lunes, julio 30, 2012

La resistencia civil de las suffragettes

Tercera Información
Ya desde sus inicios el movimiento feminista había venido planteando una renovación de los métodos de acción política al reproducir muchos de ellos pautas patriarcales. Si bien hubo algunas voces contemporáneas a la Revolución Francesa, como la de la inglesa Mary Wollstoncraft o la francesa Olimpe de Gouges, el movimiento se fue articulando a lo largo del siglo XIX en torno a la reivindicación del derecho al voto de la mujer. Los inicios de las asociaciones de mujeres provienen del movimiento antiesclavista estadounidense, que en un principio no admitía mujeres entre sus miembros. Por esa razón las mujeres crearon organizaciones antiesclavistas femeninas que se involucraron en las campañas de boicot a los productos elaborados por mano de obra esclava.

Después de la Guerra Civil americana se fusionaron los restos del movimiento antiesclavista con los de mujeres para pedir el voto de negros y mujeres, y al conceder el voto a los negros y no a las mujeres se crearon las primeras asociaciones feministas específicamente dedicadas a pedir el sufragio femenino. En 1868 y 1872 algunas mujeres, como Susan B. Anthony, fueron condenadas por tratar de votar y llegaron a interrumpir un discurso del presidente Wilson en 1876. Susan B. Anthony fue además una gran impulsora del internacionalismo en los movimientos de mujeres, y logró fundar ya en 1904 la Alianza Internacional por el Sufragio de las Mujeres (IWSA, según sus siglas en inglés). Además las organizaciones de mujeres, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, lanzaron campañas de boicot a los impuestos que hizo que algunas personas fueran represaliadas, como el matrimonio formado por Stephen y Abbey Kelley Foster que tuvieron que vender su granja.

Sin embargo la principal campaña de acción directa llevada a cabo por el movimiento sufragista se realizó en el Reino Unido, especialmente a partir de 1903 por Emmeline Pankhurst, perteneciente la liga fabiana y al partido laborista, fundadora de la Liga en Favor del Derecho a Voto de la Mujer en 1892 y en 1898, una vez viuda, de la Unión Política y Social de la Mujer (WSPU, según sus siglas en inglés) en 1898.

Las activistas que siguieron su estrategia fueron conocidas como las “suffragettes” y se fueron radicalizando poco a poco y no siempre se mantuvieron en las pautas de la acción noviolenta, conocida entonces todavía como “no-resistencia”. Emmeline, vendió su casa en Manchester y se dedicó a dar conferencias en Estados Unidos y Gran Bretaña, por lo que a consecuencia de ello tanto ella como sus hijas Adela, Christabel y Sylvia, fueron arrestadas en varias ocasiones. Fueron muy famosas las palabras que en 1908 dijo Emmeline al jurado que la juzgaba: “estamos aquí no por quebrantar las leyes, sino por nuestros esfuerzos de crear nuevas leyes”. El 21 de junio de 1908 lograron convocar una manifestación con más de 500.000 mujeres en Hyde Park, Londres, pero que acabó con mujeres lanzando piedras contra la residencia del primer ministro, en Downing Street, acción que no ordenó, pero que Pankhurst apoyó más tarde y que le valió el rechazo de la prensa. A partir de 1909 empezaron a usar la huelga de hambre como estrategia una vez las suffragettes eran encarceladas, y muchas veces las activistas fueron alimentadas a la fuerza con tácticas muy agresivas. La violencia policial se manifestó en la calle y, en un célebre incidente a las puertas del congreso el 18 de noviembre de 1910, conocido como Viernes Negro, trescientas mujeres fueron maltratadas, vejadas y cien de ellas arrestadas cuando trataban de pasar el cordón policial para entrevistarse con el primer ministro Asquith. Este hecho generó muchos problemas al responsable de la policía, el futuro primer ministro Wiston Churchill. Sin embargo a consecuencia del Viernes Negro se lograron aprobar las Conciliation Bills, leyes que posibilitaban el sufragio censitario a mujeres ricas.

En 1912 una segunda ley electoral se estaba discutiendo y las suffragettes hicieron una gran campaña de rotura de cristales, lo que llevó a Emmeline a la cárcel. La coordinación de las suffragettes pasó a su hija Christabel, que estaba en situación de búsqueda y captura en el exilio parisino. En prisión, Emmeline inició su primera huelga de hambre y logró negarse a ser alimentada contra su voluntad, cosa que fue el procedimiento habitual en muchas ocasiones. El proceso habitual cuando detenían a las suffragettes fue que una vez en la cárcel iniciaban huelgas de hambre para exigir su puesta en libertad. La policía al principio trató de forzar su alimentación con malas maneras, lo cual empeoró mucho su imagen pública. Después la estrategia que siguió fue poner las activistas en libertad cuando estaban tan débiles como para suponer una amenaza por un tiempo, gracias a la llamada Ley del Gato y el Ratón, creada expresamente para tratar de evitar el daño que en la opinión pública recibía el gobierno con las huelgas de hambre. Una vez reestablecida la salud eran nuevamente detenidas en cuanto iniciaban de nuevo sus actividades políticas. Emmeline era tan conocida que usaba disfraces y una escolta de chicas entrenadas en el arte marcial jiu-jitsu, en la que no se usa la fuerza, para protegerse del acoso policial, pero los intentos para detenerla solían en acabar en escaramuzas y forcejeos con la policía.

Ese mismo año la estrategia de las suffragettes se radicalizó y llegaron a crear pequeños incendios con bombas caseras hechas de queroseno al modo de cócteles molotov. También llegaron a poner hachas con la inscripción “voto para la mujer” en el carruaje del primer ministro. Estas estrategias fueron alejando cada vez más a las sufraggettes de las tácticas noviolentas y del apoyo de la opinión pública, de forma que algunas figuras del movimiento lo abandonaron. Especialmente significativa fue el abandono de Adela Pankhurst, la hija mayor de Emmeline, o la del matrimonio formado por Emmeline y Fedrerik Pethick-Lawrence, que habían formado parte de la dirección del WSPU desde el principio. Un año después, la colaboración de Sylvia en un mitin sindicalista organizado por su propio grupo de WSPU, en el que participó junto a Frederick Pethick-Lawrence hizo que Christabel la amonestara y finalmente expulsara del WSPU junto con su grupo de suffragettes. La verdadera ruptura se producía, según relataba Sylvia, por las tendencias autocráticas de Christabel y su madre, que no admitían líneas divergentes a la suya propia, al menos en su propia familia.

En 1918, justo al final de la guerra, una ley permitió el voto a mujeres mayores de treinta años, y un nuevo cisma surgió en el movimiento sufragista ante las diferentes consideraciones de crear organizaciones mixtas. Emmeline optó por seguir en organizaciones de mujeres y creó el Women Party, el Partido de las Mujeres, todavía activo en el presente. Tras el fin de la guerra, su actividad se dedicó a apoyar el Imperio Británico contra el bolcheviquismo, e inició de nuevo giras por todo el mundo. Finalmente, en 1926 ingresó en el Partido Conservador, por posiblemente ser el único partido que le permitiría trabajar el “empoderamiento” de la mujer, ya que el Partido Liberal había sido blanco de sus campañas antes de la guerra y había salido del Laborista. Murió en 1928, poco después de que se extendiera a todas las mujeres mayores de edad el derecho a voto.

Como se habrá podido observar, el de las suffragettes inglesas, con todas sus contradicciones, no fue un movimiento estrictamente noviolento. No obstante, el uso efectivo que hicieron de algunas técnicas noviolentas, como el mitin, la manifestación, la acción directa o la huelga de hambre, supuso una muestra de la eficacia de estas y con una gran repercusión, mientras que perdieron fuerza cuando usaron tácticas más cercanas a la violencia, como la de los cócteles molotov. También hay que decir que mediante la acción directa, las suffragettes se convirtieron en las verdaderas creadoras de la estrategia de la desobediencia civil en el sentido moderno, haciendo mucho más con su práctica que el discurso del propio Thoreau. Anecdóticamente cabe señalar que Christabel y su compañera Annie Kenney se negaron a pagar la multa a la que se las condenó por interrumpir un mitin y prefirieron ir a la cárcel, iniciando una táctica habitual en movimientos sociales posteriores. Igualmente las suffragettes fueron las primeras en encadenarse a verjas de sitios públicos para llamar la atención de la prensa y en realizar piquetes y obstrucción noviolenta para obstaculizar el proceder habitual de los líderes políticos.


Acciones noviolentas durante la Segunda Guerra Mundial
Es importante señalar que incluso en la Alemania nazi hubo algunas movilizaciones noviolentas antifascistas, si bien ninguna protesta desafió al régimen en sí mismo, demasiado poderoso, sino tan sólo se pudieron enfocar contra alguna de sus políticas. Sin embargo la gran enseñanza es que incluso en las situaciones más terribles es posible la acción noviolenta, y que gracias a la acción noviolenta, que conformaron las más importantes formas de acción a lo largo de todo el Reich, se lograron salvar miles de vidas que los militares aliados no pudieron o no quisieron proteger.

La voz disidente más conocida dentro de la Alemania nazi fue la del obispo de Münster, llamado Clemens August Graf von Galen (1878-1946), que logró con sus protestas parar la política de eutanasia para discapacitados en agosto de 1941.



Inspirados entre otros por von Galen, en el verano de 1942 en la Universidad de Munich hubo un grupo de cinco estudiantes que empezó a escribir, publicar y distribuir cuatro panfletos anónimos con propaganda antinazi en los que se llamaba a la resistencia noviolenta contra el régimen. Firmaron como La Rosa Blanca, como símbolo de pureza, y en noviembre consiguieron apoyo económico de profesores y otros profesionales, con lo que extendieron sus actividades a otras ciudades.

Con la ayuda de un profesor, la Rosa Blanca editó su quinto panfleto a principios de 1943 tras unas movilizaciones estudiantiles en protesta por la actitud de ciertos líderes del régimen que habían ido a la universidad a soliviantar a los estudiantes con discursos ofensivos, especialmente para las mujeres. Esta vez, la red de distribución aumentó a otras ciudades cercanas y la Rosa Blanca también pintó grafitis contra Hitler en Munich y Berlín. En ese momento crucial de la guerra, en el que Alemania estaba perdiendo Stalingrado, la Rosa Blanca editó un sexto (y último) panfleto. Sin embargo, la GESTAPO no podía permitir tamaña contrapropaganda y lograron ir arrestando a los integrantes de la Rosa Blanca, que fueron siendo ejecutados a lo largo de 1943. El movimiento de resistencia estudiantil fue sistemáticamente reprimido tras la desarticulación de la Rosa Blanca, y se logró acabar con él, pero tuvo gran importancia simbólica como desafío al autoritarismo nazi, sobre todo en la posguerra. Se introdujeron de contrabando copias de panfletos en Suecia, Noruega, Suiza e Inglaterra, y la RAF lanzó un millón de copias del sexto panfleto sobre toda Alemania. Tras la guerra en ambas Alemanias se reconoció la labor de La Rosa Blanca, pasando a ser un símbolo antifascista, y se bautizaron con el nombre de los estudiantes de la Rosa Blanca escuelas, y calles, recordando el aniversario de las primeras ejecuciones durante años.

La protesta alemana más importante tuvo lugar en 1943 en Berlín, cuando miles de gentiles alemanas se manifestaron en la plaza de Rosenstrasse para protestar contra el arresto e inminente deportación de judíos. La gran mayoría de las participantes eran mujeres casadas con judíos y permanecieron una semana en la plaza. Fueron unas seiscientas al principio y unas seis mil al final, y se mantuvieron firmes a pesar de las amenazas de la Gestapo de dispararlas. Goebbles ordenó finalmente liberar entre 1700 y 2000 prisioneros judíos casados con gentiles alemanas para desactivar así una posible expansión de la protesta.

Fue no obstante en los países ocupados por el III Reich dónde más se desarrolló tanto la violencia de la ocupación como la respuesta noviolenta de la ciudadanía, que tras la derrota militar tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, rescatar perseguidos por el régimen, especialmente judíos, e incluso frustrar los planes del invasor. En este sentido hay que señalar que muchas veces hubo superposición entre los medios de la resistencia armada y la resistencia desarmada, y que esta se hizo de esta forma simplemente porque no había armas, y cuando estas llegaban transformaban sus actividades. Hubo no obstante una serie de acciones genuinamente noviolentas que se utilizaron en muchos de los países ocupados por el régimen nazi. Estas podían abarcar desde la educación clandestina, protestas públicas, huelgas, hasta la protección y contrabando de judíos o el boicot y la no cooperación social. En este sentido cabe señalar que en su mayoría se trataron de estrategias de supervivencia, no de liberación, y que esta llegó como es sabido por la acción militar de los Aliados.

No está de más recordar que los gobiernos aliados no hicieron nada para detener el Holocausto, no estaba en su agenda de guerra, y la masacre sólo se pudo contrarrestar con resistencia civil. Sin la acción de miles de personas, que arriesgaron sus propias vidas en ello, como Ángel Sanz o Giorgio Perlasca en Budapest, (u Oskar Schindler en Polonia), el genocidio hubiera sido mayor todavía. De hecho, una de las principales líneas de resistencia noviolenta en todo el Reich fue la protección y rescate de judíos, y destaca en esta tarea el caso del pequeño pueblo de Le Chambon sur Lignon, en la Auvernia francesa. Este pueblo de hugonotes (protestantes que no olvidaban su propia historia de persecución), encabezados por su pastor, Andre Trocmé (miembro de FOR), organizó una red de acogimiento clandestina en la que lograron proteger y ayudar a escapar a unos 5.000 perseguidos por el régimen nazi, en su mayoría niños y niñas judíos, como el futuro matemático Alexander Grothendieck. El pueblo albergó una media de quinientas personas simultáneamente en establos, cocinas o sótanos y se financió principalmente por ayudas de los cuáqueros, FOR, y otras organizaciones pacifistas o antifascistas, a pesar de que varios mensajeros con dinero fueron detenidos y ejecutados. Se organizaron en trece grupos de jóvenes que actuaban como células independientes para evitar el derrumbe de toda la organización en caso de interrogatorio, obviamente bajo tortura. Trocmé estuvo detenido un mes y luego tuvo que estar él mismo también escondido hasta el fin de la guerra.

No obstante, la mayor red de salvamento de judíos fue la que se desarrolló en Dinamarca, en el marco de una resistencia civil que enfrentó a la población a los intentos de utilizar el país como fuente de abastecimiento. Dado que el Gobierno danés no pudo enfrentarse a la superioridad militar alemana, tuvo que utilizar otros medios, aunque fue el pueblo el que plantó cara más desafiantemente a los ocupadores nazis. De esta manera cabe señalar que hubo en Dinamarca dos estrategias diferentes, la del gobierno, con una actitud a la defensiva enfocada hacia la resistencia pasiva, y la del movimiento de resistencia, conformado por una inusual alianza entre extrema izquierda y extrema derecha (nacionalista antinazi).

Los objetivos del gobierno fueron la protección de instituciones y ciudadanos daneses (entre los que, por supuesto, se contaban las judíos y judías del país) y una vez conseguido esto conseguir resistir en áreas importantes para la sociedad danesa: neutralidad, preservar el sistema político, la cultura y el bienestar, haciendo concesiones en otros aspectos menos importantes, abriendo la puerta a la cooperación económica, que fue el punto, junto con la salvación de judíos donde se centró el movimiento de resistencia. De este modo la estrategia de la resistencia fue ganando apoyo social, siendo la lealtad al viejo orden temporalmente sustituida por apoyo al movimiento de resistencia.

La política institucional realizó varias formas de protestas, negociaciones, retraso burocrático, y confraternización. También proveyó de contactos políticos y ayudó económicamente a la resistencia durante los últimos años de la ocupación. La población en general usó métodos como cánticos, vestir símbolos nacionales, boicot social a individuos, huelgas y mucho apoyo mutuo. Por otro lado, el movimiento de resistencia editó prensa clandestina y posibilitó otros sistemas de comunicación que permitieron planificar huelgas, facilitar el ocultamiento y huída, crear falsas identidades. Especialmente en el verano de 1944 con una serie de huelgas populares que culminarían con la Huelga Popular de Copenhague. El movimiento de resistencia en Dinamarca además se caracterizó por realizar acciones en el borde de la acción violenta y la noviolenta, especialmente el sabotaje y la destrucción de la propiedad para evitar su uso por los nazis (una adaptación a los tiempos modernas de las antiguas prácticas de tierra quemada), aunque hay que decir que siempre se trató de evitar dañar personas.

El balance del movimiento de resistencia civil de Dinamarca se saldó con poco éxito si se atiende a objetivos militares, pero por el contrario fue muy exitoso en cuanto a objetivos económicos, especialmente los realizados mediante sabotajes y huelgas. Igualmente el porcentaje de judíos rescatados fue el más grande de todos los países ocupados.

El gobierno influyó mucho en retrasar la deportación de los judíos hasta septiembre del 43, presionando cuanto pudo a las autoridades alemanas. El rey apareció públicamente con el símbolo judío, la estrella de David, en su coche oficial, para mostrar su apoyo. Igualmente el 29 de septiembre, los cristianos leyeron una carta de los obispos en las iglesias en la que se condenaba la persecución e instaba a los feligreses a luchar por sus conciudadanos. Emergieron entonces grandes esfuerzos masivos para localizar y avisar a los judíos de que iban a ser deportados. Luego se inició el proceso de ocultamiento, en casas y pisos de extraños, pero también en escuelas y hospitales, tanto en áreas rurales como en el mismo Copenhague.

Para la tercera fase, la evacuación, se crearon varios métodos. Primero en grupos grandes o pequeños se iban acercando hacia la costa, moviéndose clandestinamente entre las diferentes poblaciones y escondiéndose en lugares diferentes. Igualmente, se crearon organizaciones para apoyar el proceso así como para conseguir fondos para pagar a los pescadores la gasolina y comida de los evacuados. Los alemanes sólo pudieron atrapar unas 400 personas, mientras que 7.200 fueron evacuados de forma segura. Casi todos los prisioneros sobrevivieron a su estancia en campos de concentración merced al continuo interés del gobierno danés por su seguridad.

Otro país en el cual la resistencia noviolenta a la ocupación nazi fue preponderante fue Noruega. El líder del partido Nacional Socialista Noruego, Vidkun Quisling, se proclamó primer ministro de Noruega, subordinado completamente a la potencia ocupante.

La resistencia también editó en Noruega periódicos clandestinos, ya que se llevó a cabo en el mismo contexto de censura e inseguridad. Aunque la represión en este país no fue tan severa como en otros países, el rechazo a la nazificación provocó castigo colectivo y ejecuciones, siendo variable el riesgo de participar en protestas, desde pequeñas multas hasta la vida. Goebbles, dijo al respecto: “si los noruegos no quieren amarnos, tendrán que aprender a tenernos miedo”.

Los símbolos que fueron usados por el pueblo fueron clips para papel colgando de las solapas, que también se habían usado en Dinamarca y que significaba la unión del pueblo. El uso de un peine, que hacía referencia al doble sentido del verbo “greie” en noruego, como peinar y como poder, y el uso del gorro tradicional “topplue”. También hubo gestos de boicot social por parte de la población noruega a los alemanes, como no hablarles o no sentarse a su lado, prácticas que contribuían a la creación de lo que llamaron un “frente de hielo”.

Otro tipo de acciones empezó con la huelga deportiva, motivada por la dimisión de los lideres de la Federación Nacional de Deportes en protesta por el los intentos de subordinarla a las autoridades nazis. No hubo competiciones deportivas oficiales hasta el fin de la guerra, y en cambio hubo otras alternativas y clandestinas. Igualmente hubo renuncias en masa cuando los nazis tomaron el control de organizaciones sindicales o sociales. Los obispos luteranos noruegos también se revelaron y condenaron los abusos, así como los intentos del gobierno de presionar a los clérigos para conseguir información en contra de sus votos. En 1942, la misa oficial para conmemorar el segundo aniversario del gobierno de Quisling fue boicoteada, y sólo acudieron algunos miembros del partido, mientras que la misa posterior fue tan multitudinaria que la plaza contigua se llenó de gente cantando salmos que rechazó las órdenes policiales para disolverse. El obispo fue cesado y acto seguido dimitieron todos los clérigos de sus cargos oficiales. Un salmo luterano “Nuestro Dios es una gran fortaleza” se convirtió en un nuevo símbolo contra la ocupación.

El evento más importante de la resistencia noruega, no obstante, lo protagonizaron los maestros, que se negaron a firmar una declaración de lealtad al partido nazi, creando su propia declaración señalando que permanecerían fieles a su propia conciencia. Desde el régimen trataron de obligar a los maestros a unirse a un sindicato nazi, y unos diez mil maestros de un total de doce mil fueron despedidos al negarse, y mil cien de ellos fueron arrestados y enviados a campos de trabajo en el norte de Noruega. A pesar de las duras condiciones casi todos permanecieron firmes en sus convicciones. El gobierno de Quisling no tuvo más remedio que obviar la negativa y para poder mantener el sistema tuvo que considerar a todos los maestros como miembros de su sindicato, sin tener en cuenta si habían firmado la declaración o no. Sin embargo, cuando volvieron al trabajo leyeron una declaración diciendo que pertenecer al sindicato nazi y enseñar, labor entendida también como educar en valores, eran tareas incompatibles. Tanta fue la cohesión de la sociedad noruega que los nazis no pudieron encontrar curas o maestros para reemplazar a quienes no colaboraron con el régimen.



LUCHA CONTRA DICTADORES EN CENTROAMÉRICA



Del mismo modo, en 1944 en ese contexto bélico, pero muy lejos de los principales escenarios de combate, se produjo en El Salvador, Guatemala y Nicaragua una ola de movilizaciones noviolentas contra las dictaduras militares fascistas que llevaban años en el poder. La propaganda antifascista que llegaba desde los Estados Unidos, así como la situación de crisis económica motivada por la propia guerra creó el ambiente necesario para la deslegitimación de los dictadores fascistas centroamericanos.

En febrero de 1944 el dictador Maximiliano Hernández Martínez, que había subido al poder en El Salvador tras un golpe de Estado en 1931, hizo una reforma de la constitución para poder acceder a un tercer mandato. Frente a eso, el 2 de abril hubo un fallido levantamiento militar contra él y fueron ejecutados muchos de sus participantes. La indignación y el miedo a que ejecutaran a más implicados fue el detonante de la huelga general, que empezó el 24 de abril y que fue organizada primordialmente por estudiantes universitarios y liderada por el intelectual Joaquín Castro Cañizales.

El 2 de mayo los activistas lograron boicotear el funcionamiento del tren en la capital y se dio inicio a lo que se llamó la “huelga de brazos caídos”, paralizándose totalmente la producción del país. Aunque no se habían convocado manifestaciones para minimizar el riesgo de represión, el 7 de mayo, tras el asesinato de un activista por parte de la policía, la gente tomó las calles. Como el fallecido era hijo de un norteamericano influyente, se extendieron rumores de intervención norteamericana. Así, para el 8 de mayo se había incorporado a la huelga la mayoría de la población de la capital, San Salvador, y se había empezado a extender a otras ciudades. Los sectores esenciales de la economía estaban paralizados y Martínez sólo contaba con el apoyo de los comandantes de las fuerzas armadas, pero tras la sublevación del 2 de abril se había puesto de manifiesto el poco apoyo de los subordinados.

Martínez, que en 1932 había ordenado la muerte de más de 25.000 indígenas en la represión de un alzamiento armado, eligió esta vez no reprimir con violencia a los activistas, tal vez por ser principalmente criollos de clase media, y dimitió el 9 de mayo, aunque las huelgas siguieron hasta que abandonó el país el día 11.

En ese mismo mes de mayo de 1944, inspirados por la caída de Martínez, en la vecina Guatemala se puso en marcha un movimiento contra la dictadura de Jorge Ubico. Ubico había accedido al poder en 1931 en unas elecciones en las que no había tenido contrincante, y poco a poco se había ido haciendo con más poder, manifestándose su carácter dictatorial en el asesinato de opositores y en la eliminación de la autonomía de la universidad, por lo que serían los universitarios los más activos militantes en su contra.

Cuando en mayo la oposición formó el Partido Social Demócrata pronto convergió con la Asociación de Estudiantes Universitarios AEU, a la que también se unieron profesores universitarios. A principios de junio doscientos profesores pidieron aumento de salario y boicotearon el desfile del Día del Maestro, y el gobierno respondió despidiéndolos a todos y arrestando a algunos de ellos.

El 22 de mayo la AEU lanzó un ultimátum para conseguir la liberación de los profesores arrestados, la readmisión de los despedidos y algunas reformas universitarias, amenazando con una huelga general. El gobierno accedió a algunas peticiones y entonces se aumentaron las demandas para pedir la autonomía total de la universidad y la dimisión de Ubico. En ese momento el gobierno suspendió las garantías constitucionales. Poco después, el 23 de junio estudiantes, profesores y abogados fueron a la huelga a la vez que una petición firmada por 311 ciudadanos distinguidos pedía la restauración de las garantías constitucionales y la consideración de las demandas estudiantiles.

El movimiento se ganó el apoyo de los trabajadores y se pusieron en marcha varias formas de acción noviolenta: marchas, silencio público, vestir de negro en señal de luto por la suspensión de las garantías constitucionales y cantar el himno nacional así como la Marsellesa. En las marchas la gente caminaba de dos en dos, porque la ley prohibía reuniones de más de dos personas en la calle. El 25 de junio hubo una gran manifestación de mujeres, llevando velas y rosarios como en un duelo. En esa manifestación la policía asesinó a una de las mujeres, la maestra María Chinchilla, y al día siguiente la huelga fue total, con el consiguiente colapso económico. Ubico tuvo que dimitir el 1 de julio tras sacar de la cárcel a su principal opositor el general Federico Ponce Vaides, que desafortunadamente continuó con las políticas dictatoriales de Ubico hasta que unos meses después fue expulsado del país por la llamada revolución de octubre, un golpe de estado por parte de oficiales inspirados por el movimiento contra Ubico y que restauraron la democracia en Guatemala.

Paralelamente, el 27 de junio, el movimiento antidictatorial se extendió hasta Nicaragua, el vecino sureño de El Salvador, para impedir una reforma constitucional a Anastasio Somoza García, que se encontraba en el poder tras un golpe de Estado en 1936. Médicos, dentistas, abogados de Managua cerraron parcialmente sus oficinas y la huelga pronto se extendió a empleados comerciales, trabajadores de hospitales y estudiantes. Las tiendas abrieron pero sin dependientes. El día 28 el Partido Conservador organizó grandes manifestaciones por lo que el gobierno arrestó a los manifestantes y a otros disidentes, cerrando la universidad y amenazando a los profesionales con retirarles su licencia comercial si secundaban la huelga del 3 de julio. La huelga no tuvo participación de la clase trabajadora y Somoza se ganó a algunos oponentes anunciando que restauraría las libertades y retiraría la reforma constitucional que estaba promoviendo, promesas que una vez desarticulado el movimiento no cumplió. Así pues, en pocos meses, habían caído dos dictadores en Centroamérica hasta que un tercero puso fin a la oleada revolucionaria.



El desarrollo de la acción directa noviolenta en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial
Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y en los años 50 y 60, se lanzaron importantes campañas noviolentas en diferentes partes del mundo.

Cabe destacar los importantes movimientos noviolentos que se desarrollaron en Estados Unidos durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta y que cambiaron por completo las formas de acción política de los movimientos sociales. En este país se pusieron en marcha las campañas por los derechos civiles de los afroamericanos ya desde los años cuarenta principalmente por el Congress of Racial Equality, CORE, en el que participaron algunos objetores de conciencia absolutistas (insumisos) encarcelados durante la segunda guerra mundial, como George Houser (uno de los fundadores), Bayard Rustin o James Peck (Jim Peck).

Ya durante la guerra CORE empezó a realizar acciones contra manifestaciones concretas de discriminación, aprovechando que sus activistas eran tanto blancos como negros. Algunas de estas acciones habían surgido a principios de los cuarenta por desafíos personales a la segregación realizados individualmente por el afroamericano Bayard Rustin, que se negaba a comer o sentarse en lugares segregados y que luego entró en prisión como objetor absolutista. La acción habitual que hacía CORE era entrar un gran grupo interracial en un edificio público y negarse tranquilamente a abandonarlo si no se atendía a los negros, muchas veces usando grupos de blancos que habían llegado antes como señuelo para incitar a otros usuarios a apoyarles y aprovechando la difusión mediática si había arrestos o violencia. En el norte, con una población contraria a la segregación, tuvieron gran éxito, pero tuvieron grandes problemas en el sur, donde seguían vigentes las leyes segregacionistas (conocidas popularmente como leyes Jim Crow). Una de las acciones que hicieron para transcenderlos fue el llamado Journey for Recontilation, Viaje por la Reconciliación, efectuado en 1947, para demostrar que la sentencia del Tribunal Supremo que declaraba ilegales la segregación en autobuses interestatales no se respetaba. Ocho activistas blancos, incluidos los objetores Jim Peck, George Houser o Igal Roodenko, y ocho negros, incluido Bayard Rustin, viajaron en transporte público por varios estados del sur poniendo a prueba el cumplimiento de la sentencia y desafiando las leyes segregacionistas de los mismos. Fueron arrestados doce veces, y alguno tuvo que cumplir después varias semanas de cárcel, además recibieron insultos, golpes e incluso graves palizas, pero lograron poner la atención mediática en la discriminación racial. Posteriormente, a principios de los sesenta, en plena efervescencia del movimiento de derechos civiles se hicieron otros viajes de este tipo, conocidos como Freedom Rides, Cabalgadas por la Libertad, en las que también participó Jim Peck, que en ambas ocasiones fue terriblemente golpeado. Igualmente, las sentadas en espacios públicos donde se practicaba la segregación fueron tácticas ampliamente difundidas a finales de los cincuenta y los sesenta, sobre todo por asociaciones de estudiantes negros.

Además, tratando de renovar las formas de acción tradicionales de FOR y la WRL, algunos objetores, entre los que se encontraban Dave Dellinger, George Houser, Ralph DiGia o Igal Roodenko fundaron una organización específica para dinamizar las luchas sociales desde una perspectiva de desobediencia civil radical. De este modo nació el Comitte for Nonviolent Revolution en Chicago en 1946 y una de sus primeras acciones fue la realización de piquetes en el Hotel Waldorf Astoria donde se reunían los líderes mundiales para formar la ONU. Sin embargo la excesiva amplitud de sus objetivos dificultó su funcionamiento y para 1948 ya había dejado sus actividades, aunque muchos de sus miembros se volvieron a reunir en otro colectivo de corte más definidamente pacifista, los Peacemakers, que contó entre sus fundadores a A. J. Muste, David Dellinger o a Bayard Rustin. Esta organización, nacida en 1948, se organizaba igualmente en pequeños grupos, sin jerarquías ni liberados y decidiendo horizontalmente por consenso. Su primera campaña fue contra el intento de reinstaurar la conscripción militar en tiempo de paz, contando con el apoyo del gran movimiento negro March Over Washington Movement (Marcha Sobre Washington) liderado por el veterano sindicalista Philip Randolph. Sin embargo cuando el ejército eliminó la segregación por raza en sus cuarteles perdieron su apoyo. No obstante, poco después se eliminó la ley por puro hartazgo social tras una larga guerra. Peacemakers fue pionera en las campañas de objeción fiscal al gasto militar y promovió una forma de organización descentralizada basada en grupos locales, sin liberados o lista de miembros, como tenían FOR o WRL, herederas de las formas de organizarse en los años 20. Una de sus acciones más notorias fue, con dinero de FOR (con A. J. Muste todavía como su director ejecutivo), el envío a Europa de cuatro ciclistas, David Dellinger, Ralph DiGia, Bill Sutherland y Art Emery a tratar de romper el telón de acero en 1951 con mensajes contra la Guerra Fría. Con gran repercusión internacional, durante unas horas lograron repartir propaganda antimilitarista en la ciudad de austriaca de Baden, controlada por los soviéticos en esos momentos.

A finales de los años cincuenta los ya no tan jóvenes objetores de la Segunda Guerra Mundial empezaban a salir de la crisis del activismo con espectaculares acciones de desobediencia civil en el marco la lucha contra el desarrollo de armamento nuclear. Una nueva organización, el Comitte for Nonviolent Action (CNVA), que sustituyó a Peacemakers, logró sacar el asunto a debate público con acciones como la del barco “Golden Rule” en el Pacífico, que trató de entrar en zona de pruebas nucleares en 1958. Sin embargo, los jóvenes activistas, como Brad Lyttle, empezaban a proponer dentro de la lucha contra las armas nucleares un tipo de acción directa noviolenta con coerción física además de moral, con el consiguiente aumento de la confrontación. Estas acciones, que empezaron en 1958 una acción en un silo de misiles en Cheyenne conocida como Cheyenne Project, consistían en obstruir noviolentamente el funcionamiento de algunos objetivos militares, por lo que como concepto de acción directa fueron llamadas “obstruccionismo”. Al año siguiente el propio Muste, ya libre de su cargo como director ejecutivo de FOR, participaría junto a Lyttle en otro bloqueo similar en Omaha, en la que quince personas, algunas de ellas de avanzada edad, realizarían diversos actos de desobediencia civil. En 1960 la acción volvió a los mares en una acción contra los submarinos nucleares Polaris en la que también participó la feminista Barbara Deming. Se trataba de un modelo heroico de acción directa que exigía gran compromiso por parte de los activistas que en ella y que luego evolucionó hacia acción de grupos de afinidad que bloquean algún tipo de instalación ilegítima. Después realizarían grandes marchas (como la marcha San Francisco-Moscú, o Quebec-Washington-Guantánamo) contra la Guerra Fría y su continua amenaza nuclear que posteriormente confluirían con el movimiento de los movimientos civiles en el Sur en marchas en el Sur. Paralelamente en el Reino Unido, Bertrand Russell, renunciaba a la presidencia de la Campaña por el Desarme Nuclear (CND) y fundaba el “Comité de los 100” no apoyar la primera la desobediencia civil cuando surgió el debate al respecto. En 1961, con casi noventa años, Russell ingresó de nuevo en prisión acusado de incitar a la desobediencia civil.

Poco a poco las formas de acción noviolenta se extendieron a otros movimientos en Estados Unidos, principalmente de minorías marginadas, como los de nativos americanos, que, entre otras acciones noviolentas declararon la independencia de la Nación Oglala ante la ONU, ocuparon las oficinas de la Boureau of Indian Affairs (BIA), o que un tiempo después, ya en en 1969,ocuparon la abandonada isla prisión de Alcatraz durante diecinueve meses. Igualmente Estados Unidos vio la campaña por las mejoras sociales para colectivos marginados de Saul Alinsky en los 50 y 60, la revolución democrática de Hawai en 1954, o la de mejora de condiciones laborales de los latinos liderada por Cesar Chávez entre 1965 y 1970.

Son, sin embargo, las campañas impulsadas por Martin Luther King dentro del Movimiento de Derechos Civiles sin duda las más conocidas dada su gran transcendencia, ya que articularon una verdadera revolución noviolenta que cambió la sociedad norteamericana. En medio de la represión del macartismo la población negra de los estados del sur ya no estaba dispuesta a aguantar la pesada carga de la segregación, sobre todo tras haber pagado un alto precio en sangre durante la Segunda Guerra Mundial. En Montgomery, capital del estado sureño de Alabama, los líderes de la comunidad negra estaban ya planificando un boicot contra la segregación en los autobuses cuando Rosa Park hizo su famoso gesto al sentarse en la parte reservada a blancos el uno de diciembre de 1955. Este gesto individual, similar al que Bayar Rustin había tenido años atrás en el norte, fue el detonante de la campaña de boicot en Montgomery, cuyos líderes eligieron como portavoz a un joven predicador recién llegado a la ciudad, Martin Luther King Junior, que tenía tan sólo veintiséis años en aquel momento. En un principio iba a ser sólo el portavoz pero poco a poco asumió el liderazgo del movimiento, puede que por lo apasionado sus discursos y su determinación en la noviolencia, y se convirtió en la principal figura de la lucha por los derechos civiles tras esta campaña.

El enfrentamiento final se tenía que realizar contra el gobierno federal en Washington, y en principio se planificó una campaña de desobediencia civil y acción noviolenta masiva como las de Albany o Birmingham. Sin embargo, tal y como cuenta Dellinger en sus memorias, Luther King logró pactar con Kennedy la promulgación de una ley a cambio de cancelar la campaña de desobediencia y convertirla en la marcha legal que finalmente fue, así como eliminar críticas al gobierno en los discursos que se pronunciaran. Esta acción, organizada finalmente por Bayard Rustin, fue conocida como la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad (1963), en la cual King pronunció el famoso discurso “I have a Dream” (en el que no había un contenido político revolucionario). El March On Washington Movement (MOWM) del sindicalista Philip Randolph pudo por fin realizar su sueño y llevar cientos de miles de personas a la capital del país.

Toda esta eclosión revolucionaria culminó con la promulgación de la Ley de los Derechos Civiles y Ley del Derecho al Voto en 1964. No obstante la lucha de King contra la persistente segregación persistió, radicalizándose cada vez y alzando, tras un tiempo de indecisión, su voz también contra la guerra de Vietnam y la pobreza, convirtiéndose en un figura revolucionaria sumamente incómoda al poder establecido. Tras su asesinato, en Memphis en 1968, la indignación de la comunidad negra fue tal que a partir de entonces no se mantuvo cohesionada en torno a los parámetros de la noviolencia.

El pastor afroamericano entendía la acción directa noviolenta como una forma de forzar la negociación cuando el oponente, situado en una posición de poder, se negaba a ello. Para King, había cuatro pasos en cierto modo similares a los tres que había mencionado Gandhi y que habían seguido los pacifistas radicales, pero con un matiz diferente. Para Luther King estos eran: recolectar hechos, presentar las demandas (intentar negociar), prepararse para el sacrificio (llamada a la acción noviolenta) y finalmente acción directa, pero se efectuaba ésta con la intención de conseguir volver a la mesa de negociaciones inicial. Se trataba por tanto de una combinación de persuasión y coerción que cristalizaban en la negociación, auténtico objetivo de la acción noviolenta. Con esta idea trataba de superar el idealismo de Gandhi y Gregg al poner demasiadas esperanzas en la persuasión del oponente (que ellos entendían como su “conversión”) y desde una perspectiva realista consideraba la coerción noviolenta como necesaria en un mundo en el que la humanidad tenía limitaciones egoístas.

La campaña de insumisión en el estado español
QUÉ ES LA INSUMISIÓN (1991)

La insumisión consiste en la estrategia de desobediencia civil al Ejército y a la Prestación Social Sustitutoria. En sí es algo muy sencillo, y que tiene varios pasos:

A la mili

Se inicia mediante la no presentación de ningún tipo de solicitud al Consejo Nacional de Objeción de Conciencia (CNOC). Es decir, dejándose alistar por el procedimiento habitual y llamar a filas. Durante este tiempo se reciben «normalmente» una serie de informaciones de los militares, donde indican lo que quieren que se haga (lugar de incorporación, fecha, medio de transporte…) junto con una cartilla militar.

Las personas que hacen insumisión a la mili devuelven, por lo general, todos estos papeles junto con un manifiesto colectivo justificando nuestra «negativa a cumplir con el SMO». Esta documentación se remite al cuartel donde deberían haberse incorporado para cumplirlo, por correo certificado y con acuse de recibo. Cada insumiso debe retener una copia de todos sus papeles con sus sellos y compulsas habituales, a excepción de los documentos originales que no se devuelven (declaración de objeción colectiva, recursos —insumisos rechazados como objetores legales antes de 1989—, auto de procesamiento y libertad provisional, auto de conclusión del sumario, etc.).

Dos semanas después de la fecha de incorporación ya es delito no haberse presentado al destino militar. Generalmente, es a partir de esa fecha cuando ponemos en conocimiento de los militares nuestra insumisión. La forma de llevarlo a cabo intentamos que sea lo más notoria posible, ya que al tener conciencia de la legitimidad de nuestra postura no tratamos en ningún caso de escondernos del estamento militar. Al contrario: hacemos pública esta situación, tomando la iniciativa frente a la violencia del reclutamiento. Así, los insumisos a la mili han realizado hasta ahora presentaciones en los gobiernos militares más próximos a su localidad y en los juzgados civiles (juzgados de guardia) correspondientes. La respuesta legal a estas presentaciones ha sido muy variada. Se han dado casos de apresamiento inmediato, pero lo habitual ha sido que los militares únicamente se dan por enterados y se ihiben de actuar en el momento.

Además, cada insumiso está apoyado por la acción de cuatro personas que se autoinculpan de haberle inducido a realizar la insumisión. Estas personas dirigen un escrito al juez que lleva el proceso al insumiso en cuestión, donde exponen su identificación con las razones que han llevado a aquél a desobedecer. Este escrito suele acompañar a la docuemntación remitida al cuartel y a la entregada a las autoridades en el momento de la presentación pública y colectiva. Por el mismo motivo que la insumisión es ilegal, la inducción a la insumisión se convierte en un delito.

A la Prestación Sustitutoria

La hacen las personas que habiendo declarado ante el CNOC y después de ser reconocidas legalmente como objetores deciden hacer insumisión. Pasado un tiempo, la Oficina de la Prestación Sustitutoria de los Objetores de Conciencia (OPSOC), les envía la declaración de útiles y les informa de la obligación de presentar alegaciones (prórrogas y causas de exención igual que en la mili) o de contestar a la bolsa de trabajo.

Esta bolsa de trabajo contiene información sobre entidades a elegir, horarios y tipos de jornada (partida/entera), lugares donde realizarla y cómo contestar. Si no se elige destino, la OPSOC se encarga de asignar uno. Para la incorporación, la oficina facilita la fecha y lugar de incorporación, medio de transporte si fuera necesario y, en algunos casos, vales para comprar ropa donde crean más oportuno.

Los insumisos a la PSS devuelven a la entidad correspondiente todo aquello que les ha llegado vía OPSOC, junto a una carta de insumisión colectiva. También se entrega una copia de esta documentación en la presentación colectiva que junto a los insumisos al SMO tiene lugar en los juzgados de guardia. Una copia sellada de todo lo devuelto y los escritos originales habituales los conserva el insumiso para posteriores diligencias.

La OPSOC tiene la obligación de denunciar al insumiso ante el Ministerio de Justicia. Al igual que en la insumisión a la mili y utilizando el mismo procedimiento formal y táctico, cuatro personas se autoinculpan de inducir al insumiso, por lo que teóricamente se juegan la misma pena de cárcel, aunque en la práctica, el poder judicial se ha inhibido de procesar a la mayor parte de los autoinculpados.

Conceptos globales de la campaña de insumisión

El método de lucha que da forma a nuestra campaña es la desobediencia civil. Abandonar esta opción para utilizar simplemente otras formas de lucha habituales como movilizaciones y demás medidas propagandísticas sería claramente ineficaz. Estamos convencidos de que es esta desobediencia, entendida como acción colectiva decidida y ejecutada en común, la que explicada y difundida públicamente favorece nuestra expansión social como movimiento y genera el apoyo a nuestras movilizaciones. Nuestra desobediencia es el mejor modo de ofrecer a la sociedad la participación en la resistencia a la guerra y a los ejércitos. Con la desobediencia conseguimos materializar la auténtica OC, convertirla en algo real, práctico y cercano a la gente y en especial a los/as jóvenes. El antimilitarismo y el pacifismo comienzan así a dejar de ser un suceso imaginario o inalcanzable a través de resultados visibles y cuantificables gracias al progresivo aumento de la insumisión.

La desobediencia civil utiliza como única «arma» el no acatamiento colectivo de una o varias leyes para hacer inaplicable esa ley que se considera injusta:

«La desobediencia civil se basa en el reconocimiento del hecho, demasiado tiempo ignorado, de que la obediencia a la ley implica la responsabilidad del ciudadano, y que, en consecuencia, quien se somete a una ley injusta carga con parte de la responsabilidad por esta injusticia.» [Jean Marie Muller]

Generalmente, la opinión pública tiende a dividir en dos grandes grupos los procesos judiciales: por un lado las causas comunes y por otro las políticas. En el caso de una campaña de desobediencia civil como es la de insumisión parece claro que las razones que han fundamentado esta actitud tienen que aparecer en todo momento ante la sociedad (la defensa política en el juicio representa la mejor oportunidad para fortalecer nuestra imagen de disidentes políticos contra la de «insolidarios individualistas» que propaga el Gobierno a los cuatro vientos) como razones políticas y colectivas al servicio del interés general de la población. Si no, se nos presentaría fácilmente frente a la opinión pública como elementos asociales practicando al delincuencia.

En este sentido, ante el traspaso de causas abiertas a la jurisdicción ordinaria y la apertura de los procesos de 1992 por parte de los juzgados civiles, cobra aún más fuerza la necesidad de acudir a nuestros juicios para desarticular en su propio terreno las tesis del Estado. Convendrá utilizar de ahora en adelante mejor que nunca las vistas judiciales como trampolín informativo de nuestras ideas para contrarrestas los nuevos efectos de imagen efectos de imagen concebidos por el Gobierno. El Ministerio Fiscal trata de enfrentarnos a la justicia civil para desviar la atención social (hasta ahora centrada básicamente en el aparato militar) sobre órganos «democráticos» representativos de la sociedad civil. Gracias a esto, el Ejército desaparecería de la escena política y del punto de mira de la opinión pública para crearse la ilusión de que nuestra oposición va dirigida contra la sociedad o la ciudadanía en general porque transgredimos leyes protegidas por uno de los tres poderes «democráticos».

Nuestra lucha es colectiva. Ninguna campaña de desobediencia civil se ha basado nunca actitudes individuales, sino en estrategias comunes respaldadas por colectivos ciudadanos preocupados por el bien general de la población. Buscamos el beneficio general o social de la supresión de esa ley que desobedecemos. Los intereses particulares, aún siendo legítimos, nunca conforman ni teoría ni práctica política.

Nuestros objetivos son políticos. Es así porque lo que pretendemos son transformaciones sociales radicales. Por supuesto, no hemos organizado esto para que se libre de la mili el mayor número de gente posible —aunque esto sea deseable—, sino que vamos mucho más allá. No podemos aceptar ninguna salida a nuestro conflicto que no sea política o, lo que es lo mismo, que no beneficie a toda la sociedad. Tampoco es oportuno que el movimiento se centre en hallar, perseguir o promover soluciones jurídicas individuales porque supondría abandonar inmediatamente el campo de la lucha política para dejarlo en manos del poder judicial. y esa batalla la tenemos perdida de antemano.

Queremos acabar con el SMO como primer paso hacia la desaparición de los ejércitos y otros cuerpos armados que contribuyen a la supervivencia del capitalismo o la imposición de la dialéctica del Poder y la Autoridad. Los grupos políticos suelen estar a favor de un ejército profesional, pero nosotros tenemos que dejar claro que pretendemos un antimilitarismo que nos haga superar aquellos valores que hacen posible la existencia de los ejércitos (la violencia como método de resolución de conflictos, el progreso económico desde la desigualdad social y el desequilibrio regional, basar la seguridad de uan sociedad en la defensa de las fronteras y no en la de sus logros sociales, etc.).

Algunos principios esenciales de la estrategia

1.- Contra Pactos

El movimiento antimilitarista debería renunciar a la negociación con el Estado. Sus objetivos políticos fundamentales (desaparición de la conscripción —preparación para la guerra— y desarrollo de una cultura antimilitarista de transformación social que posibilite la desaparición de las Fuerzas Armadas y la desmilitarización social) y los medios para conseguirlos no admiten la negociación salvo que dessemos vivir en una contradicción permanente. Los medios o la única vía posible para la consecución de nuestros objetivos son la presión política a través de la desobediencia civil, la resistencia colectiva organizada y constante de los represaliados, y la movilización popular intentando aglutinar el máximo de fuerzas sociales y sectores de la opinión pública a nuestro favor. En coherencia con esto, el movimiento no debería apoyar ni defender pacto alguno individual o colectivo. Desmarcarse públicamente de las posibles negociaciones ratificándose en la postura de no colaboración política con el Estado sería lo más consecuente.

2.- Por el enfrentamiento directo con el Estado.

Nosotras y nosotros entendemos la insumisión como una estrategia de lucha noviolenta o forma de insubordinación activa al sistema, que se distingue por su contenido revolucionario de desobediencia civil coherente con los fines que persigue. Esto implica la disposición del colectivo de insumisos, es decir, de aquellos que materializan la desobediencia ofreciéndose como una nueva herramienta viva y práctica de oposición al Poder, para entrar en confrontación directa con el Estado. Esta confrontación política conlleva la demostración pública de nuestras intenciones-principios en los momentos y situaciones judiciales precisos en un acto de claro riesgo de nuestra libertad personal, pero también de coherencia y firmeza ideológicas. De este modo lograremos que siga proyectándose hacia la sociedad una imagen de resistencia activa.

Mostrando con determinación que estamos dispuestos a «ir a la cárcel» por defender nuestro derecho-objeción rompemos con la idea de utilidad que para el Gobierno tiene la cárcel como instrumento de coacción social, gracias a la imposición del castigo ejemplar contra quienes se niegan a aceptar las leyes del Estado. O dicho de otro modo, si existe un número suficiente de insumisos manifestando, a pesar de lo desacarnado de la elección, preferir la cárcel antes que cumplir una serie de leyes injustas…. ¿de qué le puede servir al Estado emplear la amenaza de encarcelamiento para disuadir a los jóvenes si no nos importa «ir al talego»? Además, al provocar mayor movilización dentro y fuera de prisión aprovechando esta circunstancia de encarcelamiento, conseguimos «mantener atado» al Gobierno a la hora de decidirse por una represión generalizada.

Aspectos derivados de los principios anteriores:

1.- Presentación periódica ante las autoridades estatales —y en el momento en que el movimiento lo encuentre oportuno— de todos los insumisos, en especial los que estén pendientes de cumplimiento de condena, para los que incluso puede contemplarse una presentación propia. La experiencia y la realidad han demostrado que esta presentación debe garantizar un número de sentenciados suficiente y bien preparado para organizar la resistencia dentro de la cárcel. Por otro lado, la fecha de la «entrega» debe ajustarse exactamente a los requisitos indispensables de oportunidad política y rentabilidad social, discurra el tiempo que sea desde la presentación anterior.

2.- Es recomendable desestimar las salidas de carácter personal previas a la celebración del juicio como recursos y aplazamientos, salvo por razón de concentrar varios juicios en la misma fecha. Igualmente, sería oportuno rechazar también la vía del indulto solicitado por o para nosotros. La solución ha de ser colectiva y política. Mientras haya conscripción debe haber desobediencia. Los indultos sólo servirían para sesgar numéricamente nuestras fuerzas y el problema seguiría vivo.

3.- Apostamos por la defensa política en el juicio. Defensa colectiva y unitaria, homogénea para todos los insumisos, sin personificarla. Al final se aprovecha para pedir la libre absolución del insumiso. Prescindimos de solicitar la reducción de condena, negociarla o llegar a pactos o acuerdos con el Tribunal para no entrar en el juego del Estado.

4.- El insumiso como tal no ha cometido ningún delito. Por tanto, ni tenemos porqué reconocer el delito ni la pena que se nos solicita. El último momento del juicio es el oportuno para que rechacemos el tribunal y el juicio en su totalidad. Si no reconocemos el tribunal tampoco tenemos porqué recurrir la sentencia.

5.- Si ingresamos en prisión deberíamos intentar mantener una postura de resistencia activa, de no colaboración coherente con la campaña. Esto sólo debe suceder cuando nosotros lo decidamos. El Estado tiene que perder la iniciativa en la represión para ganarla nosotros evitando así que la campaña de insumisión se convierta en una lucha exclusivamente antirrepresiva o «saca-presos».

6.- Conviene dirigir a la opinión pública y a la sociedad en general un mensaje positivo de crítica no sólo a la mili sino al ejército y al militarismo. Profundizando en la cuestión hay que entender la insumisión como un instrumento más en la lucha anticapitalista. El militarismo es algo más que una institución relevante en la sociedad, es también un fenómeno social presente en los modos de organización y relación sociales, políticos, ideológicos, económicos. Nuestra estrategia exige un gran esfuerzo de lucha ideológica para transformar la mentalidad social dominante, para crear una nueva cultura que vaya configurando futuras estructuras sociales alternativas y, en suma, una vida más feliz.



MANIFIESTO DE LOS INSUMISOS (1989)

Los OBJETORES DE CONCIENCIA que estamos recibiendo órdenes de incorporación al Ejército para cumplir el Servicio Militar (SM), queremos dar al reclutamiento forzoso una respuesta activa y colectiva, presentándonos públicamente ante la Jurisdicción Militar, para la que es delito nuestra postura pacífica y solidaria, y MANIFESTAMOS:

1.- Que hacemos Objeción de Conciencia (OC) negándonos a cumplir el SM, conscientes de que con ello estamos contribuyendo a que las relaciones entre las personas y los pueblos estén basadas en la justicia y la solidaridad.

2.- Que somos partidarios de la libertad, de la responsabilidad, de la participación y de la paz, y entendemos que todo ello es contrario a la lógica militar.

Por eso, no queremos colaborar con el Ejército haciendo el SM, al entender que si lo cumpliéramos estaríamos afirmando contravalores como la obediencia ciega, el machismo, la dominación y el poder, estaríamos colaborando con el llamado «orden económico internacional», nos convertiríamos en consumidores de presupuestos astronómicos que, frenando el desarrollo, desvían los recursos del planeta hacia la guerra y la destrucción. No queremos ser parte del Ejército porque no queremos ser instancia imprescindible de la dominación de unas naciones sobre otras, del dominio de unas personas sobre otras.

3.- Que, al negarnos expresamente a cumplir el SM, entendemos que no podemos, bajo ningún concepto, ser considerados como militares, sino que en todo momento seguimos manteniendo nuestra condición de civiles.

4.- Que somos Objetores de Conciencia, sin necesidad de que ningún organismo administrativo tenga porqué declarar nuestra condición de tales, en el marco de una Ley (la ley de OC —LOC) cuyo objetivo es lograr que la contestación al SM que realizamos los objetores no lo ponga en cuestión en ningún momento.

5.- Que la imposición de una prestación sustitutoria a los objetores de conciencia carece de sentido si no es entendida en el marco del reclutamiento forzoso.

6.- Que hacemos un llamamiento a toda la población para que, al igual que nosotros, desobedezca las imposiciones militares haciendo OC (tanto antes como durante y después del SM) impidiendo la implantación de las mujeres a las Fuerzas Armadas, no cumpliendo las Presatciones Sustitutorias al SM y abandonando la financiación de los gastos militares mediante la Objeción Fiscal.

Por todo ello, entendemos que nuestra oposición a toda conscripción, a todo reclutamiento, aún con la amenaza de la cárcel, constituye un gesto de responsabilidad social que estamos dispuestos a llevar a cabo y para el que esperamos el apoyo y comprensión del resto de la sociedad civil.



CHARLA EN LAS JORNADAS SOBRE 25 AÑOS DE OC (1996)

Cuando yo empecé a funcionar en esta historia el MOC ya existía, por lo menos en Albacete, que es donde yo vivía. Soy de la gente que está en el movimiento antimilitarista pero no ya no lleva barba. Me hice objetor en el 84. Tenía entonces 17 años y no conocía a ninguno más. No tenía ni idea de lo que era el movimiento antimilitarista, ni el MOC, ni la noviolencia, ni nada. Era la época del referéndum sobre el ingreso de España en la OTAN, y ya empezaba a tener alguna conciencia de que esa organización no era una cosa muy recomendable. Así que algo de campaña por el ‘no’ hice entre mis amigos. También me afectó la normativa de incorporación aplazada de Gutiérrez Mellado, así que empecé a estudiar porque tampoco me llamaban para hacer la Prestación Sustitutoria. Después de varios años de vivir aquí y allá, vuelvo a Albacete y es entonces cuando, concretamente en el año 87, entro en contacto con la gente del grupo del MOC de la ciudad. Muy poquito antes, un año, de que se pusiera en marcha el reglamento de la PS. En el 89 iba a salir a la luz la insumisión así que ya se empezaba a plantear la posibilidad de hacer desobediencia civil a la LOC. Aún no se llamaba “insumisión”, ni siquiera se había escuchado esa palabra. Sabíamos que iba a haber una amnistía a los 24.000 objetores que fueron reconocidos entre 1984, año en que se aprobó la LOC, y 1988, el del reglamento de la PS. Y entonces, como nosotros no estábamos allí para librarnos de nada, sino que queríamos llegar a ser desobedientes civiles y plantear mediante nuestra desobediencia un reto a la sociedad, una transformación, lo que hicimos fue renunciar a la condición legal de objetores, es decir, reobjetamos. Así que volvimos a ser declarados mozos útiles y estar en condiciones de ser llamados a filas y poder declararnos insumisos, que era lo que nos gustaba.

En el año 89 me declaro insumiso. Después de un montón de años desde que me declararon objetor, me llaman a hacer la mili y digo que no voy. Los primeros insumisos se presentaron en febrero del 89, acaba de ser el séptimo aniversario. Uno de ellos era de Albacete. A mí me tocó al año siguiente. Después de ser sorteado me destinaron al Ejército de Tierra, en un cuartel de Tenerife. Tuve la tentación de irme para allá a disfrutar del clima… pero decidí finalmente hacerme insumiso. Se inició un procesamiento judicial contra mí. Yo no me atrevería a decir que la represión que ha habido ha sido selectiva, en el sentido de que han ido a por alguien, sino más bien arbitraria, a quien le ha tocado. En nuestra zona, los que se declararon insumisos antes que yo no han sido juzgados y a mí sí.

A través de mi experiencia personal puede contarse cuáles han sido los diferentes pasos de la insumisión hasta el momento. Mientras íbamos practicando la desobediencia civil, el gobierno de turno movía ficha, nosotros contestábamos con otro movimiento, y así estábamos. Su política siempre se ha buscado que el tema de la insumisión no fuera un problema grave, que no cuestionara el militarismo. Por nuestra parte estaba la voluntad de usar todos los medios que tuviéramos al alcance para conseguir que ese problema saliera a la luz y que la gente viera que eso del militarismo era un mal rollo. Y no, desde luego, que nos gustara ir a la cárcel porque fuéramos una especie de mártires.

Los primeros juicios a insumisos fueron dos consejos de guerra en Barcelona, a Josep Maria Moragriega y Carlos Hinojosa. Aquello tuvo una repercusión brutal en Barcelona. Los militares enseguida comprendieron que eso de los consejos de guerra les afectaba muy directamente, así que rápidamente maniobraron… [Pepe Beunza] Un inciso. Yo estuve allí, en esos consejos de guerra y vi como los militares hicieron un ridículo espantoso. Se quedaron tan avergonzados de aquello que no volvieron a hacer ni uno nunca más. Claro, toda la gente en la calle armando follón y gritando: “Serra tururú, la mili la faràs tu”. Ellos con sus medallas oyendo eso y los insumisos “no pensamos hacer la mili y no tenemos miedo”. Así los militares se iban poco a poco encogiendo y no les quedaron ganas de hacer un consejo de guerra nunca más…

Su jugada consistió en que aunque te hicieras insumiso a la mili, es decir un insumiso no reconocido como objetor de conciencia que se negaba directamente a ir al servicio militar, ya no te iban a juzgar en un consejo de guerra. El delito seguía siendo militar, pero ahora iban a ser los jueces civiles, curiosamente, los encargados de aplicar el Código penal militar para estos casos. Una maniobra con el claro objetivo de que la insumisión no les tocara muy de cerca a los militares.

La respuesta del MOC fue recomendar que la gente hiciera insumisión directamente a la mili sin pasar por el trámite de ser reconocido como objetor, para así poder seguir tocando directamente el tema militar.

En el Código militar la condena por no ir a la mili era de 1 año, mientras que según la LOC, la condena que se les aplicaba a los insumisos a la PS era de 2 años, 4 meses y 1 día. El gobierno socialista acabó igualándolas… por arriba, claro. A si era todo más democrático, ya eramos todos iguales. Yo ya estaba condenado a un año entonces, me aplicaron la legislación que estaba en vigor cuando me declaré insumiso. La reacción de muchos de los que estábamos en esa situación fue negarnos a aceptar la remisión condicional, es decir, rechazamos la libertad condicional a la que teníamos acceso automáticamente por ser nuestra pena de un 1 año o menos de cárcel y no tener antecedentes. Claro, haber reobjetado para poder ser insumiso y encontrarte con que te daban el piro diciendo que no tenías que ir a la cárcel dejaba nuestro gesto sin valor. Y es que el juez no te estaba absolviendo o dando un pronunciamiento favorable, sino que te estaba condenando, decía que eras culpable pero que no ibas a ir a la cárcel. Aquello nos daba la sensación de pólvora mojada, ni era bueno ni servía para nada. Al final te habían aparcado igual que a mucha gente. La renuncia a la remisión condicional se aceptó en algunos casos, así que entramos a cumplir condenas de 1 año. Curiosamente, una persona con una condenada a 1 año de cárcel acaba cumpliendo más que otra condenada a 1 año y 1 día, porque en este último caso tienes derecho a libertad condicional una vez cumplidas las tres cuartas partes de la pena, y en el otro caso no. Una persona condenada a 1 día más que yo cumplía 3 ó 4 meses menos de cárcel.

El gobierno maniobró cuando empezó a ver gente en la cárcel. Entre los condenados a 1 año que habíamos rechazado la remisión condicional, y los de 2 años, 4 meses y 1 día, ya había un número importante de insumisos presos, lo que empezó generar una respuesta social de solidaridad bastante seria. Y esto naturalmente no agradaba al gobierno. Por las cabezas de quines lo formaban debían pasar ideas como estas: los insumisos tienen que seguir yendo a la cárcel, no podemos hacer otra cosa, pero a partir de ahora los vamos a soltar enseguida dándoles el régimen abiero, el tercer grado, que estén fuera todo el día y vayan a la cárcel solamente por la noche a dormir, y así ya no tendrá tanta repercusión, desaparecerá el escándalo de tener a un insumiso preso meses y meses. Y así vino el pase automático, sin necesidad de solicitarlo, a régimen abierto de todos los insumisos que cumplían condena y de los que la cumplieran en el futuro. Una medida que siendo específica para desactivar el apoyo a los insumisos se le quiso dar un carácter general. Concretamente, esta decisión nos pilló a otro insumiso de Albacete y a mí. Veintiocho días después de entrar en la cárcel nos concedieron el tercer grado.

Este movimiento del gobierno generó mucho debate en el MOC a nivel estatal acerca de qué podíamos hacer, si nos conformábamos con el régimen abierto, que todo siguiera así y el gobierno se saliera otra vez con la suya, que el tema se aparcara y no levantara protestas… Al final decidimos poner en marcha un nuevo reto: rechazar el tercer grado, quebrantar condenas y cumplirlas “a pulso”, como se llama en el argot taleguero. Así fue como empezamos a desobedecer el régimen abierto pero públicamente. No queremos fugarnos, en el momento de la desobediencia estaremos perfectamente localizables, pero no vamos a seguir el juego del establecimiento de una represión “maquillada” por parte del gobierno. En eso consistía lo que llamamos el “plante”. Yo estuve en el primero de ellos, seguido por once ó doce insumisos de Pamplona, y de algún sitio más. En total fuimos 15 ó 16 los insumisos “plantados” y todos volvimos más pronto o más tarde a la cárcel, a cumplir nuestras condenas en segundo grado, en régimen cerrado, y además con castigos adicionales como, por ejemplo en mi caso, la denegación de todo tipo de permisos y siete fines de semana metido en celda de aislamiento.

Cuando llegaron las elecciones europeas el PSOE, quiso apuntarse un tanto y anunció que con el nuevo Código penal que se estaba preparando los insumisos ya no irían a la cárcel. Si no hay cárcel ¿qué es lo que hay? Porque, en primer lugar cuando dicen eso están mintiendo. Los insumisos a la mili siguen siendo castigados en el NCP con entre 2 y 6 años de prisión… Desde luego, parece que estoy contando un catálogo de penas. ¿Habéis visto uno de esos museos donde se exponen los aparatos de tortura? Pues esto parece igual… Uno gobierno le mete 2 años, otro 4… Lo siguiente que se les ha ocurrido es inhabilitar… En resumen, a los insumisos a la mili se les aplicaría una condena de entre 2 y 6 años de cárcel, más una inhabilitación de entre 10 y 14 años de duración. Inhabilitación absoluta por un lado, que sí está contemplada en el NCP, y luego algunas que se han inventado, que seguramente algunos jueces recurrirán porque no están recogidas en ningún lugar de aquél. En el catálogo de penas del NCP no éstan, es casi como si te hubieran mandado a galeras o te castigaran a latigazos. No lo pueden hacer porque no existen como penas. La inhabilitación que se aplicará a los insumisos no sólo es la absoluta, es decir, imposibilidad de trabajar para la administración, sino que además está agravada con la denegación de todo tipo de subvención, beca o ayuda. Te condenan a una especie de “muerte civil” con el argumento de que “ya que no quieres colaborar con la sociedad, la sociedad no va a colaborar contigo”. Para los insumisos a la PS sería una multa de entre 75000 y 10 ó 20 millones de pesetas, según la capacidad económica de cada uno. Ya véis que son muy progresistas, al que más tiene más le sacan, eso por lo menos. Como son socialistas… Junto con la multa, inhabilitación de entre 8 y 12 años.

Como véis, desde el principio hemos intentado que el conflicto referente al SM en particular y al militarismo en general llegara a la sociedad, mientras que el gobierno ha maniobrado siempre para, en primer lugar, convertirlo en algo individual, de personas concretas y no de un colectivo, de una conciencia antimilitarista, y por otro lado hacer que la represión sea cada vez más invisible, que se perciba menos pero que a la vez sea más dura. Porque es realmente desproporcionado que a un señor lo metan en la cárcel dos años y luego cuando salga se encuentre con que ni puede trabajar para la administración ni recibir subvenciones o becas—con lo que mucha gente no podrá estudiar. Sin embargo, hace poco salió una sentencia del TC contestaba a unos recursos que denunciaban como inconstitucionales las penas de cárcel por ser desproporcionadas. Cuatro años han tardado en contestar y ahora, después de que hayan pasado por la cárcel cientos y cientos de insumisos, el TC dice que esas penas sí son proporcionadas y que no es su función decidir qué penas hay que poner, que eso es tarea del gobierno. Me pregunto qué hubiera pasado con toda la gente que hemos estado en la cárcel si el TC hubiera dicho que efectivamente, esas penas eran excesivas… Una situación absurda.

Aparte de los dos juicios en Barcelona que he mencionado antes, y de los 6 juicios insumisos a la PSS —había alguno de Valencia y de Alcoi— que tuvieron lugar en Albacete, ha habido infinidad de juicios a insumisos, a desertores —los de la guerra del Golfo—, una represión muy poco visible a objetores fiscales —la gente que hace objeción de conciencia a los gastos militares—… Y para terminar, porque más que hablar prefiero dialogar, una frase en referencia al llamado “problema” de la insumisión. A nosotros nos gusta decir que los insumisos no somos ningún problema: el problema es el ejército y la insumisión es la solución. Eso es lo que debería quedar claro ante la opinión pública. El militarismo mata aunque no haya guerras. No hace falta ningún loco que apriete el botón, porque ya se muere la gente de hambre sin los recursos que los países gastan en ejércitos y armamento. La noviolencia debería calar como forma de andar por la vida, de resolver los problemas y de luchar por la transformación de la sociedad.



Javier de Lucas



LA INSUMISIÓN COMO DESOBEDIENCIA CIVIL EN DEMOCRACIA (1994)

En torno a los casos de insumisión al Servicio Militar y a la Prestación Social Sustitutoria planean algunos equívocos que determinan la ausencia de claridad y precisión en el debate público acerca del problema. Quiero referirme a tres, que pueden resumirse como sigue: la insumisión es (1) una actividad insolidaria y que rompe con la idea de igualdad; la insumisión es (2) un comportamiento incívico, propio de quien se margina de las reglas de juego; por tanto, la insumisión (3) debe ser castigada como delito. Todos ellos, creo, obedecen a una incomprensión de las características de la insumisión como desobediencia civil, aunque, también es mi opinión, algunos de esos errores han sido propiciados por la estrategia seguida por el grupo que alienta la mayor parte de los casos de insumisión, el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC).

Las dos primeras confusiones pueden ejemplificarse en la argumentación de quienes entienden que los insumisos son un grupo de ciudadanos que, no satisfechos con poder escapar del Servicio Militar alegando objeción de conciencia al mismo, tratan de rehuir además la Prestación Social Sustitutoria. En este sentido, su negativa manifestaría una actitud insolidaria y contraria a la igualdad y, por tanto, incívica. La insumisión sería una manifestación de insolidaridad porque los insumisos rehuyen hacerse cargo de unos deberes que corresponden a todos los ciudadanos: lo que impone el artículo 30 de la Constitución es el deber de defensa, que resulta de imposible cumplimiento si no es asumido por todos. Aún más. La insumisión sería contraria a la igualdad, porque los insumisos no sólo no aceptan prestar el Servicio Militar, sino que se niegan a la Prestación Social y de esa forma persiguen alcanzar una condición de privilegio respecto al resto de los ciudadanos. Finalmente, la insumisión sería incívica porque los insumisos, en lugar de utilizar los procedimientos habituales para impugnar normas o situaciones injustas, optan por violarlas. ¿Por qué no les basta con haber obtenido el reconocimiento de esa manera de evitar el Servicio Militar que es manifestarse como objetor de conciencia y que tiene como lógica contraprestación realizar una tarea de utilidad social que asegure su contribución a las cargas comunes? Si los demás ciudadanos deben prestar un año de su vida al Estado (o año y medio si no se presta a través del ejército, sino mediante esos servicios), ¿por qué ellos no? ¿Si el Tribunal Constitucional ha revalidado este régimen que ellos rechazan, por qué no lo acatan, como lo hace el resto de los ciudadanos antes situaciones similares? La consecuencia de este planteamiento es clara: quien actúa de ese modo se sitúa al margen de la ley, y merece el castigo.

En mi opinión, esas acusaciones son erróneas. Los insumisos no persiguen librarse del engorro de la mili y del no menos pesado servicio civil sustitutorio. La mayor parte de ellos -al menos, los que se mueven en la línea del MOC- actúan desde una convicción antimilitarista que supone oponerse a cuanto conlleve la existencia de los ejércitos y la lógica militarista, que consideran incompatible con principios básicos como los de libertad, tolerancia, pluralismo, no violencia, etc. Desde ese punto de vista, entienden que el reconocimiento de la objeción de conciencia en nuestro país y el establecimiento de un servicio civil que ni siquiera es alternativo, sino subsidiario (por eso dura más y tiene consecuencias muchas veces más penosas: por ejemplo, en el régimen disciplinario y penal), contribuyen al mantenimiento de una sistema que es injusto. En consecuencia, deciden impugnarlo. Hasta ahí, coinciden con muchos otros ciudadanos de convicciones similares. Lo que les singulariza es el carácter y el procedimiento de impugnación: su actitud es política, no personal, y por eso acuden a las técnicas de desobediencia civil. Este es el punto en el que se separan, de un lado, de quienes, en lugar de plantear una alternativa política, mantienen su antimilitarismo en el plano personal, que es el caso de los objetores, a los que basta con no quedar obligados personalmente (no tratan de impugnar el Servicio Militar en general, sino sólo mostrar que es incompatible con su propia opción personal), pero también, en cierto modo, de quienes dan sólo un paso más, el de la libertad de expresión, y escriben libros como La cartilla militar, filman películas como King and Country o Paths of Glory, o simplemente organizan o intervienen en asambleas o coloquios, por ejemplo, a propósito de cualquiera de las guerras que no nos han faltado casi ni un sólo día desde el fin de la segunda mundial.

¿Qué diferencia, pues, a los insumisos? En el primer caso, el carácter general, político, de su posición; en el segundo, su dimensión pacífica y su apelación a criterios de legitimidad que entienden aceptados y aceptables por la mayoría (en la mayor parte de los casos, se remiten a valores recogidos en la Constitución y que no estarían coherentemente desarrollados por la legalidad que se impugna). Por una y otra razón, convencidos de haber agotado los recursos ordinarios, el procedimiento consiste en infringir directamente la norma impugnada o bien otra distinta para llamar la atención sobre aquélla (por ejemplo, cuando se interrumpe el tráfico), para apelar a la opinión pública a fin de que ésta pueda reconocer lo justificado de su propuesta. Y la consecuencia es que, conscientes de que, aquí y ahora, su conducta es jurídicamente ilícita (lo que no es lo mismo que criminal, ni, menos aún, no justificable política o moralmente: al contrario), están dispuestos a admitir el castigo que la legalidad vigente impone a quienes la violan, para mostrar que se aceptan las reglas básicas de juego. Y precisamente todos esos rasgos describen lo que llamamos desobediencia civil. La desobediencia civil es jurídicamente injustificable, inadmisible: el Derecho no puede aceptar su propio incumplimiento y ésa es la razón de que deba castigar ese tipo de conducta, aunque no necesariamente con recursos penales. Pero, al mismo tiempo, la desobediencia civil constituye un mecanismo para asegurar la apertura del debate, la participación en el mismo de las minorías, lo que la hace irrenunciable en democracia, y de ahí su valor.

[Publicado en Levante, 9 de febrero de 1994.]

Fuente: http://plataformaporladesobediencia...

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