domingo, marzo 27, 2011

Bolivia: El papel de totora de Berta Soto

Helen Álvarez Virreira
(Especial de SEMlac).- El junco de totora (Scirpus californicus ssp. Tatora) es la materia prima para el trabajo de Berta Soto Cutili, una artesana aymara que, desde hace tres años, vive de la fabricación de papel ecológico. Cada hoja huele al lago Titicaca, que es donde crece esta planta acuática, pero casi nada dice de las personas que hacen posible su producción.

Soto es inventora del papel del totora y su creatividad está registrada en el Servicio Nacional de Propiedad Intelectual de Bolivia con el número 9410. Descubrió el proceso de forma casual, hace unos 15 años, cuando sus hijos eran pequeños y ella era agricultora, y lo perfeccionó hace poco más de tres años, tras enviudar.

Ella nació y creció en Copacabana, población ribereña al lago Titicaca, donde se encuentra la imagen de la Virgen de Copacabana, una de las más veneradas en Bolivia por la comunidad católica. De adolescente emigró a la ciudad de La Paz, donde fue trabajadora del hogar durante siete años, pero volvió a su pueblo y formó una familia en la comunidad de su esposo, en la Isla del Sol.

El deseo de que sus hijos tengan una profesión la llevó a emigrar de nuevo a la ciudad de El Alto, donde comercializaba su producción agrícola. Al morir su esposo no pudo viajar más y tuvo que lavar ropa y vender refrescos de forma ambulante para generar ingresos, pero no le alcanzaba.

Entonces desempolvó lo que años atrás dejó a medias. Luego de contarle a su esposo que la totora que masticó y que botó sobre una piedra se convirtió en una especie de cartón, comenzaron a experimentar; lograron producir papel de totora, pero rústico y abandonaron la idea.

Ese pedacito de cartón, que todavía guarda, y la necesidad de trabajo la motivaron. Tocó muchas puertas, pero sólo se abrió una. María Galindo, del movimiento feminista Mujeres Creando, acogió con entusiasmo la idea y el producto comenzó a promocionarse desde ese espacio, a través de Radio Deseo.


Ahora Berta Soto vive de la producción del papel de totora.


SEMlac acompañó todo el proceso de fabricación que, esta vez, comenzó en Coacollo, una comunidad a orillas del lago Titicaca, a tres horas de la ciudad de La Paz. Hasta allí llegó Berta Soto buscando totora fresca, ya que debía esperar a que crezca de nuevo la de su comunidad.

Primer paso

En una de las casas dispersas que hay en Coacollo viven los esposos Julia y Gregorio Calle, que ahora le proveen la totora. A esa región todavía no llegó el turismo, típico de otros lugares del lago, y la gente vive sin la necesidad de cerraduras en sus casas. Hace menos de un mes llegó la energía eléctrica al lugar.

Con 68 años a cuestas, don Gregorio, como le dicen, sube a su bote y se adentra en el lago para segar el junco, uno por uno, desde la base, dejando intacta la raíz. En tres meses las plantas habrán alcanzado otra vez los tres o cuatro metros que suelen tener, de los cuales casi la mitad está bajo el agua.

En la orilla espera doña Julia, de 64, para ayudar a su esposo a sacar el plástico en el que, a manera de balsa, ha acumulado unos 400 juncos. Con la fuerza de las cinco personas que estábamos en el lugar, pudimos arrastrar a tierra la totora mojada y un burro llevó la carga a lo largo de unos 700 metros hasta el camino. Berta Soto necesitaba al menos el triple para que el viaje se justificara.

Mientras se acumulaba la totora, doña Julia nos pidió que la ayudáramos a sacar sus ovejas del corral y atarlas afuera para que puedan pastar. En tanto ella recogió los huevos, alimentó a las gallinas y chanchos, ordeñó a su vaca, preparó el queso que le compramos al final del día y cocinó. Era sábado y no se ocupó de la chacra.

La pareja tiene siete hijos, pero todos emigraron, así que ambos se hacen cargo de todo el trabajo agrícola con el que subsisten y proveen a la ciudad. Este es un fenómeno común en el área rural del altiplano, donde sólo se están quedando las personas de la tercera edad.

Segundo paso

Antes de cargar la totora al vehículo, para transportarla hasta la ciudad de El Alto, había que retirar los juncos ennegrecidos y cortar las partes delgadas que sirven para otro tipo de artesanías. Pero nada se desperdicia, porque una porción de las plantas desechadas sirve para reforzar los techos y el resto alimenta al ganado.

Berta Soto vive en Villa Ingavi, una zona fría y ventosa, adonde no llegan los carros basureros, a pesar de que les cargan el cobro en la factura de la energía eléctrica. Junto a su hermana corta la totora en trocitos y luego la hace cocer durante unas cinco horas.

En su casa tiene gas natural, pero necesita una conexión especial para que pueda funcionar su cocina industrial y eso le costaría 1.500 dólares que no tiene. Por ello tiene que estar pendiente del carro distribuidor de gas licuado, pues necesita unas seis garrafas al mes. La totora cocida es triturada, luego, en una licuadora industrial.

Tercer paso

La masa de totora tiene que quedar suave y suelta para poder moldear el papel, en una especie de bastidores hechos con madera y malla milimétrica. Una a una, Berta Soto coloca las hojas tamaño oficio en una lámina de venesta, para que sequen al sol durante un par de días. Lo hace en el patio, bien abrigada, con delantal, guantes de goma y botas de agua. Así nos recibió en su casa.

El viento que llega con basura y las frecuentes lloviznas la perjudican, por eso realiza este trabajo en los pocos días soleados que tiene al mes. Le hace falta un tinglado, pero aún no puede asumir esa inversión. Las travesuras de sus dos perros también la obligan muchas veces a rehacer las hojas; pero sus animales son importantes y los mantiene a su lado, no sólo por la inseguridad de la zona, sino porque son su única compañía en esta fase del proceso.

Cuarto paso

El papel de totora se ha abierto mercado en la ciudad de La Paz, en especial para la confección de invitaciones y tarjetas personales. Además, junto a sus hijos, de 20 y 22 años, fabrica también sobres y cuadernos adornados con trozos coloridos de aguayo, un tejido andino utilizado por las mujeres.

Hace poco le hicieron un pedido especial de máscaras y aceptó el reto; hay que tener la careta puesta por el olor que desprende: es como estar ante el lago, pues el material no tiene ni una pizca de químicos.

Soto sueña con exportar, pero lamenta que la burocracia estatal le ponga trabas en lugar de estimular la producción. Ella cree que su papel de totora podría sustituir al papel importado que utilizan las imprentas para diseñar, por ejemplo, tarjetas navideñas.

Pero nunca le hicieron un pedido, aunque ofreció sus productos en varias oficinas gubernamentales, municipales y también en compañías privadas. El principal problema es que le piden cumplir los mismos requisitos que cualquier empresa grande.

En todo caso, Soto es optimista e irradia confianza, y ahora se está dando tiempo no sólo para fabricar nuevos artículos con su papel de totora, sino también para experimentar con otras plantas.

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