lunes, febrero 27, 2012

Cuerpos de feministas cubanas. Isabel Moya

June Fernández -http://gentedigital.es
Una de las mecenas de mi proyecto cubano, Gisela, me propuso el siguiente tema: cómo las feministas cubanas sienten sus cuerpos y los cambios corporales. También preguntaba qué discurso tienen las feministas hacia el papel que juega la vestimenta y la estética en la construcción de la feminidad, si asocian el ser feminista a una estética determinada… Me dediqué a hacerles esa pregunta y luego me di cuenta de que mis compañeras feministas cubanas presentan cuerpos de lo más diversos: blancos, negros, mestizos, gordos, flacos, quemados, recién paridos, en sillas de ruedas… He podido recoger experiencias dispares sobre cómo ser feminista les ha ayudado a aceptar su cuerpo o, por el contrario, cómo tener un cuerpo diferente al de la norma les ha acercado al feminismo. Empiezo esta serie con Isabel Moya Richard, directora de la Editorial de la Mujer de Cuba, quien además es experta en las representaciones de las mujeres en la prensa y la publicidad.

Isabel Moya, periodista
“El feminismo me ayudó a aceptar mi cuerpo, a sentirme feliz en él, aunque esté en silla de ruedas”
¿Cómo ha influido el feminismo en la relación que tienes con tu cuerpo?
Yo tengo una discapacidad física, una enfermedad que me impide asimilar el calcio, por lo que tuve que usar aparatos para caminar hasta los 12 años. Después hubo que operarme las piernas, así que he tenido cicatrices. Yo diría que la propia representación del cuerpo me hizo acercarme al feminismo. En mi casa me criaron con mucho cariño y reforzaron mi autoestima. Tengo un hermano menor y nos criaron igual, sin lástima y sin sobreprotección. En mi casa naturalizaron que las personas son diferentes. Mi madre siempre hace un cuento: pasaba por la tele una novela, ‘Enrique de Lagardere’, cuyo protagonista se disfraza de un jorobado, Esopo. Todas las niñas querían ser la princesa, y todos los varones Enrique de Lagardere. Yo decía toda contenta: “¡Yo soy Esopo! ¡Yo soy Esopo!”, y mi madre lloraba, pero yo le digo que eso quiere decir que me quería como era.



Siempre fui un poco transgresora. No me ponía a intentar seguir lo que todo el mundo hacía porque yo ya era diferente. Tenía dos opciones: o sufría todo el tiempo o hacía de mi diferencia un motivo de orgullo, como el orgullo gay. Fui una protofeminista: no tenía ni idea de feminismo pero me sentía muy empoderada. Después caí en la revista Mujeres de pura casualidad y al principio me parecía que no tenía nada que hacer ahí. El verdadero periodismo me parecía el de política. Pero cuando empecé a hacer reportajes, a conocer la teoría de género y a feministas latinoamericanas, descubrí que eso era lo que había pensado siempre sin haberlo sistematizado.

El feminismo ha sido muy importante en mi vida profesional y personal. Juan Carlos y yo llevamos como 25 años juntos y hemos constituido una relación de pareja totalmente atípica. Cuando me propuso matrimonio, le contesté: “No te cases conmigo porque yo no creo en el matrimonio tradicional”. Me dijo: “Está bien, yo ya he pasado por un matrimonio tradicional”. A mí me dicen: “Cuida a Juan Carlos”. Nadie le dice: “Juan Carlos: cuida a Isa”. Cuando tuve a la niña estuve todo el embarazo acostada, y después pasé seis o siete meses sin caminar. Tenía muchos dolores pero no podía medicarme porque quería amamantar a la niña. Fue Juan Carlos quien la bañaba y desempeñaba los roles considerados tradicionales femeninos. Si Juan Carlos tiene una exposición, él trabaja y el resto asumimos las tareas. Si yo estoy escribiendo un libro, ellos se encargan. Así veo las cosas, se trata de crear un espacio en el que cada quien pueda desarrollarse.

El feminismo me ayudó mucho a aceptarme, a decir: “Este cuerpo es mío, en este cuerpo habito y lo quiero como es”. La discapacidad ha ido avanzando: después de tener a la niña empecé a usar muletas, y ahora voy en silla de ruedas. Y yo me siento muy feliz con mi cuerpo. Acabo de cumplir 50 años.

¿Cómo has vivido esos cambios físicos?

Noté un gran cambio cuando tuve a la niña. Yo era una persona delgada, muy activa, pero después tuve una hernia en el vientre, hubo que hacerme una histerectomía… El cuerpo sufrió mucho, no podía hacer ejercicio, así que no lograba bajar de peso. Sin embargo, también lo asumí con mucha normalidad. Al contrario que para otras mujeres, la hiserectomía no fue el fin del mundo para mí; incluso me quitó la preocupación de quedarme embarazada, porque mi cuerpo no podía sobrellevar otro embarazo.

Hay que cuidar el cuerpo para tener calidad de vida, pero estoy en contra de la dictadura sobre los cuerpos. El control sobre el cuerpo de las mujeres es una forma en la que el patriarcado se reproduce en tiempos en los que el discurso de lo políticamente correcto habla de igualdad para las mujeres. Como dice Susan Sontag, creo que las discapacidades y la enfermedad se representan de una forma muy peyorativa. La propuesta que nos imponen es la de un cuerpo delgado, eternamente joven, bello (según cierto paradigma), en el que no cabe huella alguna de los procesos considerados como enfermedades.

¿Cómo vives el control de la feminidad, que sigue tan vigente en Cuba?

Yo no soy de pintarme las uñas, pero me encanta pintarme los ojos. Estoy en contra de cualquier dictadura. No creo ni en la dictadura del cuerpo ni en esa que dice que si eres feminista no puedes pintarte las pestañas. Muchas veces mis auxiliares me cuestionan por no ser lo suficientemente tradicional. Me quieren peinar varias veces al día porque consideran que nunca estoy bien peinada. Pero a mí eso no me interesa.

Y eso sí: yo no juzgo a las personas por su físico ni por cómo se visten. Jamás. Fui tutora de la tesis de un alumno que estaba lleno de tatuajes. Muchas personas me decían: “¿Pero tú le vas a tutorear?”. Pues sí, claro, era un alumno brillante y hoy es un fotógrafo destacadísimo. Una de las cosas más terribles que ha dejado la sociedad dividida en clases es el concepto de normalidad, o el de decencia. Si tú decides ponerte un mechón de pelo verde, eso te pone en el punto de mira. En la revista se puede trabajar como cada una quiera. Tengo desde una señora de sesenta años que viene con su falda, hasta una joven diseñadora con un enorme tatuaje de Betty Boop. Somos una comunidad muy diversa, y nos respetamos.

También me parece importante estudiar cómo el cuerpo de los hombres empieza también a ser normado, aunque no tanto como las mujeres. La idea de eterna juventud está cayendo como una espada de Damócles también sobre ellos. Aunque determinados comunicadores y personalidades peinan canas como símbolo de estatus, para la mayor parte de los hombres y mujeres llegar a los 50 supone un momento de crisis de cara a buscar un nuevo empleo o seguir formándose. Tenemos un modelo que está negando el natural devenir de la vida humana, buscando un ser humano irreal que crea problemas no sólo en las mujeres sino también en los hombres, que tradicionalmente han sido educados como proveedores. Así, esa crisis de los hombres desencadena crisis en la propia pareja, lo cuál propicia casos de violencia de género. No digo que la violencia sea resultado de la crisis de identidad, pero sí que creo que esa presión lastra la autoestima de los hombres y repercute en cómo ejercitan el poder sobre las mujeres.

En Cuba existe cierta polémica sobre cómo el reguetón, el género más popular entre la gente joven, sexualiza a las mujeres en sus canciones y vídeos.

Yo no estoy en contra del reguetón; es una expresión de la cultura urbana. También puede haber un bolero muy sexista, o una salsa. No es un problema de géneros. Estoy en contra de las letras sexistas del reguetón, esas que incluso alaban la violencia contra las mujeres como una forma de exaltar la masculinidad.

¿Eso ocurre?

Sí, hay una que dice algo como “Te voy a dar por la cara. Pafata”, emulando el ruido de una bofetada. Otras muchas exaltan la violencia entre los hombres.

¿Y qué hay del famoso Chupi Chupi, censurado por sus letras explícitas?

Pues es de los menos malos. Yo no estoy en contra de que se hable del sexo oral en una canción. Estoy en contra de la violencia, de las relaciones de pareja sexistas, de los insultos: esto de “ella es una loca, ella es una bruja, una interesada…” Se trata de una mirada masculina sobre las mujeres que es degradante. El problema no es llevar más o menos ropa ni que haya una carga sexual. Hay muchísimos ritmos en la música tradicional cubana donde el baile en pareja es una representación erótica: la rumba, el guaguancó, el danzón… El problema es que en muchas canciones se reduce a la mujer a una hembra en celo. Eso permite justificar el resto de mitos que se elaboran a partir de esa imagen sexista. Se despoja a las mujeres de sus características psico-socio-culturales, para convertirlas en unas tetas, en unas nalgas. Hay que cambiar esa lógica de la mujer en función del placer masculino. Es importante, porque en Cuba, donde tratamos de propiciar una cultura de la igualdad, la gente se socializa mucho a través de la música. La gente me dice: “Ay, Isa, pero cuando estás bailando no prestas atención a la música”. Es verdad, pero luego la vas a tararear, y la van a tararear tus hijos, y así se van naturalizando sus mensajes. Por eso ha habido tanta polémica con el Chupi Chupi, porque ese “trágatelo tuti” supone una exaltación pública de lo que en principio es algo íntimo: el sexo oral.


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