jueves, marzo 28, 2013

Flora Tristán, reportera de la miseria


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Una de las primeras en responder a las nuevas cuestiones que planteaban la aparición de las obreras fue Flora Tristán. “Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescriptibles del ser mujer.” Así de rotunda hablaba y escribía esta francesa, autodidacta y de orígenes peruanos. Aunque tradicionalmente a Flora Tristán se le ha enmarcado en el primer socialismo, el socialismo utópico, es una mujer de transición entre el feminismo ilustrado y el feminismo de clase.

Las principales cabezas del siglo XIX teorizaron sobre porqué las mujeres debían estar excluidas. Así que además de todo lo dicho por Rousseau, se sumaron las teorías de Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche… que además influyeron en todos los campos del saber que paradójicamente estaban comenzando una nueva época bajo la guía de la “razón”.

Tanto se habían empeñado en construir en sus teorías –y probablemente en sus deseos–, princesas domésticas, débiles, obedientes, pasivas y mujeres-madre que cuando las obreras comenzaron a reivindicar sus derechos, igual que ocurría con las mujeres negras que habían sido esclavas y trabajado y vivido como tales, no se sabía muy bien qué hacer con ellas.

Como señala Cristina Sánchez, las trabajadoras representaban una anomalía que no se sabía cómo tratar. Son un problema puesto que compatibilizan la feminidad y el trabajo asalariado y también participan tanto en la reproducción y el ámbito privado como en la producción industrial, es decir, en el ámbito público. Con ellas nacen nuevos interrogantes: ¿Podía ser compatible para las mujeres? ¿Había que poner límites? ¿Qué tipo de trabajador era una mujer? ¿Debía obtener el mismo salario que un hombre? A todas estas preguntas tendría que darle respuesta tanto los misóginos, como los legisladores, como las propias feministas .

Flora Tristán, precursora y avanzadilla de las nuevas feministas, las feministas socialistas, explica su situación de conflicto:
“Tengo casi al mundo entero en contra mía. A los hombres porque exijo la emancipación de la mujer; a los propietarios, porque exijo la emancipación de los asalariados”.

Tristán era hija de una parisina y de un noble peruano. El matrimonio de sus padres, celebrado en Bilbao, no tenía validez legal en Francia y éstos nunca se preocuparon por regularizarlo. Así, la muerte repentina del padre, dejó a la familia en la ruina y a Flora como hija ilegítima. La gran herencia correspondió a Pío, hermano de Mariano Tristán, que vivía en Arequipa, Perú. Flora tenía diecisiete años cuando entra a trabajar como iluminadora en el taller de André Chazal. Un año después, su madre la obliga a casarse con el patrón movida por la penuria económica en la que vivían. “Mi madre me obligó a casarme con un hombre al que yo no podía ni amar ni apreciar. A esa unión debo todos mis males; pero como después mi madre no dejó de manifestarme su más vivo pesar, la perdoné”.
Las consecuencias de ese matrimonio para Flora fueron tremendas durante toda su vida. Sufrió agresiones de su marido, tanto en forma de maltratos psíquicos como físicos y sexuales. En la Francia de aquella época el divorcio no era legal así que Flora se separa –se esconde–, de su marido y trabaja como doncella, dama de compañía, traductora, niñera… desde 1826 hasta 1831. Sólo su hija Aline –la que sería madre del pintor Paul Gauguin–, viajará con Flora en algunas ocasiones puesto que Alexandre, el mayor, muere cuando tenía ocho años y su marido, apoyado por la justicia, consigue la custodia del otro hijo varón, Ernest .
Nada amilanó a Flora Tristán. Ni siquiera la brutalidad de Chazal que llegó al extremo de intentar violar a su propia hija y de atentar contra la vida de Flora, atacándola con la intención de asesinarla en plena calle. En sus cuarenta y un años de vida, Flora Tristán pasó veinte meses en un viaje a Perú y cuatro estancias en Gran Bretaña, desde donde viajó también a Italia y a Suiza. Sus recorridos por Perú y Gran Bretaña le proporcionan el material para dos de sus obras más importantes, Peregrinaciones de una paria (1838) y Paseos en Londres (1840). En el Prefacio de Peregrinaciones de una paria, Flora explica parte de su vida:

“Tenía veinte años cuando me separé de mi marido (…) Hacía seis años, en 1833, que duraba esta separación. Supe durante esos seis años de aislamiento todo lo que está condenada a sufrir la mujer que se separa de su marido por medio de una sociedad que, por la más aberrante de las contradicciones, ha conservado viejos prejuicios contra las mujeres en esta situación. (…) Al separarme volví a tomar el nombre de mi padre. Bien acogida en todas partes como viuda o como soltera, siempre era rechazada cuando la verdad llegaba a ser descubierta. Joven, atractiva y gozando en apariencia de una sombra de independencia, eran causas suficientes para envenenar las conversaciones y para que me repudiase una sociedad que soporta el peso de las cadenas que se ha forjado, y que no perdona a ninguno de sus miembros que trata de liberarse de ellas”.

La actividad política de Flora Tristán y su compromiso con los movimientos obrero y feminista, propician su obra La Unión Obrera (1843). Fue Flora Tristán una de las primeras reporteras de la miseria: denunció y abogó por la abolición de la esclavitud en los continentes africano y americano y denunció la situación de los colectivos sociales pobres británicos, en pleno desarrollo del incipiente capitalismo asegurando que era peor, por infrahumano, al sistema esclavista. Flora supo mirar y denunciar todas las formas de explotación, de exclusión, de sumisión y de miseria y en sus trabajos habla de las prisiones, los prostíbulos, los asilos… .

Flora, como sus antecesoras en el feminismo, une vida, obra y denuncia. En su novela Méphis expresa que todo cuanto ahoga a la mujer o la reduce a sacrificarse es condenable y critica el corsé como artilugio que convierte a la mujer en “una muñequita”. Flora pone en prácticas su teorías y no lleva corsé, adelantándose una vez más a su época, pues hasta 1912 no desaparecerá en un desfile de modas esta prenda que “mejoraba la figura femenina” eso sí, a costa de dificultar la respiración.
En Unión Obrera, Flora propone ideas para mejorar “la situación de miseria e ignorancia de los trabajadores”: la unión universal de los obreros y las obreras –de hecho, se la considera precursora del internacionalismo– o la construcción de edificios que ella llama “Palacios de la Unión Obrera” que casi parecen un embrión del estado del bienestar: “En ellos se educaría a los niños de ambos sexos, desde los 6 a los 18 años, y se acogería a los obreros lisiados o heridos y a los ancianos…”. Flora Tristán habla y escribe en masculino y en femenino –“a los obreros y a las obreras”– y en Unión Obrera lo explica en su capítulo titulado “Por qué menciono a las mujeres”. En él describe la horrible situación en la que vivían las trabajadoras –aporta información de primera mano, la Flora reportera aparece a lo largo de todo el capítulo–, y asegura que si no se educa a las mujeres es porque económicamente es muy rentable para la sociedad:

“En lugar de enviarla a la escuela, se la guardará en casa con preferencia sobre sus hermanos, porque se le saca mejor partido en las tareas de la casa, ya sea para acunar a los niños, hacer recados, cuidar la comida, etc. A los doce años se la coloca de aprendiza: allí continuará siendo explotada por la patrona y a menudo también maltratada como cuando estaba en casa de sus padres”. Flora Tristán defiende que “en la vida de los obreros la mujer lo es todo” y por eso les insta a que hagan suya la lucha por la igualdad: “A vosotros obreros, que sois las víctimas de la desigualdad de hecho y de la injusticia, a vosotros os toca establecer, al fin, sobre la tierra el reino de la justicia y de la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer”.

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