domingo, enero 19, 2014

El femicidio: ¿qué mueve al agresor a quitarnos la vida?

Elida Aponte Sánchez

Lo que mueve al sujeto agresor a segarle o quitarle la vida a la mujer víctima, en el caso del femicidio, es el odio. El asesino odia a la mujer. Dicho en otras palabras, lo que nutre al femicida para ejecutar su acto criminal es el odio nacido de la misoginia. El término misoginia está formado por la raíz griega miseo, que significa odiar y gyne, cuya traducción seria mujer. De tal manera que la misoginia es la actitud, el comportamiento de odio, de aversión y de desprecio de algunos hombres hacia las mujeres.

El odio más largo de la historia, el más milenario, incluso, el más planetario es el odio a las mujeres. Tal vez varíe en sus formas, modas y circunstancias, se verá fortalecido por las religiones y las ideologías pero se ha mantenido en la sucesión de los tiempos arguyendo siempre la supuesta inferioridad del ser femenino y alimentándose de una tradición de cultura presente en oriente y en occidente, en todos los sistemas políticos y en todos los tiempos. En este punto, es necesario advertir que en algunos países el odio hacia las mujeres bien puede denominarse terrorismo sexista. Y en esa barbarie que se posiciona con fuerza sobre la faz de la tierra, todas las mujeres podemos ser víctimas, sin diferencia de edad, ideología política, militancia partidista, condición social o económica, adscripción religiosa y nacionalidad.

El odio hacia la mujer que mueve al sujeto agresor en cualquiera de sus modalidades y también, al femicida, no se detiene. Es un proceso que tal vez comenzó con una mirada de desprecio o con una frase aparentemente sin trascendencia como aquella de: "que estúpida eres" y que fue tomando cuerpo, al punto que ni la razón ni los esmerados comportamientos pudieron modificarlo. Sólo la ley y 1a actuación oportuna y eficiente de la sociedad, de las instituciones y del Estado mismo, comprometidos a fondo con la prevención, la sanción, 1a eliminación y la erradicaci6n de la violencia machista pueden evitar el desenlace fatal que no es otro que el asesinato de esa mujer. Porque para el sujeto agresor la mujer no es una persona, no es un ser humano, es una COSA, un OBJETO del cua1 él puede disponer a su antojo. Por eso la descalifica, la insulta, la veja, la desacredita, la acosa, la trafica, la prostituye, la viola, la injuria, la difama, la calumnia, la mutila, la golpea, la ridiculiza, la vende y hasta la mata.

Es necesario comprender empáticamente. Es decir, ponernos en el lugar de la mujer víctima de violencia, no importando el sitio geográfico donde tales hechos se cometan. Porque el femicida y, en general, el hombre agresor, no le pregunta a la mujer antes de quitarle la vida, si pertenece a tal o cual partido político, a tal o cual ideología, a tal o cual clase social, si tiene o no algún título universitario, si es cristiana, judía o musulmana. Tampoco lo hará antes de violarla, ni de maltratarla sico1ógica o físicamente.

Las mujeres debemos reivindicar nuestra hermandad. Somos sores, hermanas y es necesario estar unidas en la diversidad y en la adversidad. La sororidad supone respetarnos, visibilizarnos y reconocernos. Este evangelio feminista que debe amalgamar al pueblo-mujer es el lenguaje que nos permite comprender que una mujer víctima de violencia machista en Petare, en la Sierra de Perijá, en la Guajira, en Colombia, en Afganistán, en Francia, en Bolivia, en Guatemala, en China, en Pakistán, en Rusia, en España, en Cuba o en Norteamérica son victimas todas de una ideología universal: el patriarcado y de sus varias manifestaciones: el machismo, el sexismo, el androcentrismo, etc. Y nosotras, todas nosotras, todas las mujeres en todos los países estamos obligadas a hacer causa común, aglutinante, militante y universal para prevenir, sancionar, eliminar y erradicar esa guerra declarada contra nosotras que se ha posicionado como el primer problema de salud pública y de seguridad de nuestros países.

La igualdad plena, sustantiva o concreta de las mujeres y los hombres, con su correlativo inescindible que es la erradicación de la discriminación de las mujeres y de la barbarie machista es el postulado fundamental de la democracia: participativa, protagónica y paritaria. Es lo propuesto en la revolución bolivariana y si la revolución bolivariana fracasa en ese propósito, será una revolución inauténtica, inacabada. Una experiencia de medio camino que históricamente se ha experimentado tanto con las revoluciones liberales, cual fue el caso de la Revoluci6n Francesa, como con las revoluciones de izquierda (incluso comunistas), entre las cuales China y la revolución soviética pudieran servir de ejemplo.

En este propósito, los hombres no agresores tienen la misma obligación política, ética e histórica de construir con nosotras la auténtica humanidad que reclamamos. Y ello no es algo cosmético. No es moda ni eslogan, ni libreto de alguna escena teatral, lenguaje políticamente correcto, postura ante la cámara televisiva o propaganda de alguna franquicia: Es VIDA.

Es la lucha conjunta de las mujeres y los hombres por la verdadera vida, porque, tengámoslo siempre presente: “LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER, MATA”. ¿Y acaso puede existir la humanidad sin nosotras?.

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