miércoles, enero 16, 2013

Ken Bugul, el feminismo y la defensa de la poligamia

Alejandro de los Santos

Afribuku La escritora senegalesa Ken Bugul, una de las piezas clave de la literatura y del feminismo africanos, levantó un enorme revuelo en el seno de grupos feministas de todo el mundo en el año 1999 con el lanzamiento de Riwan o el camino de arena, un verdadero alegato a favor de la poligamia como modo de organización familiar. Este tipo de matrimonio, en sus diversas formas, se practica usualmente en todos puntos cardinales del África subsahariana, a pesar de prohibirse en algunos países. Las misiones evangelizadoras y la posterior colonización del continente provocaron una imposición parcial de la moral occidental y la interdicción de algunos comportamientos y hábitos locales considerandos como bárbaros y salvajes. A pesar de la fuerte maquinaria implantada por los Estados occidentales en África, tan solo los ciudadanos más próximos a la administración colonial asimilaron costumbres y visiones más occidentalizadas. De ahí que con el advenimiento de las independencias, algunos de los líderes de los nuevos Estados africanos optaran por suprimir la poligamia. Sin embargo, su práctica sigue siendo frecuente, en ocasiones se registra el primer matrimonio como el oficial, y el resto se perpetúa a través de rituales tradicionales.

Gran parte de la intelectualidad africana ha rechazado tajantemente la poligamia por asociación directa a la sumisión, a la obediencia, al machismo y a la falta de libertad. Algunas autoras africanas abogan por el fin de tradiciones ancestrales que han rebajado el papel de la mujer a esferas inferiores y que la emplazan lejos de las convenciones de las sociedades modernas africanas. Esto, sumado a la acción de algunos programas de género instigados por organizaciones no gubernamentales occidentales, ha emprendido una lucha contra una forma de familia que ha permanecido casi inalterada en África desde siempre. Esa misma noción de la poligamia recibió Ken Bugul desde que pisó por primera vez la escuela francesa en Dakar durante su juventud. Tras impregnarse de los valores transmitidos por la “escuela de los blancos”, fue premiada con una beca para cursar sus estudios universitarios en Bruselas, la mayor aspiración de todo buen estudiante del África colonial. La capital belga no se presumía tan seductora como se pintaba desde el otro lado del mar: el frío, la lluvia, el individualismo y sobre todo el racismo de una sociedad poco habituada a convivir con africanos. Al poco de su instalación, la autora se dejó llevar por la corriente del el alcohol, la droga, los círculos exclusivos, el sexo desenfrenado, los amantes fortuitos y las amistades interesadas. La resaca de este período le provocó un profundo estado de aturdimiento y de pérdida de identidad que la situaron al borde del colapso. La única salvación, volver o morir.

A su regreso a Senegal, la literatura fue la primera válvula de escape para Ken Bugul, que describió su experiencia europea en una de las obras pilares de la literatura africana contemporánea, El baobab que enloqueció (1982) y que desde afribuku recomendamos fervientemente. La vuelta al país no siempre es fácil y menos aun cuando uno se enfrenta a un pasado marcado por la colisión entre dos culturas diferentes que ya forman parte de uno mismo. En ese proceso de búsqueda identitaria, Ken Bugul decidió frecuentar a un Serigne, un guía espiritual de la zona, una de las figuras que mayor respeto merecen para algunos musulmanes del África Occidental. Ese hombre, polígamo con más de 30 esposas, recibía cada día la visita de decenas de personas que acudían a él esperando encontrar amparo espiritual y consejos que resolvieran sus inquietudes cotidianas. En contrapartida, los visitantes ofrecían dinero, recompensas materiales y matrimonios con sus hijas solteras, que el Serigne aceptaba según el lazo que mantenía con la familia en cuestión.

Bugul permanecía como espectadora de la cotidianidad de ese hogar, prestando especial atención a la complicidad y el respeto existente entre la treintena de esposas que van apareciendo sucesivamente por la sala de visitas para acompañar a su esposo. Él por su parte se muestra cordial, afable y condescendiente con ellas, al igual que lo hace con el resto de los mortales. La llegada de Rama, una adolescente que es ofrecida al Serigne a modo de agradecimiento por parte de un pariente próximo, no parece alterar el cotidiano de la gran familia, algo que no deja de sorprender a la narradora, que en primera persona relata la contradicción existente entre su visión negativa de la poligamia y la armonía que desprende esa residencia. Las visitas de la escritora serán cada vez más frecuentes, poco a poco va sintiendo ese hogar como propio y encuentra el equilibrio emocional que ansiaba desde su vuelta a Senegal. La complicidad que se establece progresivamente ente el guía espiritual y la protagonista es más que palpable y pronto surgirá una especie de dependencia emocional que culminará con la petición de matrimonio por parte del Serigne.

Para la autora surgen ciertas contradicciones entre su vida anterior y la posibilidad de casarse con un hombre polígamo, asumir una situación inédita para ella de sumisión y tener que competir con el resto de esposas por ganarse una posición privilegiada dentro de la residencia. Ken Bugul se convertirá en la esposa predilecta del Serigne, la mujer intelectual necesitada de un cónyuge que le aporte lo que nunca recibió en sus múltiples relaciones monógamas, heterosexuales y homosexuales en Europa: el verdadero amor, el cariño más sincero y a las relaciones sexuales más satisfactorias. “Y cuántas veces había jugado al juego del goce sexual, como miles de mujeres que, como yo, jugaban a ser mujeres emancipadas, a ser modernas. Páginas arrancadas del Kama Sutra de las revistas pornográficas, pasando por películas eróticas vistas a escondidas, tratando de crearse fantasmas, probando todas las posturas. Posturas a veces desagradables, pero ya que jugábamos a la mujer experta, no nos atrevíamos a quejarnos y admitir que al final de cuentas, ese juego no valía un pimiento”.

La concepción del feminismo de Ken Bugul se desmorona y sufre una transformación rotunda, defendiendo la poligamia como forma de liberación de las cargas de una vida asolada por la dureza del trabajo, del hogar y de los hijos. En una casa donde las obligaciones cotidianas son comunitarias y compartidas, encontraba un mayor espacio para el descanso y para la vida intelectual. El sosiego que ofrecía ese medio polígamo le permitía escribir, disfrutar de la inigualable voz de Amália Rodrigues o deleitarse con los versos de Federico García Lorca. La escritora discrepa de sus compatriotas senegalesas que al igual que ella estudiaron en la escuela francesa, dieron la espalda a las tradiciones y asimilaron la monogamia como el único modelo posible de convivencia familiar. Ken Bugul rechaza radicalmente las teorías de las feministas occidentales y las opiniones canónicas sobre la poligamia que no dan tregua a otros planteamientos que se alejen de su propia visión sobre las relaciones. Riwan o el camino de arena no deja de ser un testimonio a favor de la libertad de elección y de pensamiento que respalda la diversidad sentimental. Porque nadie es dueño de la verdad ni de la vida de los demás. La teorización sobre el amor tropieza con el relativismo cultural y con la autonomía individual, y se convierte en una especie de corsé para todos aquellos que se dejan llevar libremente por los sentimientos y por el instinto.

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