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martes, abril 20, 2010

Indignación por violencia contra la mujer en la ULA...

Por: Carolina Gutiérrez / Movimiento Integración Universitaria
Nuevamente un operador del Rector Mario Bonucci genera indignación en la comunidad universitaria de la Universidad de Los Andes, en este caso la exigencia de respuesta a las exigencias de las estudiantas y los estudiantes, tiene como única respuesta la sistemática violencia física y sicológica. El pasado martes 14 de abril fue agredida físicamente Daviana Muñoz Consejera Universitaria y es estudiante de Ciencias Políticas, su agresor responde al nombre de Francisco Carrera.

Los hechos ocurrieron en horas de la mañana cuando la estudiante solicitaba ante La secretaría del rectorado copia del audio del Consejo Universitario del pasado lunes 12 de abril del presente año, a lo cual consiguió negativas sin argumentos, la estudiante tal, y como otros tantos estudiantes, se encontró nuevamente víctima de los eternos procesos dilatorios a la que son sometidos todos los estudiantes al momento de tener un requerimiento, una vez expresa la no voluntad de entregársele siquiera una firma de recibido de la solicitud de manera expedita (tal y como es el caso en estos casos) sin ninguna explicación para negársela, la estudiante solicitó hablar con El Secretario José María Anderez, quien se encontraba en la habitación contigua (escuchándolo todo) es entonces cuando el profesor Francisco Carrera la agredió físicamente diciéndole que se fuera, que ya se le había dicho lo que le tenía que decir, la estudiante ante la impotencia e indignación que produce una situación tan degradante en contra de la Mujer y del respeto a los Derechos Humanos minutos después procedió a hacer denuncia formal ante los organismos correspondientes (CICPC y Fiscalía de la Mujer y Consejo Universitario de la ULA).



Para los estudiantes de esta universidad, históricamente secuestrada por su estructura antidemocrática y burocrática, es un lugar común que a los estudiantes le sean violentados sus derechos, lo que es más grave es que esta situación se intensifica si se trata de quienes defienden una visión de mundo diferente en esta ocasión ya fueron violentados de la manera más burda los derechos de Daviana Muñoz como mujer, como estudiante, como ser humano, es pertinente recordar que no es la primera vez que esta compañera ha denunciado la violencia verbal y sicológica de la que es víctima constantemente en el Consejo Universitario específicamente por parte del Rector Mario Bonucci.


Consejera Universitaria denuncia la Violencia ejercida en su contra por Profesor de La ULA

integracionuniversitaria200@gmail.com

martes, marzo 23, 2010

Mujeres con discapacidad en el marco legal internacional de derechos humanos

María Verónica Reina**
Meera Adya
Peter Blanck
Introducción
Este artículo sintetiza las desventajas experimentadas por las mujeres con discapacidad en el mundo y las protecciones legales en el marco internacional destinadas a prevenirlas y corregirlas. Debido al tamaño del segmento poblacional referido y la multiplicidad de la discriminación experimentada, la importancia de este fenómeno atinente a las mujeres con discapacidad se hace evidente. Sin embargo, con anterioridad a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas el mismo ha recibido atención limitada por parte de la comunidad internacional, la cual generó algunas normas no obligatorias cuya aplicación no ha reportado resultados sustantivos. La inclusión de consideraciones acerca de las condiciones particulares de las niñas y mujeres con discapacidad en un artículo específico y a través de varios otros artículos de la antedicha Convención constituye un fuerte indicio de un cambio de dirección largamente esperado con respecto a este tema.

Para descargar el artículo Completo, presione aquí...

martes, octubre 13, 2009

Perú: Mortalidad materna sigue alta

Por: Zoraida Portillo /Semlac
Caminar más de ocho horas bajo una lluvia inclemente y llevando, en una improvisada camilla, a una mujer a punto de dar a luz, es una tarea heroica. Pero no fue la única que el personal de la Red de Salud de Morropón, de la región Piura, en el norte de Perú, debió cumplir aquel lluvioso día de noviembre de 2008.

Previamente, debieron usar todas sus dotes de persuasión para convencer a Esterfilia García —una joven mujer de 20 años, a punto de convertirse en madre— de someterse a una operación cesárea si quería tener a su bebé. Ella, como muchas campesinas de su pueblo, estaba segura de que, si se operaba, quedaría inutilizada para las labores del campo. Eso le había escuchado decir a las mujeres del pueblo.

Esterfilia sufría de estrechez pélvica y en el modesto establecimiento de salud de Cumbicus, un caserío remoto ubicado en las estribaciones andinas de Piura, no existían facilidades, ni personal especializado, para someterla a la operación.

Así que, cuando finalmente la convencieron, la comitiva se puso en marcha hacia la capital departamental, rumbo al Hospital Regional, y sorteando cerros y caminando por trochas intransitables, anduvieron más de ocho horas hasta conseguir una ambulancia que, finalmente, la trasladó al hospital.


La operación fue un éxito y Esterfilia pudo traer al mundo un niño, sin complicaciones. Ese loable esfuerzo por preservar la vida de una madre, realizado por la Red de Salud de Morropón, fue reconocido en Lima el martes 15 de septiembre con el premio Sarah Faith 2009 Héroes Anónimos, salvando la vida de las madres, de Pathfinder International.

Guillermo Nieves, el obstetra que comandó aquella expedición salvadora, rememoró durante la ceremonia, realizada en el ministerio de salud, el difícil trance que vivieron las 12 personas que conformaron el equipo, turnándose para cargar la camilla, restando importancia a una lluvia que jamás cesó, encharcándose a cada paso y con un solo objetivo en mente: llegar al hospital.

Los 20.000 dólares del premio serán usados para mejorar los servicios del Centro de Salud de Cumbicus, así como en capacitar a los integrantes de las organizaciones populares del lugar, para que los mismos pobladores reconozcan tempranamente los signos de alarma que puedan poner en peligro la vida de las embarazadas y sus bebés.

"Con este monto, vamos a comprar equipos médicos, camillas y una moto para el centro de salud de Cumbicus. También se comprarán chalecos, casacas impermeables, bolsas de dormir, botas y balanzas", afirmó Oscar Arnaldo Berrú, director de la red.

Con estas declaraciones, el funcionario dejó al descubierto las precarias condiciones en las que la mayor parte de los centros de salud del país, especialmente aquellos que trabajan en las zonas rurales, desempeñan su función: sin instrumental médico adecuado, sin facilidades técnicas y, muchas veces, sin especialistas ni medicamentos.

A ello se añade la reticencia de muchas mujeres a atenderse en los centros de salud, sea por cuestiones culturales o por el trato discriminatorio que muchas veces reciben por parte de personal, que no ha sido capacitado previamente para tratar con las diversas etnias que integran la sociedad peruana.

Por ello, no es de extrañar que el Perú ocupe el segundo lugar, después de Bolivia, entre los países de América del Sur con más altos índices de mortalidad materna: 185 muertes por cada 100.000 nacidos vivos.

Pathfinder y otros organismos internacionales advierten que, al tratarse de una cifra que representa el promedio nacional, encubre realidades mucho más dramáticas, siendo las mujeres residentes en departamentos cuya población se encuentra en situación de pobreza quienes tienen mayores probabilidades de morir por causa materna, en comparación con las que viven en zonas de mayor desarrollo, como Lima o las ciudades de la costa por ejemplo.

Así, Pacaipampa, el distrito al que pertenece el caserío donde vive Esterfilia, es el más pobre de Piura, una región que —sin embargo— es una de las más prósperas del país.

El 94,6 por ciento de su población vive en situación de pobreza y de ésta, un 66,2 en extrema pobreza. Allí, sólo una cuarta parte de la población tiene acceso a servicios de salud y existen apenas seis médicos y dos obstetras para una población de más de 26.000 habitantes repartidos por caseríos y cerros.

"Las razones principales de causa de muerte materna son la hemorragia, la hipertensión inducida por el embarazo y las infecciones, pero todas las muertes maternas perinatales son evitables", indicó Lucy Del Carpio, coordinadora de la Estrategia de Salud Sexual y Reproductiva del Ministerio de Salud (MINSA), durante la ceremonia de premiación.

Preguntada por SEMlac respecto a la reticencia de muchas gestantes andinas y amazónicas de acudir a los controles prenatales, señaló que el MINSA, en alianza con entidades no gubernamentales y de la cooperación internacional, desarrolla numerosas estrategias para lograr que las gestantes "poco dispuestas a acudir a un establecimiento de salud por barreras culturales o miedos internos, tengan un parto seguro e institucional".

Entre ellas mencionó el establecimiento del parto vertical y las casas de espera (véase: Salud: Parto vertical, derecho de las mujeres).

Ante la misma pregunta, el vice ministro de salud, Melitón Arce, señaló que el bajo nivel educativo de las madres es uno de los factores a enfrentar en el tema de la mortalidad materna. "Cuanto más bajo es el nivel educativo (de las madres), más elevada es la mortalidad materna", afirmó.

El otro factor que se detectó a través de los estudios de caso, informó, es la dificultad de llegar a tiempo a los centros asistenciales, tomando en cuenta que algunos caseríos se encuentran a varias horas de camino del centro de salud más cercano. Este problema se está enfrentando con las "casas de espera", que permite a las madres recibir una preparación adecuada que procure un parto sin problemas, dijo.

Según el funcionario, para 2011 Perú se ha propuesto bajar la tasa de mortalidad materna a 66 por cada 100.000 nacidos vivos.

El Premio Sarah-Faith fue instaurado por Pathfinder International en octubre de 1999 por iniciativa de Sarah Michalko, nieta del fundador de dicha institución, luego de la impresión que le dejó su visita al Perú y su contacto con muchas mujeres bajo diversas circunstancias.

La distinción es un reconocimiento a las intervenciones creativas y oportunas para salvar la vida de mujeres amenazadas por complicaciones de embarazo, parto, puerperio o aborto y desde su instauración ha servido de estímulo para quienes, de una u otra forma, contribuyen a disminuir la mortalidad materna del país y, en no pocas ocasiones, ha servido también para mejorar la infraestructura básica de atención a las madres, como ocurrirá en este caso.

jueves, mayo 07, 2009

Agresiones y violencia machista en el movimiento: ¿Algo ya superado?

Fuente: La Haine
Estamos en un punto en el que las reflexiones en torno a las agresiones sexistas en espacios liberados es prácticamente nula. Esto sucede porque por un lado, se parte de la premisa errónea de que como somos anarquistas, automáticamente estamos libres de este tipo de lacras. Sin embargo, son actitudes e ideas asumidas que no se eliminan automáticamente, sino que hay que hacer un esfuerzo por trabajarlas. Y para hacer este esfuerzo hemos de darnos cuenta de ellas en vez de rechazar de plano que tengamos esas actitudes, deberíamos hacer un ejercicio de introspección, para ver cuáles son las actitudes que contribuyen a mantener este estado actual de las cosas para poder combatirlas. Si las negamos sin haber hecho esto, lo único que haremos será maquillarlas, o tener actitudes permisibles de cara a la galería, pero no habremos cambiado de raíz nuestros comportamientos.


Por otro lado, desde que en los medios e instituciones se comienza a tocar el tema, parece que la sobredosis informativa acerca de casos de malos tratos y demás, el tema aburre. Ya está suficientemente tratado y no hay que darle más vueltas. Además de esa falsa sensación de que esto tan horrible que sucede, ocurre “fuera de nuestras fronteras”. El problema no es nuestro, ya que nosotres somos anarquistas, y en nuestros círculos no se puede dar. Sin embargo, somos hombres o mujeres cada día, cada minuto y cada segundo de nuestra vida, y cada vez que nos relacionamos con otras personas (o incluso con nosotrxs mismxs, en nuestra percepción de la realidad) dejamos constancia de cómo asumimos nuestro rol de género.

La reflexión sobre las agresiones en nuestros espacios se genera (la mayoría de las veces, por no decir todas...) en grupos de mujeres y lesbianas. Su incidencia en grupos mixtos es residual. Seguimos tratando el tema como algo que afecta sólo a las mujeres. Es cierto que somos las que recibimos la peor parte, pero esto nos afecta a todxs, seamos agredidas o agresores precisamente por ese rol que jugamos y que muchas veces nos vemos reacios a plantear.

Y es precisamente este rol el que tenemos que observar, plantear, criticar, reflexionar sobre ello. Cómo nos afecta aplicar un rol “que se supone no nuestro”. Cómo influye el resto de la sociedad, en el sentido de que en ocasiones tenemos una lucha interna con nosotras mismas porque no sabemos si “nos estamos pasando de feministas”, al colocarnos un espejo deformado de “feministas histéricas” cuando algo nos cabrea porque nos afecta directamente. No se puede pasar por alto, no podemos perder de vista que estamos hablando de relaciones de poder desequilibradas y desiguales de partida, de dominación, de opresión.

El hombre (incluido el hombre anarquista) parte de una situación privilegiada con respecto a la mujer. En su mano está pues contribuir a perpetuar esos privilegios o no. Esa contribución puede no ser, o ser chiquita, o ser grande: ignorando, despreciando, ninguneando, invisibilizando, cosificando, acosando, abusando, agrediendo, maltratando...

Desgraciadamente, nuestras relaciones y nuestros espacios no están exentos de estos intentos de abuso de poder. Cada X tiempo sale a la palestra un nuevo episodio de agresión o acoso, por no hablar de todos aquellos (la mayoría) que se silencian. En general, en el momento que una persona decide hacer público que ha sido víctima de una agresión, colectivamente, no reaccionamos, no sabemos reaccionar o no queremos reaccionar... se tiende a invisibilizar, evitar, eludir... se habla de ello como un asunto “privado”, como algo muy complicado, delicado, dándonos una excusa para mantenernos al margen.

Cuesta aceptar la agresión como tal, porque en nuestro imaginario, los agresores son psicópatas, enfermos que acechan en callejones oscuros o esperan agazapados en el portal, sin embargo el 90% de las agresiones sexuales se produce en espacios de confianza. Hemos generado un esteriotipo de agresor que a la hora de la verdad cuesta ver reflejado en nuestrxs compañerxs. Nos hemos llenado de frases y de dibujos de mujeres golpeando en los testículos a hombres agresores. Y esto es fácil de cumplir cuando no hay lazos de ningún tipo con el agresor. Tendemos a pensar que las violaciones se dan por agresores anónimos, para los que la única herramienta de la que disponemos es la autodefensa.

Pero ¿qué sucede cuando estas dinámicas se dan entre personas con lazos de unión, ya sea de compañerxs o de amistad, u otras? pues que no sirve la autodefensa, porque no puedes golpear a quien aprecias. Es necesario otro trabajo ante esto. Un trabajo con varios enfoques, porque podemos ser agredidas, podemos ser agresores, o podemos ser cómplices.

Cuando el modelo de agresor que tenemos es un demonio con cuernos y rabo, es fácil aplicarle este modelo a un agresor desconocido, o a alguien que de por sí te cae mal, y entonces darle una patada en los huevos. Pero cuando ese agresor resulta ser una persona que comparte espacio y trabajo contigo, a quien tienes aprecio, cuando debes aplicar ese modelo a un chico que puede ser encantador, con gran sentido del humor, estar muy implicado en diversos temas sociales, la primera reacción es de “no puedo creérmelo”. Y de alguna forma resulta más fácil y más creíble pensar en una “feminista histérica exagerada” que en un “compañero agresor”. Buscamos formas de entenderlo como un malentendido, como algo no tan grave, para intentar evitar todo el esfuerzo que supone enfrentarse a ello (X no puede hacer eso, simplemente no puede ser). De esta forma, esta resistencia a asumir la agresión en nuestro ambiente, movimiento, relaciones, centros, lugares, nos lleva a minimizar, excusar, justificar, dar una explicación alternativa de los hechos, cuestionando de esta manera a la persona agredida.

Y quizás la solución no sea siempre una patada en los cojones. Si nos debatimos entre darle una paliza o mirar hacia otro lado, normalmente elegimos mirar hacia otro lado, es un mecanismo de autodefensa para no tener que aceptar "la monstruosidad de alguien cercano". Pero quizás debamos descubrir otras vías. Quizás exista la posibilidad de acercarnos a ese amigo de quien descubrimos un reverso tenebroso y hacerle ver que su actitud es despreciable, pero que estamos dispuestxs a ayudarle para cambiar su actitud. Si le da igual y lo que le importa es mantener su imagen, podremos pasar a la opción de darle de lado, crearle un vacío, o incluso volver a la clásica patada en los testículos. Pero si somos anarquistas, deberíamos estar por la nunca fácil opción de recurrir primero a otras medidas antes que a la mera represión. Proponer el planteamiento y la ayuda para que el agresor asuma el rol que ha estado llevando y se despegue de él.

No tenemos recetas mágicas pero creemos que hay que intentarlo. De lo contrario, al menos ser consecuentes, y mostrar ese rechazo abiertamente, y siempre. Pero seamos realistas, ésto no suele suceder, porque es más sencillo excusar a un amigo que admitir que pueda tener un comportamiento tan insano.

Cuesta aceptar la agresión como tal, porque asumir que uno de nosotros es un agresor es asumir que todos somos agresores potenciales. Precisamente, aceptar que todxs llevamos un agresor dentro, o alguien que facilita el camino hacia las agresiones, es enfrentar nuestro modelo de comportamiento con lo que no nos gusta ver de nosotrxs mismxs. Nos gusta vernos diferentes, vernos distintos a esa sociedad a la que criticamos, y darnos cuenta de estos fallos supone, de nuevo, volver a tocar con los pies en la tierra: ver nuestros errores, todas esas cosas que preferimos dejar pasar para poder mantener la armonía, todas esas actitudes a las que le restamos importancia y darnos cuenta de que pueden tener más importancia de la que le damos. Y entonces, enfrentarnos a esa estigmatización de “feminista histérica” por el hecho de querer plantearnos algo que aparece como normalizado.

Cuesta aceptar la agresión como tal, porque pone de relieve las fuertes carencias existentes alrededor de este tema mientras actuamos como si estuviera superadísimo. Porque supone una autocrítica muy fuerte, tener que volver a trabajar un tema que muchxs querrríamos pensar que está superado. No asumimos la agresión por el coste político que pueda acarrear, preferimos silenciarla tratando de eludir la crítica externa... incluso nos puede parecer de lo más inoportuno que alguien decida hacer públicas ese tipo de cuestiones en vez de lavar los trapos sucios en casa...

Asumir públicamente la agresión parece que invalide todos los proyectos que se llevan a cabo, como si un enorme castillo de naipes se desmoronase. Que además será y es usado por otros colectivos "rivales" para atacarnos. Que será una brecha por la que se debilitará todo aquello por lo que trabajamos. De cara a la galería es mejor mostrar que nada sucede, prque las consecuencias pueden ser penosas para todo el colectivo. Es importante mostrar una apariencia de perfección y normalidad antes que asumir públicamente que ha sucedido una agresión y pensar hasta qué punto se ha permitido esa agresión. Pero al actuar así, más tarde tendremos que trabajar sobre porqué hemos permitido que esa agresión quede silenciada, porqué, una vez más, hemos allanado ese camino hacia futuras agresiones, cuando la solución es enfrentar lo sucedido lo antes posible.

Las agresiones más visibles sólo son la punta del iceberg de una serie de pautas asumidas que muchas veces ni siquiera vemos. Por lo tanto, silenciando esas agresiones sólo conseguimos tapar los síntomas... síntomas de que algo dentro está enfermando. Los síntomas están ahí para que nos fijemos en ellos y hagamos frente a una enfermedad. Por algo como militantes hablamos de soluciones radicales (que van a la raíz del problema) y no de soluciones sintomáticas.

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