jueves, agosto 06, 2009

Trece nombres para no olvidar...

Por: Ángela López
La represión franquista dejó sucesos tan dramáticos que, lejos de perderse en el olvido, se han convertido en mito. Es el caso de trece chicas fusiladas en 1939 contra la tapia de un cementerio de Madrid simplemente por ser “rojas”, siete de ellas, menores de edad. Sus nombres quedan hoy tatuados definitivamente en la Historia gracias a ‘Trece rosas rojas’ (Temas de hoy), de Carlos Fonseca.

Trece mujeres rojas
Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brissac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. Son las trece rosas que el periodista Carlos Fonseca homenajea, recordando el 5 de agosto de 1939 en que el castigo franquista se cobró la vida de estas mujeres, que ha agotado ya la primera edición.



A pesar de que la resistencia republicana se encontraba prácticamente aniquilada, algunos grupos que no habían podido, o no había querido exiliarse, organizaron su última lucha en Madrid. Los golpistas, por su parte, iniciaron el asentamiento final mediante una selectiva serie de asesinatos y torturas. Entre los múltiples detenidos se encontraban ellas. Fonseca ofrece así una visión personal de la realidad de los perdedores, mientras rescata la situación social de este trágico episodio del Franquismo.

El dramatismo de esta narración se palpa especialmente en las cartas que las protagonistas enviaron desde prisión. Aunque el autor se ha valido también archivos y documentos familiares, militares o jurídicos, además del testimonio de personajes que compartieron la tragedia con algunas de las protagonistas.

Un último deseo

Es el caso de María del Carmen Cuesta, octogenaria y superviviente, que da su estremecedor testimonio para dar idea del calvario por el que muchos presos pasaron antes de ser fusilados: “Yo tenía 15 años cuando me detuvieron pero era valiente. Me llevaron junto a otras compañeras, entre las que estaba Virtudes, a la comisaría de Jorge Juan, donde estuvimos 10 ó 15 días. Nos interrogaban de madrugada para que no pudiésemos conciliar el sueño, y a los tres o cuatro días de estar allí empezamos a oír gritos estremecedores, espantosos, de compañeras que pasaban por los baños de agua fría, por las anillas eléctricas ».

Las trece mujeres vivieron en el dolor hasta la madrugada del 5 de agosto, cuando fueron recogidas por un camión para ser llevadas hasta el paredón de la muerte. Fueron condenadas a la pena máxima por un Consejo de Guerra, acusadas por un delito de “adhesión a la rebelión”.

Una de ellas, Julia Conesa Conesa, tuvo tiempo sin embargo, de escribir una carta a su familia, el que sería su último mensaje: “ Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar”. Una carta que Julia concluye pidiendo un último deseo: “Que mi nombre no se borre en la historia”.

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