martes, julio 03, 2012

Ada María Isasi-Díaz, la teóloga que plantó batalla al patriarcado

Juan José Tamayo / El pais
Con la muerte de Ada María Isasi-Díaz el pasado 13 de mayo se ha apagado una de las voces más lúcidas e influyentes del feminismo latino y de la teología feminista en los Estados Unidos y América Latina. Nacida en 1943 en La Habana (Cuba), se trasladó con sus padres a U.S.A. en 1960 y se graduó en el College of New Rochelle de Nueva York en Historia Europea. Durante la década de los 80 del siglo pasado estudió teología en Union Theological Seminary en Nueva York, donde obtuvo el doctorado en la especialidad de Ética Cristiana, disciplina que explicó a lo largo de dos décadas en la escuela de Teología de la Universidad de Drew (Nueva Jersey), junto con otras asignaturas relacionadas con la cultura hispana y la religión en los Estados Unidos, como Cultura hispánica, la ética del poder, la teoría de la justicia y la ética social.

Varios fueron los renaceres que tuvo a lo largo de su vida, según su propio testimonio. El primero sucedió en Lima (Perú), donde trabajó como misionera de 1967 a 1969. Fue allí donde vivió en su propia carne la realidad de la pobreza, tomó conciencia de que la justicia era el mensaje central del evangelio y practicó la solidaridad con los pobres y excluidos como condición necesaria en el trabajo por la justicia. Aquella experiencia la marcó de por vida y se convirtió en su principal seña de identidad a la hora de vivir un cristianismo comprometido con los sectores más vulnerables de la sociedad.

Su segundo renacer fue durante la Primera Conferencia para la Ordenación de las Mujeres en Detroit (Michigan), donde se despertó en ella la conciencia feminista que, unida a la opción por los pobres, constituyó el horizonte de su intensa actividad intelectual, que desarrolló en Estados Unidos, América Latina, Asia y África. Su trabajo tenía un objetivo bien definido: luchar contra las raíces y las manifestaciones del sexismo presente en la sociedad, en el mundo de las religiones, en las iglesias cristianas y en la teología, incluida la de la liberación latinoamericana, poco sensible a la discriminación y las desigualdades de género. La lucha se centró de manera especial en la defensa de las mujeres latinas dentro de los Estados Unidos, que sufrían una múltiple opresión: por ser mujeres, por ser inmigrantes, por pertenecer a los sectores empobrecidos, por el desconocimiento del inglés y, en el caso de la población negra, por el color de la piel.

A partir de esa experiencia cultivó la teología feminista en diálogo con otras teologías de la liberación, incorporando las categorías del pensamiento feminista y re-ubicándolas en el mundo de de las mujeres latinas. Su principal y más original aportación fue la teología mujerista, que expuso en numerosas, entre las que destaca Teología mujerista. Una teología para el siglo XXI (Mensajero, Bilbao). Dos son las claves de esta teología. Una, la constatación y el análisis de los estrechos vínculos que unen las diferentes formas de marginación de las mujeres: sexismo, clasismo, etno-racismo y marginación social. Otra, la propuesta ética de una justicia de género con sólidas bases evangélicas.

Compartimos numerosos encuentros sobre todo en el Foro Mundial de Teología de la Liberación, que reúne a teólogos y teólogas de la liberación y del diálogo interreligioso del Tercer y Primer Mundo y que viene celebrándose desde 2005 cada dos años en el marco del Foro Social Mundial. El último encuentro en el que coincidimos fue el IV Foro Mundial de Teología y Liberación celebrado en Dakar (Senegal) en febrero de 2011. Juntos visitamos la isla de Gorée (de los Esclavos), y experimentamos uno de los mayores desgarros por el sufrimiento de millones de seres humanos sometidos a esclavitud. La escuché por última vez en una carpa del campus universitario de Dakar. Habló con la brillantez y la fuerza que caracterizaba su discurso sobre las cinco formas de violencia de nuestro mundo: explotación, marginación, imperialismo, falta de poder y violencia sistémica contra las mujeres. Ese es el mejor y postrer recuerdo que conservo de Ada María. ¡Magnífica lección de ética aplicada!

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