sábado, febrero 27, 2016

¿Qué tiene para aportar una economía feminista decolonial a las otras economías?

Por: Natalia Quiroga Diaz / Diana Gómez Correal
Introducción
El feminismo ha sido una de las apuestas políticas más subvertoras de la sociedad moderna. Como feminismo entendemos una expresión de los movimientos sociales que buscan cambios en los arreglos de poder entre hombres y mujeres, lo cual incluye transformaciones en la vida cotidiana y la cultura, en los ámbitos privado y público, tendientes a la construcción de la equidad entre mujeres y hombres. Ciertos feminismos no sólo problematizan la situación de las mujeres sino que consideran esencial luchar contra toda forma de discriminación y opresión, lo que ha llevado a incluir críticas al capitalismo.
 
El feminismo reconoce la subordinación de las mujeres como parte de un proceso histórico que las sitúa en una posición de desventaja en relación a los hombres, en distintas esferas e instituciones de la vida en sociedad, incluida la económica. Las feministas han aportado con el concepto de patriarcado: una estructura de dominación que contiene relaciones de poder concretas. El patriarcado no es una formación transhistórica, transcultural o estática. Es dinámica en el sentido en que se transforma y modifica con el paso del tiempo y en relación con otras estructuras de dominación (capitalismo, el colonialismo y el imperialismo).
 
En ese sentido, es provechoso hablar de patriarcados diferenciales (Gómez, 2012), definidos como aquellas estructuras de dominación constituidas por relaciones de poder que en ciertas esferas trabajan en detrimento de las mujeres, y que define según las sociedades, ciertos roles para las mujeres y los hombres, así como ciertos acuerdos sexuales, de modo que la sexualidad también se produce históricamente.
 
La teoría económica se ha propuesto como neutral al género; sin embargo, el feminismo ha mostrado que el modo de producción capitalista interactúa con el modelo patriarcal dándole una posición de desventaja a la mujer en el sistema económico. Por tanto, el concepto de patriarcado ha sido fundamental pues ha permitido entender la manera en que se produce una división del trabajo que se fundamenta en una jerarquización que estratifica el mercado de trabajo en función  de géneros, etnias, clases y edad, (Quiroga, 2010).
 
En este artículo, de manera breve, identificamos las contribuciones del feminismo a un pensamiento crítico sobre el capitalismo, y sugerimos un feminismo decolonial que contribuye a abordar los retos que las otras economías enfrentan en América Latina. Partimos para ello de una reflexión sobre las economías comunitarias que han sido centrales en el desarrollo del Buen Vivir.
 
El feminismo y la economía
 
El feminismo ha mostrado las asignaciones diferenciales y el reconocimiento desigual que tienen los varones y las mujeres en los espacios de la producción, en su mayoría mercantilizados, y de la reproducción, en su mayoría desmercantilizados. Esta dicotomía da cuenta de la necesidad de incorporar una perspectiva feminista en el análisis de la economía.
 
Este campo ha contribuido a develar que equiparar lo económico con el mercado ha llevado a que el trabajo que garantiza la reproducción inmediata de la vida humana y su mantenimiento en el sistema capitalista, el que fundamentalmente han hecho las mujeres, sea considerado extraeconómico, y por esta vía despojado del reconocimiento social y de los recursos necesarios para su desenvolvimiento.
 
Los aportes del feminismo que nos interesa relevar incluyen la crítica al capitalismo, la cual reconoce que es necesario partir de la experiencia diferencial del sujeto mujer en el mundo de la economía, y el reconocimiento de la pluralidad de las mujeres. Es decir, dependiendo de la clase, la raza, la etnia, la edad y el origen geográfico, la vivencia del capitalismo es distinta para ellas y, por tanto, las alternativas a ser consideradas deben dar cuenta de esta pluralidad.
 
Ello implica, que el fortalecimiento de las Otras Economías existentes en América Latina, exige entender cómo desde nuestra realidad histórica se ha desarrollado el capitalismo, y actuar sobre las desigualdades cimentadas en el tiempo que la interacción entre colonialidad, patriarcado y capitalismo ha producido en las distintas regiones de AbyaYala.[i]
 
Decolonialidad y economía comunitaria
 
Una economía feminista comprometida con los procesos de la región debe además construir pensamiento y acción, desde y con las experiencias económicas de las mujeres indígenas, afro-descendientes, campesinas y de sectores populares. Este es precisamente el horizonte de una economía feminista decolonial, que se produce desde el sujeto plural mujer [ii].
 
Las mujeres indígenas, afro-descendientes y de los sectores populares, tanto en el ámbito rural como en el urbano, han sido habitualmente tematizadas desde la subordinación o desde las “experiencias exitosas” de superación de la pobreza, ignorando los conocimientos de las llamadas economías comunitarias y sus aportes a pensar la interacción entre patriarcado y capitalismo.[iii]Es de subrayar que abordando lo económico desde su lugar emergen por lo menos tres contribuciones centrales para la producción económico feminista. Por un lado, plantean que la inserción al mundo de trabajo esta cruzada por la clase y la raza; por otro, dan cuenta de prácticas económicas con lógicas distintas a las capitalistas. Tensionan la idea que el acceso al mercado de trabajo genera autonomía: porque su lugar subalterno hizo que estuvieran integradas al mercado laboral pero en condiciones de tremenda expoliación.
 
En las constituciones de Bolivia y Ecuador hay un reconocimiento explícito a la centralidad que tiene la organización económica comunitaria para garantizar el bienestar de la sociedad. Se relevan sus dimensiones productiva y reproductiva como acervo de las prácticas de los pueblos originarios y campesinos, además de las prácticas solidarias de la economía popular rural y urbana.
 
Pensar la economía comunitaria desde el feminismo decolonial supone observar  la complejidad de estas relaciones sociales, en donde el sentido de pertenencia y las interacciones colectivas que garantizan el bienestar de sus miembros no es necesariamente sinónimo de valores armónicos, igualdad, estabilidad y homogeneidad. La situación de las mujeres frente a muchas tradiciones patriarcales y situaciones de inequidad las lleva a afrontar dilemas asociados a la pertenencia, la cohesión social y la justicia.
 
La resolución de esos dilemas lleva con frecuencia a la transformación de las formas de relacionamiento al interior de los grupos, a hacer rupturas y, en general, a complejos procesos de negociación para garantizar una vida mejor en sus propios términos.
 
Un aspecto distintivo es que mejorar la situación de las mujeres no implica siempre acrecentar el sentido de individualidad para garantizar elecciones maximizadoras, como es entendida la libertad o la emancipación por el liberalismo. Supone más bien la autonomía para llevar a cabo su propio proyecto de vida, con un fuerte sentido de justicia, de la relación con los otros y en consonancia con la cultura, el territorio y los afectos. Paradójicamente muchas de las intervenciones de las mujeres en la comunidad llevan a que los varones acentúen una racionalidad que balancea lo afectivo, lo espiritual, lo material y el territorio.
 
El lugar de las mujeres en la economía comunitaria es clave porque precipita cambios, incomoda las alianzas y representaciones patriarcales, reactualiza tradiciones que les restituyen el status o produce nuevos rituales que las prestigian; se inventan instituciones o se resuelven problemas de forma colectiva. No se trata de idealizar estas economías o de verlas de manera ahistórica, sino de subrayar que, a pesar de los conflictos, las jerarquías, las racionalidades que buscan el lucro personal, incluso en menoscabo del bienestar colectivo, es destacable que muchas de estas comunidades abordan esas tensiones y encuentran formas de solventarlas y que es posible que prevalezcan condiciones para la buena vida.
 
Es más, la existencia de otro tipo de economías y de lógicas de organización social en AbyaYala, nos lleva al debate sobre la idea de desarrollo y de modernidad que propone la superación de las economías comunitarias vistas desde una lógica de atraso. Lo que observamos permite hablar  de una lucha ontológica en el presente, y de experiencias económicas otras en marcha en la región, muchas alimentadas por las ontologías indígenas y afro-descendientes, por las prácticas de la economía social y solidaria.
 
Las geógrafas feministas Gibson-Graham (2006, 2007) y el antropólogo Arturo Escobar (2007), han planteado la necesidad de pensar la economía desde la diferencia, ello implica analizar estas economías comunitarias desde su propio sentido, sin reducir su entendimiento a la sujeción respecto al capitalismo. En ese sentido, invitan a no entender el capitalismo como una totalidad ni como el único modelo económico prevaleciente en la actualidad.
 
La economía comunitaria es frecuentemente entendida desde los enfoques eurocentrados como el espacio de intermediación entre el Estado y las familias, o como sinónimo de sociedad civil. Estos abordajes ignoran que en vastas regiones de América Latina la relación dominante con el Estado ha sido de resistencia contra la expropiación de los territorios y disputa por garantizar las condiciones materiales y simbólicas de la vida. Por tanto, estas economías no pueden pensarse simplemente como los escenarios de mediación de políticas estatales tendientes al bienestar para sus ciudadanos. [iv]
 
Incluso aquellos gobiernos progresistas que han alcanzado el poder con un compromiso explícito de reparar desigualdades históricas enfrentan tensiones asociadas a la soberanía de las comunidades sobre sus territorios. Ha sido común condicionar el acceso a infraestructura de comunicación, salud y educación a la expropiación de lo que para el Estado y las empresas son recursos naturales y para los pobladores es su territorio.
 
La defensa del territorio que han hecho históricamente comunidades campesinas, negras e indígenas y pobladores urbanos en sectores populares muestra que lo comunitario tiene una dimensión de autogobierno que es preciso relevar. En ese terreno, las mujeres han construido formas de deliberación y de poder que escapan a la lógica de los programas de empoderamiento de las agencias y las organizaciones multilaterales, que se obstinan en entender lo económico y lo político como escenarios separados y así enfatizan el liderazgo (como cualidad individual) y limitan la política a los ejercicios de representación y de capacidad discursiva en el lenguaje de derechos y capacidades que estas mismas agencias promueven.
 
A la vez, lo económico se ve casi siempre desde la perspectiva de los microemprendimientos, de la inserción al mercado laboral en situación de dependencia (de las fuerzas del mercado o de los patrones) o de la titularidad de la vivienda o parcela. Estos lugares comunes ignoran las dimensiones autogestoras que hacen posible la economía más allá de la lógica instrumental que promueve la vulgarización del concepto de capital social.[v]
 
Conclusiones
 
El feminismo decolonial propone varios ejes de búsqueda de las características de una economía alternativa en la que se reconocen las injusticias epistémicas, materiales y simbólicas que han experimentado aquellos considerados como no blancos, no modernos, no ilustrados y en particular con aquellos no portadores de los ideales de masculinidad o feminidad hegemónicos. Entre ellos son centrales:
 
Partir de la pluralidad de vivencias sedimentadas en la economía: el feminismo ha contribuido a pensar el capitalismo y la experiencia de las mujeres en él, y de esa manera a problematizarlo. Por su parte, el feminismo decolonial ha venido reflexionando sobre la importancia de reconocer las distintas vivencias de la economía por parte de las mujeres, cruzadas por -la raza- la clase- la edad- la procedencia geográfica- para dar cuenta de que la inserción en la economía capitalista no es igual para todas las mujeres, pese a que hay una condición de desigualdad producida por el patriarcado.
 
Transitar de la racionalidad individualista a la relacional: un rasgo distintivo de las economías comunitarias es que se hace explícita la manera en que las relaciones de reciprocidad sostienen y hacen posible la vida. Esto es especialmente relevante para la economía feminista, dado que en las sociedades subordinadas a la lógica del mercado, el cuerpo y el tiempo de las mujeres soporta la privatización de las condiciones para la vida;  por tanto, de su permanente expoliación depende su sostenimiento (Quiroga, Gago, 2012).
 
El carácter relacional de estas economías tiene una dimensión que involucra a humanos y no humanos, los vínculos establecidos le dan agencia a la naturaleza y en eso desafían la idea de qué es el saber y cómo se produce, instaurado por el proyecto de colonialidad-modernidad (Escobar, 2010,2012,2013, De la Cadena, 2008).
 
Consolidar una economía no antropocéntrica: Uno de los principales retos epistemológicos que enfrenta una perspectiva feminista decolonial es la de reflexionar acerca de las implicaciones que tiene para la economía reconocer la unidad entre naturaleza y cultura, incluida la ética y las racionalidades que de allí se derivan, el lugar que ocupan las mujeres en este vínculo, su participación en los rituales, su reconocimiento como autoridades, y su papel y acceso a los saberes.
 
Estos ejes implican abordar cómo las lógicas de las otras economías conciben de manera diferente al individuo, a las mujeres, la naturaleza, la tierra, la reciprocidad, la vida, el cuidado, la ganancia, la rentabilidad. A este tipo de preguntas viene aportando el feminismo desde hace varios años, y es desde esas reflexiones se pueden concebir otras economías para la región. En fundamental proponer una política del cuidado que contemple la naturaleza y la dimensión simbólica que la acompaña. ¿Qué implicaciones tiene en estas economías comunitarias el enraizamiento con el territorio como condición para su propia existencia y cómo se puede pensar el cuidado en contextos de autogobierno y autogestión? Son preguntas que están hoy para ser pensadas.
 
- Natalia Quiroga Diaz es investigadora docente del Instituto del Conurbano-Universidad Nacional de General Sarmiento- Argentina. Economista de la Universidad Nacional de Colombia, Especialista en Desarrollo Regional de la Universidad de los Andes, Magister en Economía Social de la Universidad Nacional de General Sarmiento, Doctoranda en Antropología Social de la Universidad  Nacional de San Martin. Correo electrónico: nataliaquirogadiaz@gmail.com
 
- Diana Gómez Correal. Antropóloga e historiadora Universidad Nacional de Colombia. Candidata a doctora Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, EEUU. Feminista decolonial. Correo electrónico: gomezcor@email.unc.edu
 
* Una versión más corta de este artículo aparece en la edición de febrero 2013 (No. 482) de América Latina en Movimiento sobre "Para las nuevas izquierdas: ¿qué otra economía?"
 
 
Bibliografía citada y consultada
 
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Carneiro, Suely (2005). Ennegrecer el feminismo. La situación de la mujer negra en América Latina, desde una perspectiva de género. En: Nouvelles Questions Féministes. Revue Internationale francophone, volumen 24, No 2, 2005. Edición especial en castellano, “Feminismos disidentes en América Latina y el Caribe”, ediciones fem-e-libros.
 
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[i]AbyaYala es la manera como los indígenas Kuna han nombrado a América. En los últimos años se ha posicionado esta manera de nombrar la región como una postura política del movimiento indígena de resistencia, reconocimiento e identidad, y ha sido también asumida por parte del pensamiento y la acción decolonial.
[ii] El feminismo decolonial es una postura político, ética e intelectual de feministas en AbyaYala que comparten la necesidad de analizar y actuar  en  la región reconociendo las distintas implicaciones dejadas por el proceso de colonialidad, superarlas lleva a que inevitablemente se deba incluir la despatriarcalización (Paredes, 2011). Este feminismo cuestiona el eurocentrismo de la producción feminista latinoamericana, pone en el centro la vivencia de las mujeres indígenas, negras, campesinas y de sectores populares, se problematiza el mestizaje, cuestiona el hétero patriarcado y la modernidad como discurso y práctica cotidiana, e incluye reflexiones sobre la economía. Esta vertiente de pensamiento y acción feminista tiene distintas genealogías como la del feminismo negro, el pensamiento lésbico, el indígena, el popular, las chicanas y el de mujeres mestizas que han problematizado su condición étnica.
[iii] Un ejemplo de ello está dado por el caso de las mujeres afro descendientes en Colombia. Como lo señala Betty Ruth Lozano (2010), la mirada centrada en la pobreza impide reconocer la manera en que la matrifocalidad manifiesta otras opciones posibles para la organización social y un lugar de mayor prestigio y autoridad para las mujeres. “Para las agencias y los agentes del desarrollo, entre los cuales hay un buen número de mujeres feministas y de antropólogas, las mujeres negras son pobres, jefes de hogar, sometidas, atrasadas, analfabetas, portadoras de una sexualidad incontrolable que se expresa en numerosas preñeces, es decir, un sector vulnerable que necesita ser intervenido. Estos análisis carecen de una perspectiva histórica y se hacen desde los centros hegemónicos de poder”.
[iv] La construcción de los Estados nacionales interpeló como sujetos principales a los varones blancos, portadores de los principios  de la modernidad y propietarios. Este imaginario androcéntrico y racista tematizó a los no blancos como un obstáculo para la consolidación de estos proyectos.
[v] Para abordar esta discusión ver: Mentiras y verdades del “Capital de los Pobres”. Perspectivas de la economía social y solidaria (2010)
 
http://www.alainet.org/es/active/61512

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