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miércoles, enero 22, 2014

Los shopping centers, la utopía neoliberal

Emir Sader

La Jornada En su fase neoliberal, el capitalismo implementa, como nunca en su historia, la mercantilizacion de todos los espacios sociales. Se diseminan los llamados no-lugares –como los aeropuertos, los hoteles, los shopping centers–, homogeneizados por la globalizacion, sin espacio, ni tiempo, similares en todo el mundo.

Los shopping centers representan la centralidad de la esfera mercantil a expensas de la esfera pública en los espacios urbanos. Para la esfera mercantil lo que importa es el consumidor y el mercado. Para la esfera pública, es el ciudadano y los derechos para todos.

Los shopping centers representan la ofensiva avasalladora contra los espacios públicos, son el contrapunto de las plazas páblicas. Son cápsulas espaciales condicionadas por las estéticas del mercado, según la definición de Beatriz Sarlos. Un proceso que homegeneiza a todos los shopping centers de São Paulo a Dubai, de Los Ángeles a Buenos Aires, de la ciudad de México a Ciudad del Cabo.

La instalación de un shopping rediseña el territorio urbano, redefiniendo, desde el punto de vista de clase, las zonas donde se concentra cada clase social. El centro –donde todas las clases circulaban– se deteriora, mientras cada clase social se atrinchera en sus barrios, con claras distinciones de clase.

Los shoppings, como ejemplos de no-lugares, son espacios que buscan que desparezca todo lo específico –no tienen reloj ni ventanas–, donde desaparece la ciudad en que está inserto, junto con el pueblo, el país. Esos vínculos son sustituidos por la conexión con las mismas marcas globalizadas de los otros shopping del mundo, liquidando con las diferencias y las particularidades de cada país y ciudad, achatando todas las formas de consumo y de vida.

El shopping pretende sustituir la misma ciudad. Su aparición termina llevando al cierre de los cines tradicionales de las plazas públicas, sustituidos por docenas de salas de los shoppings, que promueven la programación estándar de las grandes cadenas de distribución.

El shopping no puede controlar el ingreso de las personas, pero, como por milagro, sólo están ahí los que tienen poder adquisitivo; los pobres están ausentes.

Hay un filtro, muchas veces invisible, constrictivo, otras veces explícito, para que sólo ingresen los que cuentan: los consumidores. Al igual que al capitalismo neoliberal.

Los shopping centers constituyen la utopía del neoliberalismo, un esapacio donde todo es mercancía, todo tiene precio, todo se vende, todo se compra, todo está mercantilizado. Junto con los espacios públicos, desaparecen los cuidadanos y sus derechos. Que sólo interesan mientras sean productores de las mercancías a ser consumidas en los shoppings.

La inseguridad en las ciudades –la real y la explorada por los medios–, el mal tiempo, la contaminación del aire, el tránsito, proyectan a la gente que puede a refugiarse en esa cápsula, que la abriga aparentemente de todos los riesgos. Casi ya es posible nacer y morir en un shopping –sólo faltan la maternidad y el cementerio, hoteles ya hay. La utopía –sin pobres, sin ruidos, sin calles mal cuidadas, sin niños pobres vendiendo chicles en las esquinas o pidiendo limosnas. El mundo del consumo, reservado para pocos, es el reino absoluto del mercado, que determina todo, no sólo quién tiene derecho de acceso al shopping, sino también la distribución de las tiendas, los espacios obligatorios a circular, todo comandado por el marketing.

Como toda utopía capitalista, está reservada para pocos, porque basta el consumo de 20 por ciento de la población para dar salida a las mercancías y los servicios disponibles y alimentar a la reproducción del capital.

Para que esas cápsulas ideales existan, es necesaria la superexplotación de los trabajadores –niños, adultos, ancianos– en las oficinas clandestinas, con trabajadores paraguayos y bolivianos en São Paulo y en Buenos Aires, así como en Bangladesh y en Indonesia, que producen para que las grandes marcas exhiban sus ropas y tenis lujuosos en sus esplendorosas tiendas en los shoppings.

Es un espacio privatizado de las ciudades, reservado para algunos. Cuando jóvenes –como ahora en Brasil– deciden celebrar sus encuentros en los shoppings, causan pánico en los gerentes de las tiendas, que no saben qué hacer, porque no pueden prohibir su ingreso, pero la vez saben que no son los consumidores de lujo a los que están dirigidas las tiendas.

El choque entre el mundo de los shoppings y los espacios públicos tradicionales –plazas, espacios culturales, clubes desportivos abiertos– es la lucha entre la esfera mercantil y la esfera pública, entre el mundo de los consumidores y el mundo de los ciudadanos, entre el reino del mercado y la esfera de la ciudadanía, entre el poder del consumo y el derecho de todos.

Es un choque que está en el centro del enfrentamiento entre el neoliberalismo y el posneoliberalismo, entre la forma extrema que asume el capitalismo contemporáneo y las formas de sociabilidad solidaria de las sociedades que asumen la responsabilidad de construir un mundo menos desigual, más humano.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2014/01/21/opinion/018a2pol

lunes, marzo 12, 2012

“Sueltos” sobre mujer, trabajo y capital

Ramón Pedregal Casanova
Rebelión
El término “Corde”, en latín, quiere decir “corazón”, y “recordar” se traduce como “volver a pasar por el corazón”. No vengo a traer aquí un discurso estrambótico ni vacío de contenido, quiero celebrar junto con la reivindicación de los derechos de la mujer trabajadora la lucha por la sociedad que merecemos con ella, lucha contra las desigualdades que son las injusticias, lucha por una sociedad equilibrada y, por tanto, superadora del sistema que nos divide.

Mis palabras transcurren por el terreno de lo escrito, textos literarios y no literarios, y nos remiten a la realidad o parten de ella, y procuro hacer que tengan sentido crítico, porque tan solo la aportación, la no repetición, permite el avance. Para los intelectuales el compromiso principal reside en el campo de las ideas, y las que expongo aquí en torno a la mujer trabajadora sobre todo, son ideas que parten de diferentes fuentes de conocimiento social. Quiero recordar, que “re-cordemos”, que nos enfrentemos a la repetición.

Destaco para ello, en primer lugar, aquellos conceptos que Cervantes, en su Prólogo a Don Quijote señala como propios del ser humano, e indica la necesidad de su exposición: la Libertad, la Igualdad, el Amor a los iguales, de las Ideas que impiden el avance, de la Amistad y de los que nos engañan.

¿Qué tienen que ver estos asuntos con su tiempo?: En su tiempo los gobernantes perseguían a los diferentes, la desigualdad la declaraban de origen divino, el odio a los extraños se consideraba un valor, citaban a la Biblia para sentenciar los abusos del poder, que se engalanaba con la hipocresía, y sojuzgaban a la mujer. Cervantes escribía en contra de todo eso. Y si su obra ha sido mal leída, mal entendida, si no se entiende que la literatura es la lectura del corazón y la reflexión sobre la mente de quienes vivimos en cada clase social, ¿nos situaremos en su propuesta, que además es una incitación a percibir el futuro? Los libros pueden ser fuente de pérdida de realidad, de facilidad para el engaño, pero también de ganancia de ética, de conciencia, de aspiración a metas superadoras. Fijaos ahora en un solo hecho, la mayoría de las lecturas sobre el Quijote ignoran el papel protagonista de la mujer, y eso es mucho peor para nosotrxs, ignoran su propuesta y no quieren que percibamos el futuro de igualdad que nos corresponde. Ignoran la reflexión de Cervantes sobre la mujer, aunque su discurso transcurra en contra de la violencia machista y la violación en concreto con párrafos como el que sigue, en el que Don Quijote dice se dedica a “amparar doncellas de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas de monte en monte y de valle en valle; que si no era que algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido”, (Capítulo XI, primera parte). Leerlo con el tono de humor que le pone no quita para entender ni para entrar en lo más profundo y central de la condición de la mujer; estamos en el capítulo XIII de la primera parte, los pastores hablando con Don Quijote titulan a la pastora Marcela de “homicida”, porque no ha consentido ni consiente que ninguno se haga dueño de ella, lo que ha sucedido, de donde sacan tal acusación, es que Grisóstomo , uno de los pastores, ha respondido con su suicidio a la negación de Marcela, es entonces, en el entierro de éste, cuando Vivaldo, otro de ellos, propone que lo que ha dejado escrito Grisóstomo sirva como señalamiento público de Marcela: Grisóstomo ha dejado escrita la acusación contra Marcela de haberle tratado con “crueldad… (y lo dice) para que sirva de ejemplo en los tiempos que están por venir a los vivientes”; Grisóstomo se queja “de celos, sospechas y de ausencias, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela”. Y allí, donde cavaban la tumba de Grisóstomo, apareció la pastora Marcela, adviértase que era una mujer trabajadora, cuando los hombres, pastores como ella, le dirigieron toda clase de insultos, y ella responde a los que la acosan, a los que la presiona, a los que condenan a la mujer por no dejarse dominar, por no disponerse a servir al hombre: “no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. … El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me con0ozca; quien cruel, no me siga; que ésta fiera, éste basilisco, ésta ingrata, ésta cruel y desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. … Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas. Tengo libre condición y no gusto de sujetarme.” Y, cuando Marcela decide marcharse, “…algunos dieron muestras (escribe Cervantes) de quererla seguir, … visto por Don Quijote … puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces dijo: Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. … es justo que en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.”

La lucha de Don Quijote-Cervantes por los derechos de la mujer trabajadora, se pueden seguir a través de su novela emblemática y del conjunto de su obra.

Y hablando del trabajo, terreno donde también los propietarios de los medios de producción hacen distinciones entre el hombre y la mujer, Paul Lafargue en su libro “El derecho a la pereza”, denuncia las “espantosas consecuencias” del trabajo asalariado y del trabajo en general, pero sobre todo del “amor” al trabajo que se ha apoderado de la mente de lxs propixs trabajadorxs, porque condena a unas y otros a una situación irreparable: dependencia, anulación, fortalecimiento de las divisiones entre mujer y hombre, y responde a la división social.

Si en “El Príncipe” el centro de la lección al mandatario, para que sostenga su reino, Maquiavelo lo sitúa en obligar al pueblo a trabajar el mayor tiempo posible, con el fin de que acabe el día agotado y no pueda pensar, comunicarse, articular alguna resistencia, en las obras de los grandes revolucionarios comunistas, sus palabras y su experiencia nos hacen saber que la superación del modelo de producción social que sufrimos, el capitalismo, la tendremos cuando podamos llevar a cabo una reducción drástica del tiempo de trabajo, lo que conlleva más tiempo libre; pero además se puntualiza cómo ese reparto sería la manifestación fehaciente de la superación del sistema basado en la injusticia, y sería también la manifestación del momento histórico en el que la riqueza se proyecta a la igualdad social. Ese tiempo libre repartido es el que se dispone para el desarrollo de las personas, para ayudar a su salud y proporcionar el descanso debido, y hacer factible, favorecer, planificar su crecimiento intelectual, su capacidad de empatía con quienes reclaman, urgen, proponen mejoras, cambios que equilibren, busquen igualdad y justicia, porque las reivindicaciones por un mundo mejor, sin capitalismo, todas, buscan eso. La otra concepción de la vida, esa en la que Maquiavelo hace su discurso, se basa en el dominio de los ladrones sociales, en la extensión del sufrimiento desde dentro o desde fuera, porque el imperialismo, el neocolonialismo, el bloqueo a la nación que se le resiste, es otra forma de dictadura, produce sufrimiento y procura la imposición de la dependencia.

El sistema capitalista con lo que propone y sus valores, educa, pero educa en las últimas premisas mencionadas para que nosotrxs las reproduzcamos, y si lo hacemos sin más resistencia estamos echándole raíces, estamos haciendo que pase por normal la barbarie contra quienes crean todo, producen, les damos categoría de costumbre, por ser lo más aceptado, que se basa en la desigualdad. Y para adentrarnos en el territorio del mundo de la mujer trabajadora en el momento actual, recuérdese que venimos de Cervantes, me voy a referir a la novela última de Isaac Rosa “La mano invisible”, cuya aportación a quien la lee va a romperle todos los esquemas literarios y sociales, aquí hablo sobre todo en lo que se refiere al conocimiento del trabajo manual, el trabajo de lxs trabajadorxs manuales, y lo consigue porque funde de manera inseparable el exterior y el interior de los personajes. Vemos la condición laboral de la mujer trabajadora, metida a la fuerza, como los demás, en un trabajo asocial, que sobrevive en condiciones donde el miedo es el factor principal, en cadenas de producción, tele operadoras, vendedoras, limpiadoras, y vemos, separadas de ese mundo, vemos, decía, a la mujer prostituta. Las primeras para no caer en el vacío mental debido al trabajo repetitivo, se obligan en medio de su tarea a pensar en cualquier cosa porque les asusta llegar a tener vacía la mente mientras lo realizan, son horas y horas y horas. Está todo dispuesto para que ni siquiera puedan hablar. La segunda, se obliga a mostrarse como el límite con lo humano, que aplasta la conciencia de quien lee. Pero ¿y ella?: ella vive en el terror, y no se acostumbra, está despierta al punto de que cuando la mujer de la limpieza no aparece un día (las condiciones de trabajo de las mujeres que se dedican a limpiar son vejatorias), cuando ésta mujer se agarra a un hilo de dignidad y se marcha, la prostituta asciende socialmente, así lo siente al disponerse a quitar los desechos de quienes van a los váteres del centro de trabajo, de la casa particular, de cualquier sitio.

Isaac Rosa nos llama a ver nuestros actos cotidianos, inmediatos, y nos llama a comprobar el efecto que producen, las sensaciones que generan, el estado anímico y mental que provocan, y nos llama a comprobar cuáles son las causas. Preguntamos a la novela de Isaac Rosa, y nosotrxs tenemos las respuestas: ¿dónde queda la realización por medio del trabajo?, ¿dónde queda la autoestima?, ¿a qué llamamos humanización, socialización, reconocimiento de las trabajadoras?.

Lean, escuche, repitan conmigo lo que escribió Simone Weil, filósofa y ensayista que quiso trabajar en fábricas para conocer el mundo en el que se envuelve la vida de las y los trabajadores, lo escribió a Albertine Thévenon dejando clara su experiencia: “Y no creas que esto me ha suscitado impulsos de rebelión. No, sino todo lo contrario, la cosa que más lejos estaba de imaginar: la docilidad. Una docilidad de bestia de tiro resignada. Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más.” Así da paso a su novela Isaac Rosa.

La degradación no ofrece más margen que el deseo, generalmente frustrado, de salvación extrema, y en la novela sueña alguna trabajadora y algún hombre con la obtención de dinero suficiente como para escapar de esa vida de sometimiento. ¿Recuerda usted que Cervantes fue liberado de su prisión en Argel tras pagar un rescate? Pero la novela también ofrece a nuestra vista la perspectiva de que la mujer trabajadora se comporte como un hombre en puestos de alguna responsabilidad, junto a la dirección, y la mujer lo rechaza porque su único objeto, el de ese trabajo, es añadir sometimiento, admitir horarios de hombres que no tienen vida familiar porque huyen de su responsabilidad con la invención de atender a lo laboral. Al borde de ese espacio laboral, leemos con todo detalle el mapa físico y moral de la prostituta, y la consideración de los hombres machistas hacia la mujer y hacia esa mujer, Isaac Rosa ha dispuesto páginas en ese sentido que, como otras sobre otros asuntos en la novela, a quien lee se le pegan a los ojos y a la mente; lean conmigo algunos renglones: “… la mira y la encuentra ahora más humana, una de ellos, podría estar incluso aquí, en la nave, formar parte de esto, tener un espacio entre el albañil, el carnicero y la administrativa, total, todos son aquí un poco putas,… qué diferencia hay entre obedecer a un tipo que te manda barrer o levantar una pared o servirle un café, y obedecer a un tipo que te manda que se la chupes, los dos pagan,… La chica muerde el bocadillo,… y después mira hacia los trabajadores, que mantienen el ritmo acelerado de los últimos días, y comenta mientras mastica: qué bien os lo pasáis aquí, eh, todo el día jugando a los oficios; y basta ese comentario para desnudar su razonamiento anterior, para sentirse miserable,… cómo va a ser lo mismo servir un café a un gracioso que hacerle una mamada a un gracioso, claro que no, a todos esos… que opinaban sobre la legalización de la prostitución sosteniendo que es un trabajo como otro cualquiera, les habría respondido él… que si de verdad lo piensan por qué no empiezan a probarlo ahora mismo, bájese los pantalones y ponga el culo que le voy a estrenar por treinta euros, a ver si le parece que sus hijas se prostituyan,… le entraban ganas de preguntarles, de aplicarles el test de la hija, infalible para fijar la dignidad de un trabajo,…”. Pero si la novela nos lleva a diferentes bordes de diferentes precipicios, esa es la obligación de toda gran novela, lo que hacen los medios de comunicación que encarnan la difusión de la normalización es evitar toda indagación ética, todo posicionamiento crítico, toda búsqueda de conciencia, se pronuncian todos los días, exponen la barbarie de la prostitución como equivalente a cualquier actividad admitida como parte de su norma; obsérvese que en los diarios del sistema la prostitución es un negocio de mafias que ocupa varias páginas en las que la mujer se degrada ante el hombre. Decíamos que el modelo social educa la mente, que este modelo social, el capitalismo, genera de continuo división social y que la normaliza, pero ¿qué escandaliza más, esas páginas o las que traen noticias como las siguientes?, sacadas de un diario defensor de la prostitución y de lo que len a continuación:

“Las firmas recelan de las quitas en su deuda con el sector público” “Las facturas se pagan íntegras”, asegura Falcones”.

“La subida del IRPF empieza a bajar el sueldo a 17 millones de contribuyentes”.

“El grupo PRISA mantiene estables los ingresos de explotación ajustados” “Las cifras muestran la fortaleza operativa de los negocios según Cebrián”.

“Alfredo Sáenz, consejero delegado del Santander, ganó 11,6 millones en 2011. Botín obtuvo 4,5 millones , y Luzón dejó el banco con una pensión de 66,4 millones”.

“Red Eléctrica de España (REE) cerró 2011 con un beneficio neto de 460.34 millones, 18%más que en 2010”

“Calles de lujo. El tiempo es oro. Cuidados sin límites. Exquisiteces únicas. El lujo es disfrutar de la más exclusiva moda mundial, degustar las exquisiteces de grandes cocineros españoles o cuidar su cuerpo como se merece”.

“Quiero que mi empresa sea la mejor. Por eso me apoyo en el mejor banco de Europa”.

Decía al comienzo que el término “Corde”, en latín, quiere decir “corazón”, y “recordar” se traduce como “volver a pasar por el corazón”. No he venido a traer aquí un discurso estrambótico ni vacío de contenido, si no a celebrar junto con la reivindicación de los derechos de la mujer trabajadora la lucha por la sociedad que merecemos con ella, lucha contra las desigualdades que son las injusticias, lucha por una sociedad equilibrada y, por tanto, superadora del sistema que nos divide.

domingo, enero 22, 2012

Debates sobre desarrollo y bienestar desde la economía feminista

Yolanda Jubeto Ruiz
Revista Pueblos El término “bienestar” se ha elaborado a partir del expolio de los recursos naturales, de la esclavitud de los miserables del mundo, de la devaluación de las mujeres, del uso intolerable de los niños y niñas –como productos y mano de obra barata– y de la utilización de la fuerza bélica irracional. (Marilyn Waring, 1994) [1]

Esta reflexión tan inspiradora de la economista y agricultora neozelandesa Marilyn Waring recoge de forma escueta y clara una crítica profunda al sistema económico capitalista que es compartida por muchas economistas feministas que llevan décadas denunciando la utilización fraudulenta de conceptos como “bienestar”, “desarrollo”, o “progreso”.

Siendo conscientes de que la economía feminista es un concepto amplio y diverso, puesto que igual que no existe un único feminismo tampoco existe una única visión de la economía, sí podemos partir de algunos elementos comunes sobre los que reflexiona y hace propuestas que resultan muy significativos en estos debates, para pasar a centrarnos en aquellos que son críticos con este sistema expoliador.

En primer lugar, la economía feminista es consciente de que muchos de los supuestos y metodologías que utilizan las escuelas de pensamiento económico más influyentes, y predominantemente la teoría económica hegemónica, la neoclásica, tienen un fuerte sesgo de género, ya que han considerado como universales e imparciales normas masculinas burguesas y etnocéntricas.

Esta visión androcéntrica de la economía ha condicionado las categorías analíticas básicas utilizadas (desde el concepto de trabajo vinculado exclusivamente con el empleo, el de actividad con la participación en el mercado, el de la unidad doméstica con un espacio en armonía, hasta el de bienestar y desarrollo vinculados a la maximización de la utilidad y al crecimiento del Producto Interior Bruto). Por ello, la economía feminista ha realizado una revisión crítica de los contenidos del pensamiento económico, haciendo hincapié en la invisibilización de muchas actividades desarrolladas históricamente por mujeres que han sido relegadas a la esfera de lo “no económico”.

Asimismo, ha subrayado la discriminación a la que deben hacer frente las mujeres en la esfera socio-económica (tanto en la productiva doméstica, en la de cuidados, como en la del trabajo mercantil), como en la esfera política (niveles de participación en los procesos de toma de decisiones políticas que influyen directamente en nuestras condiciones de vida), y ha apostado por nuevas categorías analíticas no androcéntricas, que contribuyan a visualizar y valorizar las experiencias y actividades desarrolladas a lo largo de la historia primordialmente por mujeres.

Este esfuerzo por superar las fronteras impuestas sobre “lo económico” [2] afecta directamente a las políticas públicas, puesto que el pensamiento dicotómico sobre lo que es objeto de análisis de la economía y lo considerado extra-económico impacta directamente en lo que debe ser abordado por la política pública y lo que se puede “excluir” de la actuación pública.

¿Es el desarrollo un proceso lineal universal?

La parcialidad en los análisis económicos también es aplicable a los conceptos de “progreso” y “desarrollo”, puesto que durante décadas el modelo a seguir ha tenido como patrón principal el de acumulación de capital practicado por el mundo occidental en los últimos siglos. Esta pauta de comportamiento hegemónica ha marginado y despreciado otras propuestas alternativas a este modelo, provenientes tanto de pueblos autóctonos no occidentales, como de los colectivos subordinados o subalternos, entre los que destacaríamos las mujeres de grupos considerados “marginales” por los teóricos occidentales.

Así, el modelo de desarrollo que ha servido de base a las políticas de desarrollo económico impulsadas por las agencias internacionales se ha centrado en el impulso de una rápida acumulación de capital y en la industrialización como medio principal para obtener el bienestar.

Este enfoque a favor de la modernización capitalista se suponía aplicable a todas las sociedades de una forma lineal y consistía en una serie de estadios que les llevaría de sociedades agrarias “atrasadas” a sociedades industriales “modernas” [3]. Además, esta propuesta se combinaba con las teorías del capital humano para abogar por una ampliación de los sistemas educativos que permitiera formar a un suficiente volumen de personal que participara en el proceso de cambio propuesto. Se sostenía que los bene- ficios del crecimiento y la modernización conducirían a mejores condiciones de trabajo, mayores salarios, educación y bienestar.

Esta propuesta modernizadora ha tenido una visión explícita o implícita del papel que tenían que jugar los hombres y las mujeres en este proceso. Los hombres modernos eran los equivalentes del hombre económico que propugnaba la teoría económica neoclásica, ya que en ambos casos el comportamiento racional era su característica principal, comportamiento regido siempre por la autonomía, el interés propio, el egoísmo, el dinamismo, la capacidad de innovación, la competitividad y la capacidad de asumir riesgos.

En el caso de las mujeres, desde un principio se presuponía que todos los cambios hacia la modernización las beneficiarían, tanto a las que entrarían en el mercado laboral –dado que los procesos de cambio tecnológico les permitirían dedicar menos tiempo a los trabajos domésticos (en ningún momento, por supuesto, se planteaba la posibilidad de compartir estos trabajos con los hombres)–, como a las que ejercieran exclusivamente tareas domésticas y de cuidados.

Entre los economistas las referencias a las implicaciones del desarrollo para las mujeres fueron menores que en otras disciplinas, como la sociología, pero tal como recoge Kabeer [4], cuando estos se posicionaban solían considerar que las mujeres se bene- ficiarían siempre de estos procesos. Así, Arthur Lewis, uno de los economistas defensores del crecimiento industrial en el Tercer Mundo que tuvo mayor influencia, declaraba que discutir la conveniencia para las mujeres del crecimiento económico era “como discutir si las mujeres deberían tener la oportunidad de dejar de ser bestias de carga e incorporarse al género humano”.

Algunos mitos del sistema

Todos estos planteamientos ignoraban que la acumulación primaria de capital se había basado en los procesos de colonización de la mayor parte del mundo, que se fueron extendiendo a partir de finales del siglo XV, y que consistían en la usurpación de tierras y de sus productos y de la expulsión/ marginación de sus habitantes. Esta necesidad de acaparar recursos ha promovido enfrentamientos y sucesivas guerras a lo largo de los últimos siglos (muchas de ellas silenciadas), que han desembocado en unas sociedades altamente militarizadas y en unos organismos internacionales que no han servido hasta la fecha para garantizar la paz mundial ni la seguridad alimentaria [5].

El mito de que todas las sociedades, si querían progresar, debían atravesar las mismas fases que habían tenido lugar en el occidente capitalista por medio de unas etapas de crecimiento (véase nota 3), se une al mito de que el ser humano podía controlar totalmente la naturaleza. Así esta pasó a ser considerada un factor de producción más (la tierra y sus componentes pasaron a ser recursos naturales explotables), y por lo tanto, privatizables, comercializables y al servicio de los intereses del capital [6]. El objetivo último del sistema capitalista, que fue madurando y extendiéndose por el mundo, consistía en obtener el mayor beneficio económico posible a corto plazo, ignorando la sostenibilidad del sistema a largo plazo, al no tener en cuenta en sus cálculos los límites del planeta ni las consecuencias que tenían para la mayoría social las prácticas capitalistas de explotación.

Una visión cada vez más reduccionista de las actividades económicas, que prioriza las mercantiles por encima del resto, fue aislando progresivamente la actividad económica mercantil de la esfera política así como del resto de las actividades básicas para la reproducción de la vida, en las que se sostenía. La falacia de los mercados autorregulados, base de la economía de mercado, solo puede funcionar “si la sociedad se subordinara de algún modo a sus requerimientos” [7].

Asimismo, este patrón de mercado excluye como no económicas al conjunto de actividades relacionadas con la sostenibilidad de la vida que no pasan por el mercado, justificando que al no tener un componente mercantil son difícilmente cuantificables y fácilmente excluibles [8].

Del mismo modo, aunque el sistema capitalista ha aumentado exponencialmente las posibilidades de producción de mercancías, promoviendo un aumento de la capacidad de consumo por parte de las personas con ingresos económicos –potenciando al mismo tiempo su endeudamiento–, ignora las necesidades de todas aquellas personas que habitan en el planeta que no tienen recursos monetarios suficientes para participar en el mercado.

Voces críticas al modelo hegemónico de acumulación

Los modelos de desarrollo basados en la acumulación de capital han hecho caso omiso a las voces críticas que ha suscitado este modelo por autores que han definido el capitalismo norteamericano como la sociedad del despilfarro y como un modelo inviable [9].

Hasta la década de los años 70 del siglo XX, aunque habían aparecido voces críticas en el Sur respecto a estos procesos, la visión hegemónica del Norte y de sus organismos internacionales se había impuesto tras el fin de la II Guerra Mundial.

Las políticas de desarrollo que se exportaron al resto del mundo consideraban a las economías agrarias como “atrasadas”, y a sus pueblos y culturas “inferiores” vinculadas a lo “salvaje” e “irracional” [10]; discursos que habían prevalecido incluso tras la independencia de las zonas colonizadas.

El personal político y técnico que dirigía las políticas de desarrollo no tenía en cuenta las consecuencias de esos procesos históricos, muchas veces con altas dosis de racismo y androcentrismo, sobre las diversas etnias que habitaban los pueblos del Sur (muchas de ellas ignoradas y marginadas completamente por los poderes dominantes en sus países) ni para las mujeres de los diversos estratos sociales sobre los que se querían aplicar estas políticas de desarrollo.

En las décadas de los 50 y 60 del siglo XX pocas veces se mencionaban a las mujeres como protagonistas activas del desarrollo, y cuando se hacía, se las suponía beneficiarias potenciales de los programas de desarrollo, desde una posición paternalista, ya que se subrayaba su rol maternal, ignorando su papel como sustentadoras y actoras activas de la organización socio-económica en la que vivían.

Las economistas feministas, principalmente del Sur, comenzaron a expresar en la década de los 70 sus valoraciones críticas ante una representación de la modernización como un proceso universal y lineal, cuando en la práctica demostraba ser un una visión parcial y androcéntrica del desarrollo que defendía un mundo dual que anteponía lo moderno frente a lo tradicional, y que ignoraba y manipulaba los roles de los diversos colectivos sociales y especialmente los de las mujeres.

No obstante, la aportación que tuvo más repercusión en esa década fue la de Ester Boserup, ya que desveló la marginación a la que estaban siendo sometidas las mujeres del Sur por los diseñadores de programas de desarrollo, al ser consideradas receptoras pasivas de las políticas implementadas. Durante una década el enfoque “Mujeres en Desarrollo” (MED), fruto de las anteriores reflexiones, influyó en los donantes y en el movimiento internacional de mujeres. Intentó que se tuvieran en cuenta las necesidades y opiniones de las mujeres en el diseño de los programas de desarrollo para que fueran incluidas en los procesos de desarrollo. Su crítica principal se basaba en las carencias de recursos para los proyectos de desarrollo económico destinados a las mujeres, ya que solo se les destinaban recursos para políticas sociales basadas en las necesidades básicas.

Pronto fue patente que no era suficiente con incluir a las mujeres en planes de desarrollo que no eran diseñados desde sus propias necesidades y que no cuestionaban el orden patriarcal en el que se hallaban, es decir, las relaciones de poder existentes entre mujeres y hombres y su construcción social. Esto impulsó en la década de los 80 un cambio en el enfoque dominante que pasará a ser denominado Genero y Desarrollo (GYD), puesto que la construcción social en la que se basaban las relaciones entre mujeres y hombres y también entre los diversos colectivos de mujeres tenía que ser tenida en cuenta a la hora de diseñar las políticas, no solo microeconómicas, sino macroeconómicas, y ahí las voces de las propias mujeres cada vez se consideraban más importantes, en algunas propuestas.

Las dificultades para aplicar este enfoque aumentaron en una época de ajustes estructurales y visiones neoliberales de la economía, así como por la falta de comprensión de la centralidad de esta problemática. No obstante, en esta época se impulsaron conceptos como “transversalidad de género” y de “empoderamiento de las mujeres” que serán objeto de debates y propuestas prácticas hasta la actualidad.

La transversalidad de género (gender mainstreaming) implica un proceso sistemático de situar los temas relativos a la equidad entre mujeres y hombres en el centro de los procesos de decisión política, de las estructuras institucionales y de la asignación de recursos, incluyendo las propias visiones de las mujeres respecto a los procesos y sus prioridades en la toma de decisiones sobre el desarrollo. Este concepto va a conseguir una repercusión internacional al ser incluido en la Declaración de Beijing y de Plataforma de Acción acordadas en la IV Conferencia Internacional de la Mujer de la ONU.

Asimismo, también se fue incorporando la necesidad del “empoderamiento de las “mujeres, idea surgida años antes y que fue expresada con fuerza por la plataforma de mujeres del Sur, DAWN. Para ellas, el empoderamiento suponía un cambio interno así como de las relaciones de dominación y jerarquización existentes a otras en las que los hombres y el sistema asumieran su nivel de responsabilidad, de cuidados, apertura, y negación de las jerarquías preexistentes. Además, el empoderamiento, aunque sea un concepto utilizado con diversas acepciones, está muy vinculado con otro tipo de desarrollo, un desarrollo que surge desde las mujeres y hombres por medio de procesos participativos que permiten expresar, consensuar y decidir sus proyectos de futuro en pie de igualdad. Por ello, cuando aparece el concepto de desarrollo humano a finales de los 80 hay quien vincula ambas propuestas por el potencial de cambio que inicialmente mostraban. Hoy en día existe un gran debate sobre el concepto y contenidos del desarrollo humano. No obstante, existe un gran consenso sobre los graves problemas que genera la discriminación secular de las mujeres, entre los que destaca la violencia sistemática que se ejerce contra sus vidas en todo el mundo, y con especial virulencia en países asiáticos como China o India, problemática ya denunciada por Amartya Sen hace unas décadas en su famoso ensayo “Faltan más de 100 millones de mujeres”.

En este sentido, resulta muy inspirador el pensamiento feminista que proviene del Sur y es crítico con los procesos y discursos impulsados por las agencias internacionales de desarrollo, denominado pensamiento postcolonial por su crítica al modelo colonial dominante. Como ejemplo mencionar la aportación de Vandana Shiva, pensadora e investigadora india, doctora en Física Cuántica por la Universidad de Ontario, que ha cuestionado también el orden económico imperante a partir de una crítica abierta a los procesos impuestos por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en el Sur, siendo muy consciente de los perjuicios que están generando una visión economicista y de mal desarrollo.

En la actualidad consideramos imprescindible tener en cuenta la visión postcolonial en el análisis de los procesos relativos al desarrollo de los pueblos del Sur, ya que nos permiten ser conscientes de cómo tenemos construida nuestra mirada sobre los mismos y sobre las relaciones entre las mujeres y hombres que habitan en ellos. Esta nueva lectura desvela también la influencia cultural, en general, y del proceso educativo, en particular (desde los medios de comunicación hasta los libros de texto), en nuestras simplistas visiones de estos pueblos, diversos y muy frecuentemente mucho más complejos y desconocidos de lo que pensamos, dadas las distorsiones con las que los observamos.

Yolanda Jubeto Ruiz es profesora agregada del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).

Este artículo ha sido publicado en el nº 49 de Pueblos - Revista de Información y Debate, especial diciembre 2011

Fuente: http://www.revistapueblos.org/spip.php?article2309

Notas

[1] Marylin Waring, Si las mujeres contaran. Una nueva economía feminista, Vindicación Feminista, Madrid, 1994.Tomado de Carmen Alborch, Libres, Santillana, 2004.

[2] Marianne A. Ferber y Julie Nelson (eds.), Beyond economic man. Feminist Theory and Economics, The University of Chicago Press, 1993.

[3] Walter W. Rostow, Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1993.

[4] Naila Kabeer, Realidades trastocadas. Las jerarquías de género en el pensamiento del desarrollo, Ciudad de México, Paidós, 1998.

[5] En la actualidad, el acaparamiento de tierras continúa y se está intensificando especialmente en África y en América del Sur, incluso con el apoyo del Banco Mundial (ver informes en www.grain.org).

[6] Karl Polanyi, La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Ciudad de México, FCE, 2003.

[7] “[…] Una economía de mercado debe comprender todos los elementos de la industria, incluidos la mano de obra, la tierra y el dinero. Pero la mano de obra y la tierra no son otra cosa que los seres humanos mismos, de los que se compone toda sociedad, y el ambiente natural en el que existe toda sociedad. Cuando se incluyen tales elementos en el mecanismo de mercado, se subordina la sustancia de la sociedad misma a las leyes de mercado”, Polanyi (nota 6, p. 122).

[8] Marilyn Waring, If women counted, Londres, Macmillan, 1988; Michèle A. Pujol, Feminism and Anti-feminism in Early Economic Thought, Vermont, Edward Elgar, 1992.

[9] John K. Galbraith, La cultura de la satisfacción, Barcelona, Ariel; y Waring (nota 8).

[10] Ver Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano: ensayos para una nueva cultura política, Trota/Ilsa, 2005.

viernes, diciembre 02, 2011

Derechas e izquierdas frente al capitalismo patriarcal

Narciso Isa Conde
Que las derechas pro-capitalistas sean machistas hasta el trágico desbordamiento de sus implicaciones, es algo coherente con el sistema de explotación y opresión que representan.

Esto no bebe sorprender porque la conversión de la mujer en instrumento sexual, económico y social del hombre, que data de muchos milenios atrás, se ha convertido en algo extraordinariamente funcional al capitalismo, a su fase de sobre-explotación neoliberal, al proceso de mercantilización extrema de las relaciones humanas y potenciación de los egoísmos de quienes ejercen y disfrutan del poder.

La congruencia de la explotación capitalista con el trabajo doméstico femenino no remunerado y mal remunerado, con la discriminación salarial por sexo, con la precarización de los contratos de explotación por la condición mujer, es sencillamente esencial a la mezquindad y afán de lucro de la clase burguesa.

La nefasta armonía entre el interés del hombre que asume a la mujer como su propiedad y del capital bajo propiedad de los hombres, es más que evidente.

La creciente violencia de la dominación social, cultural y estatal de estos tiempos es perversamente armónica al incremento de la violencia contra todos los sectores discriminados y subordinados, y muy especialmente contra la mujer humilde.

La complementación entre la explosión mercadológica del negocio del sexo en función de la satisfacción del placer masculino y toda la dinámica del sistema capitalista en proceso de degradación y senilidad (extracción de plusvalía, maximización de las ganancias por vías extralegales y “extra-económicas”, concentración de poder y riqueza, corrupción-delincuencia-narco-corrupción, empleo de la violencia como recurso de saqueo, extorsión y sometimiento…), es sencillamente fabulosa.


Y ninguna de estas imposiciones y relaciones de poder y explotación ceden- ni siquiera en aspectos limitados- sin una contrapartida fuerte que la obligue.

De esa realidad dominante se derivan las aberraciones en las relaciones de pareja y familia, que en fases explosivas como la actual, escandalizan –no sin grandes hipocresías- hasta a los agentes de la dictadura mediática capitalista-patriarcal y a la partidoracia que le sirve: feminicidios, golpizas, torturas psicológica y física, asesinatos de los hijos, suicidios, acoso, abandono…

Esto no es –como profusamente se pregona- simple violencia “intrafamiliar”, sino violencia sistémica, violencia derivada de la ideología y cultura dominante, y especialmente de la nefasta amalgama capitalismo-patriarcado que la genera.

Como también es sistémica la impunidad que la protege y reproduce (policial, militar, política, judicial, eclesiástica…), y la propaganda, cultura y publicidad mediática que la estimula; siempre abrazadas al pensar y al quehacer político y filosófico-religioso hegemónico.

En todo caso lo intrafamiliar de este fenómeno es solo el escenario en que se produce cuando la violencia tiene lugar entre parejas, en el seno de la familia o del hogar. Pero sus causas fundamentales son inseparables de las esencias de la clases dominantes-gobernantes y de la masculinización despótica del poder que ejercen sus grandes beneficiarios desde dentro y desde fuera del Estado contra la mayoría de la sociedad.

Igual resulta -en sus concretas dimensiones y con sus especificidades- la manera como el gran capital incorpora a su dinámica de explotación-exclusión la demás discriminaciones (racial, generacional, homofóbica, xenofóbica…) y la expoliación-contaminación de la naturaleza.

El “olvido” de la mujer por las izquierdas.
Si bien todo esto es desgarrador, aunque coherente con la “naturaleza” de las fuerzas dominantes, duele y resta mucho a la causa libertaria en materia de opresión de género, la específica y grave incongruencia de las izquierdas consecuentes con las luchas contra el capitalismo y el imperialismo en tanto sistema explotador y saqueador e inconsecuentes en el combate a la opresión patriarcal que acompaña la explotación capitalista.

Es, en fin de cuentas, el producto de un pensamiento emancipador parcial, limitado al trascendente tema de la explotación de clase, pero atado en buena medida -o fuertemente influido- por los intereses generales y grandes favores particulares del patriarcado al ser masculino.

Es producto del “olvido” de la mujer por una izquierda anticapitalista, antiimperialista, incluso pro-socialista y hasta comunista, pero fundamentalmente y hegemónicamente masculina y masculinizada; además de sensiblemente autoritaria y estatista, sobre todo a partir de las deformaciones de las primeras revoluciones obreras, campesinas y populares de orientación socialista.

A lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI esa ha sido una realidad preponderante, que solo en años recientes ha comenzado a agrietarse por la embestida de la teoría de género de corte revolucionario y en general por los aportes de todas las corrientes feministas. Esto pese a loables esfuerzos anteriores de una minoría de mujeres militantes del socialismo, lúcidas en el tema vinculado a la lucha de clase y rebeldes frente a su condición sector discriminado, y también de las contribuciones de unos pocos hombres consecuentes en esa materia relacionada con la emancipación de la humanidad.

Así las cosas, el peso determinante del machismo en las mentes y los corazones de los hombres que han dominado las estructuras dirigentes y de base de las izquierdas y de los movimientos populares, y el predominio de la concepción patriarcal que ha dominado la historia de la humanidad hasta la fecha, le han restado integralidad emancipadora a las luchas que se han librado; y, además, han contribuido a disminuir y a bloquear las energías redentoras de las mujeres Y de los componentes femeninos de las diversas clases explotadas, excluidas o afectadas por el gran capital.

Esta valoración no obvia el enorme peso de la cultura patriarcal sobre las propias mujeres, como acontece con la ideología del capital sobre los/as trabajadores/as.

Las izquierdas cultivadas en el pasado siglo, dolorosa e injustificablemente, han sido machista; y muy resistente al tema, sobretodo después de decirse tantas verdades sobre el patriarcado derivadas de valiosas investigaciones.

Desde el “olvido” en el Manifiesto Comunista de la cuestión femenina hasta el desprecio de los varones revolucionarios por el significado desgarrador de la doble opresión de la mujer y del imperio del patriarcado, pasando por una persistente doble moral frente forma de opresión, esas izquierdas en gran medida -salvo ciertas excepciones y no pocas proclamas formales y hasta hipócritas- le han dado de lado a tan importante cuestión.

Y lo que es peor han despreciado el contenido de justicia que encerraría, que junto a la emancipación de las clases y sectores explotados, la liberación femenina sea consecuentemente asumida en tanto abolición de la opresión de género combinada con la erradicación de la explotación de clase y el fin del capitalismo.

En tanto lucha por el socialismo y el comunismo integral.
En consecuencia: un enorme potencial liberador ha sido desatendido, menospreciado y no pocas veces golpeado y vejado.

La relegación de las demandas de género, la exclusión y discriminación en las instancias de decisión de esas izquierdas, la aplastante mayoría numérica masculina, la exclusión del género femenino del lenguaje, las burlas, el maltrato o la subestimación de las compañeras, el maltrato en el hogar, la constante reproducción de las ideas y prácticas patriarcales… han copado también las filas de las izquierdas y ha provocado costosas segregaciones de los movimientos feministas que se han venido conformado y potenciando con especial dignidad.

Más allá de cierta legislación favorable y de ciertos discursos formales, la discriminación estuvo y está presente hasta en procesos revolucionarios y en las llamadas “sociedades socialistas” o regidas por regímenes de izquierda.

A duras penas, dentro y fuera de las izquierdas, con muchos sacrificios v amarguras, los movimientos feministas han logrado perforar o debilitar limitadamente esa coraza machista que protege una de las dominaciones más antiguas de la sociedad humana, desde una actitud evidentemente autodefensita de los privilegios que ofrece esa relación desigual.

¿Cuántos “cuadros” valiosos le han restado esa actitud y esa concepción machista a nuestro movimiento? ¿Cuántos destacamentos femeninos combativos han sido bloqueados? ¿Cuántas potencialidades emancipadoras han sido despreciadas?

Las mujeres del mundo siguen cargando con el mayor peso de la opresión, terriblemente reforzada en la era neoliberal, expresándose mayores índices de pobreza, en más precarización del trabajo femenino y en más feminización de la fuerza de trabajo, sin que hayan sido liberadas de doble jornada: una mal pagada (la remunerada extra-familiar) y otra sin sueldo (la doméstica).

Además, con niveles alarmantes manipulación de los atributos femeninos y clientelización de su ser y su ciudadanía.

Crece la paternidad irresponsable, crece el número de madres solteras.

Crecen, dentro de un sistema que convierte todo en mercancía, la comercialización de su cuerpo, su sexo y su imagen y la desgarradora humillación espiritual.

Crece la violencia de género junto a la violencia capitalista en sentido general y global.

Crece la violencia contra la mujer en la relación de pareja, en la vida familiar, en el negocio del sexo, en el tráfico de personas, en el trabajo, en el desempleo, en el empobrecimiento, en la sociedad toda.

Crecen los feminicidios.

Y crece la violencia opresora contra la mujer -y se torna más dramática- a pesar de las luchas femeninas y de sus conquistas tangibles e intangibles como represalia patriarcal-machista contra ellas e incluso como venganza personal ante sus reclamos de respeto a derechos formalmente consagrados o ante el ejercicio autónomo de los mismos.

ooooooooooooooooooooooo

Es tiempo ya para un viraje serio, profundo, radical de esas izquierdas a favor de una inseparable relación entre lucha de clases y la emancipación del género femenino.

Es tiempo para que lo mejor, lo más reflexivo y con mayor capacidad crítica y autocrítica de las izquierdas masculinas y masculinizadas, dejen de serlo.

Esa sería una formidable contribución a esa causa y especialmente al desarrollo de una naciente nueva izquierda juvenil, masculina y femenina, trabajadora y estudiantil, que comienza a emerger con bríos innovadores.

Esto estimulará a que esa fuerza naciente confluya, junto a todo lo autotransformador y renovado revolucionariamente, hacia la conformación de un torrente diverso, radical e integralmente transformador; y a su creciente participación en los combates contra el tenebroso y decadente capitalismo machista, racista, adulto-céntrico, ecocida, homo-fóbico, xenófobo… estremecido en la actualidad por la peor crisis de su historia.

Así habrá de crecer nuestra autoridad como parte del torrente transformador por la democracia real, el socialismo participativo y el mundo solidario que tanto anhelamos.