Fuente: Pensamiento Económico FeministaA lo largo de la Historia, los diferentes sistemas socio-económicos por los que ha pasado la humanidad se han centrado habitualmente en los aspectos de producción y obtención de bienes, servicios y/o beneficios, dejando a un lado las necesidades sociales y afectivas, intrínsecas al ser humano. Bien es cierto que necesitamos cubrir los dos tipos de carencias, es decir, por un lado precisamos poder comprar una cama donde dormir, pero también es cierto que demandamos afecto (como personas que somos) en determinados momentos. Dicho esto, creo que resulta inevitable hacerse la pregunta de por qué los sistemas económicos no han tenido en cuenta esta demanda de cubrir las necesidades más íntimas, pertenecientes a nuestra esfera privada.
El capitalismo no ha resultado ser una excepción a esto; este régimen económico fundado en el predominio del capital como elemento de producción y creador de riqueza, utiliza a las personas como un medio para sus fines: la obtención de beneficio. De ahí, que en términos empresariales y desde la economía oficial sea habitual hablar de “recursos humanos” para referirse a las “personas trabajadoras”. Por este motivo, este sistema económico requiere que sus “recursos humanos” estén al 100% de sus posibilidades, es decir, que las personas que forman parte de ese régimen tengan sus necesidades materiales cubiertas, pero también las sociales y afectivas.
Durante buena parte del siglo pasado, este requerimiento que imponen los sistemas capitalistas estaba más que cubierto. Así por ejemplo en Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial, se hizo realidad el mito del “reposo del guerrero” junto al “ángel del hogar”. Así, mientras el hombre de la casa asumía el rol de “bread-winner”, la mujer se centraba en todo lo doméstico, lo privado, y dentro de esto cubría también las necesidades afectivas del resto de miembros de la casa (aunque nadie se preocupara por cubrir las de ella). Esta forma de vida que se vendía como idílica al resto del mundo luego no resultó serla tanto. Esta domesticidad impuesta para las mujeres en el contexto de E.E.U.U. especialmente durante la década de los 50, dió lugar a la publicación del libro de Betty Friedan, La Mística de la feminidad (1963), que sacó a la luz lo que estaba pasando entre las mujeres norteamericanas y que ella misma denominó “el problema que no tiene nombre”: las mujeres experimentaban una sensación de vacío al saberse definidas no por lo que se es, sino por las funciones que se ejercen (esposa, madre, ama de casa…). Las mujeres fueron atrapadas por la “mística de la feminidad” y para romper esta trampa y lograr su propia autonomía, deberían incorporarse al mundo del trabajo.
Lo que sin duda falló en este planteamiento es que las mujeres no se iban a incorporar al mundo laboral en las mismas condiciones que los hombres, sino que iban a tener que asumir una doble faceta: laboral y familiar. Así, mientras que los hombres siguen con su rol histórico-social casi intacto, las mujeres hemos tenido que aprender a compatibilizar las exigencias laborales diseñadas en un sistema económico desarrollado por hombres que sólo considera como objetivo el beneficio, con obligaciones familiares, es decir, a convertirnos en SUPERWOMAN, nuevo rol que creo que no nos está ayudando en nada sino más bien lo contrario, esta dualidad de ámbitos a la que nos enfrentamos las mujeres diariamente está favoreciendo que cada vez más el colectivo femenino padezca enfermedades laborales de tipo psicológico: depresión, ansiedad, etc. al no poder cumplir (porque es imposible) con las expectativas que la sociedad espera de nosotras.
Por lo tanto, vamos a seguir en desventaja mientras la mujer asuma casi en exclusiva el cuidado de la vida humana, muy incompatible con la obtención del beneficio que persigue la producción capitalista.
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