viernes, septiembre 16, 2016

Cuando nos roban el parto

Esther Vivas

Público ¿A cuántas mujeres les han robado el parto? Su capacidad de decidir en un momento tan importante de sus vidas. Nos han dicho que un parto hoy es un parto sin dolor y rápido, que no es necesario preocuparnos por nada, siempre y cuando lo dejemos todo en manos de los profesionales sanitarios. Así, nos cuentan, acabaremos con un bonito bebé entre los brazos. Sin embargo la realidad tras el paritorio no es tan sencilla ni dulce, o al menos no lo es para muchas mujeres.

A lo largo de las últimas décadas, el parto se ha industrializado y medicalizado, siendo tratado como una enfermedad. La lógica productivista y patriarcal dicta cómo las mujeres debemos parir, prescindiendo de nuestras necesidades y las de la criatura. La violencia obstétrica es una realidad en muchos paritorios aunque a menudo no es reconocida como tal, ni por los profesionales sanitarios, ni por la sociedad, ni por las mujeres víctimas de ella .

Normativizar la reproducción de la vida

Hablar de medicalización significa hablar de normativización de la enfermedad y la salud, del control de los cuerpos y de los intereses de quienes ejercen el poder. En el caso del embarazo y el parto, significa hablar del control de los cuerpos de las mujeres y de la normativización de la reproducción de la vida. Una medicalización que ha significado la pérdida de la capacidad de decidir de las mujeres en estos ámbitos. Una crítica que no significa el rechazo per se a cualquier intervención médica en un parto, sino a subordinarla a las necesidades reales de la mujer y a concebirla, si se tiene que dar, de forma respetuosa con ella y con el bebé.

El discurso hegemónico impuesto por el sistema sanitario en relación al parto se erige, como señala la antropóloga María Jesús Montes, sobre dos pilares discursivos: el del riesgo y el del dolor. A partir de estos, se ha construido la visión social que tenemos de dichos procesos vitales, supeditando a las mujeres.

El miedo a lo que pueda suceder, a ese famoso “por si acaso”, deja el proceso del embarazo y el parto en manos del equipo sanitario. Un miedo a partir del cual se sustenta la autoridad médica y que es utilizado sistemáticamente como amenaza sobre las embarazadas y parturientas para conseguir su sometimiento. “La incertidumbre del posible riesgo desestructura la seguridad cotidiana de la persona y la hace maleable a las manos del médico y el sistema de salud” asegura María Jesús Montes.

Así queda recogido en multitud de experiencias contadas por distintas mujeres. “Con una inducción en marcha, oxitocina a tope, con el miedo en el cuerpo porque había ‘que sacar al bebé de allí’ y ‘ya has roto aguas y corre peligro’. Y pese a mi resistencia, acabé cediendo y deseando que mi parto (tan soñado y deseado) acabara cuanto antes”, explica Victoria. Y añade: “Con una matrona y un médico que hablaban entre ellos de mi. No conmigo (como si fuera tonta). Después de horas de pujos, una maniobra de Kristeller que me dolió en lo más hondo de mi ser, y la frustración de no poder parir. Nació mi hija. Arrancada de mí con ventosa”.

Ya lo dicen: el miedo nos paraliza. Y esto es lo que les sucede a muchísimas mujeres ante situaciones de violencia obstétrica. Los autores del artículo “Sociología del parto. Conflictos asistenciales en el marco del ‘paradigma tecnocrático”’ José Manuel Hernández y Paloma Echevarría apuntan en esta misma dirección: “De los testimonios de las madres de esta investigación se deduce que el miedo al peligro ha inmovilizado, en parte, sus recursos y saberes, moldeando sus voluntades, por lo que se ponen en manos de los ‘expertos’ para someterse a un ritual iniciático que es justificado y vivido como lo deseable y ‘normal'”.

‘Con dolor parirás’

El dolor es el otro gran pilar sobre el que se sustenta el discurso hegemónico construido entorno al embrazo y, especialmente, al parto. Históricamente el dolor ha sido utilizado como instrumento de supeditación y control de la mujer. Sin embargo, cómo lo sentimos y lo interpretamos viene muy determinado por el período histórico y el contexto social.

En tiempos pasados, por ejemplo, en la cultura occidental católica, el dolor era el medio a través del cual la mujer podía expiar sus pecados y purificarse del embarazo. Se tenía, pues, que parir con dolor. La Biblia lo dejaba clarísimo. “A la mujer dijo: multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor parirás los hijos”, afirma ‘El Libro del Génesis’.

Con el avance hacia una sociedad más laica y los progresos médicos, el dolor al dar a luz empezó a ser considerado como innecesario. Si antes era la Iglesia Católica, en las sociedades occidentales, la que lo dotaba de contenido y decía cuanto dolor era socialmente aceptable; en la actualidad, es el sistema médico quien ocupa el lugar de esta institución y nos dice cómo y qué debemos sentir al parir. Mientras, se obvia que el dolor es una experiencia muy personal, que puede ser vivida de maneras distintas, y que no es igual para todas las mujeres.

Hoy, se impone el no sentir dolor. Y una vez más, la mujer difícilmente puede escoger. De este modo, cuando hay mujeres que en el hospital rechazan la anestesia epidural, les resulta muy difícil que su voluntad sea respetada, ya que en un parto hospitalario todo conduce a su administración. Lo cual, por cierto, no garantiza ni el no sentir dolor y aún menos elimina el sufrimiento. Alba Padró, experta en lactancia materna, explica la experiencia de su primer parto, mucho antes de dedicarse a asesorar a mujeres: “Le dije -a una ginecóloga de La Maternitat un mes antes del parto- que quería un parto natural y se río a mi cara, me dijo con buenas palabras que yo era una niña y que no sabía de qué hablaba, que mejor me callara y que la dejara trabajar”. Unos comentarios que hicieron a Padró descartar a la médico. Semanas más tarde, y ya en otro hospital y en pleno trabajo de parto, después de una atención altamente medicalizada, acabó, sin otra opción, por pedir la epidural. Así lo cuenta en su blog: “Estaba agotada. Le dije -a la comadrona. Le dije que quería la epidural y empezó a reír: ‘Lo ves! Lo ves como al final me la has pedido’. Dios, qué rabia sentí!”. Su caso no es una excepción, al contrario.

Hoy en día, la sociedad no considera admisible el dolor en ninguna circunstancia vital y su tratamiento responde a las relaciones jerárquicas inherentes a la medicalización de la vida. De este modo, al abordar la reducción del dolor en el parto medicalizado, se obvian los recursos que tiene la propia mujer para aliviarlo mientras se da al equipo médico un control total e incuestionable sobre el cuerpo femenino.

Asimismo, se asocia dolor a sufrimiento y angustia, cuando no es lo mismo. En el momento en que una mujer se prepara para un parto normal, sabe que ese dolor tiene una finalidad, parir, y sabe que va a desaparecer una vez la criatura nazca. Se dota de contenido ese dolor y esto lo hace más soportable. Sin embargo, en la atención al parto en los centros hospitalarios priman unas prácticas que subordinan a la mujer, que no tienen en cuenta sus demandas y donde las parturientas dependen de terceros para aliviar el dolor. Además, los protocolos médicos que obligan a la mujer a estar tumbada, que impiden su libertad de movimientos, la imposición de tactos múltiples realizados por distintas personas, etc., no solo aumentan el dolor sino que éste acaba convirtiéndose en un sufrimiento insoportable.

Las palabras de la fisioterapeuta Amanda Fabios al describir su primero parto medicalizado y el segundo normal retratan a la perfección la diferencia: “Mi primer parto fue muy medicalizado y totalmente protocolizado, tuve epidural, así que poco tiempo de dolor. Pero sí hubo sufrimiento durante el parto, porque al poco de ponerme la epidural, mi hija entró en bradicardia y todo pitaba y todo el mundo gritaba; me hice a la idea de que mi hija nacería con problemas neurológicos (…) Mi segundo parto fue natural, es decir, normal. Muy intenso, muy doloroso en momentos, pero ya está, doloroso. En ningún instante hubo sufrimiento. Recuerdo que durante el expulsivo que fue muy largo, entre contracciones decía: ‘¡Duele mucho, pero no os preocupéis, no estoy sufriendo!'”.

Obviamente, no se puede generalizar y existen profesionales que trabajan para mejorar la atención a las mujeres en el parto, sin embargo aún queda mucho trabajo por hacer, y muchos de los que no lo hacen actúan como resultado de una formación profesional machista y patriarcal. Ya va siendo hora que nuestros derechos como mujeres en el paritorio sean respetados. Y que cada mujer libremente pueda decidir dónde y cómo quiere parir.

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