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lunes, agosto 23, 2010

23 de Agosto: Día internacional para el recuerdo del comercio de esclavos y su abolición

Más de 12 millones de personas viven en esclavitud
Ruby Soriano
La trata de esclavos transatlántica y la esclavitud resultante de la misma constituyen el primer sistema de mundialización de la historia y, por ende, la materia invisible de las relaciones entre África, las Américas y las Antillas. Este episodio dramático de la historia de la humanidad, por su coste humano (decenas de millones de víctimas), por la ideología en que se basó (la construcción intelectual del desprecio de la cultura africana y por consiguiente del racismo para justificar la venta de seres humanos como mercancías según la definición del Código Negro Francés), y por la medida en que desintegró la estructura económica, social y cultural del continente africano, obliga a poner en tela de juicio el silencio histórico que lo ha envuelto durante mucho tiempo.

El día 23 de agosto se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Recuerdo del Comercio de Esclavos y su Abolición, instituido por la UNESCO en 1997 como tributo a la lucha de los esclavos por su liberación y como forma de institucionalizar la memoria e impedir el olvido

La noche del 22 al 23 de agosto de 1791 esclavos de Bois Cäiman, localidad del norte de la entonces colonia francesa de Santo Domingo, se amotinaban en protesta por su situación en un alzamiento que jugó un importantísimo papel en la abolición de la esclavitud.

Dos siglos después, en los albores de un nuevo milenio, la UNESCO informa de que en el mundo hay más de 200 millones de personas sometidas a formas modernas de esclavitud y que muchas otras padecen el legado de aquella forma de dominación: actitudes racistas, discriminación y bajos niveles de vida.


Existen hoy en día –a pesar de la entrada en vigor en 1957 de la Convención suplementaria sobre la abolición de la esclavitud, la trata de esclavos y las instituciones y prácticas análogas a la esclavitud- muchas formas de explotación, principalmente en los países más empobrecidos, que recuerdan a la en teoría abolida esclavitud.

Millones de seres humanos se ven obligados a vivir como esclavos y se convierten en víctimas de desaprensivos que aprovechan la desesperación y la falta de recursos para someter a los más débiles a las más denigrantes formas de dominación como el trabajo en condiciones de servidumbre, la explotación sexual de niños y niñas con fines comerciales, el trabajo infantil, el matrimonio precoz o forzado, o la trata que implica el transporte y comercio con fines lucrativos de niñas y mujeres.

También en el mundo desarrollado hay seres humanos que padecen diferentes tipos de dominación: mujeres inmigrantes obligadas a prostituirse; trabajadores del campo que viven y trabajan en ínfimas condiciones; empleadas del hogar en condiciones de servidumbre…

Organismos internacionales humanitarios estiman que actualmente existen más de 12 millones de esclavos en el mundo. Tan sólo en América Latina y el Caribe se calcula que hay 1,3 millones, pero podría haber muchos más. Nadie tiene cifras exactas.

En Brasil el gobierno dice que hay entre 25.000 y 40.000 personas en trabajo esclavo -un tipo de trabajo forzoso que se da en lugares aislados de la selva amazónica. El gobierno no descarta otros tipos como trabajo forzoso en talleres en Sao Paulo. En la selva de Perú hay entre 20.000 y 45.000 esclavos, en Bolivia un poco más y en Paraguay hay entre 8.000 y 10.000.

La mayoría de las víctimas del trabajo forzoso ahora son mujeres y niños, mientras que hace unas décadas eran sobre todo hombres. Cuando la OIT firmó el segundo convenio contra el trabajo forzoso en 1957, la preocupación era el trabajo exigido por los gobiernos, por los gulags y los campos de concentración. Ahora, en el 80% de los casos, los responsables son agentes privados.

Es indigno que en la actualidad, pese a la supuesta abolición de la esclavitud y la declaración internacional de los derechos humanos en 1948, existan formas contemporáneas de esclavitud en el mundo, por ejemplo, el abuso a la infancia. Existen diversos organismos y movimientos en contra de los modos modernos del comercio de esclavos; no obstante, la clandestinidad es la forma de tolerarlos.

La Esclavitud Contemporánea

La esclavitud es todo aquel trabajo no remunerado o muy mal pagado, donde los humanos son privados de garantías como seres humanos, tales como la libertad.

La esclavitud no es particular de una cultura o de una nación: es triste confirmar que se halla en varias partes. Para denunciar algunas, podemos hablar de los niños y niñas que trabajan en las calles de distintos países en desarrollo y son explotados por adultos o niños mayores, quienes los privan de las ganancias y les dan un mínimo de paga con algo de alimento y un techo.

En países europeos como Inglaterra y España, o en algunos barrios chinos hay talleres de manufactura o restaurantes que engañan a la gente. En China les cobran una cuota para cruzar las fronteras y, una vez llegando a Europa, los tienen en condición de esclavos trabajando jornadas larguísimas y durmiendo todos bajo el mismo techo, sin ofrecerles condiciones de vida dignas.

La trata de personas, epidemia mundial

La trata de seres humanos afecta a entre 600.000 y 800.000 personas cada año en el mundo, el 80% de las cuales son mujeres y niñas, según denunciado la organización humanitaria Proyecto Esperanza con motivo de la celebración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Según la organización, la trata "es una realidad de violencia que sitúa a mujeres y niñas en condiciones de explotación y servidumbre tales que Naciones Unidas lo considera una forma de esclavitud moderna".


Entre las causas que propician la trata de mujeres, destacan la desigualdad en el acceso a educación y formación de niñas frente a niños, la discriminación en el mercado laboral, la violencia intrafamiliar, la violencia en la pareja o los matrimonios forzados, "situaciones de las que las mujeres intentan huir buscando oportunidades en el extranjero". Otro factor es la feminización de la pobreza, los roles de género y la responsabilidad de la mujer como única cabeza de familia con cargas familiares no compartidas.


"Muchas mujeres, salen de sus países tratando de huir de condiciones de pobreza y violencia para mejorar sus condiciones de vida" y caen en manos de redes o personas que trafican con ellas y las "transportan y ubican en países como España", donde las someten a una explotación (en la prostitución, el servicio domestico, la agricultura, la mendicidad) que viola sus Derechos Humanos.

El reto del 2015

Los grupos delictivos organizados obtienen beneficios de la trata y de la explotación de personas, que en su mayoría son objeto de graves violaciones de sus derechos humanos.

Entre los abusos experimentados comúnmente por las personas figuran la violación, la tortura, la servidumbre por deuda, el confinamiento ilegal y las amenazas contra los familiares o personas allegadas a las víctimas así como otras formas de violencia física, sexual y sicológica.

La demanda de mano de obra barata, de servicios sexuales y de ciertas actividades delictivas son las causas originarias de la trata de personas. La falta de oportunidades y recursos, así como de poder social son otros factores que contribuyen a este fenómeno.

Las organizaciones de ayuda humanitaria en el mundo, han fijado el año 2015 como el reto para lograr eliminar estas formas de esclavitud.
Sin embargo, más allá de los buenos deseos, están conscientes que para lograrlo hace falta más que buena voluntad.

Aseguran que es todo un proceso en el que están inmersos sociedad, gobiernos y costumbres culturales que están íntimamente ligadas a las formas de trabajo y abuso que en muchas ocasiones son toleradas y que difícilmente están dispuestos a abolir.

lunes, diciembre 21, 2009

SUDÁN: Mujeres del sur perpetúan cultura de sumisión

Por Miriam Gathigah / IPS
Rosalinda Duany pasa todo el día vendiendo verduras en su puesto del mercado local para poder alimentar a su familia, mientras su esposo holgazanea con sus amigos. Pero cuando él se aburre demasiado y la reclama, ella deja de trabajar sólo para complacerlo.

Duany ha vivido así por años, sin quejarse ni una sola vez, porque considera que la obediencia a su esposo es parte de su cultura.

No es la única que piensa de ese modo. Es común que las mujeres de Sudán del Sur dejen su lugar de trabajo en horario laboral, simplemente para volver a casa a alimentar a sus esposos e incluso preparar el agua para su baño.

Al recorrer pueblos como Juba y Torit, en Sudán del Sur, se puede ver hombres sentados en grupos, jugando a las cartas y conversando todo el día, mientras las mujeres están trabajando.

Pese al rol fundamental que tienen las mujeres en la unidad de la familia, la cultura ha sesgado profundamente la percepción del liderazgo a favor de los hombres.

En medio de una prolongada guerra civil que ha dejado muchos muertos, particularmente hombres, el rol de las mujeres de Sudán del Sur ha cambiado ampliamente, pasando a ser las jefas de hogar y pilares de la familia, en una sociedad altamente patriarcal.

"Como mi esposo está libre todo el día a veces se ocupa reclamando sus derechos conyugales, aunque eso signifique que yo deje de hacer lo que estoy haciendo", dijo Duany.


Según ella, es parte de su cultura hacer lo que sea que reclame su marido. Pero las activistas por los derechos femeninos señalan que esto va más allá, e implica que las mujeres todavía se perciban a sí mismas erróneamente.

"Las mujeres no son víctimas indefensas de estas circunstancias, sino agentes activas en la perpetuación de esta cultura. Aunque la estabilidad del hogar recae directamente sobre la mujer, ella todavía se percibe a sí misma como inadecuada para roles que tradicionalmente se consideran para los hombres", dijo Flora Iliha Matia, vicepresidenta del Sindicato de Mujeres del Condado de Torit, en el estado de Ecuatoria Oriental.

"A menudo visitamos hogares y hallamos solamente mujeres y niños. La mujer dice que ‘no hay nadie en casa’, porque el esposo está ausente", sostuvo.

"La cultura establece que el hombre es el jefe del hogar, así que una mujer puede recibir visitas pero no hablar en nombre de la familia", agregó.

Agnes Leju, funcionaria pública de Ecuatoria Oriental, dijo que no es inusual que un hombre saque a su esposa del lugar de trabajo para que ella le prepare el agua para su baño, aunque esté ocupada.

"Las mujeres no sólo toleran estas situaciones, sino que las consideran paralelas a las normas y los valores de una buena esposa. Sería muy inusual que una mujer plantee su preocupación por este tema", sostuvo.

Leju dijo que no ha encontrado a ninguna mujer que haya tenido problemas con su jefe por salir del trabajo para atender a su marido, porque la mayoría de los jefes son hombres y comprenden la situación porque ellos también la reclaman para sí mismos.

Acline Aker está casada desde hace dos años y siente que es responsabilidad de la esposa estar a disposición de su cónyuge.

"La mayoría de estas cosas, como preparar el agua para el baño y aprontarle la ropa, son cosas que él puede hacer por sí mismo, pero no está bien que las haga. Es por eso que se casó conmigo, para que yo me ocupara de él", expresó.

"Estas discusiones sobre ir contra nuestra cultura son las raíces de un matrimonio roto. Yo realizo feliz mis tareas de esposa, aún cuando tenga que interrumpir mi trabajo en la granja", aseguró.

Estas mujeres no son conscientes de que su comportamiento perpetúa actitudes estereotipadas en materia de género, lo que reduce las probabilidades de que la sociedad cambie la percepción de que ellas sólo son adecuadas para criar hijos.

"En nuestra sociedad, la palabra ‘mujer’ remite a imágenes de roles reproductivos, y ellas claramente no hacen mucho por cambiar la situación. Esto dificulta sus oportunidades de participar en procesos de toma de decisiones", dijo Betty Ponj Joseph, integrante del comité parlamentario sobre género y bienestar social en el estado de Ecuatoria Central.

"Éstas son las percepciones usadas para medir los derechos de las mujeres y su capacidad de ocupar la esfera política. A menos que las mujeres comiencen a trabajar para diluirlas, la cultura continuará reprimiendo sus posibilidades de elevarse en todo su potencial", agregó.

Según Ken Santo, un periodista de Juba, "se puede determinar realmente la madurez de cualquier democracia mirando cómo trata a sus mujeres. Las identidades culturales de los géneros afectan los valores políticos y determinan el peso con que se enfoca la igualdad de género".

"Esto tiene que ver ampliamente con cómo somos socializados. A menudo oigo comentarios de mujeres como ‘déjenme hablar aunque sea una mujer’. Esas declaraciones confirman la percepción de que ellas" no sirven para ocupar roles de liderazgo, agregó.

Cuando el sur de Sudán estuvo cerca de la destrucción total y murieron muchos hombres en el frente, las mujeres tuvieron que ser fuertes.

Y "esta fortaleza de una mujer para soportar las situaciones más desesperadas por las personas que dependen de ellas debería decir a gritos lo que ellas pueden hacer si se les hace lugar en el espacio político", sostuvo Santo.

Una mujer adulta en el sur de Sudán no tiene más identidad que la que adquiere cuando se casa, y son comunes los matrimonios tradicionalmente arreglados durante la infancia", dijo.

El cambio real debe proceder de las mujeres, añadió. Ellas no sólo son la mayoría, sino que también tienen un movimiento que se inició hace más de tres décadas.

domingo, noviembre 29, 2009

La Esclava en la Colonia...

Por: María del Mar Álvarez* / Fuente: Palabra de Mujer
La situación de los esclavos era de explotación. Considerados una mercancía, eran tratados como un instrumento de trabajo. Constituyeron el elemento que significó un cambio en la estructura económica colonial. Sin el aporte de esa fuerza de trabajo, la expansión del cultivo del cacao -petróleo de los siglos XVII y XVIII- no hubiera tenido lugar.

El comercio de esclavos en Venezuela comenzó en el siglo XVI y tuvo su mayor auge en el siglo XVIII. El bajo rendimiento del trabajo indígena, primero en las minas y posteriormente en las labores agrícolas, incrementó dicho tráfico.

Como mercancía, tuvo una reglamentación legal. Se exigía una tercera parte de hembras en el lote general que se importaba. El sexo no constituía un factor que determinase un mayor o menor valor. La edad, la salud y las habilidades eran los elementos tomados en cuenta.

Como mercancía, el esclavo podía ser objeto de diversas negociaciones –como la venta- y la redacción del documento no era diferente al de la enajenación de un inmueble.

El comercio de esclavos constituyó un negocio muy lucrativo para los llamados negreros. Arrancados los negros de su tierra y grupo social, fueron transportados a América en condiciones infrahumanas; sobrevivían los más fuertes, un porcentaje considerable llegaba en malas condiciones y otro tanto moría antes del arribo al nuevo destino.

No concluían sus penalidades cuando llegaban a tierra. Al incorporarse al trabajo del amo, una vida de explotación les esperaba. Aquellos con riesgo de la pérdida de su fortuna explotaban al máximo la fuerza de trabajo esclava, hasta que perecían víctimas de desnutrición y de diversas enfermedades.

En este contexto general, transcurrió la vida de la esclava en la Venezuela colonial. Además de ser considerada una mercancía, constituyó un objeto sexual para los amos y sus hijos.


Para la esclava, el sexo constituyó el camino de la prostitución y paradójicamente en algunos casos les permitió una vida mejor y la conquista de su libertad.

La explotación de la fuerza de trabajo de la esclava estuvo encaminada en dos direcciones: a labores agrícolas y al servicio doméstico. A este último se dedicó un sector considerable, como ha sido tradicional en la división del trabajo que subyace en la sociedad y que consideraba dichas labores, como inherentes a la naturaleza biológica de la mujer. En cumplimiento de dichas tareas fueron lavanderas, cocineras, aseadoras de la casa, planchadoras y, en general, de las mujeres de la familia; las cuidaban en las enfermedades y actuaban como curanderas y preparaban bebedizos para que sanaran. Cabe destacar, como oficio importante, el de aya y nodriza de los hijos de los amos.

Igualmente importante era su fuerza de trabajo en las labores agrícolas. En un padrón de esclavos de la Hacienda Chuao, hoy en el Estado Aragua, realizado en 1671, de la población apta para el trabajo, a partir de los 12 años, de un total de 62 esclavos se contabilizaron 32 mujeres y 30 mujeres; en otro padrón de la misma plantación, del año 1742, de un total de 80 la mitad eran mujeres. No podemos generalizar dichas proporciones a todas las plantaciones de la Colonia, pero las mismas, dada la importancia económica de la Obra Pía, constituyen un indicador muy significativo del porcentaje equilibrado de la fuerza de trabajo esclava en las plantaciones coloniales.

La jornada de trabajo se iniciaba a las 4 de la mañana y, después de rezar, comenzaba la recolección de leña para el fuego, con participación de todos, y no había ninguna consideración especial para la mujer grávida o con hijos para amamantar; había una edad mínima de 12 años y máxima de 60.

En cuanto a las condiciones de trabajo existentes entre las domésticas y la agrícolas, debemos considerar que las primeras se efectuaban en la casa del amo y las segundas en la intemperie, lo que determinó una preferencia de las esclavas por las tareas domésticas y más si éstas eran cocineras y ayas, lo que les merecía un trato especial por parte de los miembros de las familias. No obstante, cuando pretendían casarse, comprar su libertad o hacer efectiva una justa aspiración, se rompía la vinculación humana y surgía el nexo jurídico de amo y esclava.

En otras labores realizadas por la negras durante la Colonia no pudimos precisar su carácter de libres o esclavas, a pesar de que la referencia encontrada fue en los años en que existía la esclavitud. Tal fue el caso de las llamadas panaderas, a quienes el Cabildo de Caracas, en 1661, ordena entregarles una fanega de maíz del depósito como medida de garantizar un pan más barato. El mismo Ayuntamiento, en 1701, hace alusión a las ventas de las negras en la plaza.

En relación al tipo de familia que tenían los esclavos, se hace necesario aclarar que, considerados una mercancía, eran vendidos separando a las parejas y a las madres de sus hijos. No podían tener una familia monogámica, al igual que sus amos, porque la esclava era un objeto sexual y no podía oponerse a los requerimientos amorosos de los varones miembros de la familia del amo. Habiendo perdido su condición de personas, tampoco podían organizarse como una familia poligínica, tal como estaban organizadas en África, donde el vínculo más estrecho era entre madre e hijo y es este último elemento el que perdura en las esclavas.

Como la negra permanecía vinculada a sus hijos, a pesar de la separación que imponía la venta de los mismos, podemos decir que, a través de este vínculo afectivo, se configuraba un tipo de familia particular de la esclavitud en Venezuela.

La esclava, al igual que los esclavos, no se resignaba a permanecer en esas condiciones. Para lograr su libertad, recurrió fundamentalmente a las vías jurídicas. En tal sentido reclamaba el cumplimiento de las cláusulas testamentarias que le otorgaban su libertad algunos miembros de la familia que, por agradecimiento o por amor, testaban a su favor. Para lograr el cumplimiento de esa voluntad casi siempre tenían que recurrir a los tribunales y no pocas veces esa medida era revocada; también ofrecían dinero comprando su manumisión.

No descartó la esclava la conquista de su libertad al margen del derecho, como fueron las fugas y las sublevaciones, en las cuales, según la historia, hubo una participación femenina menor que la masculina, pero no por ello menos significativa. Cuando se escapaban de sus amos, fundaban la cumbe, poblaciones de negros ‘cimarrones’. La presencia de las negras como concubinas o esposas evidentemente era lo que determinaba la estabilidad del grupo social.

En la sublevación de los esclavos se 1795 se menciona a tres mujeres: Apolonia, Juana Antonia y Trinidad, condenadas a 200 azotes con recomendación de sus dueños de venderlas fuera de la jurisdicción.

Merece destacarse la historia de Juana Inés y de Julián Cayetano y Julián Cayetano, quienes habían logrado su libertad en la hacienda de Chuao vendiendo una arboledilla de su propiedad, con el compromiso de no regresar a Chuao ni a sus alrededores. Sin embargo, llegaron a Turmero, Juana Inés entró a la plantación y se escaparon 34 esclavos instigados por ella. Fue apresada junto a su compañero y desterrada a Veracruz. Este episodio, que no debió ser el último en esa etapa histórica, nos revela el papel tan importante de la esclava en la conquista de su libertad.

De igual manera una carta del 17 de mayo de 1603, del gobernador Juárez de Amaya, en la cual narra la larga lucha sostenida por el Capitán Cedeño Albornoz para derrotar la sublevación de los negros buceadores de perlas y esclavos cumaneses, menciona la prisión de una negra a quien los esclavos habían nombrado su reina. Constituye una incógnita para la historia el papel de dirigente o no de aquella esclava, pero el hecho revela lo afirmado anteriormente.

La esclava ubicada en la escala más baja de la estructura social de la Colonia ha permanecido oculta en la historia, al igual que la indígena y la mujer blanca. Con estas breves líneas pretendemos destacar su aporte en la economía como fuerza de trabajo a la par que el hombre y rendir homenaje a esa madre insigne en lucha por sus hijos y a esa mujer que luchó por conquistar su libertad. En esta forma develamos parte de esa historia no escrita e iniciamos la historia de la mujer negra en Venezuela.

*Abogada. Doctora en Derecho. Investigadora. Escritora. Primera Directora del CEM-UCV. Profesora Jubilada, UCV. Ex Defensora Nacional de Derechos de la Mujer (Inamujer)

sábado, junio 13, 2009

La Mujer Esclava...

Por: Henri Gauche, 1900 (traducción por Luis Bulffi de Quintana, 1907)

Desde que la humanidad existe la mujer es la esclava del hombre.

Todavía muy cerca del mono originario, armados de colmillos y de zarpas, cubiertos de pelo, las mandíbulas salientes y la frente deprimida, era natural que nuestros prehistóricos antepasados se portaran como bestias salvajes. No dejaban de serlo.

Las hembras no eran para ellos más que un botín que se disputaban a la fuerza, y hasta me imagino que se olvidarían de pedir su consentimiento a las azoradas compañeras. Conquistadas en ruda lucha, era necesario que luego pagaran con su trabajo la manutención que les otorgaba el dueño, quien imponía a su sierva toda la labor que a él no le gustaba. Todavía no estamos muy lejos de eso, pues, en la mayoría de los actuales pueblos primitivos, la mujer es considerada y tratada como una bestia de carga.


El hombre antiguo dominaba a su esposa por la violencia; nosotros dominamos a las nuestras por medio de artimañas, que consisten en dejarlas ignorar todo lo que se refiere al matrimonio y a la vida, para pedirles luego un consentimiento falaz. El hombre antiguo consideraba a su compañera como una cosa suya; nosotros la consideramos como nuestra propiedad. Tenía sobre ella derecho de vida y de muerte; nosotros también. Atemorizamos a la joven con contratos inviolables, inventados por nosotros en provecho nuestro; atemorizamos a la esposa con leyes sanguinarias, hechas también por nosotros con el mismo objeto. Es siempre el régimen del rapto y de la violencia convertido en honor por nuestros abuelos.

Al par que nuestras mandíbulas han disminuido y nuestras zarpas se han convertido en uñas, nuestros cráneos se han ensanchado. Ya que pretendemos pensar y razonar, bueno sería que pusiésemos de acuerdo nuestros actos con nuestra razón, abandonando las costumbres heredadas del tiempo de los colmillos y las zarpas. Toda nuestra vida social, y nuestra vida sexual especialmente está formada de tradiciones semi-salvajes. Es necesario que esto acabe.

Buenas almas creen que es justo que la mujer se mantenga en su condición inferior, ya que es más débil. Lógica de salvaje siempre. Si las palabras derecho y deber no estuviesen desprovistas de sentido, habría que decir todo lo contrario: que es necesario imponer más deberes a los fuertes y conceder más derechos a los débiles.

Por otra parte, la debilidad de la mujer es relativa: ciertas mujeres son más robustas que ciertos hombres. En algunas especies de animales la hembra es tan fuerte como el macho, y en el combate son más terribles. La debilidad, pues, no corresponde necesariamente a la función materna. Si la mujer es hoy algo más delicada que su compañero, quizá esto sea el resultado de una larga división del trabajo: él guerreando y cazando, ella cuidando de la casa y de los pequeños. La fuerza muscular no tiene ninguna importancia en la vida social contemporánea; no puede ser un motivo de desigualdad. Cada día más se impone la energía nerviosa, el cerebro pensando y queriendo. ¿Acaso el sistema nervioso de la mujer no es capaz de elaborar en pensamiento y en voluntad tanto como el del hombre? ¿Por ventura se cree que debe ser tenido en tutela? Ni pensarlo siquiera. Como todos los seres vivientes, la mujer tiene en sí recursos propios. Que se le deje entrar en la vida y desarrollarse a su gusto. Ella sola es el juez de lo que puede y debe hacer.

Siempre sucedió lo mismo. Los nobles no querían que los burgueses se emanciparan, porque se consideraban superiores. Los burgueses hoy no quieren que los trabajadores se liberten; también se creen superiores. Los militares quieren sobreponerse a los civiles, y los curas a los laicos. Los civilizados miran con desprecio a los salvajes, sin reparar que la distancia que les separa solo es un accidente de la evolución general. Cada pueblo se cree superior a los demás. Cada uno de nosotros créese ser más sincero que el resto de los hombres. La idea que tiene el hombre respecto a su superioridad sobre la mujer, no tiene fundamentos sólidos. Es una ilusión nacida del deseo de dominar.

Sobre todas las cosas está el deseo de dominar. Con la simple lectura del código se nota que son los hombres los que han hecho las leyes. La manera como hablan los legisladores de los hechos y de los deberes de cada uno de los esposos, la manera opuesta de considerar el adulterio en cada caso, y la manera como tratan a la madre y al hijo natural, son verdaderamente encantadoras. Desenvuélvese un egoísmo tan ingenuo que casi desarma la indignación. El poder legal del marido casi no tiene límites y el de la esposa es nulo. Ella le pertenece; pero él a ella no. Que la mujer sea feliz o desgraciada depende de la buena voluntad del hombre; pues la ley que la ha entregado no la defiende. A decir verdad, la mujer, al igual que en las edades prehistóricas, está considerada, no como una persona, sino como una propiedad. Para que el amor pueda nacer y durar entre el esclavo y la cierva, son necesarias circunstancias excepcionales. La mayoría de las veces no hay amor; hay solo el cambio de dos deseos momentáneos, o quizá peor, brutalidad de una parte y sumisión de otra. En materia de matrimonio la propiedad es la violencia.

Para salir de este estado humillante de cosa poseída, la mujer busca cada día más a libertarse de la tutela del hombre, viviendo de su propio trabajo. Pero se encuentra con el patrono arrogante que, como precio a trabajos más penosos, le ofrece un salario para morirse de hambre.

Para no morirse, muchas mujeres buscan refugio en la prostitución. ¡Si al menos estuviesen seguras, obrando así, de evitar el suicidio!

Cada vez que la mujer quiere emanciparse, cuando de simple cosa quiere convertirse en persona, el hombre pone todo su esfuerzo para impedirlo. No quiere que ella desarrolle sus facultades para convertirse en su igual. Los diputados no quieren mujeres electoras ni elegibles; los magistrados no quieren que las mujeres cursen derecho; los médicos no quieren que las mujeres estén agregadas a la facultad u ocupen alguna cátedra. En las bellas artes los alumnos se oponen a las entradas de las alumnas. Pues bien, a pesar de todas las ridiculeces y dificultades de todo género, un buen número de mujeres cursan las ciencias, las letras y las artes, y algunas veces con mejor provecho que los hombres.

No hay para qué ocultarlo; en el fondo el hombre desdeña a la mujer, y la amabilidad que aparenta en su presencia es una abominable hipocresía destinada a enmascarar la condición de esclava en que la tiene sujeta.

Tal desdén se refleja hasta en el lenguaje. Para significar todos los seres de nuestra especie decimos: el hombre, los hombres, la humanidad. La mujer está comprendida también a título inferior, y por lo mismo ni se la nombra.

Cuando afirma haber separado a la mujer de la vida social por la delicadeza de su organismo, el hombre miente. Si esto fuera verdad, el hombre se habría encargado de todos los trabajos penosos y repugnantes, dejando para su compañera los trabajos fáciles, y en primer lugar el estudio. No lo ha hecho, porque no ha querido. Desde el origen de las sociedades, todos los esfuerzos del hombre se han dirigido a impedir que la mujer se instruya. ¿Por qué? Porque un esclavo que se instruye, deja de ser un buen esclavo.

La educación que se da a la joven es una educación servil. No se preocupan de desarrollar sus aptitudes, sino de formarla para que tenga un dueño, Se la enseña lo justo para que no haga muchas faltas de ortografía y para que no parezca cursi en una conversación; se consiente en adornar su espíritu con algunas artes que distraigan; se la concede meter ruido en el piano, ya que esto no es peligroso para la prerrogativas del hombre. Pero se guardan mucho de hacerle conocer las ciencias, que le abrirían los ojos sobre las mentiras religiosas o sociales, fundamentos de su servilismo; no quieren que se interese en la vida pública, que observe la sociedad frente a frente, ni que se forme sobre las instituciones ideas que podrían muy bien rebelarla.

Se la encierra en casa, entre la cocina y las labores; se atonta su inteligencia con lecturas perniciosas; se degrada su carácter para que obedezca. ¡Obedecer! Es lo que desde un principio se esfuerzan en imponerle como norma de toda su vida. Al mismo tiempo atacase su sentido moral con exhortaciones que llaman virtuosas y en realidad son degradantes. Se hace creer a la joven que es vergonzoso amar libremente a un joven y ser madre sin haber cumplido las ceremonias establecidas; en cambio se le hace creer que no es denigrante el venderse a un viejo mientras se cumplan las ceremonias. Escondiéndole la verdad, reglamentando sus lecturas, se la ultraja: se le hace la injuria de suponer que, entregada a sí misma, sería incapaz de sostenerse; considérasela, con el criterio cristiano, un ser impuro. Degradado en su cuerpo, y lo que es peor, en su cerebro, la mujer es víctima de todas las supersticiones y de todos los prejuicios.

Pues bien, nosotros queremos para la mujer, como para el hombre, una educación esencialmente científica. Las ciencias, y sobre todo las naturales, son indispensables a la mujer; por de pronto para limpiar su cerebro de todas las estupideces que la entorpecen; luego como la mujer alumbra y cría, necesita conocer su organismo, saber lo que es la vida, el amor, la muerte. ¿Cómo ha de cuidar un niño, si ignora la anatomía, la fisiología y la medicina? Yo quisiera que todas las jóvenes y los jóvenes también, pasaran unos dos años o tres en los hospitales y aprendiesen el arte de curar y el respeto al dolor humano. Esto valdría más que los cursos de piano para las unas y el servicio militar para los otros.

Esclava desde tantos siglos, la mujer conserva las costumbres de esclava, el pensar de esclava, los gustos de esclava. Observadla: en la más honesta encontraréis trazas de venalidad, hasta con su marido. Al ofrecerla un vestido nuevo o un regalo cualquiera, veréis que se torna más amable; esto es vergonzoso. Como todos los esclavos, aplaude el éxito, y, al mérito modesto, prefiere las medianías que consiguen notoriedad. Tiene una necesidad malsana de bien parecer, de atraer las miradas; un deseo perverso de dominar, de humillar. Como a los salvajes, le gustan las cosas doradas, las pedrerías, la compostura inútil y embarazosa; horas enteras se pasan frente a los escaparates de las joyerías, mirando cosas feas, pero brillantes; cúbrense de collares, brazaletes, sortijas, pendientes, cintas y de un sin número de cosas que no tienen razón de ser, pero que cuestan muchísimo, agravando con esto la lucha por la vida.

Su tocado es, ante todo, antihigiénico y contraproducente. Lleva plumas en la cabeza, como los salvajes –y como los generales–; como los salvajes gusta de las pinturas corporales; pinta sus ojos, sus labios, sus mejillas; como los salvajes, se deforma y se mutila; agujerea sus orejas para colgar objetos, y gracias a que ha perdido la costumbre de agujerearse los labios y la nariz. Comprime sus pies con zapatos extravagantes, que la imposibilita caminar naturalmente; comprime sus pulmones y su estómago con el corsé, comprometiendo así su salud y la de los hijos que tendrá... ¡si puede! Pero esto poco le importa: en los cerebros que están deprimidos por la esclavitud, la vanidad es más fuerte que todo.

Es necesario que esto acabe. Es necesario que la mujer tome conciencia de sí misma, se canse de su estado presente, se niegue a ser por más tiempo ora una muñeca, ora una sirvienta y siempre una propiedad. Es necesario que sepa que no hay dignidad posible ni moralidad sino en la libertad, en la plena posesión de sí misma.

Quiera ser libre, y lo será. La libertad de la mujer sería una gran revolución cuyas consecuencias no pueden calcularse. Sería el fin de las religiones, que sólo subsisten por ella, y por ella tienen aún al hijo y al hombre. Sería el fin de las guerras, que las mujeres detestan porque en ellas perecen tantos maridos e hijos. La adaptación de la mujer a las tareas modestas ha tenido algo de bueno, ya que le ha hecho perder las costumbres brutales y el gusto del homicidio. La mujer instruida, entrando en la vida social, sería el medio más eficaz para la pacificación y el desarme, y no las palabras hueras de los déspotas. Sería el fin de la prostitución, del relajamiento mercenario y vil. Sería el fin del reino de la violencia y del aplastamiento de los débiles por los fuertes. Sería el advenimiento de la piedad y de la bondad.

La mujer libre es una humanidad nueva que se levanta.