Bajo este título se presenta la segunda parte del Trabajo Mujeres, sexualidades, fascismo e internacionalismo bajo la crisis capitalista presentado por Iñaki Gil de San Vicente."Cifras sobre el terrorismo patriarcal: el 25% de las mujeres sufre abusos sexuales por parte de sus parejas. El 5% de las violaciones denunciadas terminan en condena. 6.000 mujeres mueren, cada año, por las consecuencias de abortos clandestinos en América Latina. El 80% de los refugiados son mujeres, niñas y niños. El 70% de los 1300 millones de pobres que hay en el mundo son mujeres y niñas. El 54% de las mujeres trabajadoras de Argentina están precarizadas; y el 70% de las víctimas de acoso moral en el trabajo son mujeres".
Antes de iniciar este apartado es necesario recalcar el papel de la violencia de sexo-género en lo relacionado con el mantenimiento y reproducción del sistema patriarco-burgués. La importancia de resaltar el papel de la violencia en cualquiera de sus formas contra las mujeres es doble ya que, por un lado, todo lo que abarca el llamado “mundo de la mujer” representa a bastante más de la mitad de la población humana ya que integra, además de a las propias mujeres, también al grueso del proceso educativo global de los hijos y niños, también la mayoría inmensa del tiempo de recomposición psicofísica de la fuerza de trabajo, también el trabajo doméstico invisibilizado y, por no extendernos, también el tiempo de cuidado de las personas mayores y de los familiares enfermos. Por otro lado, lo relacionado con el “mundo de la mujer” en este sentido amplio está sujeto a las muchas formas que adquiere la violencia patriarco-burguesa como iremos comprobando a lo largo de estas páginas.
Desde un marxismo economicista y mecanicista, el papel de la violencia ha sido reducido a simple medio supeditado a la lógica de la explotación de la fuerza de trabajo, reduciendo la originaria y clásica teoría marxista de la violencia a algo secundario cuando, en realidad, la dialéctica entre violencia y explotación asalariada es mucho más ágil e interactiva de lo que se cree si no se ha estudiado seriamente el método marxista. Este error, que tiene consecuencias trágicas en la lucha revolucionaria, es tanto más grave cuando se trata de analizar las relaciones del capitalismo con la preexistente explotación histórica de la mujer, en la que la violencia de género aparece como un factor estructurante a lo largo de su larga historia1.
Desde el origen del patriarcado, cada modo de producción y cada período de transición de un modo a otro, transición que puede ser de avance o de retroceso histórico, ha ido tomando del patriarcado lo que le convenía, subsumiéndolo, de manera que la violencia de género ha ido adaptándose a las nuevas sociedades, perdiendo partes de su esencia pero adquiriendo otras nuevas. Así sucedió con el patriarcado medieval, que asumió parte de la violencia sexista del modo esclavista de producción, y una parte también del modo germánico de producción. El capitalismo hizo lo propio con el sistema patriarco-feudal resultando el sistema patriarco-burgués, pero sin tener ningún reparo ético-moral para reinstaurar de nuevo formas más atroces de violencia de sexo-género como lo está haciendo en Afganistán2 y en Irak, en donde más de 10.000 mujeres han sido violadas por las tropas estadounidenses en cuatro años y en donde la prostitución ha sido transformada en una empresa militar.
Más adelante nos extenderemos en el retroceso de las libertades de la mujer en el corazón imperialista del sistema patriarco-burgués, que no sólo en los países y pueblos empobrecidos o invadidos, retroceso que se muestra tanto de forma descarnada y brutal, mediante la adquisición de las peores “virtudes masculinas” por parte de muchas mujeres que llegan a puestos de poder en el sistema patriarco-burgués, esas mujeres que S. Khalil define como “neo machos vaginales”, como de forma sibilina e invisible, como la que se realiza poniéndole “un rostro de mujer” al patriarcado. Sin embargo, ambas formas de maquillar el sistema patriarcal tienen en común la aceptación del axioma machista de que la “naturaleza femenina” es incompatible con la violencia emancipadora, defensiva, de respuesta a la opresión, con la violencia revolucionaria en suma. M. de Frutos ha mostrado cómo en modos de producción tan diferentes como la Grecia clásica, la socialdemocracia sueca o la Rusia soviética, el patriarcado ha demostrado una fuerza capaz de ocultar o falsear la participación de la mujer en los cambios sociales definitivos, en las revoluciones y luchas de liberación; así como el patriarcado seriamente mutilado por la derrota del viejo orden que le defendía, ha demostrado disponer de una enorme capacidad de recuperación tras las derrotas sufridas por las victorias feministas en las revoluciones socialistas.
La hondura histórica del patriarcado, de su violencia de sexo-género, queda de nuevo confirmada con la experiencia de las revoluciones socialistas, especialmente de la bolchevique de octubre de 1917 que logró impresionantes conquistas al respecto. Lenin expuso de manera brillante la dialéctica entre revolución, emancipación de la mujer y democracia socialista: “La única revolución consecuentemente democrática respecto a cuestiones como las del matrimonio, el divorcio y la situación de los hijos naturales es, precisamente, la revolución bolchevique. Y esta es una cuestión que atañe del modo más directo a los intereses de más de la mitad de la población de cualquier país. Sólo la revolución bolchevique por primera vez, a pesar de la infinidad de revoluciones burguesas que la precedieron y que se llamaban democráticas, ha llevado a cabo una lucha decidida en dicho sentido, tanto contra la reacción y el feudalismo como contra la hipocresía habitual de las clases pudientes y gobernantes”.
Sin embargo, tras los fulgurantes comienzos de la libertad de las mujeres, a los pocos años empezó a emerger una nueva forma de patriarcado, ahora el constituido por la fusión entre la casta burocrática en ascenso y fortalecimiento y los restos débiles pero vivos aún del anterior sistema machista. Semejante reacción conservadora en lo sexual, en la institución familiar, en el derecho a aborto, en la pedagogía infantil y juvenil, etc., ha sido analizada críticamente, por lo que me remito al texto de W. Reich. Después, las mujeres son las que más derechos han perdido con la implosión de la URSS. Actualmente vemos cómo se refuerza el patriarcado a la vez que el capitalismo en China Popular. Pero la queremos acabar estas reflexiones previas con una cita directa a un brillante texto autocrítico sobre cómo se refuerza el machismo en Cuba:
“La mayoría de los discursos de la timba y el reguetón legitiman el tratamiento agresivo a las mujeres. Los vocablos que utilizan los cantantes para nombrar a la mujer no son favorables para ella, (asesina, chamaca, bruja, farandulera, fulana, mentirosa, punto, zorra, fiera, loca, cachorra, perra). Legitiman socialmente un trato ofensivo que dista de las relaciones equitativas que el modelo socialista cubano intenta construir socialmente (…) Generalmente la mujer es internalizada como objeto sexual y subordinada al hombre, pues esto constituye un producto muy vendido teniendo en cuenta que la mayoría de los cantantes son hombres, y que tenemos una cultura por lo general dominada por ellos. Para vender un producto musical, en Cuba o en otros países, se ha promocionado a la mujer como máquina de producir placer, o simplemente esa mujer que todo hombre desea, la que cumple sus deseos, y al hombre como viril, fuerte, el que ejerce el poder hegemónico, esto puede provocar mayor diferenciación entre los roles de los hombres y las mujeres”.
Lo bueno de estas palabras es que nos muestran cómo el sistema patriarcal se cuela por cualquier rendija, por cualquier hueco de la cotidianeidad para reforzarse y crecer, cómo se fusiona con muchas formas de arte y cultura, cómo se esconde en el proceso productivo y con la excusa de aumentar las ventas pudre y contamina la letra de las canciones con la violencia de sexo-género. Cómo el lenguaje sexista11, con su poder de destrucción de la realidad justa y equitativa, y de creación de otra realidad injusta y violenta, también sobrevive y crece en una sociedad que hace esfuerzos desesperados por emanciparse de la explotación material, cultural y moral capitalista, como es la cubana. Lo bueno de estas palabras radica en que se trata de un ejemplo extraído de la impresionante y heroica experiencia cubana, y ¿si esto ocurre ahora mismo en Cuba, qué no estará pasando en el sistema patriarco-burgués, en el capitalismo precisamente cuando la crisis económica presiona sobre la tasa de beneficio?
Si resulta que en Cuba la exigencia de ventas en determinadas formas de cultura potencia la violencia sexista, ¿qué sucederá en el capitalismo, en donde la burguesía dispone del poder absoluto para hacer y deshacer con tal de aumentar sus beneficios? Si en Cuba la violencia de sexo-género subyacente en cierta música refuerza el estereotipo masculino de la mujer como “máquina de producir placer” para el hombre ¿Qué no sucederá en la represión burguesa las sexualidades diversas y en sus disciplinas destinadas a imponer una única forma de sexualidad?
GUERRA TOTAL CONTRA LAS MUJERES
Para responder a estas y otras preguntas hemos de empezar diciendo, en primer lugar, que la ofensiva patriarcal contra las libertades y derechos de las mujeres habían empezado antes de que la crisis llegase a la gravedad que ahora tiene. Tiene toda la razón K. Cochrane cuando en un muy interesante artículo sobre la guerra sin cuartel contra el feminismo, dice que: “La industria del sexo está experimentando un boom, el porcentaje de condenas por violación cae en picado, los cuerpos de las mujeres son examinados con lupa en todos los medios de comunicación, el derecho al aborto se encuentra bajo una seria amenaza y los presidentes de las empresas más importantes declaran que no quieren contratar mujeres. Todo ello sólo puede significar una cosa: la guerra total al feminismo”. Una guerra total permanente como se demuestra, y esto es un simple ejemplo pese a su inhumana ferocidad, con el medio millar de mujeres asesinas en una década en Oaxaca y las más de cuatro mil por año en México, asesinatos que no encubren sino que confirman que por debajo de ellos actúan diversos niveles de violencia patriarcal que la investigadora S. Lovera ha sintetizado así: “violencia física (empujones, golpes, heridas de arma de fuego o punzo cortante); violencia psicológica o emocional (intimidación, humillaciones verbales, amenaza de violencia física); violencia sexual (forzar física o emocionalmente a la mujer a la relación sexual)”.
Si levantamos la mirada de México a América Latina vemos que lo alarmante de las cifras sobre el terrorismo patriarcal: el 25% de las mujeres sufre abusos sexuales por parte de sus parejas. El 5% de las violaciones denunciadas terminan en condena. 6.000 mujeres mueren, cada año, por las consecuencias de abortos clandestinos en América Latina. El 80% de los refugiados son mujeres, niñas y niños. El 70% de los 1300 millones de pobres que hay en el mundo son mujeres y niñas. El 54% de las mujeres trabajadoras de Argentina están precarizadas; y el 70% de las víctimas de acoso moral en el trabajo son mujeres. Y si nos fijamos en otros continentes, por ejemplo en África, vemos que la violencia sexual es un “horror que no cesa”. Si pasamos de la violencia patriarcal a la evolución de las leyes que supuestamente deberían defender a las mujeres, nos encontramos con el reciente estudio de la ONU que pone de manifiesto que “casi todos los países del mundo mantienen leyes” que discriminan a las mujeres, y que nada menos de 53 países mantienen legalizada la violación de las mujeres dentro del matrimonio.
Pero no cometamos el error de confiar ciegamente en la ONU porque ha quedado demostrado que el terrorismo patriarcal también ha infectado a esta institución ya que se niega a condenar las violaciones que realizan los cascos azules, una práctica más frecuente de lo sospechado, un verdadero “crimen sin castigo”, que empezó a ser manifiesto “Desde que en 1996 un elaborado estudio conocido como Informe Machel —por ser la mozambiqueña Graça Machel quien lo dirigió— pusiera al descubierto parte de los innumerables casos de abuso y explotación sexual cometidos por las fuerzas de paz de la ONU (que incluyen violaciones y todo tipo de torturas sexuales a niñas y mujeres de todas las edades, esclavismo sexual, participación en redes de trata de niñas y mujeres para prostitución, constitución y gestión de prostíbulos, transmisión masiva del SIDA y otras enfermedades venéreas por negarse a tomar medidas profilácticas, elaboración y distribución de material pornográfico con menores y mujeres de las zonas, grabaciones de violaciones de niñas menores de 12 años…) asistimos a un interminable goteo de noticias sobre nuevas tropelías, habitualmente seguido de las consabidas declaraciones de indignación de la ONU, su reiteración en la política de Tolerancia Cero y su determinación para acabar con esta horripilante lacra”.
Una de las razones por las que la ONU silencia las atrocidades de las tropas que violan y maltratan sexualmente a las mujeres bajo su bandera internacional no es otra que la profundidad de los valores machistas en el mundo actual, ya que: “Vivimos en sociedades que, aunque han tratado de aparentar lo contrario, están organizadas a partir de estructuras que violentan a los individuos. Esta violencia ha estado históricamente en todos los lugares de la vida pública: en la esfera laboral, con trabajos que muchas veces resultan enajenantes; en las ciudades, llenas de consumismo y esquizofrenia; en los campos, marcados por la soledad y el atraso socioeconómico y cultural; en las escuelas, cuna de las diferencias raciales, de clase y género. No es de sorprender que esta violencia sea aprehendida de diferentes formas por los individuos y reflejada en sus vidas privadas”.
Pero además de que la violencia y el terror machista eran muy anteriores a la crisis actual, igualmente lo eran otras restricciones de derechos básicos como el de aborto, como veremos de inmediato, sino que también el recorte de los derechos socioeconómicos y laborales se venía produciendo en pleno período expansivo del capitalismo. A. Gago ha indicado con plena razón que: “El último varapalo ha sido la reforma laboral del 2006 que, lejos de marcar un comienzo para recuperar lo perdido, ha supuesto una profundización aún mayor de la institucionalización de la precariedad a través de subvenciones a los empresarios y el abaratamiento de los despidos”. La burguesía, el gobierno del PSOE, los sindicatos y otras instancias no esperaron a que la crisis estallase con toda su virulencia en verano de 2008, o que hiciera su primera irrupción amenazante en agosto de 2007, sino que ya antes habían tomado medidas restrictivas de los derechos sociolaborales de las mujeres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario