miércoles, noviembre 09, 2011

El “sexo débil”

¿Cómo nos vemos a nosotras?
Mujer. Soy Mujer. ¿Qué implica eso? ¿Qué manera de ver y asumir la vida? ¿Qué decisiones a tomar? ¿Qué conciencia¿Qué bendiciones y maldiciones? ¿Qué batalla a ser librada?. Son tal vez estas las preguntas a las que ahora me toca responder. Y nos toca responde .Espero, sinceramente, que estas palabras –tejidas en mí desde hace ya varios años- puedan servir como instrumento reflexivo a quienes quieran leerlas y, sobre todas las cosas, que abran –para mí y con suerte para otros- un posible camino para futuras disertaciones.

Por: Kelly Martínez, Profesora de Historia del Arte
Fuente: Palabra de Mujer
Se pretende en este artículo reflexionar desde la mujer que soy sobre quién soy, quiénes y cómo somos y sobre algunas de las cosas que, personalmente (aun que creo que hablo por muchas) me preocupan sobre nosotras en este momento particular de la Historia.

Vivo en Caracas, Venezuela, uno de los países que más coronas ha ganado en el certamen del Miss Universo. Ser bella, en Venezuela es, más que un estado, una obligación moral. Tal vez porque nosotros copiamos exageradamente ciertos modelos “occidentales” y ser bella, en este momento y en muchos lugares del mundo, es una obligación moral.


¿Qué es ser bella?

Durante varias centurias filósofos y estetas se han esforzado por responder esta pregunta sin llegar a ninguna conclusión precisa. Por otro lado, bien es sabido que cada época tiene su patrón particular para “lo bello”, patrón que se aplica tanto a las mujeres como a los muebles (lo que, al final, si uno mira bien, no han venido a ser sino lo mismo).

No basta con ser bella sino que hay que ser bella de determinada manera. Un prototipo (porque no sé si llega a canon) elegido y creado por la mirada masculina –como siempre ha sido-se impone nuevamente y allí vamos nosotras, desaforadas, a seguirlo como si fuera nuestro.

Que los hombres nos han dominado durante siglos, eso ya se sabe. ¿Para qué masticar lo que tantas veces se ha masticado? Sin embargo, cuán cómplices somos de eso, pareciera ser un aspecto de esta historia que preferimos barrer siempre debajo de la alfombra. Echarle la culpa a otros y no reconocer los propios errores es siempre más fácil.

Un patrón de “estar buenas” que, además y para colmo de males, NO ELEGIMOS. Otros escogieron por nosotras. Un patrón que, además, rebasa los límites de lo natural, que nos obliga a convertirnos en Frankensteins de silicona y maquillaje.

¿Y por qué, si no soy así, debo sentirme avergonzada de mí misma? ¿No es ya suficientemente complejo el sólo hecho de “ser” como, para además, imponerle a eso patrones absurdísimos que ni siquiera ayudan a vivir mejor, a construir nada?

Vergüenza. He ahí una palabra clave. Un patrón elegido por otros y que, si no cumplimos, nos hace sentir avergonzadas. Avergonzadas de no “parecer”, de no tener la “apariencia de mundo que conocíamos? ¿Por qué debemos sentir vergüenza de no parecernos a…? ¿Qué pasó con la que se supone “somos”? ¿Dónde está que no la veo? ¿Será que no nos dejan verla? ¿Será que a alguien no le conviene que la veamos?
Ser vieja

A eso se le suma el “pequeñísimo” detalle de que ya no sólo ser fea es un crimen, sino ser vieja. Una mujer de más de cuarenta años, en esta sociedad, equivale a una mujer que ya no es nada. A una con menores oportunidades, de todo tipo.

En la Antigüedad había una Triple Diosa cuyo tercer aspecto era, precisamente, el de la mujer anciana. No sólo inspiraba veneración sino que también inspiraba temor, precisamente porque era símbolo de sabiduría y respeto; del paso del tiempo y las vicisitudes de la vida. Sin embargo, ésta es una época que acabó con ese aspecto.

En nuestra era pareciera que juventud y belleza son los únicos aspectos a ennoblecer. Mujeres que sienten vergüenza de cómo se ven. Para las mayores, peor. No sólo se ven feas sino que, además, son viejas.

Desmontaje cultural necesario
Me da mucha risa y mucha rabia al mismo tiempo que los hombres no tengan que atravesar por esas exigencias. Rabia porque en ellos la fealdad no importa y mucho menos la vejez. Un hombre viejo, todos los sabemos, es sinónimo de un hombre interesante o experimentado.

Me da risa porque son precisamente hombres viejos o feos los que más merecedores se creen del cumplimiento del patrón. ¿Por qué simplemente no los retamos a verse un espejo?

A diario –y como tantas mujeres- suelo verme expuesta a piropos que, más que piropos, son agresiones sexuales que ni si quiera se hacen de frente. Invaden nuestro espacio, nos rebajan a bichos y pocas son las que se atreven a reclamarlo.

Porque nos da miedo, porque durante siglos hemos aprendido a ser sumisas, a dejarnos aplastar y aunque luchemos mucho por cambiar eso en nuestro interior, allí está el bicho de la tradición royéndonos la entraña. O porque a algunas les gusta; porque, para muchas, la mirada masculina es la única que importa.

Esta es una ciudad de hombres que no entienden que tampoco a ellos les han dado el derecho a elegir nada, que también a ellos se les impone qué y qué no debe gustarles. De hombres sin conciencia de su propia humanidad porque ellos también “son” de determinada manera y ese “ser” los equipara más a animales que a seres humanos.

¿Cómo no se sienten humillados? Desde siempre se nos han dicho que somos de manera diferente y nuestro peor error ha sido vernos como opuestos y no como complementarios. No ver que tenemos las mismas necesidades, las mismas aspiraciones y que, nuestras diferencias biológicas son en realidad pequeñísimas comparadas a nuestras semejanzas.

Lo más terrible, al final, no son solamente los hombres que imponen patrones, físicos y de conducta (no piense demasiado, no opine demasiado, cállese usted mujer, limítese a ser bella y estar siempre sonriente) sino que las mujeres hemos decidido seguirles el juego. Nos quejamos de un crimen del que somos cómplices y no víctimas.

¿Por qué no luchamos si tanto nos molesta? ¿Será que en realidad nos molesta? ¿O es que nos conviene porque no implica demasiado esfuerzo si pensamos que, en este momento, para ser medianamente respetadas (lo cual es, en realidad, una ilusión) hay que ser madre, esposa, trabajar, ser exitosa, capaz, mantener una buena conversación, ser ama de casa y además, hacer todo esto perfumadas, sonrientes, delgadas y en tacones? ¿No es más fácil conformarse con ser bella y tonta? ¿No implica menos trabajo?

¿Qué pasa si yo quiero decidir qué hacer con mi cuerpo o cómo quiero que se vea? ¿O si no quiero hacer nada con mi cuerpo más allá de lo básico para que se mantenga saludable pero si quiero hacer mucho con mi personalidad, con aquello que me hacer ser yo y que se gana el respeto de quienes realmente me aman?

A veces flaqueo y caigo en la tentación. A veces quiero salir corriendo a un cirujano. A ver si así es más fácil. Cuando vuelvo a la lucidez descubro que es infinitamente más difícil. Que si voy corriendo a cumplir el patrón seré yo, solamente yo, la culpable de mi reducción a la nada. Habré perdido la batalla a pesar de que es una batalla que no quisiera estar librando. La batalla de tratar de escapar a lo que me impusieron porque me doy cuenta de que me lo impusieron, la de querer que se me quiera y respete por ser quién soy. La de ser bella desde mi misma y a mi manera.

Es una lucha que yo –y tantas otras- estaremos librando tal vez todas nuestras vidas, con más o menos éxito. Una lucha difícil y de renuncias donde darse por vencido pareciera ser, a veces, una manera de descansar. Pero bien sabemos que no todo lo que parece, es.

Este artículo fue resumido y editado para su publicación en Palabra de Mujer.


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