
Por: Rebeca E. Madriz F.
A medida que, bajo las circunstancias que sean, el proceso político Venezolano se desarrolla, se tocan diversos temas desde diferentes perspectivas, sin embargo poco se dice, quizás por el carácter explosivo, de un tema que hunde sus raíces en los orígenes de la humanidad: La opresión hacia la mujer!
Muchas han sido, hasta hoy, las desviaciones del movimiento feminista internacional, desviaciones que se presentan fundamentalmente por el carácter clasista de éstos en determinado período histórico. Sin embargo, el movimiento revolucionario ha sido copartícipe de estas desviaciones si tomamos en cuenta cómo desde nuestras filas se reproduce la práctica de exclusión hacia las mujeres.
El capitalismo y el patriarcado no se han separado, al contrario, se refuerzan, aumentando así su opresión hacia la clase obrera en el mundo. Es por ello que el movimiento revolucionario debe fusionarse con el movimiento femenino (revolucionario) de igual modo, para sostenerse y fortalecerse el uno con el otro. Y es que no se le ha dado a la lucha por la emancipación de la mujer la importancia que tiene, porque realmente no terminamos de entenderla; la opresión de las mujeres no es una frase vacía, es innegable que tanto los hombres como las mujeres por la cultura impuesta, nos resistimos sarcásticamente y le restamos importancia al tema, y esto es consecuencia de que todo sistema de dominación, para perpetuarse e incluso eternizarse, y convertirse en algo “natural”, debe crear la condición psicológica (alienación) que favorezca a ampararla y en la cual sus víctimas también juegan el papel de victimarias.
Los partidos revolucionarios nos hemos establecido desde siempre, sectorizar los frentes de lucha más importantes, como el obrero, el estudiantil, el campesino, el cultural y no se le da el espacio merecido al frente de mujeres, que representa, nada más y nada menos, que el cincuenta por ciento de la población mundial, es decir, dentro del movimiento obrero, estudiantil, campesino, cultural, etc., las mujeres representamos la mitad. Pero el hecho de que en esos diferentes frentes de lucha estemos presentes, no significa que no se ataque el elemento fundamental que nos veja, que es precisamente la influencia del sistema patriarcal, ¿o es que acaso pretendemos construir una sociedad nueva, Socialista, donde se vuelva a reacomodar el patriarcado? No, porque entonces no estaríamos hablando de Socialismo. Cuando se entienda que el problema de la mujer es estructural, y desde allí debemos atacarlo, estaremos dando pasos mucho más sólidos que vislumbren la construcción de una nueva sociedad.
Aunque sea difícil porque es parte de lo heredado, ningún revolucionario o revolucionaria, o quien intente serlo, puede volverse funcional y utilitario a la reproducción del sistema capitalista y esto evidentemente incluye la cultura patriarcal, que insisto es difícil, pero cuando nos negamos a reconocer la existencia de una problemática fundamental como ésta, dejamos entrever poca resistencia a los sistemas de opresión y dominación.
Por ejemplo, el poder popular como objetivo táctico para la construcción del Socialismo, sólo tiene sentido si se quiere transformar un sistema de poder, no si se quiere acceder a él para reproducirlo.
No es posible que concibamos una nueva sociedad sin que se evalúe de manera especial el papel que dentro de ella debemos cumplir las mujeres, se trata de apostar a tener una visión más integral, no sólo de clase sino también de género.
El movimiento revolucionario debe asumir la emancipación de la mujer como propia porque es parte de nuestros principios, y no tiene carácter táctico, sino estratégico, es decir, no es optativa, es necesaria. Resistirse a entender esto es una actitud reaccionaria.
Si la construcción del Socialismo no se encamina hacia la destrucción de la propia estructura del sistema capitalista y el sistema patriarcal, pierde toda razón de ser; si no se lucha por la emancipación y la liberación de todas las personas en armonía con el contexto histórico, sería una lucha incompleta; razón por la cual no se puede separar la lucha de la mujer de la lucha de clases.
Por otro lado, también es cierto que la igualdad de género no se establece por decreto, y muestra de ello, es que pese a lo avanzado de la Constitución Nacional al respecto, su aplicación hasta ahora es escasa y sin impactos ni duros golpes al sistema. Se trata de que esas premisas específicas sean materializadas, y eso sólo lo podemos hacer los revolucionarios y las revolucionarias asumiendo la vanguardia de colocar a la mujer en la práctica diaria en un eslabón de igualdad frente al hombre.
Un partido de cuadros revolucionarios debe ser el reflejo micro de la sociedad que queremos, y por ello la lucha por la emancipación de las mujeres debe comenzar en el partido de la clase obrera, que debe dirigir y fungir como el aliado principal de un movimiento de masas femenino que asuma la vanguardia de las mujeres del pueblo, alzando las banderas de lucha con conciencia de clase y conciencia de género para el avance hacia un mundo mejor.
El partido de la clase obrera debe reconocer y validar el aporte de las mujeres al proceso revolucionario, debe cristalizar el potencial, la mística, la abnegación, la capacidad de formar, de administrar, de dirigir y de organizar que tenemos las mujeres, y para ello debe visibilizarnos y darnos espacios de participación en la dirección y toma decisiones, no desde el papel, sino desde la praxis, porque la liberación integral de la mujer es un postulado básico del Socialismo.
“El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer.
No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción”.
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