lunes, diciembre 08, 2008

CINICA DOBLE MORALIDAD BURGUESA (P. III)


Por: Iñaki Gil de San Vicente

Dejando de lado ahora que la cínica e hipócrita doble moral es una constante necesaria en la burguesía y en toda clase propietaria de las fuerzas productivas, su uso sistemático es aún más necesario en todo lo relacionado con la explotación sexo-económica de la mujer, como por ejemplo el aborto. En efecto, alrededor del aborto se han congregado las peores fuerzas reaccionarias de la historia, que lo exigen para las mujeres explotadas y miran a otro lado cuando lo realizan las de la clase explotadora. R. E. Madriz ha sintetizado perfectamente la interacción entre el Estado, la Iglesia y la ley punitiva patriarcal en lo relacionado con el aborto, con las siguientes consignas: “¡Saquen sus Leyes de Nuestros Cuerpos! ¡Basta de Rosarios en Nuestros Ovarios! ¡Fuera la Iglesia de Nuestras camas!”


Lo segundo que tenemos que tener en cuenta es que el patriarcado no sólo existe en el “mundo atrasado”, sino en el corazón del imperialismo más enriquecido, moderno y “democrático” la opresión patriarcal se va fortaleciendo y extendiendo, como ya hemos dicho al comienzo. Por ejemplo, una demostración de la predominancia de la violencia masculina en el capitalismo imperialista la tenemos en las frías cifras oficiales del Estado español en 2006. En este año, la población femenina suponía el 50,6% de la total del Estado, pero el porcentaje de mujeres en el total de personas víctimas de la violencia en ese mismo año fue del 57,5%22. Otro ejemplo de la situación en algo tan elemental e importante como es el derecho al aborto legal, libre y gratuito, en los EEUU se ha producido a comienzos de 2007 un ataque represivo a este derecho elemental de modo que ha quedado “brutalmente mutilado” tras 24 años de reconocimiento legal de dicho derecho23.

Conviene detenernos un instante en cómo se fraguó este ataque represor ya que ahora aquél método se está aplicando de manera creciente en la UE. Ocurre que en los EEUU los grupos fundamentalistas cristianos, antiabortistas y neofascistas, con el apoyo de la Administración Bush, iniciaron movilizaciones callejeras y hasta atentados contra las clínicas abortistas legales. Al poco tiempo, la mayoría de la prensa apoyó estas acciones reaccionarias, legitimándolas y atacando el derecho de aborto. Una vez creada la base de masas y reforzada la ideología patriarcal, actuó el Tribunal Supremo con la decisión que hemos visto. Pues bien, sólo doce meses después podemos leer lo que está sucediendo en la UE:

“Un día sí y otro también el ginecólogo Christian Fiala se encuentra con un puñado de manifestantes antiaborto a las puertas de la clínica donde trabaja en Viena. Algunas veces hablan con las mujeres y les entregan información sobre sus organizaciones. Otras se limitan a rezar. Fiala se ha acostumbrado a esta imagen, que hace cinco años resultaba insólita en Austria. Una escena muy similar a la que vive cada semana Luisa Torres, portavoz de la clínica Dátor de Madrid, una de las más antiguas de España. Este tipo de manifestaciones no se han intensificado sólo en Austria y en España. Cada semana, en al menos una de las más de un millar de clínicas abortistas que existen en Europa se produce algún tipo de acto en contra de esta intervención. (…) Las organizaciones antiabortistas han agudizado su ofensiva. Cada vez son más y mejor organizadas. Decenas de estos grupos han florecido en un panorama en el que el aborto se ha convertido en tema de debate internacional. (…) Gomperts también habla de un incremento de la ofensiva de los antiabortistas. Algo que achaca a los contactos de los grupos europeos con otras organizaciones. "Muchos se alimentan de la financiación de partidos ultracatólicos o de organizaciones similares que operan en EEUU", argumenta. Efectivamente, Derechoavivir.org, E-cristians o la Federación Española de Asociaciones Provida tienen contactos internacionales y, como otros grupos, cuentan con una red de asociaciones hermanas en otros países”24.

De las varias cosas que podemos comentar sobre esta cita, ahora vamos a centrarnos en tres: una, la existencia de objetivos, estrategias y tácticas antiabortistas diseñados con antelación en las que intervienen diferentes colectivos y grupos reaccionarios; otra, el carácter militante y activo de estos grupos que no sólo se limitan a la lucha contra el derecho de aborto sino que, al estar integrados en un amplio movimiento reaccionario, tienen directas conexiones sociales y políticas sobre y contra otros derechos, como el de la educación en general y en concreto en una sexualidad libre, tema al que volveremos más adelante; y por último, el carácter internacional de esta involución autoritaria, es decir, la existencia de un internacionalismo reaccionario en los material e ideológico, tema que analizaremos también en su momento.

Además de esto, que ya es mucho, tenemos otras practicas antidemocráticas y patriarcales que pasan desapercibidas si no son, primero, descubiertas tras minuciosas investigaciones y, segundo, luego criticadas y denunciadas públicamente. Me estoy refiriendo a la doble moral inherente al fundamentalismo cristiano y a la ideología burguesa en todo, pero puesta al descubierto ahora en ataque al derecho de aborto. J. Mitxeltorena ha denunciado de manera implacable e irrebatible la “doble moral” de “hecha la ley, hecha la trampa”25 que aplica la derecha cristiana en Nafarroa con respecto al derecho del aborto, consistente en, por un lado, poner todos los obstáculos posibles para impedir el ya muy restringido miniderecho de aborto existente en el Estado español, pero, por otro lado, permitir que las clínicas privadas realicen los abortos prohibidos legalmente, pero con enormes beneficios económicos que van a manos privadas, burguesas. A nivel del Estado español, el aumento de los abortos por motivo de ignorancia sexual y falta de previsión, está enriqueciendo a las clínicas privadas. La doble moralidad burguesa aparece claramente expuesta en un titular de prensa que, ante el espectacular aumento de los abortos, define al Estado español como “paraíso europeo”26

Dejando de lado ahora que la cínica e hipócrita doble moral es una constante necesaria en la burguesía y en toda clase propietaria de las fuerzas productivas, su uso sistemático es aún más necesario en todo lo relacionado con la explotación sexo-económica de la mujer, como por ejemplo el aborto. En efecto, alrededor del aborto se han congregado las peores fuerzas reaccionarias de la historia, que lo exigen para las mujeres explotadas y miran a otro lado cuando lo realizan las de la clase explotadora. R. E. Madriz ha sintetizado perfectamente la interacción entre el Estado, la Iglesia y la ley punitiva patriarcal en lo relacionado con el aborto, con las siguientes consignas: “¡Saquen sus Leyes de Nuestros Cuerpos! ¡Basta de Rosarios en Nuestros Ovarios! ¡Fuera la Iglesia de Nuestras camas!”27. También tiene razón J. Blanco cuando dice que:

“¿No vemos aún cómo cada uno de éstos dispositivos del poderío se benefician en sus respectivas dimensiones de la esclavitud aún no abolida de las mujeres y su sujeción al sistema mundo-capitalista-patriarcal? ¿Han notado como el tema del aborto, de la homosexualidad así como en su momento lo fue la masturbación, son los temas tabú por excelencia de la jerarquía católica y los principales demonios que exorcizar? Será porque están relacionados aunque lo intenten separar en el discurso, del tema clave: LA SEXUALIDAD. Pero sobre todo la sexualidad que está fuera del terreno reproductivo: la que devuelve el hecho relativo a la unión del placer a la sexualidad tan castrado por la iglesia.(…) Hay que reconocer que el problema de la interrupción del embarazo no solo es un problema que atraviesa la desigualdad de género sino la discriminación de clases, es una cuestión de clases sociales: las mujeres con posibilidades económicas abortan donde y como quieren, pero las pobres se mueren con sus agujas oxidadas dentro de la vagina y sus ramitos de perejil en la mano”28.

Estos y otros ataques a la mujer, en especial la violencia sexista en las llamadas “sociedades desarrolladas”, tienen una base profunda de apoyo que se recompone periódicamente, que incluso crece a pesar de las campañas concienciadoras, de los movimientos feministas, de las tímidas leyes que cada mucho tiempo introducen los gobiernos, etc. Recientemente, se ha confirmado de nuevo que las ideas sexistas y patriarcales persisten en la juventud del Estado español29, mostrando la virulencia de una corriente subterránea que se nutre del poder del patriarcado en la vida cotidiana, en las relaciones familiares y grupales, en la acción machista de los medios de prensa y del contexto social dominante, patriarco-burgués. Casi un año antes de realizarse el estudio citado, un diario afirmaba que “la violencia machista satura los juzgados”30 de un Estado español que, como se sabría sólo cinco meses más tarde, veía cómo sus diversas Comunidades Autonómicas devolvían nada menos que el 15% de los fondos oficiales recibidos por el Estado para la lucha contra la violencia de género31.

Dicho en otras palabras, las burocracias autonómicas apenas se esforzaron en luchar contra la violencia de sexo-genero ni incluso empleando un dinero que no salía de sus propias arcas sino de las del Estado, y que no podían quedárselo, sino que debían devolverlo al Estado, como efectivamente así sucedió. O sea, un dinero perdido. Viendo esta desidia e indiferencia de los poderes del Estado para luchar contra el machismo, no es de extrañar la afirmación de M. Eizmendi de que los datos actuales encienden la “alerta roja” ante la violencia sexista32. Recordemos estos datos y, en especial, la despreocupación que muestran, porque más adelante nos servirán para comprender mejor el por qué del retroceso del Estado español en el índice de igualdad de la mujer a nivel internacional. Pero partamos ahora mismo de ellos para descubrir con más facilidad por qué esas mismas instituciones permanecen también pasivas ante la enorme desproporción salarial por el mismo trabajo realizado existente entre los hombres y las mujeres. Un ejemplo entre miles: la banca paga a las mujeres un 37% menos que a los hombres por el mismo salario, además de que existe el denominado “techo de cristal” que impide que las mujeres accedan a puestos de dirección monopolizados por los hombres33.

Según la práctica totalidad de estudios sobre las desigualdades en materia salarial, el promedio de diferencia en el salario oscila alrededor del 30% en detrimento de la mujer. Otras estadísticas sostienen que las mujeres cobran 5.800 euros menos que los hombres al año en el Estado español34, y una investigación más exhaustiva y rigurosa, el sindicato LAB ha demostrado que la diferencia asciende a 7.200 € al año35 No hace falta decir que esta inadmisible injusticia aumenta en las mujeres emigrantes. De cualquier modo, estas cifras escandalosas de por sí, deben ser vistas dentro de la totalidad de la explotación visible e invisible que padece la mujer, es decir, viendo que, por ejemplo el trabajo doméstico supone el 33% del PIB de Hego Euskal Herria, de la zona del Pueblo Vasco dominada por el Estado español, mientras que representa nada menos que el 42,5% del PIB de dicho Estado español36.

Siendo esto cierto, conviene recordar que la esclavitud asalariada tiene cara de mujer explotada a nivel planetario, no únicamente en el capitalismo más enriquecido. Los datos que ofrece el “Pan y Rosas” sobre la esclavitud asalariada de la mujer en el mundo, son terribles: “el número de mujeres que participa en el mercado laboral mundial es el más alto de la historia pero que, a su vez, hasta la Organización Internacional del Trabajo (OIT) tenga que admitir –en un informe presentado el pasado 8 de marzo- que las trabajadoras están más expuestas que los hombres a sufrir peores condiciones laborales. Y más aún: aunque actualmente hay 1200 millones de mujeres trabajadoras (representando el 40% de la fuerza de trabajo mundial), también aumentó el número de mujeres desocupadas, que ya supera los 80 millones (…) la tasa mundial de empleo femenino es del 49,1%, frente a un 74,3% para la de empleo masculino”37. Y si nos centramos en las condiciones de precariedad de un capitalismo como el vasco vemos gracias a las investigaciones del sindicato LAB que la tasa de temporalidad es del 32,4%, frente al 22,2% de los hombres y, entre otros ejemplos, que el 85% de los contratos a tiempo parcial son de mujeres38. La normalidad con la que se admite tamaña opresión se basa, como estamos diciendo, en el poder ontológico, epistemológico y axiológico del sistema patriarco-burgués, de su “ciencia social”, en suma.

5.- PRIVILEGIO EPISTÉMICO PATRIARCAL

Llegamos así a la tercera precisión que tenemos que hacer antes de estudiar críticamente el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de más de la mitad de la población mundial por el único hecho de ser mujer y de estar dentro del espacio material e inmaterial impuesto a la mujer por el sistema patriarco-burgués. De entrada, hay que partir del hecho de que la situación de la mujer es sistemáticamente expulsada de los problemas a debate en las múltiples reuniones internacionales en las que grupos especializados pertenecientes a diferentes facciones imperialista deciden sobre el futuro. Pese a que “Las políticas económicas y comerciales, impulsadas por los modelos de ajuste económico neoliberal tienen impactos directos en el empleo, los mercados, la producción, los patrones de consumo y la distribución, los valores culturales, las relaciones sociales, el medio ambiente y la sustentabilidad local, todos los cuales involucran a las mujeres”, pese a esto, la burguesía imperialista no tiene en cuenta para nada la situación de las mujeres en el mundo, excepto para aumentar su explotación39.

Básicamente, la ausencia del “problema femenino” en las reuniones imperialistas tiene dos grandes razones: una, que la explotación sexo-económica se da por sentada, normal en sí misma e inserta en la concepción del mundo; y otra, que esta visión ha determinado en su esencia interna la economía política burguesa. M. A. de Lucas tiene razón cuando dice que: “Los indicadores económicos no miden la desigualdad real de las mujeres en el trabajo”40, reafirmando una crítica clásica del método de análisis de las “ciencias sociales”, de la economía política burguesa, etc., inseparables de la forma patriarcal y falocéntrica de ver la sociedad. Los indicadores económicos dependen, además de otros factores, sobre todo del método de hacer las estadísticas económicas y de la teoría económica que domine todo el enfoque. Que sobre lo primero domina un enfoque de género masculino sobre el método estadístico, es algo incuestionable41.

Sobre los efectos negativos de las teorías económicas falocéntricas, androcéntricas o patriarcales --sin entrar ahora a un debate sobre los diferentes nombres--, hay que insistir en que el feminismo lleva mucho tiempo denunciando estas limitaciones, y hace más de una década se planteó la necesidad de una “rupturas conceptuales”42 desde una perspectiva interdisciplinar en la que se integran la historiografía, la sociología y la economía, perspectiva necesaria para poder estudiar las múltiples relaciones entre el trabajo y las mujeres. Pensamos que deberían añadirse más disciplinas, pero carecemos de tiempo para extendernos al respecto, aunque sí hay que decir que es imprescindible sumar a las tres áreas citadas, sobre todo el área crucial de la epistemología, concretamente de la crítica del denominado “privilegio epistémico”43 que indica que el método de conocimiento y pensamiento oficialmente establecido favorece al sistema patriarco-burgués ya que excluye todas aquellas formas de investigación y pensamiento críticos que saquen a la luz la realidad de fondo de la dominación de la mujer. Por ejemplo y entre otros muchos aspectos, el papel crucial de los denominados “vocablos con trampa” inherentes al machismo y que vertebran el lenguaje jurídico44, por no repetirnos sobre el papel del lenguaje sexista en la producción científica.

El “privilegio epistémico” además explica, por ejemplo, la muy ultra minoritaria presencia de la mujer en el llamado “mundo académico”, que llega a casos extremos como el hecho de que ninguna de las 172 áreas de conocimiento de las universidades del Estado español estén dirigidas por mujeres45, o que hasta finales de 2006 sólo el 3% de los “honoris causa” españoles fueran mujeres46. Recientemente se ha sabido que en el Estado español durante el curso 2005-2006 el porcentaje de Rectoras de Universidad era del 6,5%, de Vicerrectoras del 28,9%, de Secretaría general el 41,6%, de Gerencia 4,1%, de Catedráticas el 13,9% y de Titulares el 36,5% y debemos recordar que en estas fechas el porcentaje de mujeres era el 50,6% del total de la población del Estado47. El “privilegio epistémico” explica también que a comienzos de 2007 la CE admitiera que apenas el 29% de los científicos e ingenieros de la UE fueran mujeres, y que la UNESCO encontrase que las mujeres no llegan al 30% de los investigadores en 34 de 100 países examinados, mientras que sólo el 17-18% de países tenían igualdad de género en lo científico y técnico48.

Ahora bien, el que se consiga esa igualdad de género no garantiza que se supere el “privilegio epistémico” entre otras muchas razones porque el propio método de conocimiento está determinado por la forma androcéntrica de pensar, porque, también, muchas investigadoras “piensan como hombres”, etc.; pero además de estas y otras limitaciones, el poder patriarcal dispone de otros muchos recursos de control, marginación y silenciamiento del pensamiento crítico y feminista, como son, por ejemplos, los Premio Nobel que a lo largo de su historia y hasta octubre de 2007 sólo han sido concedidos a 11 mujeres, siendo Doris Lessind la última premiada49, habiéndose concedido otro Premio Nobel a la viróloga Francoise Barré-Sinoussi en 2008, llegándose así a 12 premiadas.

De cualquier modo, hay que insistir en que el poder patriarcal actúa al margen de la paridad de sexos, frecuentemente ineficaz por lo que acabamos de ver. Pero hay más, a comienzos de 2008 M. Colussi sometía a una destructora e ingeniosa crítica la supuesta omnipotencia del método científico asexuado, con estas palabras:

“En la sección cultural de la edición digital del diario español El Mundo, puede consultarse el artículo "Científicamente perfecta". Allí se lee que "La actriz Jessica Alba tiene las proporciones perfectas para una mujer. El piropo le llega de un grupo de científicos británicos, que ha elaborado una fórmula matemática para medir el atractivo sexual femenino. La ecuación se basa en la proporción entre la anchura de la cintura y de las caderas y, al parecer, la mejor relación entre los parámetros cintura-cadera es un 0,7, precisamente la que tiene hoy por hoy la protagonista de 'Los cuatro fantásticos'. Según este estudio, Marilyn Monroe era casi perfecta, porque contaba con una proporción de un 0,69, y la modelo Kate Moss, siempre en el punto de mira por su extrema delgadez, se aproxima con un 0,67. (…) Hablar de "la perfección" en la belleza –de lo cual pueden desprenderse entonces concursos para establecer quién es más bello– es equiparable a hablar del "triunfador", del "number one". No puede ponerse en juicio la formulación de estos científicos –en general a los varones occidentales les llama más la atención un cuerpo de muñeca Barbie 90-60-90, no hay dudas–; pero de ahí a equiparar esa proporción con "la perfección" pareciera que hay un paso demasiado largo, que sólo una visión machista posibilita dar. Hayan sido o no los científicos británicos referidos quienes afirmaron esta tesis, o los redactores del portal que la difunde –poco importa eso– lo cierto es que el estereotipo prejuicioso se sigue filtrando. ¿Habrá también "proporciones perfectas" para los varones? ¿Y qué hacemos los que no entramos en esa categoría? ¿No tiene algo de agraviante hablar de "perfección" versus los/las que no la tenemos?”50

Nos hemos permitido el exceso de una cita tan larga porque nos confirma varias cosas muy válidas de entre las que destacamos, por un lado, la demostración del poder patriarcal dentro de “la ciencia”; por otro lado, la responsabilidad de esta “ciencia” y de la prensa dominante que le da pábulo en el conjunto de sistemas de opresión sexual, incluido el terror simbólico inherente al miedo a no cumplir el canon estético-corporal impuesto por los hombres a las mujeres, temas sobre los que nos extenderemos en el apartado dedicado a la crisis capitalista y a la sexualidad; además, el efecto azuzador y propagador del racismo blanco y eurocéntrico, tema al que volveremos en el apartado dedicado al fascismo y la crisis capitalista; y por último, la confirmación del poder de resistencia del patriarcado, del androcentrismo en la “ciencia”. Sobre esta última cuestión, recordemos cómo antes nos hemos referido a un muy importante y actual texto de crítica feminista de la economía política, pese a estar editado en 1994. Pues bien, las resistencias del patriarcado, o del androcentrismo, siguen siendo tan eficaces que doce años más tarde, en 2006, la investigadora C. Carrasco, una de las coordinadoras del profundo y totalmente vigente texto de 1994, debe seguir denunciando el “carácter marcadamente androcéntrico”51 de la teoría económica manejada en los debates sindicales sobre el reparto del trabajo.

6.- IMPACTOS DE LA CRISIS CONTRA LAS MUJERES

La interacción de los tres aspectos característicos del sistema patriarco-burgués que acabamos de exponer --su prolongada historia, su reforzamiento en el capitalismo desarrollado y la incapacidad de su saber para dar cuenta de la explotación patriarcal-- es la que explica el fracaso de cualquier intento de reforma seria de las condiciones socioeconómicas y laborales de la mujer. A. Gago ha dicho en el texto al que hemos recurrido anteriormente que: “Durante las tres últimas décadas, la introducción de las jornadas a tiempo parcial ha sido considerada como un avance para la mujer por parte de los especialistas de las ciencias laborales. Trabajar a jornada parcial permitiría, según éstos, que la mujer aportara un dinero extra a la economía doméstica mientras que podía seguir encargándose de las obligaciones familiares. Sin embargo, este argumento se ha ido desmontando con el tiempo al observarse las consecuencias negativas que esta medida de flexibilización laboral ha tenido en la calidad de vida de las mujeres. El trabajo a tiempo parcial es negativo porque institucionaliza el hecho de que exista un modo de empleo femenino específico y porque generaliza la actividad reducida, además de la imposición de tener que trabajar sólo en áreas que permitan este tipo de horarios”52.

No entenderemos nada sobre el deterioro53 de las condiciones socioeconómicas y laborales de la mujer bajo la crisis que se expande, sin partir de su total indefensión, de su absoluta carencia de recursos materiales, legales y conceptuales para poder resistir con eficacia a los ataques que ya está sufriendo. Los tres aspectos vistos nos muestran algo decisivo para lo que sigue como es el hecho de que la mujer es “una mercancía como otra cualquiera” según demuestra M. Augé54, una mercancía especial por cuanto tiene un valor de uso exclusivo: producir vida, producir bienes y producir placer sexual, muchas veces en forma de prostitución, de esclavitud sexual. Una mercancía con un valor de uso, que por ello mismo puede ser perfectamente definida como un polivalente “instrumento de producción” al decir de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista. Una mercancía que va devaluándose, perdiendo valor, según lo confirma el último Informe del Foro Económico Mundial según el cual en 2007 la mujer del Estado español retrocede nada menos siete puestos, del décimo a decimoséptimo, del 10 a 17, porque ha aumentado la brecha salarial que le separa del hombre en el mismo puesto de trabajo, y porque hay menos mujeres que hombres trabajando en el mismo puestos y en las mismas oficinas de poder55.

Definir muy correctamente a la mujer dentro del sistema patriarco-burgués como un polivalente “instrumento de producción”, como una “mercancía” es llegar a la raíz, al secreto último, del problema que vamos a analizar en lo que queda de este primer apartado dedicado a los efectos de la crisis sobre la mujer, exponiéndolo en varios puntos.

El primero punto trata sobre la permanente política del sistema patriarco-burgués por mantener totalmente debilitada e indefensa a la mujer, incapaz de resistir a los ataques, dividida e incomunicada entre ella para que no pueda autoorganizarse de forma independiente y luchar ofensivamente, que no sólo a la defensiva, con posibilidades de victoria. Un factor decisivo para su indefensión es el que siga creyendo la mujer que es “naturalmente inferior” al hombre, pasiva, sumisa, tan dócil y servicial que en realidad es servil y masoquista. Otro factor es que tenga miedo, terror y pánico a la violencia latente o activa de hombre contra ella, violencia justificada en todo caso por la “naturaleza” masculina y/o porque ella, la mujer, se ha portado mal, siendo merecedora del castigo. Tampoco tenemos que menospreciar el hecho de que si una mujer quiere “triunfar en la vida” y “liberarse” ha de asumir, practicar y propagar los valores machistas en sus formas más crudas, en los códigos derechistas, patronales, políticos y sexuales. La estructura entera expuesta en los tres puntos anteriores explica cómo funciona el sistema patriarco-burgués para, por un lado, mantener y ampliar la indefensión de la mujer y, por otro lado, justificarla y argumentarla.

El segundo punto parte del anterior y explica por qué son las trabajadoras las primeras en ser echadas al paro nada más comenzar los síntomas de crisis; por qué los sindicatos reformistas y amarillos, corporativistas y machistas, los patrones y los gobiernos, con el apoyo de la empresa y en la mayoría inmensa de los maridos, esposos y familiares, deciden e imponer que sean las mujeres trabajadoras las primeras en sufrir los efectos devastadores de las crisis, aunque sean pequeñas y cortas. Se trata de una constante en el capitalismo que en la actualidad presenta algunas innovaciones puntuales que no cuestionan su esencia interna. Ahora son las mujeres emigrantes, seguidas de los hombres emigrantes y de las mujeres autóctonas, generalmente por este orden, las expulsadas automáticamente del trabajo asalariado. Pero en las empresas en las que no hay emigrantes, son las autóctonas las que sufren los primeros golpes, como siempre. Sin duda, la precariedad laboral, el trabajo sumergido, la indefensión legal, la alienación patriarcal, etc., facilitan sobre manera estas medidas, pero nuestro análisis no sería completo si olvidásemos el papel específico que juega aquí la institución familiar y la revaloración del trabajo doméstico en los momentos de crisis, revaloración impulsada por el capitalismo. Sobre la institución familiar volveremos en el capítulo dedicado a la sexualidad y a la crisis.

El tercer punto surge precisamente de aquí, del hecho de que el sistema patriarco-burgués se activa en su totalidad para forzar a las mujeres que trabajan fuera de casa para volver al “dulce hogar” mediante, al menos, cuatro medidas que confluyen en tal involución autoritaria: una, la política de privatizaciones, reducciones del gasto público y social, de prestaciones básicas, etc., obliga a que alguien cargue con esos trabajos que el patriarcado define como “de mujeres”; dos, las presiones de los hombres sean reaccionarios o “de izquierdas” para, con cinismo, convencer a “sus” mujeres que es mejor para ellas porque les ahorra esfuerzo “volver a casa”; tres, las medidas de presión, acoso y hasta intimidación que toma el sistema en su conjunto, y la patronal en concreto, para “convencer” a las que se resisten a volver a casa en medio de la pasividad de sus compañeros y de los sindicatos reformista, cuando no de su colaboración machista; y cuatro, la propia ideología machista que padecen muchas mujeres, que les lleva a aceptar como “inevitable” y “natural” su suerte, a no resistirse y luchar contra esas medidas, y sobre todo a reforzar electoralmente a la derecha y al reformismo, por este orden, que son las fuerzas sociopolíticas que más se vuelcan en mantener el patriarcado. Este último aspecto es menos estudiado de lo que parece, pero es crucial.

El cuarto punto explica cómo se refuerza el proceso anterior con las excusas de la llamada “globalización”, es decir, con la mentira de que la globalización hace fracasar toda resistencia a los ataques patronales. La amenaza de la deslocalización, de que la empresa se puede marchar a otros lugares más baratos, siempre ha sido empleada contra el movimiento obrero, y ahora este chantaje se multiplica exponencialmente porque la izquierda apenas lo ha combatido durante dos décadas, mientras que el reformismo político-sindical lo ha utilizado como argumento para sus claudicaciones y conchabeos con la burguesía. Tal excusa es reforzada por la supremacía absoluta que han adquirido las patrañas parlamentaristas y pacifistas dentro del reformismo y en buena parte de las izquierdas, de modo que domina un zafio, basto e insípido engrudo ideológico denominado “progresista”, de “nueva izquierda”, “tercera vía”, etc. La desnaturalización del marxismo, su abandono práctico, refuerza el abandono de la lucha radical contra la explotación patriarcal, lo que beneficia al sistema y perjudica a las mujeres trabajadoras especialmente en un contexto de prolongada crisis.

El quinto punto se refiera a que en situaciones de crisis se reducen drásticamente las posibilidades que tiene la mujer para encontrar trabajo asalariado, excepto en las peores condiciones imaginables, y aún ni eso, y en la prostitución como salida desesperada, tema que analizaremos en el capítulo sobre la sexualidad. Las escasas ofertas existentes van a parar a los hombres o a las mujeres que han asumido los valores masculinos, pero casi nunca a las mujeres con conciencia de serlo, revolucionarias y feministas. Si en fases expansivas, los mejores puestos son monopolizados por los hombres quedando para las mujeres los peores en todos los sentidos, semejante lección histórica se repite con mayor fuerza durante las crisis. Al carecer la mujer de organizaciones propias, al ser los sindicatos reformistas patriarcales por naturaleza, al reforzarse la virulencia y la agresividad del hombre contra la mujer, al ser reducidas las prestaciones sociales y al aumentar la necesidad de suplir con el tiempo propio los trabajos incrementados por estas restricciones de los derechos colectivos, por todo esto en síntesis, las mujeres ven cómo aumentan las distancian que les alejan de los trabajos fuera del domicilio, trabajos asalariados por duros, sumergidos y precarizados que sean.

En sexto lugar, se acelera así la espiral desastrosa que conduce al empobrecimiento de la mujer y a su dependencia hacia el sueldo del marido, con todos los efectos de pérdida de autoestima e independencia práctica, etc.; a la vez, si mantiene el trabajo, lo más probable es que sea en peores condiciones, bajo mayores presiones de todo tipo, especialmente de acoso laboral para aumentar la productividad y de acoso sexual por el envalentonamiento machista; y si tiene la suerte de encontrar un trabajo, lo más probable es que sea en condiciones de sobreexplotación protegida por el poder casi omnímodo del patrón en los trabajos sumergidos, precarizados e inestables en extremo, que dependen muchas veces de los caprichos del patrón, en todos los sentidos, y de la docilidad resignada de la trabajadora carente de recursos legales de autodefensa y presionada por su penuria económica.

En séptimo y último lugar, siempre existen o se inventan supuestas “alternativas de trabajo” que se realizan en casa, en el domicilio, para compensar la pérdida salarial. La historia muestra que desde el siglo XVII, si no antes, grupos de comerciantes recorrían las casas para ofrecer tareas a realizar en el domicilio. Tales alternativas han ayudado a paliar en algo el empobrecimiento, y en la actualidad, con Internet, se ha creado un espectacular mito de “ayuda a tu familia”, de “créate a ti misma”, de “teletrabajo”, de “hazte tu propia empresaria”, etc., según el cual la mujer que conozca la Red y de la “nueva economía”, etc., puede obtener beneficios sin por ello “desatender a sus labores domésticas”. Se trata de una vieja utopía reaccionaria según la cual la libertad personal de la mujer es compatible con su trabajo doméstico, con la “comodidad” que ello supone. Pero en realidad todos los informes críticos muestran que el “teletrabajo” apenas mejora las condiciones de vida si por tal entendemos una forma cualitativa y equilibrada de independencia personal, aportación familiar y trato igualitario. Las lecciones obtenidas en el “teletrabajo” de hombres muestran que fácilmente refuerza el enclaustramiento y la soledad, que refuerza el poder patronal al aislar totalmente a cada “teletrabajador” en su casa impidiendo toda acción colectiva. Nada indica, sino al contrario, que en las condiciones actuales estos y otros efectos negativos no se multipliquen en el caso del “teletrabajo” de la mujer en su hogar.

De todos modos, deberemos esperar todavía un tiempo, hasta que el paro sea mayor que el actual, que el empobrecimiento y la estrechez en los gastos básicos asfixie a las familias trabajadoras, que las deudas les atenacen, para poder completar este análisis, para ver en qué grado se han cumplido las constantes descritas y, sobre todo, en qué grado han sido superadas y empeoradas por los efectos de la actual crisis.

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