Mostrando entradas con la etiqueta mi curepo es mío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mi curepo es mío. Mostrar todas las entradas

viernes, marzo 19, 2010

Argentina: Un vagón que lleva a la Polémica...

Las obras del subte H todavía no están terminadas. Sin embargo, el PRO ya propuso que exista un vagón exclusivo para mujeres con el fin de evitar que las pasajeras sean tocadas, acosadas o agredidas. La idea despierta debates en todo el mundo: ¿una forma de protección o de exclusión?
Por Luciana Peker / Página 12
Pasar por el molinete, bajar las escaleras, arrimarse a la línea amarilla y esperar. Pero no se trata, únicamente, de aguantar sin respirar y sin soplar y empujar para entrar o salir, sino, además, de comprimirse hasta querer volverse invisible, porque en la montonera las manos nos rozan, nos tocan, nos invaden. No siempre –casi nunca– por casualidad o puro amontonamiento, sino porque el amontonamiento tapa la agresión de tocar a una mujer, de tocarnos, de ser tocadas.

Ante el hartazgo de ser vejadas en los viajes, en Japón, Brasil, India, Filipinas y México crearon vagones exclusivos para mujeres. Con ese antecedente, el legislador porteño del PRO Gerardo Ingaramo ya proyecta que el nuevo subte H –que todavía no está terminado– tenga también un sector femenino (que permita el ingreso de niños menores de 12 años) para “evitar situaciones de acoso” con los antecedentes, además, de tres denuncias de abuso sexual –que tendría que haber prevenido la empresa Metrovías– en la línea D, durante el 2006.

“La iniciativa busca crear las condiciones necesarias para evitar posibles acosos en los subterráneos. El frecuente abarrotamiento de gente en el transporte público contribuye a que los manoseos se multipliquen. La creación de un vagón exclusivo no sólo evitará futuros casos de acoso, sino que contribuirá a generar una mayor conciencia sobre el tema. Para ello debemos trabajar sobre la prevención de este delito”, declaró Ingaramo, quien espera que la exclusividad de las pasajeras se multiplique por las líneas A, B, C, D y E que cruzan la Ciudad de Buenos Aires.



El proyecto no dice que los vagones tengan que ser rosa, sino que deben ser identificables. ¿Cómo? La pregunta es inquietante en una gestión que llegó a simbolizar el Día de la Mujer con el retrato de una joven dormida. En Brasil el vagón que lleva hasta Ipanema es rosa y para muchas mujeres fue una –nueva– alegría y para otras un nuevo sello de los estereotipos de género. Rita Alves comenta: “Acá funciona bien, a las usuarias les gusta mucho porque se creó un territorio femenino”. En la India los llaman “Ladies Specials”. En México DF –una ciudad donde salir en musculosa es un riesgo– la experta en violencia de género Sandra Lorenzano apunta que “son muy agradecibles”. Tal vez, por eso, también acaban de instalarse en la ciudad de Guadalajara, donde Las/12 consultó a distintas usuarias sobre este viaje (¿de ida o de vuelta?) a la protección o exclusión de las mujeres: todo un debate.

Gisela Carlos cuenta que en la ciudad no sólo está el vagón sino un colectivo –380– al que no pueden subir varones. “Es agradecible, pero como pasa cada venida de obispo no ayuda mucho: terminas subiéndote en el primero que pase aun si te agarran las nalgas”, cuenta, con un realismo que no quiere resignarse a tolerar el acoso. “Es gacho que terminen creando vagones o autobuses o andenes exclusivos para mujeres, lo idóneo sería que tomáramos cualquier ruta o cualquier transporte sin problemas y sin contratiempos”, reclama. También un varón se sube al colectivo de debate. Eric Lagorio opina: “Me parece una pena que hayamos tenido que llegar a esos límites, pero si es positivo para el bien de las mujeres, ‘malvenido’ sea”.

¿Y si en nombre de la inseguridad femenina se terminara poniendo calles exclusivas para varones y otras para mujeres como proponen –por razones religiosas– los ultraortodoxos judíos en Israel y generar nuevas formas de opresión en nombre de la protección? Si bien la medida puede servir para frenar esas manos que se meten para siempre en el bolsillo de las humillaciones femeninas –y no es menor–, también los riesgos quedan a la vista.

Pero, en contra de los y las que están en contra, Rossana Reguillo, coordinadora del Programa de Investigación en Estudios Socioculturales del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (Iteso), delimita el riesgo de las críticas: “He viajado muchas veces en el transporte colectivo y en tres de cada diez ocasiones he tenido que intervenir para frenar los avances de entusiastas toqueteadores frente a jovencitas. Sin embargo, en estos días he leído algunas opiniones preocupantes, como que se trata de ‘segregación’ o de ‘discriminación’ para los hombres (inaudito)... mi posición es que no resuelve lo de fondo: ¿Por qué el cuerpo de la mujer en el espacio público es botín para los deprepadores y qué tenemos que hacer para cambiar esto?, pero que ayuda en lo cotidiano”.

No todas se sienten iguales. Clara Hernández no se banca tener que viajar en corralito: “Como dirían en Argentina, ‘me da bronca’ ver esos vagones exclusivos porque debería haber respeto en todos lados, no sólo donde hay una línea rosa. Sólo te hacen sentir como una ‘nena débil’ que necesita trato especial y no resuelven absolutamente nada. He visto hombres subirse a propósito ahí sólo porque saben que están llenos de mujeres. ¡Sinceramente me siento ofendida de que tomen esas medidas!”.

Gisela saca de la estratósfera la polémica y la cuenta de una manera tan terrenal como andante: “A mí me ha tocado ver que si a una chica le agarran las nalgas o los senos, sobre todo cuando va a bajar y tiene que agarrarse bien porque si no se cae ante los frenones del camionero, las demás pasajeras se quedan calladas, o bien los hombres se ríen. Por eso, me pregunto: ¿El hacer un vagón color rosita, así bien bonito, resolverá esto?.

En la Argentina, ya hay quienes discuten la iniciativa PRO. “No nos parece acertado porque no creemos en la ‘discriminacion positiva’. Nosotras practicamos un feminismo que no excluye al varón, sino que lo suma para sensibilizarlo y para que construyamos un sistema más equitativo, donde el varón empiece a respetar los derechos de las mujeres”, opinan desde la Asociación Civil Las Diversas. La diputada de la Ciudad de Buenos Aires María Elena Naddeo critica: “El transporte público debe ser cómodo y seguro para todos los habitantes. Todavía tenemos capacidad en la ciudad de generar políticas universales. Por eso, diferenciar vagones para mujeres sería consagrar la ineficiencia y la mala gestión de los subterráneos”. Mientras que la legisladora porteña Diana Maffía se sorprende: “¡No lo puedo creer! Hacer un vagón exclusivo para mujeres implica que si una mujer no toma ese vagón está disponible para los tocadores y acosadores. El límite no hay que ponerlo encerrando a las mujeres, sino cambiando una cultura que hace de ellas cuerpos que los varones pueden tocar y depredar. ¿Si una mujer va en un grupo debe segregarse para que no la toquen en el subte? Lo peor es que puede resultar eficaz, justamente porque profundiza el estereotipo”.

jueves, mayo 21, 2009

La conquista del Cuerpo

"En una doble perversión, a las mujeres se nos hace creer que somos cuerpo y poco más, pero no se nos enseña a adueñarnos de ese cuerpo, a habitarlo y vivirlo en libertad"

Los principales ejes de la liberación femenina se han organizado a partir de la distinción del espacio público y el espacio privado. La participación de las mujeres en los espacios públicos es quizás el aspecto más evidente de los logros del movimiento feminista, aunque tiende a desconocerse (y, muchas veces, deliberadamente se ignora) la compleja historia de largo aliento que ha derivado en el creciente número de trabajadoras remuneradas, la mayoría aún en empleos precarios y algunas en puestos de poder y toma de decisiones.

En los libros de historia que manoseamos en el colegio, aquellos con páginas plagadas de imágenes de héroes que, a caballo y uniformados, traían y llevaban la guerra por el planeta, faltó Marie Gouze y su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. En las aulas nadie habló de las sufragistas ni de la mano de obra femenina que no atentaba contra la familia o las buenas costumbres, siempre y cuando alimentara la maquinaria de la guerra en tiempos de crisis. Más allá de la iconografía nacionalista que dibuja a la patria como madre frondosa y valiente, y de los tres o cuatro rostros de siempre, la historia oficial deja a las mujeres en el anonimato o el olvido.


La toma del espacio público por las mujeres pertenece a la historia marginal, esa de la que una sólo se entera si le interesa estudiar el feminismo. Pero ahí estamos, unas con conciencia de género y otras negadas a toda ideología, trabajando a cambio de un sueldo, desarrollando ideas, ocupando talleres, tribunas y oficinas. Y, sin embargo, el espacio público no es un tema acabado desde la reflexión feminista, democrática y equitativa. La pobreza, la explotación laboral, el acoso y el hostigamiento afectan, hasta hoy, mayoritariamente a las mujeres. El trabajo doméstico no remunerado sigue siendo sostén del capitalismo en tanto reproductor de mano de obra e infraestructura básica gratuita indispensable para el funcionamiento social.

Hay, sin duda, temas no resueltos en lo que respecta a la participación de las mujeres en la vida pública. No obstante, el quid de la cuestión femenina se encuentra en el espacio privado, concretamente en el cuerpo. Si bien se ha ganado un vasto terreno en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos gracias al motor de la lucha feminista, el cuerpo de las mujeres sigue en manos del Estado, del templo, de la iniciativa privada, de su pareja sentimental y de las costumbres.

El caso de las niñas rurales de Mauritania, cebadas a golpes para conseguir marido y ser un digno símbolo de opulencia, no se diferencia demasiado de otros ritos y creencias acaso menos brutales, pero que persiguen o perpetúan principios análogos. Es inevitable pensar en esas niñas sin que la mente nos lleve a las anoréxicas y bulímicas que viven dentro y fuera de la gran pantalla, al igual que resulta inevitable pensar en los pies vendados de las chinas de antaño sin evocar los juanetes de las modelos e hijas de vecino occidentales que usan tacones desde la pubertad, o en la mutilación femenina sin reflexionar en la total ausencia del clítoris en nuestros libros de anatomía, las charlas con nuestras madres o, peor aún, con nuestros compañeros sexuales.

En efecto, la barbarie que caracteriza la violación de los derechos humanos en otras culturas debe motivarnos a la indignación y la denuncia, pero también representa la oportunidad de pulir una mirada que no debe carecer de autocrítica.

Las mujeres, en todas las latitudes, crecemos con la convicción de que es indispensable modificar nuestro cuerpo para hacerlo apetecible, para agradar al otro, para complacer. Siempre hay algo que sobra (en mi cultura: vello, grasa, arrugas, celulitis...) y algo que falta (en mi cultura: pechos generosos y firmes, aromas delicados, maquillaje, ropa de moda...). Y el mensaje subyacente tampoco cambia según la geografía: nadie te va a querer tal como eres, nadie va a querer casarse contigo.

En ese discurso, un discurso que por desgracia está adquiriendo matices de universalidad, el amor y el bienestar, bajo el tramposo disfraz de la vida en pareja, quedan condicionados por la imagen. Cada vez más hombres caen en un engaño similar, pero las mujeres tenemos siglos de experiencia en la materia y conocemos al dedillo la doble moral que hace de nuestra anatomía el mejor regalo y el peor castigo.

El cuerpo y su imagen son el salvoconducto o la condena en diferentes etapas de la vida: ser delgada u obesa, pudorosa o coqueta, mesurada o promiscua, discreta o golfa. El cuerpo y su biología nos marcan a los ojos de la sociedad a través del tamiz de la sexualidad: nuestro estado de ánimo, temperamento y carácter, se supone, se explican por pura fisiología y nunca escapan a comentarios socarrones.

Desde la joven marginada que llega a la maquila mexicana o al taller filipino y debe someterse mes a mes a una prueba de embarazo dentro de la empresa bajo amenaza de perder el trabajo si se niega o se encuentra en estado, hasta la ministra española o la presidenta argentina a quienes se mide primero y fundamentalmente por el atuendo o cuán bien o mal cumplen con su papel de esposa o madre, el criterio para calificar a toda mujer pasa, antes o después, por el cuerpo. En una doble perversión se nos hace creer que somos cuerpo y poco más, pero no se nos enseña a adueñarnos de ese cuerpo, a habitarlo y vivirlo en libertad. Libertad de elegir cuándo, cómo y con quién arroparlo, disfrutarlo, desnudarlo, cuidarlo, compartirlo y quererlo como vehículo para desplazarnos y comunicarnos con el mundo.

Tampoco la izquierda ha conseguido entender del todo que no somos propiedad colectiva. ¿Cuántas revoluciones reclaman para sí la recuperación y usufructo de sus tierras, sus recursos y sus mujeres? ¿Cuántos camaradas se refieren a sus compañeras como mi mujer? Las palabras no son inocentes: reflejan cosmovisiones, creencias, supuestos.

El argumento aparentemente más sólido para afirmar que el feminismo está superado se basa en la participación pública femenina, pero el camino es largo y las ideas no dejan de cobrar vigencia. Cuánto echamos de menos la rabia del feminismo setentero: aquellas mujeres que malamente la mayoría sigue tildando de locas porque la única imagen que los medios rescatan es la quema de sostenes, sin reconocer que todo movimiento social necesita un impulso radical para poner sobre la mesa lo urgente y lo importante.

Hoy son necesarias aquellas que tuvieron la visión de plantear la ajenidad del propio cuerpo como la raíz del control patriarcal y, en consecuencia, su conquista como vía hacia una genuina liberación.