparados en estas condiciones, por estos estándares dobles de raza y género, continuaron relacionándose con mujeres de color. También la demografía promovió esta práctica: los hombres blancos superaron en número a las mujeres blancas. Por ejemplo, el concubinato hombres blancos con mujeres negras o mulatas era muy practicado. Estas relaciones fuera del matrimonio no incluía el acceso de los hijos al poder o al estatus del padre, en caso de existir descendencia. El concubinato proporcionó la oportunidad de demostrar la virilidad masculina, dejando a las mujeres vulnerables con pocos recursos. De este modo se legitima la desigualdad para las mujeres y su descendencia. Por tanto, estas relaciones interraciales eran aceptadas socialmente, porque no eran reconocidas por la ley.

Como la institución del matrimonio estaba reservada para personas «iguales», los hombres blancos no podían casarse con mujeres de color «racialmente inferiores». Sin embargo, estas relaciones extramaritales cuestionaron el control exclusivo de los hombres sobre los cuerpos de las mujeres, ya que éstas no accedieron a los valores asexuales burgueses de género tradicional. Las mujeres de color y de la clase obrera transgredieron los papeles sexuales de género al tener relaciones fuera del matrimonio, con lo que rompían los conceptos «blancos» de moralidad y amenazaban el statu quo.

Esto también reafirmó la inferioridad de los hombres de color, porque no podían mantener a sus mujeres en «su lugar» (privado).

Dada la amenaza de relaciones interraciales, se desarrollaron estereotipos negativos para estigmatizar a las mujeres de color y mantener su estatus subordinado. Mecanismos formales e informales reforzaron el statu quo. Las mujeres de color no fueron consideradas «damas».

«Actuaron» su sexualidad de una manera masculina. Como no representaron los papeles de género tradicionales, no tenían nada que ver con los códigos de honor. Eran tildadas o etiquetadas como promiscuas y licenciosas. La mujer negra, de vigoroso apetito sexual, era yuxtapuesta a la mujer blanca virgen, asexual, inocente y con virtud.

Las circunstancias de la esclavitud y el sistema colonial engendrarían un profundo racismo y el subsiguiente sistema de valores, creencias y estereotipos, de los cuales las mujeres también fueron objeto. Como expresa Álvarez Ramírez (2008: 36), el discurso hegemónico relativo a la sexualidad de las mujeres negras y mestizas que se ha legitimado en la sociedad patriarcal, las considera como objeto de deseo. Aparecen como figuras del deseo y son representadas como destino ineludible para hombres con vida sexual activa[12].

Como decía una frase popular, no hay tamarindo dulce, ni mulata señorita. (Martínez-Alier, 1974: 118). La imagen erótica de la mulata seductora y lujuriosa fue canonizada en el imaginario popular, marginando a las mujeres de color y legitimando el poder y el estatus racial de los hombres blancos. El color de la piel representó la moralidad del individuo. Su promiscuidad era una característica «innata», por lo que era un peligro. La fantasía lujuriosa de la mulata/negra liberaba a los hombres blancos de culpabilidad por sus agresiones sexuales, convirtiendolos en victimas de estas mujeres (Helg, 1995: 18).

Estos estereotipos son un ejemplo de los discursos regulatorios (Foucault, 1975): regímenes de disciplina que deciden cuáles son las posibilidades permisibles socialmente, de sexo, género y sexualidad y cuáles son «naturales» o «innatas».

Esto representa lo que Judith Butler (1990) llama performativity: el poder reiterado de los discursos produce el fenómeno que se regula y se obliga. Es decir, estos estereotipos servían como lenguaje de autoridad; eran reforzados por las leyes y las normas de la sociedad. Entonces, el performance de sexo, género y sexualidad para las mujeres de color no era una elección voluntaria.

Kutzinski demuestra cómo esta imagen popular de la mulata sexualizada y racializada adquirió fuerza y poder en la conciencia nacional cubana durante los principios del siglo XIX. Estas imágenes colocan a las mujeres de color como objetos del placer masculino, y muestran la contradicción ideológica simultánea de temor y deseo ante su diferencia racial. Este estereotipo era icónico durante la época colonial, estaba promovido por la cultura popular y legitimaba el comportamiento de los hombres blancos hacia ellas; prosperaba en las artes visuales y el teatro popular. Novelas como Cecilia Valdés y poemas como «La mulata» de 1845, escrito por Francisco Muñoz del Monte, atribuyeron a la mulata el papel de seductora serpentina (Kutzinksi, 1993: 28). También las marquillas de tabaco y las litografías presentaban a la mulata de esta manera.

Esta representación del cuerpo femenino, dice Moya Richard, ejerce gran influencia en la conformación de lo femenino—en este caso, lo femenino y lo racial—en el imaginario social. La representación mediática del cuerpo, en particular del femenino racializado, es expresión de la dominación que considera a estas mujeres negras parte del deseo masculino blanco. Estas representaciones o modelos del cuerpo de las mujeres negras y su sexualidad generan una forma de dominación que da como resultado la exaltación de un pensamiento patriarcal y racista (Moya Richard, 2008: 4-5).

Estas imágenes asociaban con frecuencia a la mulata o la negra con el ambiente urbano, la calle y los centros de comercio. «La mulata viene a representar algunos intercambios de la ciudad, sobre todo la sexualidad ilícita de una prostituta» (Kutzinski,1993: 59-60).

Otro ejemplo de esta ideología es la opinión del doctor Ramón Alfonso, secretario de la Comisión de Higiene Especial en 1902: las mujeres negras se encontraban «en constante promiscuidad […] y favorecidas por todos los medios de su instinto lascivo para que procreara.No podían sermás que unas prostitutas y no podían dar más que hijas prostitutas también» (Alfonso, 1902: 12).

Entonces las mujeres de color eran objetos de placer y deseo para los hombres blancos. Los cuerpos «vendibles» de estas mujeres han sido parte de la colonización en Cuba, que llega también al campo cultural (Álvarez Ramírez, 2008: 38). Esto justificaba las relaciones explotadoras entre los hombres blancos y las mujeres de color. Conocidas por su sexualidad, estas mujeres no tenían «honor» y no fueron reconocidas como damas, lo cual permitió que los hombres hicieran lo que deseaban sin ningún castigo social. La «inmoralidad» de las mujeres de color legitimaba ideológicamente una política de deseo fundamental para la estructura de poder que las subordinaba[13]. Esto demuestra que los discursos del honor o, mejor dicho, del «deshonor» de las mujeres de color y su sexualidad, eran parte integral de la ideología burguesa que mantenía la estructura hegemónica de la colonia.

Estos estereotipos de las mujeres de color fueron integrados en las instituciones coloniales como parte de la estructura racista y sexista. Su «sexualidad inmoral y desafiante» fue definida como una patología y medicalizada. Desde mediados del siglo XVIII cada manifestación «inmoral» o, mejor dicho, los comportamientos sexuales no reproductivos de las mujeres se consideraban un problema público grave. Las manifestaciones de una sexualidad femenina no reproductiva y la existencia de mujeres que ocupaban la esfera «pública», eran interpretadas como una condición patológica que la sociedad necesitaba controlar.

Estas mujeres y sus comportamientos sexuales eran denunciados. Sus características «innatas» tenían que ser rectificadas o supervisadas. Por esta razón, el Estado tenía que controlar, aislar y corregir a estas mujeres. Se formaron estructuras formales e institucionales que se basaban en un punto de vista machista y racista para mantener bajo control a estos sectores del pueblo definidos como «problemáticos» y limitar la movilidad de las personas negras y las mujeres.

Por tanto, el Estado desarrolló mecanismos para vigilar institucionalmente los cuerpos de las mujeres. En este contexto los discursos de honor tradicionales fueron medicalizados, llegando a una retórica de salud y seguro social. El Estado creó casas de recogidas y más tarde zonas de tolerancia como instituciones para controlar y regular los cuerpos de las licenciosas mujeres de color. El Estado tenía una «responsabilidad suprema» de enfrentamiento a estas «mujeres públicas» al considerarlas «una acción destructora sobre la moral de las sociedades por la ejemplaridad funesta de sus hábitos» (Alfonso, 1912: 120.)[14].



CASAS DE RECOGIDAS

El Estado estableció las casas de recogidas o «arrepentidas» para prevenir y corregir la prostitución femenina[15]. Éstas ayudaron a transformar a mujeres «problemáticas» hasta que demostraran rasgos tradicionales femeninos, tales como docilidad, sumisión y «respetabilidad». En 1746 el alcalde (por orden del rey español) ordenó el recogimiento de mujeres mundanas:

[...] procuren ordenar y arreglar el régimen y método de Gobierno de las Mujeres que se recogieran en dicha casa, de forma que no solo se las emplee y ocupe en cuanto pueda conducir a distraerlas de su vida licenciosa, sino también en labores que puedan utilizar en la misma casa y contribuir a su conservación [...] [Estévez Álvarez, 1976: 6,18].

El objetivo de estas «casas-cárceles» era ofrecer albergue gratuito a mujeres jóvenes que «sin recurso alguno se viesen arrastradas a la prostitución o tuviesen que ser depositadas por disposición judicial y procurar el aislamiento consiguiente de las que por faltas leves se viesen procesadas» (ibíd.: 17). Las casas se destinaban a «doncellas pobres y expuestas a relajaciones» y también a delincuentes «escandalosas e incorregibles». A estas mujeres se les exigía que se mantuvieran dentro de la casa. A ninguna se le permitía salir sin previa orden escrita de los tribunales (ibíd.).

A partir de la oratoria estatal de apoyo y «benevolencia», estas casas castigaron y explotaron el trabajo de estas mujeres en vez de protegerlas. Es importante notar la manera en que se habla de las mujeres y las casas. La fuerza de estos discursos describían a las mujeres como «de mala vida», sin vergüenza, arrepentidas y escandalosas; al mismo tiempo, tenían que ser salvadas y protegidas. Este es un ejemplo de lo que Scott (1990) llama un «trascripto público». Se trata de una descripción de interés del Estado (dominante) que distrae la atención de las implicaciones políticas y económicas; es un medio para ocultar la coerción. Estos discursos son fundamentales para establecer el poder social.


LA ÉPOCA NEOCOLONIAL Y EL SISTEMA DE REGLAMENTACIÓN

En el siglo XIX el Estado creó otras estrategias y mecanismos que regulaban la actividad sexual desde el poder. Como explica Abel Sierra, la medicina comienza a desempeñar un papel importante en el control de los disidentes. A los homosexuales, las prostitutas o las mujeres codificadas como prostitutas por ocupar la esfera pública, la policía del sexo los convirtió en criminales y enfermos, en disidentes (Sierra Madero, 2003: 23).

Como anteriormente hizo la Iglesia, la medicina y el derecho definían y vigilaban a los transgresores de las normas sexuales establecidas. Durante y después de las guerras de independencia, los debates sobre las mujeres y la prostitución se concentraron en temas de salud e higiene. El lenguaje de la medicina y la teoría científica eran codificados con articulaciones de raza y género. La percepción de las enfermedades venéreas fueron afectadas por nociones de género, raza y patología (Higgenbotham, 1992)[16]. La prostitución se consideró la mayor causa de enfermedades venéreas de los hombres, lo que decretó por tanto más regulación y control de los cuerpos femeninos (Alfonso, 1902: 47)[17]. Después de la primera ley del Servicio de Higiene, en abril de 1873, se crearon instalaciones (centros) de medicina para recluir y examinar a prostitutas.

El comienzo del régimen regulatorio cubano surgió bajo la rúbrica de salud pública y reforma cultural. La génesis del Sistema de Reglamentación coincidió con el ejercicio de la prostitución «al desenvolverse las sociedades primitivas» (Alfonso, 1912: 66). El control estatal del cuerpo femenino continuó durante la transición hacia una república independiente. En 1901 la Comisión de Servicio de Higiene redactó sus resoluciones de la reglamentación oficial de la prostitución para «organizar la salud pública». Esta política se justificaba como un proceso necesario para prevenir ataques a la moralidad pública.

El sistema tenía tres operaciones básicas: registrar e inscribir prostitutas (o, mejor dicho, a las mujeres que se asumía que eran prostitutas), proveer inspecciones de salud (que implicaban mandar a las mujeres a visitas sanitarias semanalmente) y hospitalizar a las que se detectaban con enfermedades venéreas[18]. Las prostitutas registradas sólo podían trabajar en áreas llamadas zonas de tolerancia, localizadas en las afueras de la ciudad, para prevenir el aumento de la prostitución y la incidencia de enfermedades venéreas.

Estas zonas tenían sus propias leyes de comportamiento, regulaciones e impuestos. Por ejemplo, la cartilla era un cuadernillo que las mujeres debían llevar consigo siempre para establecer su identidad, presentarla a cualquier oficial y documentar los resultados de sus inspecciones médicas. También las mujeres eran multadas y restringidas a vivir y trabajar sólo dentro de las zonas. El Servicio de Higiene, de administración y supervisión de estas zonas, cobraba impuestos estatales en esas áreas, definidas como espacios para «tolerar el vicio».

La participación en este sistema era obligatoria. Las visitas sanitarias a la clínica eran un requisito obligatorio para todas las mujeres registradas y debían realizarse con una frecuencia de al menos dos veces a la semana. Si perdían un examen, eran multadas y llevadas a la fuerza a la clínica para hacerse el examen clínico (Alfonso, 1912: 102-103). Una patrulla especial de la policía perseguía a aquellas «mujeres públicas y desobedientes» no registradas y las sancionaban a pagar las multas. Lo mismo aconteció en Puerto Rico, no importaba si realmente las mujeres eran prostitutas. Prostitutas o no, los cuerpos de las mujeres eran controlados igualmente (Suárez-Findlay, 1999).

Esta Reglamentación se dirigía solamente a las mujeres. No se aplicaba a los hombres, ya que ellos «transmitían las enfermedades venéreas si se les contagiaba por accidente» (Alfonso, 1912: 136). Por ejemplo, entre 1907 y 1908, se estableció el servicio de tratamiento gratuito para los hombres que lo solicitaban, pero este centro médico se cerró después de un año, ya que muy pocos hombres acudieron para recibir tratamiento (Alfonso, 1912: 106).



LA DEFENSA DE LA REGLAMENTACIÓN

La Reglamentación y su política se justificaba para «prevenir ataques a la moralidad pública y para garantizar la salud colectiva» (Alfonso, 1912: 65). Estas mujeres eran clasificadas como «un peligro venéreo». Sus comportamientos transgresores de los estándares burgueses de raza y de género se consideraban «una acción destructora de la moral de la sociedades» (Alfonso, 1912: 120; Alfonso, 1902: 47). La salud pública, con principios morales subyacentes, fue un mecanismo para patrullar y perseguir a estas mujeres que no aceptaron las normas burguesas. Los cuerpos de las mujeres, especialmente las mujeres de color signados por su sexualidad exagerada, fueron codificados con preceptos de moralidad. La ideología del honor, marcada por nociones de raza y género, continuó mediando y definiendo el estatus social y exigiendo el control y la vigilancia institucionales de la sexualidad femenina.

Las reglamentaciones y sus justificaciones discursivas ilustran cómo las técnicas estatales de disciplina y de poder están centradas en el cuerpo. Se demuestra lo que Foucault (1977) llamó biopower: cómo agencias desplegadas por el Estado definen poblaciones. Estos grupos se clasifican como miembros fallidos (por sus cuerpos) de la sociedad y, por tanto, se llega a manejarlos de manera específica para su uso. Los discursos de honor y moralidad no eran actos de lenguaje incidental, pues ideas de género y raza se encontraban implícitas. Las instituciones de la Iglesia y el Estado fueron instrumentos de esta ideología, que justificaba la regulación del cuerpo femenino.


CONCLUSIÓN

Este ensayo trata de explicar cómo los conceptos acerca de raza, género, clase y sexualidad estaban entrelazados y cómo se hallaban inmersos en nociones ideológicas de honor y moralidad en Cuba antes de la Revolución. Estas nociones culturales contenidas o implícitas en los discursos y acciones involucrados con el cuerpo y el trabajo sexual, justificaban vigilar, regular y disciplinar los cuerpos de las mujeres, y especialmente los cuerpos de las mujeres de color. Los discursos y el consiguiente control corporal femenino por el Estado y la sociedad jugaron un papel crítico en las relaciones políticas, sociales y económicas en la Colonia y la República. Los cuerpos de las mujeres estaban marcados por la raza y la sexualidad, lo que provocaba su control discursivo y material. Los valores culturales inscritos e incorporados en la vida cotidiana se fundamentaban en desigualdades que tenían que ver con la raza, el género, la clase y la sexualidad, lo cual justificaba y mantenía una estructura hegemónica jerárquica.

Los sistemas de reglamentación en la época colonial y neocolonial en Cuba son un ejemplo de lo que Omi y Winant (1989) denominan un «proyecto racial». Un proyecto de este tipo está formado por dos partes que trabajan en conjunto: las representaciones y significados, y las leyes e instituciones. En este caso, las ideas y las instituciones funcionaban unidas para negar recursos, derechos e igualdad a las mujeres y especialmente a las mujeres de color en Cuba antes de 1959. Instituciones estatales y valores culturales trabajaban conjuntamente para crear, justificar y perpetuar una jerarquía en la sociedad cubana. El Estado y la Iglesia fueron instrumentos de una ideología racista y sexista, lo cual demuestra la relación existente entre valores e ideas culturales y estructuras institucionales, y la forma en que se mantienen jerarquías que funcionan como obstáculos al acceso a la igualdad social.

Lo anterior permite profundizar en la relación o la tensión entre cambios estructurales y culturales. A partir de este análisis surge un conjunto de interrogantes que serían fuente de nuevas indagaciones. El Estado cubano y sus instituciones han cambiado a través de los tiempos. Las metas de igualdad, los cambios estructurales y los programas socialistas de la Revolución Cubana han tenido mucho éxito en el sentido de la igualdad en cuanto a raza y género, quizás más que en cualquier otro país del mundo. Empero, a pesar de los cambios políticos de la Revolución, nos quedan interrogantes: ¿cuál es la herencia del patriarcado y el racismo existentes antes de 1959?, ¿cómo se manifiestan hoy en día las herencias culturales de la época colonial y neocolonial?, ¿podemos hablar de una trayectoria evolutiva de las costumbres sociales cubanas contemporáneas?



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NOTAS

[1] Uso el término «medicalizados» para describir el proceso en que las ideas de honor y lo «moral» se designaron bajo la rúbrica y el discurso de la Medicina.

[2] Hablo de raza como una construcción social, no solamente como color de piel o características físicas. Raza y proceso de racialización refieren una ideología y prácticas sociales históricamente específicas. La significación de raza es negociada y definida a través de la historia (legalmente, por acciones colectivas, prácticas personales, luchas e ideas políticas y por instituciones). Es decir, la raza no es una esencia o un objeto concreto y rígido (fijo). Se trata de un concepto sociohistórico, determinado por fuerzas sociales y variable a partir de distintas sociedades y etapas (períodos). Empero, aunque es una construcción social o una ilusión, tiene consecuencias e implicaciones materiales y tangibles. La raza está presente en cada persona/identidad, institución y práctica social. Por eso, la teoría de formación racial explica cómo la cuestión racial es un inestable complejo de significaciones sociales, transformado constantemente por luchas y poderes políticos.

[3] En sociedades que consideran a algunas «razas» como superiores o dominantes y a otros grupos como inferiores o subordinados, hypodescents se emplea para asignar los hijos interraciales a la raza «inferior».

[4] En 1886 queda abolida la esclavitud con las guerras de independencia.

[5] En este ensayo se emplea el término «de color» para referirse a gente de descendencia africana o «no blanca». Uso este término para designar a una población que pasó por un proceso de racialización: la extensión de significación racial a un grupo clasificado por prácticas sociales, económicas y políticas. Es

decir , hablamos de mujeres de color como categoría para designar a una población marcada por cuestiones de género y raza; por ser mujeres «no blancas», recibieron un tratamiento y una posición social y la negación de sus derechos y de acceso a recursos en la sociedad. Aunque este término no se usa en Cuba hoy en día, el término «de color» aparece en los documentos de la época referida aquí. También muchos cubanos han debatido y siguen debatiendo el tema racial en la Cuba contemporánea. El debate actual refleja que todavía no hay un consenso entre especialistas (Martínez Fuentes, 2002). Por ejemplo, al hablar del carácter uniétnico y multirracial de la nación cubana, notamos que Jesús Guanche confunde la sustancial diferencia entre lo étnico y lo racial, conceptos sumamente complejos que poseen diversas interpretaciones e implicaciones sociales. Guanche describe que en Cuba existen

clasificaciones raciales de origen popular que prestan atención a las características evidentes de color de la piel, la forma y color del cabello y el color de los ojos (desde negro azul hasta albino y blanco lechoso) (Guanche, 1996: 54). Pero a pesar de tantas categorías, como dice Alejandro de la Fuente (2005), en Cuba sigue habiendo «negro», blancos mulatos (o mestizos); en la praxis social lo negro es asociado a los peores atributos sociales. Cuando se habla de discriminación racial y los efectos de las transformaciones relacionadas con este problema, se parte de las condiciones en que se encontraban los negros y mestizos en épocas anteriores (Alvarado Ramos, 1996). Y aunque «no hay razas», se siguen clasificando los grupos humanos, con pretensiones de que sus miembros puedan ser valorados o no. Las construcciones raciales y sus efectos han impactado en la vida de las personas, y desempeñado papeles sociales muy importantes (Martínez Heredia, 2002). Sobre el tema racial en Cuba, véanse: La Gaceta de Cuba, no. 1, enero-febrero, 2005; Temas, no. 7, julio-septiembre, 1996; Caminos, no. 24-25, 2002; y Catauro, año 4, no. 6, julio-diciembre, 2002.

[6] El término «patriarcado» se refiere a una sociedad que está dominada, identificada y orientada (centrada). El patriarcado es un aspecto fundamental de la opresión de las mujeres y las desigualdades de género. Patriarcado describe discrepancias de poder que tienen que ver con el género en la sociedad. Los hombres monopolizan la autoridad y las posiciones de poder, lo cual conforma una cultura que refleja el interés colectivo de los hombres y promueve que los hombres son superiores a las mujeres. También los conceptos de «cultura», «ideología» y «norma» están asociados a lo masculino. Lo masculino representa el mundo simbólico, el estándar de «lo normal», los valores núcleos de la sociedad. La experiencia masculina representa la experiencia humana; siempre hay un enfoque o

atención a los hombres. El patriarcado está implícito en la sociedad como una ideología que promueve los privilegios masculinos y es fundamental para las estructuras e instituciones de la sociedad.

[7] Véanse a Martínez-Vergne (1999) y Suárez-Findlay (1999) para una discusión parecida en el contexto de Puerto Rico

[8] Los estudios de género han desarrollado un análisis sobre las concepciones «público/privado o doméstico». Nociones victorianas de espacio, basadas en género y desarrolladas dentro de un esquema evolutivo, fundadas en las ideas de la Ilustración durante el siglo XVIII, justificaban la posición subordinada de las mujeres. Estas fuentes ideológicas de poder asociaron el espacio doméstico con la mujer por su «responsabilidad» biológica y reproductiva, mientras que el espacio público, asociado con

poder y autoridad, era para los hombres. Este carácter binario sirve de interpretación del cuerpo de la mujer, circunscribiendo el espacio, las actividades y el poder de las mujeres. Se universalizaron el espacio designado y el papel de la mujer en la sociedad, valorando el poder y la hegemonía de los hombres. Las nociones victorianas y su visión del espacio público y privado se relacionaban con recursos económicos, políticos y sociales; eran un mecanismo para prescribir las convenciones de comportamiento y la sexualidad, reinscribiendo el sistema jerárquico de la sociedad (véanse Collier , 2000; Rosaldo, 1974; Ortner , 1974; Maccormack, 1980).

[9] También en las últimas décadas del siglo XIX la medicina propuso un modelo de normalidad sexual que reforzó el modelo reproductivo de sexo (Sierra Madero, 2003: 23).

[10] Antes de la abolición de la esclavitud, las esclavas también trabajaban en las plantaciones agrícolas. Así, cuando fueron libres, no fue la primera vez que salieron a trabajar, ya lo habían hecho con anterioridad (Álvarez Ramírez, 2008: 36).

[11] Aquí me refiero al blanqueamiento como algo étnico, cultural y racial. Se trata de una ideología y un comportamiento social que es una manifestación de racismo. El blanqueamiento es un sistema de creencias que valora los avances socioeconómicos y el éxito en relación con un «desarrollo racial». En este sentido, es una estrategia adaptada física o culturalmente, enfatizada como requisito de movilidad social.

[12] El estereotipo acerca de la hipersexualidad de las mujeres frodescendientes lleva implícita la creencia de que las personas negras están más cerca de los primates y, por tanto, de la naturaleza (Álvarez Ramírez, 2008: 37).

[13] Véanse Gilman (1985) y Collins (1990) para una discusión del imaginario de la mulata, los cuerpos de las mujeres negras y el papel de los hombres blancos

[14] Desafortunadamente, muchos datos sobre las Casas de Recogidas y la Reglamentación eran destruidos por el gobierno civil durante y después de las guerras de independencia. Este ensayo se basa en dos documentos primarios escritos por el doctor Ramón M. Alfonso, quien trabajó como secretario de la Comisión de Higiene Especial del Estado y publicó estos documentos como informes anuales en 1902 y 1912. Como me interesan los discursos de las instituciones y el papel del Estado en la regulación del cuerpo femenino, concentré mi análisis del sistema de regulación en su comentario, como representación de la perspectiva del gobierno en esa época.

[15] Este fenómeno existió también en Puerto Rico colonial, pero se conoció como Casas de Beneficencia (Martínez-Vergne,1999).

[16] Véase Brandt (1987) para una discusión sobre la construcción social de enfermedades venéreas.

[17] En los documentos de Alfonso se habla de enfermedades venéreas, sin precisar a cuáles se refiere.

[18] En los documentos de Alfonso se habla de enfermedades venéreas en general. A veces se precisa que hicieron tratamientos de gonorrea y sífilis en el hospital.