martes, septiembre 14, 2010

“Hace falta un feminismo muy radical”

Entrevista a Begoña Zabala | La hiedra / L'heura
Para comenzar y situarnos un poco, ¿en qué punto se encuentra actualmente el movimiento feminista?

El movimiento feminista al que nosotras pertenecemos, es decir, el de las asambleas en Euskadi y en el Estado español, ese movimiento feminista radical de los ‘70, asambleario, independiente y muy alternativo, creo que se encuentra en una encrucijada.

Por una parte, no cabe duda de que el feminismo institucional y oficial, ‘políticamente correcto’, está ocupando muchos espacios públicos. Está siendo muy visible y, en cierto modo, quita ese espacio al feminismo más combativo.

Por otra parte, hay una irrupción de un movimiento muy joven, muy rebelde y muy alternativo que puede ser el que se incorpore a esta lucha. Es decir, si por un lado vemos que el movimiento está un poco de capa caída por la institucionalización y la agenda política que han marcado, desde que irrumpió el movimiento antiglobalización –que fue muy rebelde y muy fuerte, con grupos de chicas jóvenes, peleonas y muy contestatarias–, se está ya creando el puente con el movimiento feminista radical y volverá a haber una nueva ola de este tipo de feminismo.

En estos momentos, con la situación de crisis, hemos visto que la mujer está sufriendo más sus consecuencias. Una de las cosas de las que se habla es de la ‘crisis de los cuidados’. ¿Puedes explicarnos en qué consiste y cómo luchar contra ella?

El capitalismo en el siglo XIX, en su versión más primitiva y salvaje, cuenta con una familia nuclear, que es la que se va a hacer cargo de los cuidados; de lo que se llamó el ‘trabajo reproductivo’. Cuenta con un varón, que es el cabeza de familia –el ganapán, el proveedor.

Sobre esos análisis de la familia, iniciados por el marxismo, ha habido mucho debate y no hay acuerdo al 100%. Pero en lo que sí coincidimos [dentro de la izquierda] es en que el trabajo de cuidados no es que haya recaído exclusivamente sobre las mujeres, sino que además ha sido vehiculizado por la familia. Esto es bastante importante.

Después hay otros fenómenos, como el aumento de la esperanza de vida, que ha provocado que haya más personas mayores, más enfermos, personas que necesitan cuidados. Otros fenómenos consustanciales a la crisis del capitalismo, como que estas crisis recaen sobre los servicios sociales. Así, nos encontramos con que el modelo ya no se cuida ni desde las familias –o sea, principalmente las mujeres– ni desde el propio sistema de previsión. Las mujeres se han incorporado al mercado de trabajo y el Estado no ha establecido los servicios sociales suficientes. Los hombres, por una saturación del mundo laboral, o política o sindical –o por otros temas–, tampoco han asumido estos cuidados. Estamos, entonces, ante una crisis importante.

Esta crisis la estamos viendo aquí, de forma interna. Pero también se ha introducido un elemento importante a nivel internacional, y es que sí se cuenta con una mano de obra que puede venir y hacer esos cuidados de forma gratuita o bajo unas condiciones mucho más precarias. Cuando parecía que ya no quedaba otra que poner servicios sociales, repartir las tareas, esto de la conciliación que tan de moda está… aparece esta mano de obra femenina que va a hacer todo ese papel de sustitución de cuidados.

Es, por ello, una crisis de magnitud internacional muy grande. ¿Puede el capitalismo occidental desplazar a millones de mujeres en condiciones de falta de derechos para realizar estos trabajos? Entre estos trabajos están no sólo el mundo del cuidado a los niños y ancianos, sino también el mundo del afecto, de la reproducción, de la sexualidad. De pronto, aparecen unas mujeres que quieren tener hijos en una familia tradicional, o quieren ser esposas y madres, o hacen estas tareas por dinero, o quieren mantener relaciones sexuales según el modelo tradicional masculino de aquí –es decir, respondiendo a los deseos de muchos varones–. Esto introduce un elemento que internacionaliza la crisis de los cuidados.

Esta es una importante contradicción del sistema, y creo que hablando de crisis tenemos que tenerlo presente todo el tiempo.

Ya que has tocado el tema, ¿cuál es vuestra postura respecto a la prostitución? ¿Es de por sí una forma de explotación? ¿Es posible otra forma de prostitución en la que las trabajadoras tengan plenos derechos?

En primer lugar, este es un tema muy polémico y muy complejo, pero hay una parte del feminismo en el que nosotras estamos, que siempre hemos debatido dentro de unos límites muy concretos.

En general, no ha habido posturas abolicionistas ni prohibicionistas. Nunca desde este movimiento feminista se ha planteado –todo lo contrario– que la prostitución se prohíba o se ilegalice ni que entre, como se está planteando desde algunos círculos, como un delito tipificado dentro de la ley de violencia de género. Esto no es un debate dentro del movimiento feminista.

Además, la prostitución es un fenómeno muy complejo y se puede mirar desde muchos puntos de vista. Lo empiezas a analizar y ves muchos elementos, pero casualmente todo el mundo tiene una opinión. Es decir, una vez asumido que es algo muy complejo, todo el mundo dice “pues yo las legalizaría”, “yo las echaría”, “yo lo prohibiría”. Es curioso, todo este posicionamiento, y es porque es uno de los grande tabús de la sociedad.

¿Qué quiere decir esto? Pues que en general nos posicionamos un poco influidas por los prejuicios, sin haber analizado mucho. Prejuicios no en el sentido negativo, sino de prerrazonamientos. Por eso tratamos de entrar al debate, desmontando discursos que nos lleven a analizar y caracterizar de entrada si existe o no explotación en la relación sexual de prostitución; si es un modelo de explotación del hombre a la mujer, para así demonizarla.

Yo creo que este es un mal debate. Tratamos de movernos hacia otro lado y fundamentalmente vamos a analizar la situación en la que se está produciendo la prostitución: hay mujeres secuestradas, obligadas… En estos casos, somos las primeras en denunciar que esto es un delito; no porque comercien con su cuerpo, sino porque son obligadas a hacer esto.

Pero luego hay otro elemento: el puro intercambio comercial de sexo a cambio de dinero, en niveles de relaciones sexuales personales, de teléfono, de sauna… Esto, en sí mismo, ¿no lo queremos? ¿Nos parece mal? ¿Tiene que ser considerado delito? Me parece que no es la mejor relación que una persona tenga que conseguir dinero mediante una actividad que tiene un estigma negativo muy alto y que otra persona tenga relaciones sexuales mediante dinero porque no puede o no quiere tenerlas de forma ‘más natural’. Pero eso no determina nada que tenga que ver con que es malo, o delito, o degradante, o indigno.

Si, frente a esta situación, lo que se plantea es que las mujeres que se prostituyen sean expulsadas, que vayan a la policía a denunciar a una persona y las metan en un procedimiento judicial para que salgan de ahí... si ese es el camino, yo lo rechazo absolutamente. En cambio, planteo que para solucionar esta situación hay que empoderar a las mujeres, darles derechos hasta que se puedan situar por lo menos como nosotras.

El feminismo institucionalizado está cobrando cierto protagonismo con las medidas que está aprobando el gobierno, como el tema del aborto, el uso de un lenguaje no sexista, etc. ¿Cuál es vuestra postura respecto a todas estas medidas? ¿Creéis que realmente sirven para algo, o son simplemente pequeños parches que no terminan de arreglar nada?

El feminismo institucional, en el que a mi modo de ver entraría la izquierda moderada, sindicatos mayoritarios como CCOO, UGT, sectores académicos, etc., hace una apuesta por un feminismo que en EEUU tiene mucha tradición y está muy afincado, que es el feminismo liberal. Son las tesis de que dentro de una sociedad ‘democrática’ –de un Estado de derecho– ya se ha realizado la gran revolución de los derechos y de la igualdad para los hombres. Y ahora se puede conseguir lo mismo para las mujeres. Es el planteamiento de las Ilustradas, que filosóficamente es muy interesante y que realmente dio pasos adelante, pero que políticamente a mí me parece incorrecto y corto, y que no va a dar salidas.

Cuando se hace la revolución francesa y la de EEUU y aparecen los derechos del ciudadano, aparecen para el hombre varón con unas connotaciones muy claras, y estos derechos no se pueden extender a las mujeres porque precisamente se han creado a costa de las mujeres.

Cuando no te reconocen un derecho, la primera obligación de un grupo oprimido es pelear por el reconocimiento de esos derechos, tanto los grupos de negros como los indios, las minorías inmigrantes o las mujeres. Es una etapa de un proceso en un momento determinado, ni siquiera de una revolución, sino un proceso democrático obligado para cualquier grupo oprimido. ¿Cómo no te van a dejar votar por el mero hecho de ser mujer?

Igual que con los inmigrantes ahora. ¿Por qué las personas inmigrantes no tienen derecho a estar aquí? Una vez que consigan eso, no han hecho más que empezar. Como decía Hannah Arendt, ya se ha logrado “el derecho a tener derechos”. Ahora vamos a ver qué derechos queremos.

Entonces, esta primera parte es en la que este feminismo institucional está trabajando, en conseguir la igualdad a costa de todo, a costa de medirnos con el mismo rasero a todas y hacernos iguales. ¿Iguales a quién? ¿A qué hombres? ¿A los hombres obreros que son despedidos? ¿A los hombres ricos que explotan? ¿A los hombres inmigrantes que no tienen derechos?

Yo creo que hay mucho de esta política que va por las tesis de la igualdad, de conseguir conciliación de la vida familiar, de conseguir paridad en los espacios… Hay que decir que estos cambios no modifican la base de la dominación patriarcal.

Nosotras lo que pedimos es reivindicar nuestros derechos propios, sexuales y reproductivos, de forma amplia, y la ley del aborto ha reducido la posibilidad de abortar. De hecho, el tercer supuesto, que se aplicaba en un 95% de los casos de aborto, que era el de la salud de la mujer, no tenía límite de plazo, y ahora sí lo tiene. A pesar de ello, el hecho de que la ley sea más amplia que la despenalización y abarque, en alguna medida, el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, es un avance. Esperemos, asimismo, que se tomen medidas para que se realicen las interrupciones en centros públicos.

Hubo un tiempo en este debate en el que, desde el movimiento feminista, hicimos un análisis muy claro en contra de la familia nuclear, de dominación patriarcal, del modelo monogámico y heterosexual. Desde estos planteamientos, la familia era la primera institución de opresión de la mujer.

El segundo punto era más complicado. Había que buscar un modelo alternativo a la familia. Y en esto se simplificó demasiado. Había quien planteaba como consigna la abolición de la familia, sin más, y su sustitución por modelos alternativos tipo comunas.

Hay que tener en cuenta la familia con todo lo que es: transmisión de autoridad, agresiones, socialización de criaturas en un modelo jerárquico, infravaloración de las mujeres… Pero también tiene elementos muy importantes para la subsistencia y la resistencia. Incluso para la solidaridad. El colchón afectivo que supone la familia para sus miembros es insustituible. También puede funcionar como un soporte económico en los momentos de crisis. Y esto hay que verlo claramente. Aunque el sistema familiar en sí es un sistema de dominación esencial contra las mujeres, contra los menores, y es además el vehículo para que se reproduzcan esos modelos, también tiene cosas buenas. Hay un mundo de afectos que yo creo que lo tenemos que visibilizar y sacar, que está ahí, y que no puedes de repente pasar totalmente de él.

Digamos que la pelea fundamental es contra la estructura de la familia tradicional. Es decir, contra las funciones de dominación y opresión que ejerce esta familia. Y no tanto para buscar un modelo alternativo que sustituya a la familia. Habría que estar rompiendo de forma constante lo que nos quiere imponer la familia: la autoridad como modelo de relación; la violencia, tanto física como síquica, como modelo de socialización; el amor, el sexo, el afecto y la maternidad-paternidad, como obligada relación única y para toda la vida de dos personas.

La división sexual del trabajo, dentro y fuera de la familia y la asignación de las tareas de cuidados y de las relaciones sociales a las mujeres… Escapando de estas funciones asignadas como obligatorias, seguro que vamos construyendo un modelo propio que nos resulte más liberador.

Para acabar, a modo de resumen: ¿Qué tipo de feminismo es necesario y quién debe involucrarse en esa lucha?

Creo que hace falta un feminismo muy radical. Hay que analizar la situación, volver a los ’70 –en el sentido de radicalidad, no del estado de las cosas– y plantear, primeramente, que estamos frente a un Estado muy fuerte, muy represivo y muy institucionalizado, y una democracia muy corrupta. Es éste el Estado, el aparato de poder que vehiculiza y reproduce en gran parte la dominación patriarcal. No podemos hacer un feminismo que pase del Estado.

En segundo lugar, hay un modelo económico –no sólo el de la crisis, sino todo el modelo de producción y reproducción– que es fundamental en la opresión a las mujeres, y que además está buscando unas soluciones falsas y que tiene que estar en nuestro segundo punto de mira. Es importante introducir en el análisis del modelo económico el mundo de los cuidados y de los trabajos reproductivos.

Y en tercer lugar, no tenemos más que el cuerpo, y creo que las peleas de reapropiación del cuerpo tienen que estar otra vez en primera línea de batalla. Y eso nos indica también quiénes son nuestros aliados y aliadas: la gente que está peleando por reapropiarse de su cuerpo, la gente que está peleando contra el sistema capitalista y la gente que está peleando contra un estado muy autoritario, muy antidemocrático y muy corrupto.

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