jueves, marzo 28, 2013

Arte en clave de mujer: Creadoras y transgresoras


AVN./ No son musas, son rebeldes. Sus experiencias recuerdan aquella sentencia expresada por la pintora surrealista y escritora Leonora Carrington en los años 80: “No tuve tiempo de ser la musa de nadie, estaba demasiado ocupada rebelándome y aprendiendo a ser una artista”.


Son rebeldes, sí. Han hecho de la urbe, el cuerpo y las artes plásticas sus propias trincheras de transgresión y creación; han hecho del arte, en sus múltiples acepciones, una vía para denunciar la alienación de la existencia y de la feminidad atrapada en los estereotipos de género.

También han hecho de su arte una forma de repensar, con valentía, su propia subjetividad y esbozar una simbología alterna a la violencia patriarcal, que hace del cuerpo femenino el blanco de la discriminación.

Son, sencillamente, artistas venezolanas en pleno proceso de creación, que integran lenguajes y soportes, que danzan, que perfilan un proyecto de videoarte o trazan un grafitti en alguna esquina de Caracas para replantear lo que significa ser/existir como mujer, como mujer creadora, como creadora activista.

Hay apuesta política en sus obras, transgreden no sólo los géneros, también la definición misma de arte. Lo suyo es un Arti-vismo, para usar los términos de la gallega Maruja Mallo, una personalísima vocación que se imbrica en la máxima del feminismo radical de los años 60: “lo personal es político”.



Argelia Bravo: crear desde la rabia

El título de uno de sus performances más famosos, “Rosado Bravo Arrecho y Enfurecido” no deja lugar a dudas, Argelia Bravo crea desde las vísceras trastocadas por la rabia de una identidad marginal: identidad de mujer. Llamarla la madre del Arte Social en Venezuela no le quedaría grande. A ese concepto llegó – públicamente- en la década de los 90.

“Mi necesidad, aunque en ese momento no tenía ese nombre, siempre estuvo asociada a los estereotipos de género, siempre hubo una necesidad de plantear el problema no solamente de la discriminación de nosotras las mujeres, también de nosotras encasilladas en los estereotipos de género”, relata esta artista plástica, documentalista, con más de 30 años de trayectoria en el ámbito artístico nacional, reconocidos con el Premio del Ministerio de la Cultura 2010.

“Era una problemática que yo como mujer estaba sintiendo, pero que empiezo a abordar políticamente en el campo del arte en los años 90. Una siente la discriminación en la casa, en la familia y en el mundo del arte ni se diga. La invisibilización de las mujeres dentro del arte ha sido histórica, la utilización de la mujer como objeto también. Cuando empiezo a tener una plataforma teórica feminista empiezo a llamar el acto creador como un acto político”, argumenta Bravo.

A Argelia el reconocimiento público no se le sube a la cabeza. Hace un café, ofrece unos cuantos cigarros, habla de endulzantes antes de poner en marcha el grabador, dilata el momento de hablar. “Yo te soy sincera, odio las entrevistas, tiene que ver algo con la comodidad de las mujeres en el espacio de lo privado, con no sentirse cómodas pronunciándose, y eso les pasa hasta las artistas más corridas”, admite, irónicamente, en su propio espacio privado: la cocina.

“Yo hablo desde la rabia, desde la Argelia que tiene el compromiso de llevar lo personal a lo político para socializarlo y poderse, además, solidarizar con las luchas de múltiples comunidades contra la invisibilización”, sentencia.

Así, en su obra ha abordado la claustrofobia que genera el concepto “mujer” como un rol de género y la violencia que sufre la comunidad trans. Ha repartido preservativos, entre las prostitutas, en la Avenida Libertador de Caracas y ha montado un aula de guerrilleras ecofeministas en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.

Ha aprendido de todas esas intervenciones que el impacto de las artes visuales reside en su potencial metafórico, su potencial de denuncia, en la creación de un lenguaje alterno al hegemónico para nombrar y saber de otra manera a la mujer, que es más importante lograr lo visual colectivo que garantizar una exposición de galería, que es necesario mantener la efectividad de la militancia y el trabajo etnográfico, así como la solidaridad que se construye cuando la experiencia de “las dominadas” se socializa con otras mujeres, más o menos pobres, más o menos blancas, más o menos heterosexuales.

El ecofeminismo le ocupa actualmente. “Tenemos que saber que la violencia contra la mujer pertenece a la misma violencia contra la tierra. El capitalismo y su explotación de los recursos se retroalimenta del patriarcado, y una transformación del sistema capitalista debe ser una transformación feminista”. De allí que sus guerrilleras del Aula 7, la llamada Escuela de Pepas y Cuadros, resignifiquen íconos asociados con la feminidad tradicional, como los utensilios de cocina, a manera de armas de batalla.

Mujeres guerrilleras en contra de las transnacionales, mujeres socializando una particular ética del cuidado forjada a punta de historia y cultura – que no de esencia femenina – prendiendo fogones, preparando comida criolla, transmitiendo la sabiduría culinaria venezolana a las generaciones más jóvenes. Mujeres en combate.

Angélica a.k.a Miss Hask: conejos no tan rosas en las calles
Desde el inicio de su Teoría King Kong, la pensadora feminista Virgine Despentes, deja claro su lugar de enunciación: “Yo hablo como proletaria de la feminidad”. Desde ese mismo lugar, habla la artista gráfica y urbana Angélica Talavera, a.k.a Miss Hask. Se le nota la calle caraqueña en la cadencia con la que responde a la entrevista, las palabrotas que no le temen a la grabadora. Tiene 26 años pero mucho mundo de aceras, patineta, medianoche a la intemperie, pinturas en spray, “culebra” con los grafitteros hombres que han intentado desprestigiar su trabajo.

A pesar de tanta calle, ella tiene un título de Diseñadora Gráfica en el Instituto de Diseño de Caracas y otro de Motion Graphics obtenido en Buenos Aires.

Su sello distintivo son los conejos rosa y no es gratuito ni el color ni el animal escogido. “El conejo es un personaje que uso porque es el que ha sido perseguido por los lobos para alimentar a sus crías, es el alimento de un complejo sistema de dominación, a pesar de que éste no tenga conciencia de lo dominada que está su existencia”, explica.

El rosa vino después, vino para diferenciarse de sus pares hombres, para dejar una marca femenina estereotipada -”color de niña”- así como el apelativo de señorita en inglés (Miss).

Pero no es una damisela dulce y prístina. Se conoce la calle desde los 14 años, conoce lo duro del medio, la maledicencia de ser una mujer forjándose un nombre en un medio eminentemente masculino como el arte urbano. “Una siente de por sí el malestar siendo una chama, cuando no eres bella ni dulce, y en el medio donde yo me muevo las mujeres son unos objetos, son las novias de los grafitteros, las flacas, las que están buenas, y por mera intuición fui dándole forma a ese malestar. Vi la violencia de los tipos cuando yo estaba logrando el reconocimiento de la gente, del círculo de los propios grafitteros, y allí caí en el feminismo, como una vía para sentirme fuerte y para denunciar ese tipo de cosas a través de mi arte”.

Ese malestar cobró forma y color con la ilustración Zombie Extrema. El dibujo muestra a una mujer con la carne en plena descomposición, costillas al aire, cuello sujetado del techo, entrepierna desnuda en primer plano.

“La Zombie Extrema es una especie de muerta viviente. Hay mujeres que parecen muertas vivientes porque van dentro del discurso básico de la mujer como un objeto sin criticarlo, o se dejan llevar por la corriente del entorno y hacen las cosas sin pensar en sus propios deseos. La Zombie Extrema es la mujer estereotipo llevada al máximo”, detalla Miss Hask, y agrega que si bien no todos sus trabajos contienen una crítica explícitamente feminista, es de los que más disfruta porque le dan la oportunidad de cuestionarse a sí misma.

María Emilia Durán: poner el cuerpo, liberarlo, danzarlo
La feminidad como una construcción social y política puesta al servicio de la dominación de las mujeres, al enclaustrar y regular su sexualidad, su consumo, su expresión, llevó a María Emilia Durán a hacer de la danza un experimento para liberar el cuerpo y romper con los estereotipos de género.

Contemporánea y folklórica, estos son las dos modalidades de danza a las que María Emilia les ha puesto el cuerpo. En el salón de ensayos, para bailar, hay que desaprender la rigurosidad esquemática que nos ha (im)puesto el lenguaje, se libera también la escisión cuerpo–mente y se re-enseña a las extremidades, el cuello, las caderas, el vientre, la cabeza, los dedos, para crear otros significados.

“La importancia de introducir la feminidad en el proceso creativo va más allá de una naturalización o esencialización del significado de ser mujer, de reproducir los estereotipos en torno a la maternidad o a la desbordada sexualidad femenina, por ejemplo. Se trata de investigar desde el cuerpo, a través de las diferentes expresiones artísticas, para cuestionar y explorar las alternativas a la feminidad hegemónica y patriarcal”, cuenta.

Sin embargo, esta bailarina no deja de cuestionar la categoría de “arte feminista”: “existen mujeres que sin estar inscritas en la historias de los feminismos, usan su propio lenguaje artístico para desafiar los cánones de la sociedad machista, proponiendo relaciones de género – es decir, entre hombres y mujeres – distintas, más democráticas y más diversas”.

María Emilia es morena, un cuerpo oscuro en movimiento también disidente del canon estético eurocéntrico, desde donde se ha erigido la belleza en Occidente. Desde su experiencia en la danza ha intentado explorar los múltiples roles por los cuales se ha paseado por la vida, en una sociedad que estructuralmente la considera perteneciente al espacio del hogar y la familia.

“Hablamos de la mujer violentada, de la esposa fiel, de la amante, la loca, la prostituta, la monja. Son roles naturalizados para la mujer y que deben ser cuestionados por nosotras mismas. El cuerpo nos permite hacer ese planteamiento. Especialmente, haciendo uso del discurso de las tradiciones populares, en las cuales se condensan las formas de identidad colectiva mientras corren simultáneamente en su discurso el colonialismo, el racismo, el capitalismo y, al mismo tiempo, las formas de resistencia política a estos fenómenos de dominación”.

La pregunta clave de María Emilia es la siguiente: “¿qué significa ser mujer en una comunidad afro, indígena o en un barrio de Caracas?, ¿cómo se vive la sexualidad, el amor, el deseo y el miedo? No se trata de caer en el moralismo, ni en la caricaturización de nuestras realidades, tampoco se trata de decirle a la gente qué pensar, pero sí busco crear formas de cuestionarme a mí y a la sociedad donde crecí por qué soy como soy y si pudiera ser mi vida distinta como mujer venezolana”.

La transgresión como constante y el compromiso tácito o no de una relación solidaria y profunda para sus hermanas de género atraviesa el proceso creativo y la vida de estas creadoras venezolanas que parecen tener claro una reflexión que la agenda del movimiento de mujeres debería oxigenar para ir al núcleo de la aún patente discriminación del mal llamado “bello sexo”, que – citando a Virgine Despentes – “el ideal de la mujer blanca, seductora pero no prostituta, bien casada pero no a la sombra del marido, delgada pero no obsesionada con la alimentación (…) buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esa mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista”.

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