jueves, agosto 04, 2016

Machismo, género y emociones

Alejandra Buggs Lomelí

Cimacnoticias Seguimos en marzo, mes especialmente dedicado a colocar la atención de todas y todos en la desigualdad que hemos vivido las mujeres a lo largo de la historia y tener presente que el 8 de Marzo es un día de conmemoración, no de celebración.

Es tiempo ya de que todas y todos tengamos claro que el 8 de Marzo tiene que desaparecer, y que ese día será cuando realmente el mundo viva en igualdad total, sin violencia de ningún tipo hacia las mujeres, y con acceso a todas las oportunidades que tienen los varones por el hecho de ser hombres.

Sin embargo, siempre a lo largo de mis ya casi 30 años de ejercer como psicoterapeuta, he tratado e intentado mantener una mirada justa y objetiva sobre los efectos emocionales que implica, tanto para las mujeres como para los hombres, vivir dentro de un sistema patriarcal que impone modelos y roles tanto a un género como al otro, con la claridad de que viviendo en un sistema patriarcal generalmente hemos sido las mujeres quienes vivimos desigualdad, violencia e inequidad en mayor grado.

Al hablar de machismo lo tenemos que entender como una ideología que abarca un conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias enfocadas a promover la negación de las mujeres como sujetas, independientemente de la cultura, tradición o contexto.

Esta negación de lo femenino se manifiesta de diferentes formas, como por ejemplo el ámbito social y familiar, a través del establecimiento de la dominación masculina llamada estructura patriarcal; en el contexto sexual, ubicando a la mujer como pasiva e incluso negando el deseo sexual llegando a grados tan terribles como la ablación (mutilación genital) o el planchado de los senos.

En lo laboral se ha reflejado a través de los años en menores ingresos para las mujeres por el mismo trabajo que realizan los hombres; en el contexto legislativo, en algunos países aún las mujeres no están legitimadas como ciudadanas, y en otros son pocos los años en que ya las mujeres pueden votar.

Intelectualmente, hemos sido estereotipadas como inferiores en capacidad matemática, capacidad objetiva, en lógica, como algo exclusivo de los varones.

Las diferencias anatómicas se han traducido en supremacía de la fuerza física masculina o una exageración de la diferencia, cuando se le otorga poca importancia al parto, así como a la reproducción biológica.

Académicamente, esta diferencia llamada machismo también se ha manifestado en la poca o nula importancia que se la ha dado a los estudios de género y a la teoría y posturas feministas.

El machismo más que un movimiento es una cultura, es un fenómeno multidimensional que por lo mismo es complejo de estudiar y pretencioso sería ubicarlo sólo en el ámbito de la psicología.

Sin embargo, es mi interés en este artículo mencionar sólo los efectos psicológicos que la cultura machista genera en mujeres y hombres.

La mayoría piensa que el machismo agrede exclusivamente a lo femenino, si bien, somos más las mujeres quienes recibimos en mayor grado terribles y muchas veces fatales embates del machismo en todos los contextos de nuestras vidas, los hombres también se ven afectados por él.

Al ser algunos valores del patriarcado: tener poder, tener control y el intelecto, tristemente se da por hecho que las mujeres no tenemos ninguno de esos “valores”, y los hombres que no “cuenten o tengan” estas tres características son descalificados y rechazados por el machismo.

Es así como el machismo se traduce en discriminación contra otras poblaciones, además de las mujeres, como es el caso de los hombres homosexuales porque no encajan en lo que se entiende como “masculino”, y por ello se considera al machismo y a la heteronormatividad como causantes directas de la lesbofobia, homofobia y transfobia, entre otras orientaciones sexo-afectivas.

Este temor a convertirse en mujer, en “degenerarse”, contribuye en ciertos casos a la heterosexualidad obligada del varón.

El machismo está presente en todos los aspectos de nuestra vida, desde las guarderías hasta la carrera profesional, en los cuentos, en los libros de texto, en las canciones, en las películas, en programas de televisión, la religión… y en la propia familia, que enseña a los niños y a las niñas a perpetuar los mandatos de género para mujeres y hombres.

Los efectos emocionales en mujeres y hombres son diversos; por ejemplo, las mujeres ante las manifestaciones del machismo tienden a vivir con miedo, autoestima baja, dependencia, sensación de inadecuación, sentir que sin un hombre a su lado no valen nada.

Ante la violencia sutil (micromachismos)** y directa, las mujeres pueden creer que así tienen que vivir, naturalizando no sólo la violencia sino los estados físicos y emocionales que genera, como colitis y gastritis.

Experimentan sentimientos de subordinación, dependencia y sometimiento, así como miedo, estrés, confusión aguda, ansiedad, trastornos de alcoholismo y ludopatía, y trastornos del sueño.

Algunos hombres al intentar cumplir con este rol machista, surgido del sistema patriarcal, tienden a la depresión, muchas veces sin poder identificar las verdaderas causas que existen debajo de esa depresión.

Sienten angustia e impotencia por no “dar el ancho” en lo que a éxito se refiere, pues se comparan constantemente con los otros, por tanto su autoestima se ve afectada, además de manifestar todas estas incomodidades a través de la violencia, sin que esto se entienda como una justificación a la misma, sino como una terrible consecuencia de los efectos subjetivos de este desastroso sistema patriarcal.

Hasta aquí, podemos comprender que los mandatos de género son las características que la sociedad adjudica tanto a mujeres como a hombres, y que son el conjunto de reglas aprendidas, reforzadas y sancionadas dentro de la sociedad.

Podemos con este breve recorrido darnos cuenta del costo emocional y físico que implica mantener vigente este sistema de creencias; por todo esto, es responsabilidad de quienes nos damos cuenta de la verdadera situación, actuar en consecuencia empezando por nuestras vidas.

Esta es una responsabilidad que debe ser compartida tanto por las mujeres como por los hombres.

Desafortunadamente, hemos aprendido a organizarnos con base en jerarquías, a través de comparaciones sociales basadas en mitos de superioridad e inferioridad que sólo existen en el imaginario colectivo.

El miedo a perder el “lugar” que se cree ocupar en la jerarquía social, así como el miedo a la exclusión, suele manifestarse en ansiedad, vergüenza, furia, envidia y depresión, emociones que obstaculizan el bienestar de las personas.

El machismo se va metiendo subjetivamente en nuestras vidas, despacio… poco a poco… lentamente… como la humedad que se infiltra sin darnos cuenta y cuando menos pensamos ya está esa pared llena de humedad. Llega un momento en que la vemos como natural y desafortunadamente nos vamos acostumbrando a ella.

Es de la misma manera, despacio pero seguro, lento pero firme, poco a poco, pero con todo y de lleno, que podremos identificar qué es, cuándo surge y cómo afecta el machismo en nuestras vidas para poder erradicarlo.

Tengo la firme convicción de que en la medida en que mujeres y hombres dejemos de compararnos entre nosotros y con los otros, podremos eliminar el machismo y junto con él, sus devastadores efectos emocionales.

Esto permitirá cambiar este “modelo machista” de existir y coexistir, y construir un modelo de vida más equilibrado, más justo y por supuesto, libre de violencia para ambos géneros; es una asignatura pendiente que nos merecemos como un Derecho Humano para el bienestar.

www.saludmentalygenero.com.mx

Twitter: @terapiaygenero

**El español Luis Bonino Méndez denomina “micromachismo” a una práctica de violencia en la vida cotidiana, que sería tan sutil que pasaría desapercibida, pero que reflejaría y perpetuaría las actitudes machistas y la desigualdad de las mujeres respecto a los hombres.

*Directora del Centro de Salud Mental y Género, psicóloga clínica, psicoterapeuta humanista existencial, y especialista en Estudios de Género.

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