
Josefina Cedeño / Debate Abierto.
Quienes en la década de los 70 trabajamos con entusiasmo las nuevas corrientes sobre la liberación de la mujer y su incorporación al desarrollo social en condiciones de igualdad con el hombre hoy vemos con satisfacción que hemos logrado muchos de los objetivos que nos planteamos en aquella oportunidad.
Pero seria un grave error político que nos quedáramos allí, sin estudiar las más recientes tendencias que en este momento se mueven en el campo internacional para incorporamos, actualizados, a la lucha por los derechos de la mujer.
Esta reflexión me viene a la mente porque recientemente asistí, por invitación, a una reunión del Comité Central del Partido Comunista de Venezuela, posterior a una entrevista que sostuve con el Buró Político, con el fin de exponer la posición del movimiento femenino venezolano sobre la inclusión de la cuota participativa de la mujer en la nueva Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política.
En el debate que se produjo surgió la crítica sobre la dejación del análisis clasista como método científico para el estudio de los problemas de la mujer, formulada dicha critica en el contexto del rechazo a toda posibilidad de apoyar la inclusión de la cuota femenina en la nueva Ley.
Aquel debate, y su conclusión final, me permite puntualizar en este momento algunos aspectos del problema para lo cual es necesario comprender previamente el término, mundialmente utilizado, de análisis con perspectiva de genero.
Este término o frase es una forma o manera de expresar una idea específica referida al tratamiento de los derechos que la mujer ejerce en condiciones de discriminación y desigualdad con el hombre, por consecuencias de los roles o conductas que la sociedad impone a hombres y mujeres por el hecho de pertenecer a sexos diferentes.
Se trata, entonces, de analizar la situación específica de la mujer con acento en las relaciones desiguales y discriminatorias que la sociedad le asigna a ella como resultado de patrones culturales diferentes para hombres y mujeres.
Es cierto que los grupos feministas han elaborado su propia perspectiva de género, centrada exclusivamente en la mujer, y las diferencias causadas por la desigualdad y discriminación que afectan a las mujeres la plantean como una confrontación hombre-mujer, en la cual el hombre es el victimario y la mujer la víctima.
Pero esta posición no es la nuestra y la rechazamos, precisamente, por ocultar el enfrentamiento social presente entre mujeres y hombres opresores y hombres y mujeres oprimidos.
Sin embargo, hay que aceptar que la nuestra es una lucha reformista. Estamos trabajando dentro del marco del sistema capitalista para lograr las condiciones sociales necesarias para impulsar la eliminación de la desigualdad y la discriminación de la mujer, hasta donde sea posible en un sistema capitalista.
¿Es eso malo? ¿Y qué es lo que hace la República Socialista de Cuba cuando en foros internacionales apoya decididamente los avances para eliminar la desigualdad y la discriminación contra la mujer, incluyendo el controvertido asunto de la cuota electoral?
Se trata, no hay dudas, de posiciones reformistas centradas en problemas específicos de desigualdad y discriminación de la mujer, para mejorar sus condiciones de vida tanto en el ámbito privado como en el ámbito público.
Por eso, al enfoque de los problemas de la mujer en su real y objetiva situación de discriminación y desigualdad con respecto al hombre, debe dársele la significación de ejercicio consciente de acciones reformistas, con conocimiento de lo que se puede obtener en el presente y del beneficio que esas conquistas tendrán en el futuro, en la construcción y profundización de una nueva sociedad.
Al movimiento femenino se le plantean algunos objetivos de lucha inmediatos que trascienden las barreras de las clases sociales y por ello son de interés para todas las mujeres, con independencia de clase a la cual pertenezcan.
Así lo sostuve durante las discusiones para la reforma del Código Civil con relación a figuras tan importantes como la patria potestad compartida y la administración conjunta de los bienes de la comunidad conyugal.
En el primer caso argumenté que la pérdida de los hijos por una decisión judicial o acción de hecho del padre afectaba con igual consternación a una madre perteneciente a la burguesía que a una madre trabajadora.
En cuanto a lo segundo, sostuve que igual descalabro económico se producía en una mujer de la burguesía que resultara despojada de su fortuna por su marido que en una mujer de la clase trabajadora a quien su marido despojara de su casa o apartamento o cualquier otro bien económico sobre el cual ella tuviera legítimo derecho.
La misma posición asumo hoy día con relación a la violencia intrafamiliar y, específicamente, con la que ejerce el marido contra la mujer, pues este tipo de violencia la encontramos tanto en hogares de la burguesía como en los hogares de los más desposeídos.
Eso es así porque la sociedad patriarcal tiene en su origen, desarrollo y profundización la imposición violenta de patrones culturales por parte de la clase privilegiada, con el innegable apoyo de las mujeres de esa clase social, con el objeto de proteger sus bienes y garantizarse la transmisión hereditaria de los mismos, pero está demostrado históricamente que muchas de las desigualdades y discriminación que ese sistema genera afectan también a esas mismas mujeres.
De allí la necesidad real de asumir, sin complejos, el estudio del problema de la discriminación y la desigualdad de la mujer con énfasis en las injustas relaciones sociales en que ella se desenvuelve con respecto al hombre y accionar, por consecuencia, dentro de las adversas condiciones que nos impone el régimen capitalista, por la eliminación de esas desigualdades y discriminaciones, lo cual es perfectamente compatible con la concepción clasista de la lucha social incluyendo, por supuesto, la lucha por la plena liberación de la mujer.
Para concluir, es oportuno señalar pensamientos de Lenin y Augusto Bebel, para citar únicamente a dos clásicos marxistas, quienes con tanto acierto enfocaron el problema de la desigualdad y discriminación de la mujer.
Lenin, en su trabajo Materiales para la revisión del Programa del Partido, abril de 1917, dice que debe asegurarse el sufragio universal, igual y directo en las elecciones para todos los ciudadanos y las ciudadanas, así como el derecho de cada elector de ser elegido en todas las instituciones representativas. Afirma que debe establecerse el sistema de representación proporcional en todas las elecciones.
Pero meses antes, noviembre de 1916, en Tareas de la izquierda de Zimmerwald en el Partido Socialdemócrata Suizo. ID. Urgente reforma democrática para la utilización de la lucha política y del parlamentarismo, plantea tajantemente la abolición de todas las restricciones, sin excepción, de los derechos políticos de la mujer comparados con los de los hombres y dice que debe explicarse a las masas porqué esa reforma es particularmente urgente en esos momentos, cuando la guerra y el alto costo de la vida suscita la efervescencia de amplias masas y, en particular, despiertan el interés y la atención de las mujeres hacia la política.
Obviamente, sería un absurdo señalar que hay dejación del análisis clasista en esas afirmaciones.
Si admiramos la claridad del pensamiento de Lenin en cuanto a la mujer y sus injustas relaciones sociales con respecto al hombre, nuestra admiración por el camarada alemán Augusto Bebel no tiene límites. Su libro, La Mujer y el Socialismo, fue publicado por primera vez ", febrero de 1879, en la ciudad de Leipzig, y constituyó lo que hoy llamaríamos un best seller: para 1913, año de la muerte de Bebel, llevaba 64 ediciones en lengua alemana y había sido publicado en más de 25 idiomas.
¿Y qué decía ese pensador alemán en años tan lejanos?
Bebel, desde un punto de vista que hoy no dudaríamos en llamar con perspectiva de género, escribió cosas como ésta:
Independientemente de que la mujer sea oprimida como proletaria, lo es en el mundo de la propiedad privada como ser sexual. Continuamente existen para ella una serie de obstáculos e impedimentos que el hombre desconoce.
Bebel, además, sentenció:
En el mundo burgués la mujer ocupa un lugar secundario. Primero viene el hombre, luego ella.
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